Un crimen homofóbico con justificación «ritual»: La historia de Yojanier


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Yojanier Robert Peña Álvarez (Foto: Facebook)

La casa de Yojanier era apretada y modesta. Desde la avenida 34, una de las más céntricas del Cotorro, pasillo al fondo, se veía la típica puerta de madera que se descuida con el tiempo. La cocina y la sala compartían los mismos metros. Yojanier disfrazó el desorden para recibir al invitado. El piso limpio, las sábanas estiradas, pero la ducha sin remedio.

Era un día invernal, de los pocos en los que en Cuba no se parece a ella misma. Después del sexo, hubo que bañarse con aquella agua helada. De fondo a la charla banal con este recién conocido, se alternaban Edith Márquez y Malú desde una bocina bastante usada.

Era la típica casa de un pájaro. En una esquina una batea de Changó, y encima del refrigerador unos girasoles a Oshún. Hablaron del pasado con la desfachatez que usan los hombres luego de acostarse. Dos muchachos que no necesitan justificaciones trascendentales o emotivas para ir a la cama.

Yojanier lo conoció en la playa del Chivo, un famoso sitio de encuentro y sexo ocasional en La Habana. Una breve plática fue suficiente para intercambiar teléfonos y coordinar la visita. El Cotorro le quedaba lejos a este chico de 18 años, pero no reparó en hacer el viaje.

«Quizás este muchacho sea una buena opción para mí, quizás pueda llegar a ser mi novio», pensó. Pero las horas de aquel día de invierno fueron confusas y fugaces. «Me di cuenta entonces de que Yojanier no quería nada serio, que disfrutaba mi compañía, pero no tendría aspiraciones futuras conmigo», confiesa al recordar aquel encuentro.

En efecto, Yojanier no tuvo dueño. Al menos, no en 27 años. La mirada triste, la repetida mención de su madre, residente en España, y esa personalidad segura de quien se sabe bello y deseado, son los ingredientes fundamentales que lo retratan.

«A él le debo el haber conocido a Edith Márquez. Me es imposible oírla y no pensar en él. Lo recuerdo como alguien aguajoso, un gay raro», dice.

 El muchacho del Cotorro quedó en su memoria como alguien inalcanzable.

Un pájaro que montaba en grúa  

 Ya en 2013 Yojanier Robert Peña Álvarez no vivía con sus padres ni con su hermana mayor. A sus 23 años se conducía enteramente según sus propias reglas. Era de los más de 1500 trabajadores en la Empresa Siderúrgica José Martí, conocida popularmente como Antillana de Acero. Operaba grúas.

Diariamente se levantaba antes que el sol y echaba un overol azul en la mochila, tomaba una guagua y se bajaba en la siguiente parada. En el parque del Cotorro caminaba unas pocas cuadras a la izquierda, hasta la inmensa instalación. En la Antillana hacía la misma labor de su padre, Gelson. Él, que le consiguió el empleo, solo necesitaba decir que Yojanier era gruero para convencer a sus amigos de que no era gay.

Las horas de Yojanier pasaban entre overoles, camiones y cabillas, haciendo recorridos monótonos de un sitio a otro, cumpliendo por inercia las encomiendas, y escapando a las dificultades con la astucia de quien conoce de memoria su trabajo.

Las noches se le llenaban también de sudor, pero por la repetida aceleración de un coito, con la maña de quien domina el mapa de los cuerpos. A veces incluso entretenía la noche con una peluca rubia y tetas postizas. Un teléfono reproducía a Edith Márquez.

En la noche Yojanier escapaba a la rutina desagradable del día, y dejaba escapar también cualquier indicio de vergüenza. Así como la base y el polvo ocultaban los desperfectos en el relieve de su rostro, la fuga nocturna maquillaba sus insatisfacciones.

Dice Loniel que Yojanier prefería una peluca rubia entre las otras porque le hacía parecerse a Cristina Aguilera. Era un gusto esporádico. «La que es linda, es linda» era una de sus consignas. «No es mi culpa», proclamaba también, con esa arrogancia competitiva que tienen los pájaros jóvenes. Yojanier renacía en su alter ego femenino.

Loniel Zarate tiene tatuada una mariposa en la espalda baja. Allí expone también una cicatriz peculiar, recuerdo de un altercado no desestimable. Loniel es pequeño, sutil, pero impetuoso. Impredecible. Habla despacio y camina deprisa. Se viste estrecho y gesticula. La mirada de Loniel desvela y acusa.

