Mía no es una muñeca: La influencer cubana que desafía a diario la transfobia en sus redes sociales


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(Fotos: María Lucía Expósito)

Una instantánea de la auténtica Mía, tendría que mostrarla recostada en el sillón, semidesnuda, con  una tanga que no disimula el pene.

Hace casi un año renunció a esconder todo el tiempo los genitales y decidió «trucarse» solo para eventos públicos y tardes de playa. Mía me hizo entender los prejuicios que cargamos las mujeres por cómo nos educaron.

Ella misma reconoce que ser criada como un niño, sin la presión de esconder los senos o cruzar las piernas, influyó para que, en esta tarde habanera y calurosa, yo esté con la blusa remangada mientras ella se recuesta, destapada, en un sillón rosado a la luz del ventanal que se concentra en las perlitas de los piercings enterrados en sus pezones.

Mía Rochelle tiene solo 18 años y desde los 12 toma hormonas. Mientras el reconocimiento a las infancias trans parece una utopía en la sociedad cubana, Mía se las ingenió para hormonarse siendo menor de edad.

Al terminar la escuela primaria, supo que no aguantaba más un «cuántas novias tienes» ni un pase de lista con ese nombre que le causaba repugnancia.

Un amigo suyo le presentó a quien en ese momento era una de las mujeres trans con más cispassing de Santispíritus, y Mía le rogó que le diera la «receta mágica» para hormonarse, las técnicas para lograr una transición autogestionada y sin supervisión médica alguna.

Ese mismo día consiguió suficientes ciprestas y dietiles como para tomar nueve pastillas diarias y encaminar bien su cuerpo. La cipresta fue fácil de conseguir, porque es un anticonceptivo común. El dietil, en cambio, tuvo que recetarlo clandestinamente una ginecóloga amiga suya.

Dos semanas después, la madre de Mía supo que algo no andaba bien con su hija que no paraba de vomitar y tenía sangramientos. En el hospital infantil de Sancti Spíritus confesó todo y allí empezó la batalla familiar para frenar las sobredosis de hormonas femeninas en su cuerpo adolescente.

La poca libertad de movimiento que suele tener cualquiera a sus doce años, fue inexistente para Mía, que era vigilada y no tenía soledad ni en el baño. No obstante, nadie pudo controlar su tenacidad. Mía volvió a conseguir hormonas, y esta vez las tomó en una dosis menor.

Para burlar el cerco de sus padres dejaba las pastillas en la gaveta de la mesa de su aula, y justo en la merienda, mientras el resto de sus compañeros disfrutaba de las frituras grasientas del merendero, ella se tomaba las pastillas con el mismo refresco que su madre había preparado la noche anterior.

Mía ha luchado toda su vida con comentarios transfóbicos que destruirían a cualquier persona. Lo más doloroso que recuerda fue cuando le dijeron que las personas trans «tienen una enfermedad psicológica causada por traumas de la infancia», porque resulta que ella sí tuvo traumas infantiles. Dejaron heridas que le cuesta cerrar.

«Fui abusada desde muy pequeña y hasta los doce años por un amigo de la familia, pero eso no me hizo trans. Yo siempre me sentí mujer», dice.

«Lo que sí sé es que, si ese abuso perduró, fue porque me sentía vulnerable por aparentar algo que no soy. Imagínate fingir que eres un niño y que tu abusador sea el único que te trata como niña. Esa desprotección fue la que me hizo callar», confiesa.

«Si las infancias trans estuvieran normalizadas, tal vez este tipo de abusos no fuera tan frecuentes. Yo no estoy enferma, mi violador sí lo está», insiste.

Hoy, por primera vez lejos de su familia, comenzando una nueva vida en La Habana, Mía habla de ese hombre sin llorar. Admite, sin embargo, que denunciarlo es uno de sus mayores miedos.

«No contaré esta parte de la historia», le dije en nuestras primeras conversaciones. Pero en este momento, en el umbral de su vida de mujer independiente, Mía me toma las manos y me dice: «Cuéntalo todo, ya no tengo miedo».

«Las hormonas tienen dos caras, por un lado te convierten físicamente en la mujer que sueñas ser, pero por otro destruyen tu capacidad de sentir, de disfrutar una vida sexual plena. Yo no supe lo que era un orgasmo hasta hace poco», revela. «Decidí dejar de hormonarme para descubrir qué es capaz de sentir mi cuerpo».

