Yo quería ser un hombre para «vivir mejor»


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(Foto: María Lucía Expósito)

Tengo un amigo, un amigo queridísimo, que tiene la capacidad de decirme las cosas más duras. Es un experto en ponerme en mi lugar.

Me ha espetado, en ejercicios finos de memoria histórica, cosas como «no pegas tarros porque eres más conservadora de lo que crees», o «tú has crecido mucho, pero eras más machista y más hijaeputa que cualquier hombre».

Machista, ¿yo? Conservadora, por favor. Si nací marimacha, defendiendo a mis amigos pájaros, soñando con caer a pedradas a los pajuzos.

¿Yo? Aunque, bueno, también es cierto que aquella vez fui un poco… Mierda.

Mi amigo me había jodido bien con aquellas frases. Me recordó que no nací así. Lo que toda la vida había sido uno de mis grandes orgullos, era solo una zona de confort para abusar a otras mujeres. Para juzgarlas desde un pedestal. Para desviar la conversación de mi fealdad, mi poco pelo, mis estrías y mis enormes pies, hacia lo de ridículas que eran «las otras».

Y eran las «otras» porque mi gran orgullo, mi zona de confort es que yo era un tipo, o más bien una mujer con muchas actitudes masculinas. Y eso me daba poder.

Yo era, sobre todo de niña y de adolescente, de esas mujeres que decían que era mejor andar con hombres, hablar como ellos, pensar como ellos. Eso significaba ser manipuladora, tener cero responsabilidad afectiva, mear parada y marcar territorio. Vivir la mentalidad de los hombres que yo conocía, era vivir mejor.

Cuando andaba por los 13, para mí era inevitable que alguien mayor que yo me engatusara, me partiera el culo y se lo dijera a todo el personal. Que mi marido a los 30 me diera algún que otro bofetón por contestona y tuviera una familia paralela a la nuestra. Por eso la obsesión con ser como ellos, para aprender a adelantarme, para salir indemne.

El ambiente era idóneo para esa aspiración. Me crie con un tío político que vino de Santiago de Cuba y nunca había visto el mar, ni las cafeteras, ni los televisores, y su padre lo castigaba colgándolo de cabeza en una mata.

Había 2 primos, hijos de ese tío, que cuando crecí me vieron como otro primo y me enseñaron a boxear y me contaban detalles de cómo templaban con sus novias del Pre.

En mi casa había un padre militar, un hermano de escasísimas palabras y una madre que, frente al salario bajo de los militares, tuvo que echarse la casa al hombro.

Durante el Período Especial, mi mamá cargaba con los zambranes, las botas y los uniformes de mi papá y se los cambiaba por comida a los guajiros en el campo. Grandísimos tramos a pie con la mochila a cuestas. Y así pasó sola conmigo los ciclones, los cumpleaños, varios de mis ataques de asma. Ahora es un pichón de burguesa refinada que no fuma criollos, pero esos años la volvieron muy dura, y ella tradujo esa constancia, esa lucha, en masculinidad.

No bastaba ser una mujer resiliente. Había que ser un hombre, una «mapaza». Así que para los efectos de lo que yo era capaz de entender en ese tiempo, vivía con 6 hombres y mis conversaciones eran de fútbol, de pelota y de voleibol.

Recuerdo que una vez le dije a mi papá que mi sueño era ser pelotero en Industriales, así, con huevos. Sonrió y me dijo con mucha dulzura, y preocupación, que no le dijera eso a nadie.

La verdad es que, siendo así, me sentía francamente libre. Le rehuía con menos cargo de consciencia a las cosas de la feminidad infantil que no me gustaban: vestiditos rosados de vuelos, motonetas, barbies en todas sus manifestaciones.

Lo que pasa es que también renuncié a la belleza, al noviazgo y a la adolescencia. Me convertí en la comandanta del sindicato de las subalternas de las que habló, tan brillantemente, Mel Herrera.

De fábrica, yo estaba alejada del deseo adolescente por fea y por otras cosas que no diré para que no me pillen, pero piensen en esa niña con la que nadie quiere estar en la escuela y se darán cuenta de qué tenían todas en común. Sumado a eso, confluía la «marimachancia», la tosquedad, la grosería y la capacidad de recitar de memoria el nombre de más de 50 jugadores de fútbol.

Todo ese período fue una gran mierda y jugueteé mucho con la idea del suicidio. Era el último eslabón de la cadena para todo lo que significaba sexo.

Si en mi etapa escolar, hubiese existido lo de los bailes de graduación, yo iba a ser de las que se quedaban solas.

Una vez un compañero de aula me gritó delante de más de 30 chiquillos que me iba a morir virgen. Otra vez una amiga me dijo que no imitara a Aldo porque me veía más macha todavía. Entonces lo más inteligente fue serlo y desde esa posición de combate, relacionarme con el mundo. Y por eso cuando mis amigas salían con un hombre, cuando la relación avanzaba y no templaban, yo las cuestionaba a fondo, las llamaba trágicas. Les recriminaba el hecho de ir a las citas y que la cosa no terminara en un cuarto de alquiler.

Fui muy represiva. Fui muy de «creo que ella se lo buscó». Hasta que empecé a chocar de frente con el precio de estar apetecible.

Cuando empecé a templar, las caderas se empezaron a ensanchar y con ellas los muslos, las nalgas y las tetas crecieron inusitadamente. Entré al mercado. Y con ese hecho empecé a experimentar todas las subordinaciones de una flaca fea que nunca fue depositaria del deseo masculino: la querida, la otra, la segunda, la del cuarto de alquiler apresurado, la dispuesta, y como estaba buena, la femme.

El marimacho nunca se fue, porque él también era Salet, pero había que taparlo con maquillaje y con ropita ceñida

Cuando abrí los ojos, hace un tiempo ya, empecé a quitarme lastres de arriba y sobre todo, a respetar y entender las experiencia vital de todas las mujeres que conocía. Fue un descubrimiento.

Gracias a mi amigo, recordé que ni yo, ni ninguna, nace así.

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