Mónica Peainchau, una francesa marcha por los animales en La Habana


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Mónica Peainchau, al centro, con una blusa naranja, marchó el domingo siete de abril contra el maltrato animal. (Foto: Alejandro Trujillo Valdés).

Mónica Peainchau, una francesa de 72 años, se mudó a Cuba en la década de los 90 del pasado siglo. El domingo siete de abril marchó junto a cientos de activistas cubanos para exigir una ley de protección animal en la Isla y el fin del maltrato hacia todas las especies.

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La noche del sábado seis de abril, Mónica Peainchau terminó de confeccionar varias pancartas y regresó a su casa.

Unas horas después, la mañana del domingo, alzó sus carteles en un recorrido de casi dos kilómetros por el barrio habanero del Vedado, desde la calle J hasta el Cementerio de Colón. En un país donde resulta prácticamente impensable salir a las calles y marchar por iniciativa propia –aunque sea con la autorización expresa del gobierno–, Mónica y otros cientos de personas reclamaron poner fin al maltrato animal en Cuba.

La convocatoria había sido lanzada una semana antes en las redes sociales por la estudiante de Comunicación Social de la Universidad de La Habana Beatriz Hidalgo-Gato Batista. El servicio de datos móviles en los teléfonos celulares y el acceso a la red de redes desde los parques wifi catapultaron la invitación a marchar más allá del círculo de los protectores de animales.

Ante la solicitud de Beatriz, el gobierno de Plaza de la Revolución autorizó la marcha y aprobó por cuáles calles debían transitar los participantes. Todavía parece un hecho inusual: el Estado cubano no permite disenso o propaganda no supervisada, ni es posible la manifestación pacífica, un acto que puede ser castigado con penas de uno a tres años de privación de libertad, según el Código Penal cubano.

En las últimas seis décadas cada marcha realizada en Cuba fue convocada y organizada por estructuras gubernamentales o partidistas. Ninguna otra iniciativa ha sido posible.

Cada domingo la policía reprime las manifestaciones pacífica de las Damas de Blanco, un grupo de mujeres que reclaman la liberación de los presos políticos en Cuba. En noviembre de 2018 las autoridades también frustraron una besada en apoyo al matrimonio igualitario convocada por activistas LGBTI+.

En medio de ese panorama, los protectores de animales solo habían marchado en actos muy discretos convocados por la Asociación Cubana para la Protección de Animales y Plantas (Aniplant), la única organización de este tipo reconocida oficialmente en la Isla.

Sin embargo, el activismo por los derechos de los animales reúne a los grupos de la sociedad civil que posiblemente mejor se han organizado en la última década.

La francesa Mónica Peainchau ha sido testigo y protagonista.

En 2015, cuando era miembro del grupo Protección a Animales de la Ciudad (PAC) comenzó a recoger firmas hasta reunir las 10 000 exigidas por los artículos 27 y 88 (inciso g) de la antigua Constitución Cubana –la cual establece «la iniciativa legislativa de origen popular»–. Como parte de Cubanos en Defensa de los Animales (CEDA), dos años después, Mónica también coordinó la campaña «Tu firma para que el maltrato sea delito».

El grupo envió al expresidente Raúl Castro una misiva firmada por 2000 personas que exponían la necesidad de una ley de protección animal.

Actualmente PAC y CEDA, junto a otros protectores autónomos, organizan campañas de esterilización y ferias de adopción; denuncian en las redes sociales maltratos y vejaciones a los animales; y buscan hogares de tránsito para perros y gatos abandonados.

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Mónica Peainchau (Foto: Alejandro Trujillo Valdés)

«Este es un día por el que hemos esperado todos y ayudará a visibilizar esta causa. En los 90 cuando llegué a vivir a la Isla algo así era imposible», comenta Mónica mientras agita un cartel donde se lee «Cuba contra el maltrato animal».

Los participantes recorrieron la calle 25 del Vedado hasta el cementerio de Colón. «Inicialmente, la peregrinación que fue convocada por protectores y amantes de animales iba a recorrer la céntrica calle 23 pero en el último minuto los organizadores anunciaron que pasarían a la paralela calle 25, menos concurrida», asegura el diario digital 14ymedio.