Me pide que le amarre una de sus blusitas diminutas, a juego con una falda roja de círculos blancos. El rojo de la falda contrasta con su pelo y se ve hermosa, tanto que mucha gente lo nota. El regreso de la testosterona provoca en Mía un hambre de sexo que apenas logra controlar.

«Es como si mi cuerpo me cobrara ahora todo lo que he dejado de sentir», dice.

A veces está insegura y quiere volver a tomarlas, porque ve que sus facciones vuelven a masculinizarse y, poco a poco, toda la tranquilidad que su cuerpo de mujer hermosa le dio, se va a pique, pero Mía gana a ratos la batalla de su cuerpo con su mente y se dice a sí misma que su belleza radica en la resiliencia y que no cambiaría un buen orgasmo por una cara de muñeca.

«Las mujeres tenemos cuerpos diversos, yo, por ejemplo, soy gorda, me salen pelos y tengo las tetas pequeñas. El tipo de cuerpo que tengas, no te hace mejor o peor mujer», le dije caminando hacia un café. Al llegar, pidió una limonada y me dijo: «Creo que las hormonas van a tener que esperar, yo no soy una pastilla».

Los modales de la muñeca

El sexo para Mía ha sido una forma de crecimiento. Un crecimiento amargo y doloroso.

La mayor parte de las veces, los tipos le decían que se pusiera de espaldas y se dejara la tanga puesta, para no ver su pene.

Ella incluso lo agradecía, porque eran tiempos en que la «disforia de género» no la dejaba pensar en otra cosa que no fuera ocultar sus genitales. Hubo momentos en que usó hasta cinta adhesiva para esconderlos cuando iba a la playa.

Luego aprendió a «trucarse», a meterlo entre sus piernas hacia atrás para que no se marcara por encima de la ropa.

Tuvo una etapa en que descubrió el morbo de «estrenar heteros». Quería ser, por diversión y por ponerse a prueba, la primera mujer trans en la vida de alguien.

Disfrutaba enseñarles su miembro y hacer que lo tocaran temblorosos, y luego jugar con ese miedo y convertirlo en poder. Actualmente, me dice sin reservas, renunciaría a trucarse si no fuera porque en el mundo profesional en que se desenvuelve, supondría un freno.

Mía, como tantas mujeres, siempre ha tenido miedo a no lograr relaciones estables y a ser vista como un objeto de deseo solamente.

Su primera pareja, por suerte,  fue un tipo que, a pesar de su ignorancia, supo ver en ella una mujer.

«La parte trans no le chocó porque en ese momento mi pene era inexistente. Él nunca llegó a tocarlo, ni a verme desnuda del todo, porque incluso para mí, mi pene debía ser ocultado», recuerda Mía.

Todo terminó cuando tuvieron que enfrentar a su familia y a la sociedad. Él era de Taguasco, un pueblo pequeño.

«Cuando venía a Sancti Spíritus se lucía conmigo por la calle, pero en su municipio lo negaba todo y cuando le dijo a su familia que no teníamos una relación, lo bajé del pedestal. Todos los amigos que alguna vez lo cuestionaron, terminaron intentando acostarse conmigo».

Luego llegó a su vida alguien con quien descubrió que ser mujer y tener pene estaba bien. Con él se desnudó física y emocionalmente. Tuvo su primer orgasmo. Fue el primer hombre al que le contó el abuso sexual que sufrió en la infancia. 

«El primero que expuse en redes sociales como mi pareja. El que me dio la mano públicamente en todas partes, con el que viví y me presentó a su familia. En esa relación logré sentir que mi prioridad en la vida no era la transición y que no necesitaba las hormonas para ser una mujer, pero también fue la única persona que me ha destruido emocionalmente», relata.

La pareja de Mía terminó siendo otra víctima de la transfobia. La presión social fue desmedida. Sus amigos dejaron de visitarlo.

«Salía del clóset todos los días ante la sociedad, cuando realmente nosotros éramos una pareja heterosexual como cualquier otra», reflexiona ella.

Las redes sociales fueron muy importantes para esa relación porque constantemente recibían mensajes de aliento. «Incluso una vez un muchacho le escribió diciéndole que tenía una relación con una mujer trans y vernos en redes era una inspiración».

Tras meses luchando contra todo ese odio, depresión y faltas de respeto, todo se calmó y hasta sus amigos lo entendieron, pero la relación terminó porque él emigró a Estados Unidos para reunirse con su familia.

Actualmente Mía tiene un compañero que le aporta paz y tranquilidad. Con él ha superado sus miedos y ha puesto un freno a sus inseguridades.