Loniel ha acompañado a Yojanier desde la infancia, y por allá por la primaria, muy tempranamente, reconoció a Yojanier como un igual: «Yojanier era muy amanerado desde chiquitico. Siempre supe que era gay. Él por supuesto que también me reconoció a mí».

Loniel también se ha vestido de mujer. Lo ha asumido felizmente, al igual que su familia y amistades. Sin embargo, ninguno de los dos se consideró mujer jamás. Ese alter ego femenino aparecía por etapas o ciclos, como si una especie de brote les hiciera feminizarse de pronto, más intensa y externamente. En ese ir y venir de sus personajes femeninos, Loniel ha vivido sus últimos años.

El hijo de varias madres

 Yojanier nació en la Cuba del año 1990. Las precariedades llegaron abruptamente tras la caída del socialismo en Europa y en la familia hubo que doblegar el esfuerzo para conseguir lo esencial. Su mamá trabajaba incansablemente, en cualquier cosa, para que a sus dos hijos no les faltara lo básico.

María Limonta fue una mujer enérgica que se enfrentó sola a la crianza de una niña de 9 años y un varón recién nacido. Por suerte pudo contar con otras manos que ayudaron, entre estas, las de Mamita, una vecina que cuidó al pequeño como si lo hubiera parido. Siempre tuvo para «el Yoyi», como llamaba la familia a Yojanier, un poco de leche de chiva.

También la hermanita mayor asumió el rol de madre alternativa. Se le vio acompañarlo frecuentemente a la escuela, oyendo las quejas de las maestras. Fue convirtiéndose, a medida que maduraba, en ese ojo providencial que todo lo sospecha y lo prevé. Yulaimy sabe que a su hermanito nunca le gustó asistir a la escuela.

«A los 15 años me di cuenta que era especial, que seguramente era gay, porque comenzaba a escaparse por las noches, tú sabes», se ríe pícaramente.

«Yoyi se iba pa’ casa de Mamita todas las noches, o eso nos decía aquí en la casa. Pero empecé a sospechar, y yo, que he tenido siempre la suerte de enterarme de todo lo que pasa con mi hermano, me enteré de que estaba yendo a casa de un hombre del barrio, que era homosexual», recuerda.

«Un día fui a casa de Mamita, porque supuestamente nos dijo que iba a estar ahí, y cuando llegué, ahí no estaba. Mamita no me dijo a dónde se había ido. Yo entonces fui a casa del hombre, y un vecino me dijo que había salido. Yo le pregunté: “¿Usted sabe si se fue solo o con otro muchacho? El hombre me dijo que no se acordaba. Yo dije, este tiene que andar cerca, y fui hasta el parque. A esa hora tú sabes que el parque está oscuro y se presta pa’ todo. Yo empiezo a mirar los bancos, y cuando me fijo bien… ¡Yojanieeeeer! Le he metido un clase de grito».

Yulaimy se ríe. Enciende otro cigarro. «Ahí estaba el muy descarado. No estaba en na’, viste, pero sí en una salsa con el hombre. Vaya, como se sientan un hombre y una mujer en un parque por la noche», dice con una seña cómplice.

Yulaimy es hija de la Caridad del Cobre, aunque a diferencia de su hermano menor, acudió a la religión yoruba por los problemas de salud de su hijo más pequeño. La otra hija ya tiene unos robustos 15 años.

A Yulaimy se le ve en los ojos oscuros la mirada del vigía, del que apaga la luz adentro para ver el exterior y no ser visto desde allá afuera. Ha sido de esas que ve incluso desde la premonición, impulsada por la experiencia o por un olfato inclasificable.  En todo momento previó las posibles jugarretas de su hermano, las frecuentes malas decisiones.

Fue la primera en percatarse de la incapacidad de Yojanier para formar parte de un esquema o de una categoría. Seria, fría, sensata, Yulaimy hace un café que levanta a un muerto y decora sus paredes claras con unas brujitas de madera y unas cortinas color púrpura.

Yojanier con su mamá (izq.), con su Yulaimy (der.) y con Mamita (abajo) (Foto: Facebook)

Cleptomanía recreativa

 La formalidad nunca fue lo suyo. Bien jovencito tuvo uno de sus más emblemáticos amores. Conoció a un mulato con la misma tez que alborota a Oshún, pero al indomable Yojanier le gustaba enloquecer a sus pretendientes, y luego, como su orisha, les daba migajas de sexo y atención.

