«Me penetró sin protegerse»: Esta es la primera violación denunciada públicamente contra el trovador Fernando Bécquer


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(Foto: María Lucía Expósito)

«En ese tiempo yo había tenido una sola relación sexual con un muchacho, en una playa. Fue un encuentro sexual, pero no fue exactamente una relación porque ocurrió dentro del agua y no vi, no experimenté. Entonces lo de Fernando Bécquer viene a ser la primera vez», dice Ilena Brooks.  

Ella conoció al trovador, como muchas adolescentes, hace más de 10 años atrás, en la peña de la Casona de Línea, en el Vedado: «La frecuentaba, pero la calle G no me gustaba tanto. Yo no era lo que se dice una amante de la trova».

Ilena tenía 15 años cuando se mudó para La Habana con su familia.

«Yo vivía en Moa, Holguín. Había cogido la Lenin, pero no me gustaba. Creo que nunca me adapté, tampoco la gente ni el estilo de vida. El primer  año en la ciudad fue muy duro. Estaba con mi padre y mi hermano, entonces fue más difícil ese proceso de adaptación», recuerda.

«Yo era súper ingenua. Intentaba encajar haciéndome la friki, hacer lo que el grupo hacía. Era muy insegura, no confiaba mucho en mis padres. Estaba sola en la escuela. Pensaba: “eres oriental y estas aquí en La Habana”. Me creía muy fea. Me sentía muy mal con todo eso».

Con esos problemas, propios de su edad, conoció a Fernando Bécquer.

«Si mal no recuerdo, no estoy muy clara, el apartamento al que él me llevó ya lo había visitado antes. Había estado allí con unas amigas. Una de ellas salía con Adrián Berazaín. Esa vez fue como en una onda de descarga, cantando», relata.

«Bécquer decía que yo era muy afinada. Uno cree que empieza a encajar en esa farándula del “talco y el betún”, como se hacían llamar ellos dos. Era un poco cool que te saludaran, te conocieran, te invitaran a sus conciertos», comenta.

«En uno de esos domingos Fernando se me acerca, me dice que yo tenía algo muy malo. Me preguntó cómo me sentía, si me pasaba algo. Me hablaba de una forma como si pudiera ver a través de mí. Me dijo que yo tenía una gitana mala. No recuerdo exactamente lo que decía sobre ella. Me dijo que me iba a hacer un trabajo, que me iba a ayudar para que pudiera avanzar en la vida».

Bécquer la llevó a un apartamento en el Vedado.

«Se podía ir caminando desde la Casona. Creo que quedaba en la calle 13, como quien va hacia la avenida Paseo. Era como un segundo o tercer piso. Cuando entré, pasé tremendo susto. Desde que uno llegaba a ese lugar era capaz de percibir que algo estaba muy mal. Era un lugar oscuro, sin muebles. Todo muy lúgubre, un antro».

Ilena no recuerda muchos detalles del lugar, pero señala que había muchas «cosas religiosas».

«En lo que podría ser la sala, porque que no había muchos muebles, creo que ni siquiera había luz, en esa esquina, había un altar religioso. Él se agachó y empezó como que a hablar con sus santos de la supuesta gitana que yo tenía», narra.

«Yo estaba agachada al lado de él mientras tiraba los caracoles. Me enseñó que si, supuestamente, caían tres para arriba, era “sí” y tres para abajo, significaba “no”. Iba preguntando cosas en español y en un dialecto que yo no entendía. Primero les hacía preguntas que no eran agresivas, bastante normales, creo. No recuerdo exactamente qué tipo de preguntas. Ahora pienso que era como para que una entrara en confianza», continúa Ilena.

«Luego empezó a hablar consigo mismo como con su santo, y decía cosas como: “No, no, padre, eso no”. Volvía a tirar los caracoles y salía el supuesto “sí” y volvía a negar una y otra vez, como que no le pidieran eso, que “eso” él no lo podía hacer».

«Uno no sabe lo que le puede pasar hasta que pasa y cuando sucede, no sabes mucho lo que te acaba de suceder», dice Ilena mientras intenta establecer un pacto con su memoria para concretar los recuerdos.

 «En ningún momento me dijo “vamos para el cuarto”. Eso hubiera sido quizás una señal de alarma. Él me fue conduciendo por la casa y terminamos en el cuarto. Yo quedé sentada arriba de la cama porque no había más muebles. Mientras estaba sentada en la cama, me seguía diciendo lo de la gitana y a la misma vez parecía que hablaba con su santo. Todo el tiempo se negaba a hacer lo que su santo le pedía», sigue contando.

No logra recordar cómo Fernando Bécquer terminó encima de ella.

«Cuando noté que era inevitable, le pedí que se protegiera, que se pusiera un condón. Él decía que eso no era lo que pedía el santo. Se lo pedí con una voz que casi no me salió. Eso lo recuerdo como si fuera hoy», dice estremecida.

