La trans que se encueró en el calabozo, el Támesis y una multa impagable


3,206 Vistas
(Ilustración: Alejandro Cañer)

A las 2:30 de la mañana del viernes 11 de junio de 2022, éramos conducidos a la unidad policial de Zapata y C. Yo por impagos, Alejandro quizás por «desacato» o «resistencia». La camisa flamenca había cantado el itá

En cuanto me puse la camisa y salí a buscar a mis amigos, me tiré una foto y se la envié a Manuel.

«Pásala bien, falso gitano», escribió para luego desearme la gracia del cielo y el puñetazo del demonio. «Esto que te digo nada que ver con mis santos. Yo soy gitano de antaño. Gitano hijo y nieto de gitana».

Entre risas, le pedí me explicara lo de «falso». Su arenga venía con la misericordia de quien extraña a un amigo. «Yo soy mucho más gitano que tú», me dijo. «Ten cuidado con mi lengua, que te maldigo y nadie cambia eso, así que procura no ganarte mi celo».

Yo estaba feliz de la prenda nueva. Había sido el resultado de un trueque mínimo con una socia. A ella le había encantado mi camisa a rayas, entonces me encajó la suya, una finísima camisa flamenca de mangas largas, negrísima, , cuello redondo y botones color hueso, repleta de lunares blancos

«Creo que tu noche será desastrosa. Quien me hace sufrir, la pasa mal. Aunque yo pida y ruegue por él, aunque me haya hecho sentir mal 2 horas», escribió Manuel.

Hace poco que somos amigos. Nos unen la poesía y el desgarro de las crónicas duras, los estados depresivos, las cuentas que no llegan nunca al fin de semana y los estragos de esta república bananera.

«Me cuentas si hubo un accidente, un asalto o una mala contesta. Te dejo. Voy a escribir». Manuel había puesto su santo y seña en mitad de la noche y aun no empezaba el baile.

La Asamblea del Muerto de Hambre

Éramos los mismos de siempre. Esa noche habíamos decidido echarla fresca en la Fábrica de Arte. Una amiga tras la barra «viaipí» nos había invitado a unos tragos.

«Hoy la Asamblea del Muerto de Hambre hará zafra allá arriba», dijo Gabriel, cerrado con la guayabera blanca de un amigo emigrado.

Alejandro y Chabelis tomaron al toro por los cuernos y también rompieron la dieta de short y pulóver. Otra camisa y otras botas. Vestido blanco empotrado al cuerpo. Los novios se besaron antes de cruzar la última línea de la cola. Gabriel no dejaba de insistir en que le prestara una de mis argollas.

Se nos pegó un inglés, Stefan. Fue Alejandro el que prácticamente habló con él toda la noche. La jerga del Támesis es tropelosa, pero la compensé con los tragos que pagó el foráneo. Esa noche todo fue a su cuenta y no a la de nuestra mecenas.

Según Alejandro, que hacía las veces de traductor, Stefan estaba muy emocionado de conocer a jóvenes con tanta cultura y tan poco dinero.

El inglés se marchó antes de que la Fábrica se convirtiera en un avispero. Sucede siempre a la hora del cierre, cuando todos hacen sus cálculos a la vez.

Subimos por la calle 26. Breve parada para comprar dos cervezas. Se nos cruzaron unos extranjeros que resultaron ser belgas. Hacía mucho calor, pero mi outfit se mantenía inmutable.

Uno de los belgas se fijó en la marca de la cerveza e hizo una mueca de asco. Le sorprendió que la «Stella» se vendiera aquí. «Es la peor cerveza de allá, no la toma nadie», dijo en perfecto español.

«Es que aquí todos somos unos homeless y realmente nos da lo mismo de dónde venga la cerveza, si viene», respondí y me di un buche.

Frente al muro de metal

Caminamos una cuadra más. Ale y Chabelis iban detrás. Gabriel se sentía saturado de tanto cóctel y no probó la cerveza.

Pasamos por delante de dos patrullas de policía aparcadas en la esquina de la calle 19. Uno de los oficiales nos requirió a los tres. Los belgas no, esos no les servían de material de estudio, y pudieron seguir su camino.

No recuerdo que nos hayan dado las buenas noches. Antes de pedirnos los carnés de identidad, un hecho predecible, el aparente jefe de patrulla jugó a hacerse el gracioso preguntando de dónde veníamos.

Desde el principio intentó sacarnos del paso. Ya no estábamos ante la jerga del Támesis. Era la del Contramaestre o el Toa.