El Jimagua, como le decían, era un muchacho cariñoso y atento. Visitaba la casa de Yulaimy buscando a Yoyi, que lo mismo se le escapaba para la playa que se negaba a recibirlo. Para un chico que necesita adrenalina y desorden, la nobleza del Jimagua, los perdones que le dispensaba eventualmente, enfriaban la calentura. La estabilidad lo llevó al aburrimiento.

En aquel tiempo el ojo providencial de Yulaimy se abrió nuevamente para percatarse de la nueva manía de su hermanito. Con las mismas manos que acariciaban un falo desconocido para después dejarlo ir, de vez en cuando tomaba algún objeto ajeno y lo hacía suyo, tal como iba haciendo con los corazones que le salían al paso. Es como si atravesara la vida de las personas recolectando recuerdos. Nada grande, solo detalles y objetos inútiles. Desde una memoria USB hasta un florero. Un llavero. A veces una bocina.

Yulaimy dice que si ibas a casa de su hermano cleptómano, podías encontrar a la vista cualquiera de los objetos perdidos. Los situaba en evidencia, mostrando que no tenía reparos en decir que los tomó. Exhibía sus constantes robos con la misma ligereza con que rompía con una pareja estable, de la misma forma en que deshacía cualquier respeto a la autoridad. Siempre la opción recreativa.

Mamita, su hermana y su madre, eran los únicos agentes del orden que en alguna medida respetaba. La policía era un concepto perfectamente subestimable para él. Por eso, desde los 15 años, Yojanier era una figura conocida ya fuera por alterar el orden público, por pequeñas estafas o por dormir en el césped.

Tampoco el concepto de un hogar le cuadró. Mamita siempre le brindó un hogar de acogida, pero Yojanier prefirió por tiempos la aventura de un alquiler. Vivió con la madre y el padrastro, pero las reglas inamovibles de un hogar simplemente le estorbaban. Quizás por eso pasó largas estancias entre el parque G, del Vedado, y la playa del Chivo.

En el 2012 se apropió de la casa que la madre dejó clausurada, sin respetar prohibiciones. Yulaimy tuvo que dormir una noche en la unidad de policía del Cotorro, acusada por su propio hermano de invadir el domicilio. A los dos días estaban propinándose insultos y abrazos, indistintamente. Entendió que su hermano era un hijo del caos. Hoy dice que «Yoyi en ese entonces no era malo, solo era loco».

«Si él me hubiera hecho caso, no le hubiera pasado lo que le pasó», reflexiona Yulaimy secamente, como quien esquiva la tristeza de un recuerdo permanente.

El baile, una pasión menos peligrosa

 «A Mamita no hay quien le hable mal de Yojanier», dice Yulaimy. «No pasa un 22 de junio en que Yojanier no le traiga a Mamita un cake por su cumpleaños, aunque sea uno chiquito. Tampoco se olvida nunca del mío. Porque eso sí, mi hermano puede que haya sido loco, pero nunca ha tenido malos sentimientos».

Yojanier lleva la vida como si fuera una improvisación de baile. Diosmy reconoce que las fiestas con Yojanier eran lo máximo. Ellos vivían ofreciéndose desde piropos aberrantes hasta malintencionadas propuestas de matrimonio. «Aquellos fueron años muy divertidos, salir con él era muy rico». El Amanecer, El Colma’o y el Círculo Social José Antonio Echeverría eran algunas de las discotecas donde Yojanier bailaba hasta desarmarse.

Bailar fue de las pocas pasiones no peligrosas a las que se subyugó, pero por mucho que amó la danza, más amó el desorden que significaba. Nunca estudió arte, pero hasta los carnavales de La Habana no paró. Arrolló Malecón arriba y Malecón abajo varios agostos, como parte de la comparsa «Carnavaleando». Ensayaba con el mismo esfuerzo con que levantaba vigas con su grúa en la Antillana de Acero. El mismo pie que aceleraba el pequeño camión marcaba el omoloddé a Yemayá, el contratiempo del son y la agitada conga.

Disfrutó el maquillaje en cada carnaval de La Habana, y aunque respetó hacer su parte como bailarín macho, alguna que otra lección de desfachatez dio a las muchachas del elenco. No hubo coreografía de ellas que Yojanier no dominara o que no hiciera incluso mejor que ellas.  