«Yo realmente me cansé de ser tratada como una muñeca que solo se usa para satisfacer y jugar. Tenía mucho temor a que me rechazaran por los cambios de mi cuerpo cuando dejé las hormonas, pero él me ha aceptado como soy, me ama así», dice. «Yo no lo quiero perder porque es el tipo de hombre que cualquier mujer querría tener en su vida».

Influencer, no muñeca

Mía tuvo que dejar la escuela de enfermería porque no la dejaban ser ella misma. Su vida dentro de lo que llama, con sarcasmo, «el cis-tema educacional cubano», fue una lucha constante.

Las advertencias por tener el pelo largo, los regaños por el «uso incorrecto del uniforme», los intentos por convertir aquel pantalón varonil en algo que la hiciera sentir cómoda, los incesantes pases de lista con su «nombre muerto», el tener que poner ese nombre en cada prueba, en cada trámite, todo eso hizo que dejara finalmente los estudios.

Llegó a estudiar enfermería en la universidad. Tras dos años de transfobia había logrado, al menos, que la llamaran Mía y hasta vestirse de una forma que le parecía adecuada, pero ya no pudo más.

Irse fue un alivio porque sabía, además, que tenía otras formas de ganarse la vida. Su presencia en redes sociales crecía casi a diario. Ya contaba con  más de 15.000 seguidores en Twitter y al menos 5.000 en Instagram.

Cuando renunció a ser enfermera comenzó a publicar contenido más seguido y no le faltaron las propuestas de trabajo. Salones de belleza, negocios privados y discotecas le ofrecían pago y servicios gratuitos a cambio de promociones. No paraba de asistir a fiestas en las que su sola presencia era motivo de ganancias para el bolsillo, e incluso se hizo retoques y tratamientos de belleza gratis.

A la vez que crecía su popularidad por las crónicas de su vida diaria, que son el material principal de sus redes, aumentaba también el odio.

Un día normal para Mía es estar parada frente al aro de luz que usa para las directas, entusiasmada por una nueva historia, y descubrir comentarios como «estás enferma», «las trans no son mujeres», «a los 45 examen de próstata». Hay cristianos tan sutiles, y no por eso menos violentos, que le dicen cosas como «cuando rezo por ti, los ángeles no reconocen tu nombre».

En ese momento la ira de Mía sale a la carga, y lo que viene después son respuestas crueles y demoledoras.

El tuit que la catapultó a la fama, con casi 4 mil reacciones, fue su respuesta a un comentario transfóbico. Se ven dos fotos con esta leyenda: «La ex de mi novio: “Vete con la trans esa que debe verse más macho que tú”». Al lado se abren puntos suspensivos para que todos puedan admirar la feminidad de Mía, bellísima, en traje de baño.

Ella reconoce que este tipo de respuestas, a veces misóginas, son consecuencia de la misma violencia que ha vivido: «Como víctima he optado, en el caso de las mujeres, por atacar su autoestima, y eso no está bien porque ellas también son víctimas».

»Ese tipo de comentarios hacia mí solo refleja las inseguridades de quienes se toman el trabajo de ofenderme en redes sociales, pero yo también tengo inseguridades y he respondido a la defensiva», admite.  

Hay una historia que la quema por dentro y que cuenta con dolor. Una vez, con solo 15 años, una mujer trans le dijo en una discoteca: «¿Y tú qué te crees, que eres mejor que yo? Aquí todas somos pájaros querida». Mía se volteó y le dijo: «Yo soy una mujer y a mí por lo menos no me está comiendo el Sida». Ese comentario hiriente le pesa hoy.

«Yo sé que buena parte de mi comunidad es VIH positiva. Yo fui criada con miedo al Sida, yo soy serofóbica. Le temo al estigma de que las mujeres trans terminamos todas con VIH porque nos prostituimos», razona.

Mia tampoco estigmatiza ya a las trabajadoras sexuales. «La sociedad no nos da chance de existir en paz», dice.

«Me arrepiento de lo que le dije a esa mujer y donde sea que esté, que sepa que no he parado de pensar en ella y que me disculpo. Ese comentario fue un reflejo de mi miedo también. Competir y hacernos daño entre nosotras no tiene sentido. Eso me lo está enseñando la vida todos los días».

Mía considera que no es activista LGBTIQ+, pero entiende que su sola existencia y el hecho de que cuente su día a día a quienes la siguen en las redes sociales, es una forma de visibilizar a las personas trans.