El oficial fue retórico al cuestionar nuestra ebriedad. Levantó su dedo índice ante el mundo y, risueño, nos convidó a juntar el nuestro, por turnos, para medir la nota de cada cual. Todos los dedos acertaron menos mi dedo. Esa fue la señal para entregar mi identificación.  

Estos asociados de la Asamblea del Muerto de Hambre no padecían por falta de antecedentes, pero yo tenía una multa impagable con más de un año de vida y ahora se había duplicado. Los cuatro mil pesos hicieron que el oficial desenvainara sus esposas, ponérmelas al cuello de las muñecas, y conducirme a la unidad de policía de Zapata y C. Antes le dije que orinaría detrás de un árbol.

Cuando regresé, Alejandro, pero sobre todo Chabelis, le exigían explicaciones a los oficiales del porqué de los carnés y mi detención. «En esta zona hay muchos robos a esta hora», dijo el otro oficial.

«¿Entonces debo entender que nos están cuidando de los ladrones? Porque somos cualquier cosa menos ladrones», respondió Chabelis. Cero respuesta.

Me puso de frente al muro de metal, No hubo resistencia ni agravio. Las manos atrás, esposadas. Gabriel trataba de controlar a Chabelis, que iba subiendo la parada. La gente en masa subía la loma de 26, pero para ellos no existíamos.

Alejandro,  máster en Lingüística, intentaba persuadir a los oficiales. Un minuto antes yo había hecho lo mismo. Les hablé de mi pasado como oficial, no de patrullerito. Les mencioné nombres y cargos, estrellas y palomas, no rayas de tigre azul.

Alejandro se negó a dejarme solo y dijo que lo montaran conmigo. Los oficiales no accedieron, y «el cátedra» cruzó la línea de la puerta. Yo le susurré, antes de terminar gritándole que no, que se fuera para su casa o me esperaran todos en la estación.

Alejandro fue sacado por el moño y los brazos una y otra vez por los oficiales. Acabaron tirándolo al césped como el muerto de hambre que es. Gabriel, otro profe universitario, militante del Partido, tuvo que agarrar duro a Chabelis, la económica de una empresa estatal socialista.

Mi amigo fue montado en la otra patrulla. Al periodista acusado de impagos le picaba toda la cara. Para aliviarla, se rascó contra el acrílico que divide los asientos de la patrulla.

Luego supe, por boca de Ale, que en el camino a la unidad intentaron hacerle creer que estaba drogado y por eso había actuado así. Él, que prefiere un palo de ron a un porro, no se dejó provocar.

En la patrulla me clavaron a «Wisin y Yandel». Les expliqué que estaban violando lo establecido: «Ustedes saben que poner música en las patrullas está prohibido y menos con un detenido dentro».

«En mi patrulla yo hago lo que me dé la gana», fue la respuesta tajante, pero incorrecta, del oficial. El copiloto iba en silencio mientras yo tarareaba «Rakatán».

«Avísenme si quieren que me encuere y los llene de mierda»

No firmé el talonario. Entregué mis pertenencias e intenté explicarle mi causa a un oficial de Orden Interior. Tal vez era el jefe, pero a esa gente le extirpan el sentido común cuando los tiran a esas mazmorras. Los presos son ellos y cobran por serlo.

El calabozo es parecido a una pecera, una pecera llena especies prohibidas, invasoras, que solo tienen cabida allí.

No éramos más de diez y la mitad dormía entre los azulejos de los bancos. Casi todos eran negros o mulatos. Me senté tranquilo de frente a la reja. Me miré mi camisa flamenca, la alisé y sonreí. Tenía al lado a dos muchachos que no pasaban los veinte años. Ellos también habían sido conducidos por no pagar sus multas, pero no fueron esposados en la patrulla.

Entonces escuché un vozarrón.

Era una de las mujeres trans detenidas esa madrugada. Llevaba cerca de una hora en la pecera, nadando en la incomprensión de haber sido detenida y conducida solo por orinar tras un árbol.

Salía del Club Las Vegas y esperaba un taxi que la llevara hasta su casa, en Diez de Octubre, pero la patrulla asumió que cometía el delito de «exhibición impúdica» en esta ciudad sin baños públicos que es toda un inmenso baño público.

Las otras trans aparentaban sosiego. Una rubia de unos 45 años, vestida de negro y golpeada por el tiempo, no hablaba. La otra era una mulata vestida con tacones, saya negra y blusa blanca. Su voz era dulce y ronca a la vez. Las dos estaban sentadas a ambos lados de la reja, como custodiando el tiempo.

