Tres grandes estafas de la cama y el amor


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Fiesta gay en Cuba (Fotos: Yariel Valdés)

Las relaciones acaban por cualquier razón misteriosa. Los finales que más nos pesan son los que se deben al desgaste. No voy a contarles nada de eso. Estas son historias de gente que prometía mucho y daba poco. Se detectan rápido.

Richard, el informático del acueducto

Lo conocí en una discoteca gay de Centro Habana llamada El Colmao, una sauna de pocos metros a donde íbamos los pájaros que no teníamos más de 5 dólares.

Fue en el 2013. Era una de las primeras fiestas gays a las que asistía. Por momentos parecía un concurso de disfraces. Físicamente Richard no me resultó desagradable, y entre toda la bandada excéntrica de El Colmao me pareció de lo más salvable. Por eso le permití, cuando se acercó, que bailara conmigo.

En esa época yo me proponía regresar de cada fiesta con alguien al brazo. Una fiesta, un plan. Una borrachera, una conquista. Richard fue el designado esa noche.

Borracho, no tuve que disponer mucho esfuerzo para el sexo. De hecho, no recuerdo gran parte de ese primer retozo. Sé que fuimos para su renta frente a la Universidad de La Habana. Al otro día me despertó con un buen café, y un par de panes con tortilla y refresco. Hasta ahí todo iba bien.

Intercambiamos teléfonos, a pesar de que yo no quería repetir con nadie en esa etapa. Richard no me resultó desagradable, lo admito, pero igual deseé que no me localizara nuevamente. Mi libertad era un don. Pero, bueno, me llamó y no le colgué.

La segunda vez que nos vimos no hubo sexo, solo nos fuimos a charlar en el parque de G. Todo light. Un informático muy preparado. En realidad, su compañía era saludable. El problema apareció en la tercera cita. Tocaba sexo, lógicamente, y lo hubo.

Yo jamás me sentido tan frozen como ese día, a no ser por el día que vino después. Que está bien el sexo oral, claro que sí, pero empavesarme de la forma en que ese niño lo hizo, ya es otro nivel de entrega.

A los 10 minutos de estar desnudos me sentía totalmente encartonado. Había sido víctima de su salivación hiperbólica. Me había pasado la lengua hasta por dentro de la nariz. Que conste que es muy chulo que te veneren de esa manera, pero en su estrategia de sexo oral fue dejando toneladas de saliva por cada centímetro cuadrado. Me sentí como acabado de nacer, envuelto por una bolsa amniótica y obstinada.

Para colmo, cuando terminó de bañarme, procedió con su dinámica sexual atrofiada. En general, Richard se movía a 2 km por hora. Como si no hubiera que acabar nunca. Cuando terminé, de todo menos complacido, fui corriendo a la ducha. Tenía otra piel encima de la piel.

Decidí darle otra oportunidad a mi empavesador, pero el pobre estaba condenado a su técnica. Intenté persuadirlo y persistió en empanizarme. ¡Qué va! Dos oportunidades le di, y en las dos me fui corriendo a la ducha. Uno de mis más húmedos y nefastos piscinazos.

José Luis, el bailarín con el que no pude bailar

Estaba soltero, deseoso de todo tipo de fiestas, y la cogí con irme los jueves en la noche al Teatro América. Allí ponían el aclamado show humorístico de Mariconchi y sus invitados.

Servían de teloneros unos apuestos muchachos, un grupo de alrededor de 15 bailarines y bailarinas que abrían el show con algunos números cabareteros. No sé de qué manera terminé asociándome con ellos, supongo que me lo propuse. Tras mi fracaso en conquistar al rubio trascendental del elenco, acepté a José Luis. Una buena segunda opción.

Tengo que admitir que José Luis era un excelente partido. Era bello. Para ser bailarín era pequeño, pero con un rostro muy hermoso y un cuerpo bien proporcionado. Un lunar excéntrico se acercaba a su boca y le daba un toque seductor indiscutible. Un mechón negro, rizado, le caía desde el final de la cabeza y le daba un aire medioriental muy fresco. Para colmo, era gracioso el maricón. Extrovertido y siempre lleno de planes locos. A su lado la pasé muy bien.

Por alguna extraña razón mantuvimos una relación de un mes sin llegar a singar. Nos besamos en muchas ocasiones, algunas más románticas y otras con más fuego, pero no habíamos concretado la ocasión para el sexo. Él no sabía si yo quería metérsela. Yo no sabía si él quería darme el culo o era activo clausurado. En esa disyuntiva se basó la expectativa que nos pusimos. Ambos callamos nuestros roles y deseos, para sorprendernos llegada la ocasión.