«Cuando era adolescente, quisiera haberme encontrado a una @mia_rochelle69 que me contara sus vivencias. Me hubiera gustado ver a una @mia_rochelle69 en la televisión o en las revistas, por eso elegí este camino», declara con orgullo.

«Mostrarme ante el mundo tal y como soy es mi forma de hacer justicia a la niña que fui, para que otras vean que es posible y no pasen lo mismo que yo», afirma.

Mía vino a La Habana de vacaciones y decidió quedarseen esta ciudad que le parece enorme. Desde que llegó está aprendiendo. Ya sabe hacer frijoles, aprendió que tiene que planificarse porque todo está muy caro, que no puede responder con odio a todas las ofensas.

También ha conocido en persona a muchas mujeres con grandes historias de superación y a mujeres trans que comparten sus inquietudes. Nunca imaginó que la gente la reconocería en la calle ni que una vendedora le regalaría un café porque sigue su contenido en redes. Tampoco imaginó que los hombres la acosarían tanto y que alguien le diría en plena calle «esas tetas son de macho».

Desde su llegada a la capital ha sido contactada por varios negocios que le ofrecen trabajo como modelo y promotora. Es consciente de los riesgos, pero sabe que puede construir un futuro mejor y decidió quedarse. Ya consiguió trabajo y alquiler. Le queda luchar en un medio hostil y crecer.

La he visto llorar una sola vez, el día que supo que para inscribirse en un casting tendría que llevar su carné de identidad. En ese momento se le vino el mundo encima. Se imaginó rodeada de modelos y llamada al escenario por su «nombre muerto».

Se secó las lágrimas y me dijo riendo que era única hasta en eso: «Seré la mujer con más cojones de todo ese casting».

Ese día antes de despedirnos en el café, me lo confirmó: «Me voy a quedar. Ahora quiero La Habana a mis pies».

Lisbeth Moya

Lisbeth Moya

Periodista feminista y militante de izquierda

Comments (18)

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    Ernesto

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    Me parece genial la historia de esta chica, mis respetos hacia ella

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    Ailen

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    Mía eres grande!!! Si antes te admiraba x tu belleza, ahora te admiro x todo lo que representas😍

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    Rosangela Cepeda

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    Nunca voy a olvidar q ese concursillo de cuarentena fue de tus primeros pasos para salir sin miedo a defender todo lo que crees pensé que te iban a comer viva lo admito, pero saliste vencedora tienes todo mi respeto y deseos de que todo te salga mejor de lo q esperas

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    Sheila

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    La habana a tus pies no, el mundo entero preciosa porque te lo mereces! Un ejemplo de superación y resiliencia, estoy muy orgullosa

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    Luis Antonio

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    Orgulloso de conocerla desde niña, de verla crecer y transformarse en una guerrera. Pronto tendrás La Habana a tus pies y quien sabe si más adelante pueda caer el mundo rendido a ti… 😘

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    Yillo

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    Hermoso, inspirador y digno de aplausos!!

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    Eduardo

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    Mía para mí eres una mujer de todas las formas que seas y sabes que para mí eres una diosa empoderada ❤️

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    Yadira

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    Que toda la oscuridad que te persiguió durante tu infancia, se convierta en el cielo azul lleno de luz donde los ángeles te reconocen ya como la Mía de Cuba. Besos

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    Lorena

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    Me encanta Mia. Toda una diva. Triste por todo lo que tenido que pasar espero algún día está sociedad mejore

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    Felicia Maria Cruz Placeres

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    Me haz hecho llorar , sin palabras me he quedado verdaderamente estoy muy orgullosa de ti por ser quien eres, la mujer con más ovarios que cualquier otra indiscutiblemente ……Éxitos y bendiciones mi vida 💛 🙏 te quiero 💖

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    Isurén

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    PEDAZO DE MUJERÓN

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    Kendry

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    Bella mía te deceo lo mejor Ejemplo a seguir Preciosa lo leí detalladamente y me llegó a lo más profundo 🥺❤️Hermosa Éxitos 🥰

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    Doreen

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    Me encanta tu contenido y muchos éxitos Mía

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    SMichel🤖

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    Eres grande Mía!! Sigue creciendo y dándote a conocer tal y como eres y no solo la habana ..cuba entera estará a tus pies.

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    Heidy

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    Muy buena entrevista. Mucho éxito en tu vida Mía ♡.

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    Rixon

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    Confirmo.

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    Yadira

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    La Habana es tuya, mujer! Cómetela! Abrazo para ti

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    Ron

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    Me encanta. Dura, Mía, y pa’ lante.

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