La que gritó, en cambio, denotaba un sobrepeso emocional. Su empingue era razonable. Con tarjetas Visa, MasterCard, de MLC y moneda nacional, mostradas al vulgo desde su privilegiada cartera, se preguntaba a viva voz: «Por qué pinga estos me traen para acá si nunca me he prostituido. Yo soy trans, no una puta. No tengo antecedentes ni robo y no me puedo ir del país de pinga este porque no tengo cómo. Y orinar no es un delito».

Era la primera vez que me veía en tal situación. Jamás había sido esposado ni tratado como delincuente. Traté de calmar a la mujer. Olvidé su nombre, que de seguro resultaba muy musical. Horas después pensé que podía llamarse Maité o  Yaima.

Había dejado de pensar en mi detención y en los moños de Alejandro. Solo olía la fetidez de la turca. Era como el metano y la gasolina, casi adictiva.

Ella encendió un cigarro y me dio otro. Fumamos juntos. Le dije que era periodista de Tremenda Nota, una revista cubana LGBTIQ+. «No la he leído, pero sé que existe», me dijo.

Su vestido pegado al cuerpo resaltaba sus líneas. No era más alta que yo. Quizás de la misma edad que yo. Tenía el pelo largo, negro, tal vez eran extensiones o una peluca. Sus facciones se veían, según lo que entiende la gente, finas.

Comenzó a alterarse y a caminar por todo el calabozo. Su voz se escuchaba en las afuera de la estación, según me dijeron luego mis amigos. Creyeron, dicen, que eran mis gritos. En un momento dado ella preguntó qué iban hacer con su situación. Uno de los carceleros respondió que iba a ser «trasladado» hacia la unidad de su municipio.

Siempre, todo el tiempo, al principio y al final, la trataron como si fuera un hombre.

«¡Avísenme si quieren que yo me encuere y me llene de mierda y empiece a embarrarlos a todos ustedes!», gritó.

Cuando un detenido o detenida dice tal cosa, es el desespero quien habla. Yo lo sabía por experiencia. A muchos y muchas vi hacer eso y más.

«¡Ustedes están violando mis derechos! Yo soy transexual, no ladrón como ustedes y los de allá arriba», añadió.

Ellos no le hacían ni puto caso y yo traté de calmarla otra vez.

«¡A mí la pinga el Código de las Familias ese, que no me representa, y ustedes no lo respetan ni lo respetarán!», siguió gritando.

Ella se desnudó y tiró la ropa por la reja. Primero el vestido, luego el ajustador. Tenía los senos muy definidos, pezones afilados y un rabo negro depilado, parecido a un cabo de tabaco.

Movía su cintura como si estuviera en una pasarela. Volvimos a fumar, y antes de la última calada me abrieron la reja. Me despedí de ella.

Me dieron dado un papel con mis datos para ponerle un cuño. Debía pagar la multa, sí o sí, la semana entrante. Había estado una hora allí dentro y me dieron vía libre a la instalación, como si yo supiera ubicarme en ella, y sabía.

Le di el papel al oficial sentado en la carpeta, un mayor al que le canté las cuarenta con la melodía de la Calabacita. No tenía sentido discutir nada. Seguía sin antecedentes o eso creo. Pregunté por Ale y me dijo que debía estar preso. Mis amigos me esperaban fuera, incluido Alejandro, que nunca entró a los calabozos.

Con aquel inglés de la Fábrica de Arte nos volvimos a topar. Le habían robado, cuchillo al cuello, al bajarse de un taxi camino a su hotel. Ahora estaba allí para hacer la denuncia. Ale entró con él para traducir a la investigadora de guardia. Lo llamé por teléfono y le dije que eso era un caso perdido. Las leyes establecen que, en ese caso, hay que llamar a un fiscal y a un traductor. Eso daba para varias horas.

En lo que Alejandro dejaba encaminado al inglés, ahora en manos de «la quinta mejor policía del mundo», llamé a Manuel para avisarle de su profecía. Estaba despierto y no podía creer esta historia: «Cuando te cerraste de negro con esa camisa de gitano, flamenca de negro y lunares, lo vi todo por mi caleidoscopio espiritual».

Yo lo quería matar y darle un abrazo, todo en uno. Terminó diciendo: «Te advertí que soy mucho más gitano que tú. Ten cuidado con mi lengua y escríbelo todo. Chao».

Comments (1)

  • Avatar

    Senén Alonso Alum

    |

    La Vana es un baño público y Cuba es un solar desvencijado y maloliente. Le descargo a esa maestría tuya de convertir cualquier anécdota en Literatura. Creo que la vida es susceptible de ser “literaturizada”.

    Reply

Haz un comentario