Yojanier tropieza con sus propios desórdenes, los obstruye y los recompone. Se ha transformado en una bella mujer para actuar en alguna que otra fiesta, pero cuando sale de madrugada para la Antillana de Acero, nadie imagina que sea la misma persona. No porque pierda su gestualidad expresiva o su lenguaje pícaro, sino porque una gorra hacia atrás y una gruesa cadena equivocan a cualquiera.

En esta gran improvisación que es su juventud, marca el suelo de la vida conquistando «heterosexuales». Va a eventos populares como carnavales o fiestas públicas y hace un despliegue de su sensualidad femenina.

En la Cuba de 2010, los pájaros todavía iban casi exclusivamente a sus propias fiestas. Décadas antes, estaban prohibidas y terminaban en una estampida de pelucas y tacones huyendo de la policía.

Yojanier prefería las fiestas públicas. Se metía en el macherío, entre los «cheos» como les decía, y en su abrirse paso para encontrar diferentes locaciones, dejaba roces, señas, invitaciones. «Un día de estos se te van a acomplejar y te van a meter una puñalá», le advertía Yulaimy. Mientras sus años tengan música, Yojanier los quiere bailar.

La madre le pide un nieto, sangre de su sangre. Yoyi se le ríe en la cara. La única responsabilidad con la que cargaría Yoyi, el único peso para bailar en su vida, fue el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH), que llegó anónimamente a ralentizar su paso. Yojanier no hizo caso del orden una vez más, y siguió bailando. En 2017 era solo un joven de 26 años.

El consejo de Oshún

 Yojanier fue tan hijo de Oshún que la orisha le prohibió enamorarse perdidamente de cualquier hombre. Él asumió la religión con el mismo desorden con que asumió la vida. Dicen algunos que nunca coronó osha en realidad, sino que le «lavaron el santo», ceremonia que consiste en darle de comer al ángel de la guarda solo con las aves que exige el orisha en cada caso. Esto aplaza el sacrificio del «cuatro patas», un mamífero, para un momento posterior. Con santo totalmente hecho o no, Yojanier veneró a su orisha tutelar, y le dedicó constantemente flores y otras ofrendas.

El 21 de septiembre del 2017 se puso su iddé amarillo y transparente para acompañar a Hidalmis, a quien consideraba su madrina, a una celebración religiosa. En el vecindario le ofrecían un güiro a Oshún.

En un güiro, el chequeré saca del paso a cualquier tímido bailarín y lo expone a un placer desconocido. Los coros se repiten de forma estridente, como para atolondrar al santo. Así lo obligan a que baje y monte a algún médium.

Ese día Yojanier recibió una dura encomienda de Oshún a través de una posesa: «Emí (Yo) no quiere que metas a más nadie en tu ilé (casa). Y cuenta los oddun (días), porque si no aprendes a vivir en esta vida, emí te llevará a la otra».

Yojanier dispuso entonces una alcancía y empezó a guardar dinero para las ofrendas y sacrificios que la orisha le orientara. Había que frenar un osogbo, una maldición muy grande. La recolección fue, por supuesto, al ritmo que Yojanier estableció, porque como él mismo dijo «Oshún entenderá que yo también tengo que comer».

La diosa no entendió la demora y se lo llevó.

Cuando Yojanier cumplió 28 años, su amigo Diosmy no olvidó felicitarlo y marcó su número telefónico. Fue imposible. Intentó localizarlo a través de sus redes sociales y la piel se le enfrió. Una publicación en Facebook fue el único homenaje que atinó a darle: «Estoy triste. Hoy voy a felicitar a un gran amigo por su cumple y me entero que hace un año se nos fue de esta vida. Muchas felicidades, Yojanier Robert Peña Álvarez, donde quiera que estés. EPD».

El pasillo donde vivía Yojanier en el Cotorro, La Habana (Foto: Manuel de la Cruz)

El ritual

El domingo 1 de octubre Yojanier llegó a casa de su madrina Hidalmis, a pocas cuadras de la suya. Ese día se le vio diferente. Iba calmado, como enfermo. Llegó organizándolo todo, limpiando, hasta cambió los santos de lugar.

En la casa de la madrina hay un desorden agradable, acogedor, una informalidad habanera donde cualquier persona que llega puede sentir que está en casa. Aquí lo mismo se puede cocinar un buen hígado que asistir a un tambor. Normalmente venía a oír regaños y a evacuar tristezas, pero ese día Yojanier apostaba por el orden. Algunas de las cosas que dijo o hizo ese día fueron escalofriantemente proféticas.

