Nueva denuncia por abuso sexual contra el trovador Fernando Bécquer: «No es que pensara que no me creerían, pensaba que se burlarían de mí»


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(Foto: María Lucía Expósito)

Maité recorre el mismo camino cada vez que sale del teatro con sus amistades. Llega hasta 23 y G y se sienta en La Casa Balear o en el Café Literario. Acaba de cumplir 17 años y estudia en la Escuela de Instructores de Arte.

Se siente parte de la vida bohemia de la ciudad. Casi todos los domingos en las noches frecuenta la peña de La Casona de Línea. En la tarima se presentan músicos con los que también ha compartido fuera de escena: William Vivanco; Yamil, del grupo Déjà Vu, los muchachos de Cuba Libre y la tríada de Adrián Berazaín, Fernando Bécquer y Mauricio Figueiral. Estos últimos a veces se presentan, en broma, como «Talco, Betún y Perfume».

«Ese día yo estaba sola y voy hasta el Café de G. Era allí donde nos reuníamos los amigos, pero estuve ese día sola», cuenta Maité, que no se llama así. Eligió este nombre para hacer pública su historia.

«Yo recién había cumplido los 17 años. Hay muchas cosas que poco a poco voy recordando. Iba vestida con un short por encima de la rodilla, para arriba, una especie de camiseta color beige. Tenía el pelo corto y era más delgada que ahora».

Bécquer está cerca, siempre ha estado cerca de jóvenes como Maité.

«Él se me acerca con toda su historia, su intriga. No puedo explicar exactamente, pero era algo relacionado con la religión, lo espiritual», cuenta, en coincidencia con el resto de las mujeres que han denunciado públicamente al trovador por abusos sexuales.

Todavía es capaz de describir el apartamento del músico: «Su casa tenía una terraza que daba a la calle. A continuación, la sala, y seguido los cuartos. Me invitó a pasar al último cuarto. Cuando entramos, cubrió todos los espejos».

El artista y aparente practicante de la religión yoruba hizo con Maité un «ritual» semejante al descrito por el resto de las denunciantes en la revista El Estornudo.

«Me recostó en su cama y empezó a hablar y a hablar. Prendió un tabaco, no sé cuantas velas. Tenía una cosa, un mejunje preparado para untar. No sé exactamente lo que era. No me lo echó, pero estaba ahí por si hacía falta», narra.

«Comenzó a decirme que si yo tenía una gitana que no estaba contenta con algunas cosas que yo estaba haciendo. Que para que todo me fuera bien en la vida, tenía que hacer lo que él me dijera. Todo iba a fluir en cuanto a relaciones con parejas, me decía. Me dijo también que no estuviera cerca de espejos, que los cubriera como él había hecho».

Hasta aquí la consulta no difiere de la que podría hacer otro religioso, pero pronto Bécquer avanzó a los tocamientos: «Entre cada cosa que decía tenía que besarlo en la boca, tocarlo. Después me dijo que me quitara la ropa para hacerme una limpieza con el humo de su tabaco».

«Me llevó a un poder de convencimiento tal que en ese momento yo no entendía si estaba allí bajo mi aprobación, o se estaba aprovechando de mí. Aun así, todo me pareció normal, ¡qué tonta era!», reflexiona.

«En ningún momento tuvo sexo conmigo, pero sí me vio desnuda y me tocó. Además de todo eso, no sé de qué forma logró que yo le hiciera una felación, un sexo oral. Fernando eyaculó en mi boca. Recuerdo que todo el tiempo tuve los ojos cerrados para no ver lo que estaba pasando», denuncia.

«Cuando todo aquello terminó, recibió una llamada en su celular. Pude escuchar que era Berazaín. Él simplemente le contestó: “Ahora mismo estoy ocupado”. Del otro lado no sé cuál fue la respuesta», recuerda.

«Después de eso me dio dos o tres recomendaciones sobre lo que tenía que hacer. Salí de esa casa sintiéndome tan pero tan sucia, que fui directo a la mía y me bañé».

Maité nunca se lo comentó a nadie: «Me daba pena, me daba asco. Me daba miedo. No es que pensara que no me creerían, pensaba que se burlarían de mí. La verdad no sé cómo me levante y me fui. Él era bastante grande y fuerte ¿Y si me daba un golpe por querer irme? Después de un tiempo ya no frecuenté más el Café de G».

Durante muchos años Maité pensó que había sido su única víctima. Se obligó a archivarlo en la memoria.

«Cuando leí el artículo de El Estornudo, volvió ese recuerdo. Decidí contarle a alguien que a su vez me recomendó hablar con la prensa. Sentí esa necesidad de contarlo. Casi todas las personas a las que les conté lo sucedido, me han apoyado sin miramientos. Creen en mí. Excepto una muchacha que me dijo que “tenía edad suficiente para decir que no”. Creo que tiene razón, pero yo tenía miedo», dice Maité.

«Después de aquel día, él y yo coincidimos en varios eventos y espacios. Nunca, nunca, nunca hablamos de eso. Al contrario, todo estaba como si nada hubiera pasado. Por mucho tiempo pensé que si me volvía a proponer algo como aquello, no sé qué hubiera pasado. Más bien quería que no le contara a nadie. Que me señalara y dijera: “Ella estuvo en mi casa”».

«Ahora con todas las acusaciones que están saliendo, recordé el suceso, aunque sé que hay detalles que se me han borrado. Yo todavía no me siento preparada para hablar de eso porque todo pasó tan rápido que no sabía si lo que estaba haciendo estaba bien o estaba mal», recapitula.

«Esto me pasó en el año 2006. Desde que leí lo de aquellas mujeres que también fueron abusadas por él, no he parado de llorar».

El periodista Mario Luis Reyes, autor del reportaje publicado en El Estornudo, dijo en las redes sociales que la publicación provocó una «avalancha de mensajes» enviados por  mujeres abusadas por Fernando Bécquer.

Reyes mencionó una cifra de alrededor de 20: «no he podido ni siquiera sacar la cuenta de cuántas personas más quieren testimoniar».

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