El recorrido terminó en la tumba de la filántropa estadounidense Jeannette Ryder, fundadora en Cuba del Bando de Piedad, una organización que protegía niños, animales y plantas en las primeras décadas del siglo XX.  

A medida que avanzaba la peregrinación más personas se fueron sumando con sus mascotas y lazos naranjas, una señal de compromiso con el derecho a la vida y el bienestar de los animales. Cerca del cementerio, ya se habían reunido casi 500 personas.

En Cuba ocurren envenenamientos masivos de perros y gatos callejeros, es posible lucrar con las peleas de gallos y perros, Zoonosis (Ministerio de Salud Pública) captura y sacrifica a los animales callejeros, y aun así, la Asamblea ignora las continuas peticiones de los grupos de protectores.

Por eso, la marcha no podía tener otro reclamo que la urgencia de una legislación, cuenta Mónica.

María Gloria Vidal, presidenta de la Comisión Nacional de Bienestar Animal del Consejo Científico Veterinario de Cuba, anunció en 2018 por televisión que varios especialistas trabajaban en una legislación sobre «bienestar animal». Aun cuando varios activistas creen que el concepto de «protección» sería más adecuado que el de «bienestar» (porque este se limita a la calidad de vida de los animales de producción), hasta hoy no se conocen otras noticias de ese proyecto legislativo.

A ciencia cierta solo se sabe que la nueva Carta Magna, refrendada el 24 de febrero, no dedica una sola línea a la protección animal. En el documento apenas aparece el término «fauna», una vez: Es deber de los ciudadanos «proteger los recursos naturales, la flora y la fauna y velar por la conservación de un medio ambiente sano».

Sin embargo, en Cuba el término «fauna» ha sido interpretado como especies protegidas, aves endémicas o moluscos exóticos. Hasta ahora los perros callejeros, gatos abandonados y caballos sometidos a la violencia de sus amos, no encuentran ninguna protección legal en las normas cubanas.

A sabiendas del vacío legal que asegura la impunidad de quienes maltratan o incluso asesinan a perros y gatos, Mónica Peainchau salió a marchar.

(Foto: Alejandro Trujillo Valdés)

El domingo siete de abril la peregrinación comenzó con timidez, sin consignas, ni lemas difundidos a viva voz. Justo en el punto intermedio del camino el acento francés de Mónica se alzó por encima del bullicio. Fue ella la primera que pidió una ley para proteger a los animales. «Ley sí, maltrato no», comenzó a decir hasta que poco a poco otros la replicaron.

A sus 72 años, llegó a la marcha con unos tenis deportivos y una camiseta naranja. Vino a Cuba en década de los 90 del pasado siglo y no se fue más. Hoy administra un refugio privado para 50 perros en el municipio de Boyeros.

«Los perros nos necesitan todo el tiempo. Nunca podemos dejarlos solos», explica. Mónica alimenta a los animales con sus propios ahorros y paga a otras personas para su cuidado, cuando ella no puede. «Realmente a veces me cuesta llegar a fin de mes», asegura. Si mantiene el refugio, dice, es porque no puede ser imparcial ante el maltrato.

Al llegar al cementerio, Mónica saca una botella de su mochila y le ofrece agua a un cachorro sediento que acompaña a una pareja de jóvenes. «Me alegra ver tantos jóvenes aquí porque una sociedad que no proteja a los animales, permitirá que prolifere la violencia. Quien ataca a una criatura indefensa un día también atacará a otra persona más débil».

«Fíjate que son mujeres quienes más vinieron», dice ella. «Eso es porque nosotras entendemos lo que es ser violentadas».

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Claudia Padrón Cueto

Claudia Padrón Cueto

Nació en Pinar del Río en los años 90 pero ha eligido para vivir La Habana y su caos. Es incapaz de llegar a algún lugar sin perderse antes. Rompe con un par de estereotipos de lo que se espera de una persona cubana: nunca ha bebido café y no le gusta la salsa. Es periodista porque no ha sabido, ni querido, ser indiferente a las demás personas. Y porque cree que aún queda demasiado por mostrar. Tiene la romántica idea de quedarse para contar su país.

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