Finalmente, casi cumpliendo el mes, tramitamos el momento. A las 5 de la mañana abandonamos a los locos con los que compartíamos una piscina esa noche. Cogimos un carro desde el Vedado hasta el Parque de la Fraternidad, y de ahí otro hasta Regla. Caminamos varias cuadras desde el semáforo de Guanabacoa hasta su casa.

La pequeña renta de José era fría y desteñida. Era como una pecera en la que me sentí ahogado. Una maceta anacrónica daba la bienvenida en la sala pintada de un blanco inerte. Un televisor roto acompasaba el panorama. En 5 metros cuadrados estaba toda la casa. Su cama personal nos recibió.

Estábamos un tanto borrachos, en ese punto medio donde se siente la calentura sexual suficiente y un mareo ligero y persistente. Había más morbo que ganas de vomitar sin embargo. Era perfectamente posible un coito funcional de 5 puntos.

Ambos nos desnudamos. Empezamos a besarnos. Lo primero que noté fue que yo no conseguía una erección. Luego me percaté que él tampoco. Los besos eran estáticos. Se sentían como una base de taxis en la madrugada, una piquera a las 3 am donde los carros descansan en la espera inútil de un cliente. Empezamos infructuosamente a tratar de buscar intensidad y excitación en nuestros cuerpos desnudos, pero nunca la encontramos. Yo no tenía ganas de tocar y él tampoco lo hizo. Fue la calentadera más larga y caótica en la historia de los maricones cubanos.  

Cuando llevábamos unos extendidos minutos insistiendo, nos desconcertó la ausencia total de química o interés sexual que había. Se reflejaba en cualquier intento hacia una nueva práctica. Ambos gestionamos pasar de la masturbación individual a la mutua, de la mutua al sexo oral. Cada inicio de etapa era un desastre orgánico. Regresábamos al punto inicial, donde persistían, obligatoriamente, los besos.

Sin mucha palabrería asumimos el fracaso y abortamos la misión. Me vestí avergonzado y confundido, pero el cansancio no me fue más fuerte que la incomodidad del momento. Prendí un cigarro, José me abrió la puerta y me fui. Jamás nos volvimos a ver.

Alejandro, el pájaro capturado

Yo fui oficialmente el primer novio de Alejandro, y creo que una de sus primeras experiencias sexuales. Sino fui el uno, fui el dos.

Yo entré a mi turno en el restaurante el mismo día que él debutaba como gastronómico allí. Alejandro fue un pájaro que capturé, en más de una ocasión y más de un sentido.

En realidad no fue una experiencia tormentosa, de hecho, sus muchos errores engrandecieron mi ego. Pero de que el pájaro tenía la gracia de meter la pata tanto como de respirar, la tenía. Y siempre metía la pata de la forma más infantil y rústica posible. Como fuera que lo hiciera, siempre resultaba descubierto.

Lo más curioso fue que cayó en mis brazos con pocas muecas y artimañas. Estaba listico para el romance. Ese trigueño alto y fornido no me llevó muchos sudores ni peripecias. Al tercer o cuarto día de roce, ya nos estábamos dando el primer beso.

El primer gran inconveniente no fue el desconocimiento de la familia de sus pretensiones amorosas homosexuales, el primer estorbo era una novia fantasma que le habían adjudicado. Él pretendía, delante de su familia, amar portentosamente a la blanquita matancera, y gracias a la distancia podía tener con ella un noviazgo como manda la Biblia.

Al principio no le hice mucha fuerza, solo le advertí que tuviera cuidado con nuestros chats de Whatsapp y el instinto espía de su novia. Coño, más profético no pude ser. A la semana de nuestro romance, en uno de los viajes de Alejandro a Matanzas, la adúltera leyó íntegramente nuestras conversaciones.

Contra la pared, el pájaro no tuvo otro remedio que tragar en seco y evitarse justificaciones inservibles. Nuestro chat era una novela de pasión y morbo, imposible de matizar. Tampoco las fotos eróticas permitirían una curva o un slider. Acordaron terminar pacíficamente y las familias no metieron mucha uña en la investigación del cierre, por suerte.

