¿Quién será el próximo «traidor» que nos devuelva la voz?


1,072 Vistas
Concierto de Pablo Milanés este 21 de junio en La Habana (Foto: Lisbeth Moya)

El concierto «Días de Luz», de Pablo Milanés, finalmente sucedió. Muchos de los que estuvimos presentes la noche de este martes en la Ciudad Deportiva, creemos haber sido privilegiados de asistir a un acontecimiento histórico.

No me interesa hablar de la potente y dulce voz de Pablo que tanto aplaudí. No es mi asunto si pudo haber cantado aquella o esta canción. También me quedé con ganas de escuchar «Yo no sé».

Esta vez me ocupan las sombras que antes, durante y después de las cerca de dos horas de concierto, desplegaron, tanto las fuerzas policiales, como los medios de prensa estatales, no ya contra Pablo, sino contra el privilegiado público.

Siempre he sido más de Silvio que de Pablo. La teoría de cuál de los dos músicos es más duro, puede durar tanto o más que el dominó en la esquina del barrio. Pero yo no podía faltar al concierto ni siquiera estando bajo los síntomas del dengue.

La entrada al Coliseo fue fácil. Mucha gente elegante, mucha gente joven, amigos, colegas, extraños conocidos. El pase requería un cacheo corporal a las mujeres y los hombres por parte de la policía. El amigo de un amigo de un amigo también llegó puntual al Coliseo, pero «se puso fatal» porque al concierto de Pablo no se puede ir mal vestido.

El muchacho de seguro no estaba al tanto de las frases prohibidas en el país y se colgó un pulóver negro con una frase feroz: «Yo soy un caso social». El grito pertenece a uno de los tantos momentos icónicos del cine cubano, «Lista de espera».  Al joven le prohibieron entrar con semejante arma de destrucción masiva al recinto. Ese pedazo de trapo no significaba menos que la amenaza de explosivos }que tanto promovieron los medios estatales en plena serenata de Pablo.

Conclusión, que ni siquiera virándose al revés el pulóver dejaron en paz al criminal en potencia. Tuvo alguien que alcanzarle otro, quién sabe de dónde. Casi acabó encuerándose a la vista de todos y cambiándose el pulóver para poder acceder con su entrada, tan perreada días antes.

Por cierto, se puede decir a las claras que el escándalo y el berro de miles de cubanos en las redes por la cantidad de entradas vendidas para la primera versión del concierto, fue una victoria civil.

Al final, prácticamente no hicieron falta las entradas para acceder al lugar. A pesar de la aparente organización de las colas y niveles de acceso, la gente entraba como perro por su casa. Yo mismo no tuve necesidad de mostrar mi ticket, y como yo muchos saludaron a las cámaras y siguieron de largo buscando la entrada principal.

Una vez dentro, te percataste de todo. Te das cuenta de la bola de años que hace que no pisabas el Coliseo. Te das cuenta de que algo tan colosal tuvo que ser construido antes del 59. Te das cuenta de que ahí no se irá la corriente. Te das cuenta de que el lugar no está diseñado para ofrecer conciertos, al menos no con los músicos al fondo, tan lejos del público.

Te das cuenta de la cantidad de gente linda que te reconoce mientras buscas tu sitio. Te das cuenta que aquello adentro es grande, pero igual metieron a toda la Seguridad del Estado del país para que nadie formara un petate.

El acoso y la represión están tan incrustados en la sociedad cubana que «los compañeros que atienden» a la disidencia tuvieron vía libre a todas las áreas de la instalación. Ellos ya sabían sus puestos, quiénes eran sus «atendidos», a qué hora, con quién y cómo habían vestido para la ocasión.

No me tocó vivirlo, pero amigos artistas, activistas y periodistas vivieron el concierto en total tensión. Desde que llegaron al Coliseo fueron cínicamente saludados por sus agentes. Si salían a fumar o se paraban a saludar a alguien, allí iban detrás de ellos. Literalmente se puede decir que por cada tres personas que había allí dentro, por lo menos dos eran «segurosos». 

Constantemente acosaron con llamadas por celular a sus «contrarrevolucionarios» asignados. La orden estaba dada y la repetían sin que fuera matraca: «No te atrevas a gritar algo o a tirarnos fotos o a aplaudir más de la cuenta, que te vas por los pies».

Igual cantaron, bailaron y corearon, pero los agentes no les quitaron ni pie ni pisada. Paraditos todos y firmes como una pinga, estuvieron toda la noche sin poder tararear un tema, porque las canciones de Pablo Milanés hace muchos años fueron desechadas de los recitales político–ideológicos.

Muchos de mis amigos que forman parte de la comunidad LGBTIQ+ se pasaron por las entretelas todas las amenazas de sus acólitos y gritaron a más no poder cuando Pablo cantó «Pecado original»: «Dos almas, dos cuerpos, dos hombres que se aman van a ser expulsados del paraíso que les tocó vivir…»

«Eso fue definitivamente una declaración rotunda de intenciones, de apoyo a la comunidad, un guiño al momento del Código de Las Familias, un abrazo directo», me dijo a la salida un amigo acompañado por su novio. «Todos nosotros sentimos eso, sentí que me la estaba cantando a mí».

También resulta curioso, simbólico sobre todo, el cara a cara de Pablo Milanés contra la gigantografía de Che Guevara. El ideólogo del «hombre nuevo» contra el «desertor» de la esperanza comunista.

«“Nostalgia” fue una canción que compuse por los 2000 cuando me di cuenta hacia dónde iba la realidad de mi país», dijo Pablo para anunciar una de sus interpretaciones.

Fue este, tal vez, su único gesto explícito dedicado a la crisis de Cuba. Fue este, tal vez, el único mensaje a las miles de madres que lloran sus hijos, a la economía de subsistencia que nos carcome, a la corrupción que nos levanta en peso.

No fue un mensaje directo. Pablo no necesita que lo perdonen o le cambien la denominación de «traidor y vendepatria», pero al menos, en su despedida del mejor público que ha tenido siempre, como dijo iniciando su concierto, pudo haber confirmado su declaración de principios a favor de la justicia y el uso adecuado del poder. Decidió hacerlo de la mejor forma que sabe, cantando.

Fue un concierto de cierre, de fin de la historia. Lo supo Pablo, nosotros y posiblemente los agentes de la Seguridad del Estado, justo antes de montarse en sus motos y carros operativos.

Ahora toca ver quién será el próximo «traidor» que nos devuelva la voz.

Haz un comentario