Yoya, la hija de la madrina, estaba sentada dándole la teta a su bebé. Yojanier la miró fijamente: «Yoya, coge el dinero que me debes y cómprale el paquete de pañales que te prometí. Yo no voy a poder comprártelos».

Yoya, confundida, siguió lactando. Horas más tarde, Yojanier se paró por primera vez en la historia delante de la prenda de palo de la madrina, la nganga, y respetuosamente, en silencio, como nunca lo hizo antes, rogó. Todos se estremecieron. Yojanier se acostó a dormir. Dijo que le dolía el pecho. Pingui, el niño más pequeño de la casa, corrió a los brazos de Hidalmis. «Mami», dijo, «yo le vi la muerte atrás a mi tío». Todos se paralizaron.

La noche fue tranquila. O eso creyó la madrina. Yojanier supuestamente se despertó en la tarde y fue para su casa, donde volvió a acostarse tranquilamente. Planificó un viaje al mar para la mañana siguiente. En la calle, en la madrugada, la realidad era otra.

A Gía un cuchillo conocido le dio varios tajos, pero logró escapar. Gía para algunos pájaros es Orlandito, un travesti con 3 heridas abiertas en el brazo y el tórax. Con el dueño del cuchillo ha tenido sexo, buen sexo en general, hasta que el muchacho de 17 años quiso entrar a la fraternidad abakuá, un antiguo grupo religioso que carga con una leyenda de violencia y machismo. Los abakuás contemporáneos niegan la naturaleza agresiva que les atribuyen sus detractores. El amante de Gía, sin embargo, ha decidido silenciar a todas las personas con las que ha tenido sexo no ajustado a las reglas de la fraternidad.

Lonier acompañó a Gía al policlínico más cercano. Tuvieron que protestar porque los médicos no querían atender a la travesti por temor de que tuviera VIH.

El muchacho de 17 años siguió con el cuchillo encima. Le entró sed. Así llegó a la solitaria casa de Yojanier, que dormía ordenadamente, como nunca. Toques en la puerta y una voz que llama. Le pide un vaso de agua. Yojanier abrió la puerta porque también había sido su amante. De su mano le sirvió el agua, y de su pecho la diana para la encomienda. La primera cuchillada va al corazón. El muchacho pone el pie en la cabeza de Yoyi. Otra en el cuello, otra y otra más. Dijo en el juicio que le molestaban los quejidos. Se esforzó para hacerlo callar. Cerró la puerta y lavó el cuchillo. Se fue.

Esta es la historia que contaron en el Cotorro. Nadie más que el asesino y el muerto estuvieron presentes. Puede que esta versión sea la aceptada en el juicio. El muchacho del cuchillo fue detenido y juzgado por asesinato. En las leyes cubanas no hay ninguna disposición específica sobre los crímenes de odio. Fueron 20 años de cárcel, según la familia de Yojanier. Aseguran que dijo frente al tribunal «Si lo tengo delante lo vuelvo a matar».

El 2 de octubre de 2017, el dolor premonitorio del pecho y las palabras del Pingui se unieron a la sentencia de Oshún. La última de sus comidas fue hígado. El hígado es un anuncio de muerte en la religión yoruba. Faltaban unos días para completar el dinero de la ofrenda prometida. Pero Oshún, la más pequeña y caprichosa de las diosas yorubas, se llevó al hijo a casa.

Yojanier se fue vestido de blanco. Sus soperas, con los fundamentos de los orishas, acabaron en el río. La mirada se cerró, triste, en el orden que vino a destiempo. 27 años es la edad en que mueren las grandes estrellas y las aves de paso.

 

Comments (4)

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    Abel A. Glez López

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    Conmovedora narración, cubanísima en su contexto y desgraciadamente en su final.. la he oído muchas veces ,¿ Cuántas veces se repetirá?

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    Nico

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    Una historia llena de realidad y magia. Muchos hemos conocido a más de un Yoyi con mejor o peor final, donde se mezcla de una forma muy única ocio, familia, religión y sexo en una “loca” carrera por la vida, incluso hemos podido ser parte de forma intermitente e inevitable. Linda y triste historia, oscura y alegre vida.

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    Frank Padrón

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    Conmovedora y muy bien escrita historia. Sólo me parece desacertado el ya añejo, y un tanto peyorativo término ” pajaro”, mucho mejor sería el actual y más universal ” gay”.

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      Marcia

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      Una historia sin tapujos, cruel realidad de muchos de mis hermanos de la noche, una historia que llegué a vivir de cerca en otra época y otro lugar.

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