Alejandrito corrió con la mayor mala suerte de todas mis parejas. El pobre, da risa ahora que lo recuerdo. No hubo una sacadita de pata de la cual yo no me enterara, directamente o por ojos de testigos amistosos. Su vergüenza se fue transformando de una pared de concreto en un papel retráctil. Estrenó conmigo todas las novatadas de una puta inexperta.

Llevábamos solo dos semanas de noviazgo, y sus amistades planificaron una actividad festiva por el cumpleaños de uno de los pájaros del piquete. A algunos de sus amigos los conocía, y no me sugerían responsabilidad y mucho menos confianza. Sin embargo, eran sus amigos, y yo estaba dispuesto a masticármelos.

Inicialmente el cumpleaños lo celebrarían en el cabaré Las Vegas, un famoso centro nocturno de La Habana ocupado por pájaros y travestis. Fui invitado a acompañarlos. Saldría de mi turno en el restaurante sobre las 12 de la noche, cogería un carro y nos encontraríamos allá.

Alejandro salió con sus amigos desde antes, y alrededor de las 10 me enteré que el proyecto Divino, que amenizaba los espectáculos en Las Vegas, estaría presentándose ese día en el Salón Rojo del Capri. Lo más probable, por lo tanto, eras que Las Vegas no abriría al público o que estaría prácticamente vacío.

Como eso arruinaría la fiesta, alarmado telefoneé a Alejandro. Recibí su llamada de vuelta. El grupo había dispuesto, negándose a pagar el doble de dinero en el cover del Salón Rojo, irse a casa de uno de ellos en Alamar, a celebrar allá el cumpleaños. Eso cambiaba todo para mí. Al hacer más íntima la celebración, no era del todo cómodo que una persona extraña compartiera la fiesta casera. Al fin y al cabo yo solo tenía cercanía con Alejandro, y tampoco mucha. Sin ningún problema acepté quedarme en mi casa.

Pero algo despertó mi sospecha. No puedo atribuirle mi desconfianza a ninguna razón tangible o natural, porque no la hubo. Yo simplemente sospeché y no pude desligarme de este estado de recelo. Me propuse entonces aparecerme ante él. Sabía que lo encontraría delinquiendo. Mi intuición, a decir verdad, mi gitana, me hizo entender que Alejandro y sus amigos irían a Las Vegas a pesar de mis advertencias. Y me dispuse a encontrármelo allí.

El problema era que yo no había logrado conseguir dinero para ir. Solo tenía 30 pesos cubanos en mi cartera. A pesar del inconveniente, supe que debía ir. Estaba convencido de que el destino se las arreglaría para hacerme entrar a esa fiesta, con o sin los 5 dólares.

30 pesos se dividían en un taxi de 20 pesos, desde Cotorro hasta el Parque de la Fraternidad, y otro de 10 desde Prado hasta Infanta y San Lázaro. A dos cortas cuadras de ahí está Las Vegas. Alejandro presuponía que yo estaba preparando mi cama cuando me bajaba en Infanta. ¿Y ahora cómo iba a pagar la entrada?

Un venezolano morboso fue el patrocinador. Quedó embobado con mi estampa enclenque. Quiso conversar conmigo. En realidad, siempre quiso hacer algo más. Yo, ni lento ni penoso, le sugerí que entráramos a Las Vegas, que algún recoveco oscuro aparecería para mostrarle mis centímetros. Él, sediento y curioso, pagó nuestras entradas en la puerta. El resto es predecible.

Unos metros a la izquierda vi a la infiel escurridiza. Acaloraba perversamente con círculos pelvianos a un fornido y desconocido mulato, al son del perreo intenso del Chacal.

Al verme debió bajarle la presión, porque Alejandro no era así de amarillo. Me cayó atrás, tanto o más que el venezolano timado. Yo, victorioso y prepotente, le propiné un perdón aleccionador. La pájara lloró avergonzada y prometió no mentirme jamás. El venezolano no recibió de mi parte ni un triste consejo.    

Por supuesto que no fue el último de los naufragios de Alejandro. Intentó disfrazarme uno de sus romances extramaritales, adjudicándoselo a su mejor amigo. Yo alcancé a ver mensajes de texto y a tener testimonio del ingenuo con el que querían engañarme. El testimonio vino a mí solito.

Todas sus artimañas fueron desmanteladas fácilmente. Al punto de que Alejandro ya no sabía hacer otra cosa que llorar como un niño al que le descubrían el truco de magia. Ni siquiera objetó algo cuando decidí dar por terminada nuestra relación.

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