«Yo no sabía si decírselo o no, pero me parecía muy obvio lo que me iba a hacer. Entonces se detuvo un poco, pero después sí lo hizo. No me tocó ni nada, ni me besó, pero estaba muy cerca de mí. Yo sentía su mal aliento del tabaco. Me penetró sin protegerse».

«No fue una situación en la que dos personas tienen sexo», denuncia. «Fue todo muy rápido. No sé si terminó o no. Hay cosas muy puntuales que no olvido, como la ropa que llevaba ese día: una blusa de rayas azules y blancas y una saya blanca. Tenía la mayor parte de ella puesta y sé que me dolió mucho, porque obviamente no estaba excitada».

«Estaba muy asustada», continúa Ilena. «Era una persona súper desagradable desde el punto de vista físico y desde todo los demás. Para alguien de 16 años que tiene ciertos estándares de belleza es muy doloroso».

«Él me daba mucho asco», concluye.

«Yo tenía los ojos cerrados. Puede que en algún momento le haya dicho que parara, que se quitara, que ya no quería. Nunca quise. Supongo que haya sido lo que sucedió, pero esa parte no la recuerdo. Quizás en el momento en el que me sentí ultrajada le dije eso, que se quitara y se detuvo inmediatamente, pero eso no lo recuerdo».

«La gente que no ha vivido ese trauma pensaría que uno diría: “No, no, ¡quítate!” Y uno se va corriendo del lugar, pero en realidad lo que uno hace más bien es ceder y dejar que se termine. Uno sabes que eso que está pasando está mal, lo que le están haciendo está mal», reflexiona.

«Cuando salí de ahí estuve todo el camino llorando, en shock. No sabía si había hecho bien. Uno no es estúpido, uno sabe que algo pasó, pero no logré conocer las implicaciones hasta que crecí y tuve una hija. Uno sabe que ella está expuesta a que le pasen ese tipo de cosas y hay que enseñarla desde chiquita muy bien para que sepa», dice Ilena.

«Cuando lo veía por ahí, le huía, y si me saludaba, me preguntaba cómo me sentía, le decía que estaba muy bien. Le decía que tenía novio, pero la realidad era peor que antes. Estaba y me sentía muy sola. Le respondía eso para que no viniera con lo mismo de la gitana y los trabajos religiosos», recuerda.

«Estando en la universidad me lo topé varias veces porque comenzó a frecuentar la beca del Isri (Instituto Superior de Relaciones Internacionales). Se llevaba con una muchacha de la beca que cantaba y ella iba mucho su apartamento. No sé qué tipo de historias pudieron tener. Ella nunca habló nada de eso», añade.

Ilena está convencida que todo esto cambió para siempre su perspectiva sobre el sexo.

«Siempre asumí que cualquier hombre al que le aceptara conversar o compartir, estaba consintiendo que tuviera sexo conmigo. No importaba si no me gustaba tanto. Yo era quien lo había dejado suceder, pensaba.  La mentalidad de muchos hombres es esa y una solamente se adapta», dice.

«Yo solía decirle a un amigo que en una fiesta yo podría estar con un 50 por ciento de la gente que había ahí. No es que me fijara en nadie, era mi manera de escapar de todo ese trauma. Esa fue la historia de mi vida durante mucho tiempo. Era incapaz de sostener un sentimiento», lamenta.

En las anteriores denuncias contra Fernando Bécquer, se describen hechos que califican como delitos de «abusos lascivos» y «ultraje sexual» según el Código Penal. Lo relatado por Ilena Brooks, en cambio, expone al músico a ser juzgado por violación. Esta es la primera denuncia pública de ese carácter, más grave a la luz de las leyes vigentes.

Tremenda Nota conversó con el exfiscal y exjuez cubano Frank Ajete Pidorych sobre la posibilidad de que el trovador sea procesado por estos hechos, a pesar del tiempo transcurrido.

«El Código Penal cubano, en el artículo 64.1, establece los criterios temporales para entender prescrita la acción penal, para entender cuándo un delito ya no es perseguible. La prescripción de la acción penal, como institución, filosóficamente deriva de una concepción humanista del derecho penal que entiende la reivindicación del transgresor como el fin último de la pena», explica Ajete.

«Esa es la razón de la excepción que establece el artículo 64.3 c) “la prescripción se interrumpe si el autor, en el curso de la prescripción, comete un nuevo delito”», aclara. «No obstante, el tiempo de prescripción para el delito de violación queda fijado en un término no menor a los 15 años, en atención al marco sancionador».

«La culpa no prescribe, la afrenta no prescribe, el daño no prescribe», razona el jurista, y en el caso particular de Bécquer insiste en que «el hecho es perseguible, y su persecución no solo procesalmente viable, sino socialmente necesaria».

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