Yo conocí a un nieto de Fidel


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(Ilustración: Polari)

Realmente no sé si el verbo conocer se pudiera aplicar en este caso, dado que «conocer» implica intercambiar ideas, conversar efusivamente, compartir emociones o recordar momentos en común, pero puedo decir que yo conocí a un nieto de Fidel.

El nieto y yo convivimos en el mismo albergue en la Vocacional (instituto preuniversitario), cuando estudiar en la Lenin se interpretaba como un privilegio social del que disfrutaban muchos de los adolescentes más talentosos de la sociedad cubana.

La Lenin eclosionaba en la imaginería popular como un centro de estudios al servicio del segmento de ingresos medio y medio-alto de la población. El estudiante de la Lenin respondía al estereotipo de un joven aplicado, blanco e hijo de padres universitarios.

Vivir como pobre en cualquier contexto implica luchar constantemente para no perecer en un universo repleto de adversidades. Acaso para la mente inmadura de un adolescente el panorama de la pobreza se traduce en renunciar a ciertos placeres como las fiestas por no poseer una muda de ropa que se adecue a la moda del momento. A veces la pobreza trunca las aspiraciones del que nació con talento para la interpretación musical o las de quien desearía dedicar su vida a la investigación filológica.

¿Qué posibilidad tendría un niño pobre de comprar un piano para practicar la lección de solfeo que aprendió en el conservatorio? ¿Cómo no evitar llorar cuando se ha marchado el sol para descubrir la noche llena de estrellas que nos legó la poesía de Tagore, si el estómago se retuerce adolorido por el azote del hambre? Es difícil vivir como pobre, tanto en el mundo cotidiano como en el entorno aislado de un preuniversitario.

En nuestro país, afectado durante años por la escasez económica en todos los órdenes, siempre se observó con ojo censurador cualquier comportamiento ostentoso proveniente de los hijos de los dirigentes políticos.

Aunque los conflictos y los placeres de nuestros gobernantes han estado protegidos bajo un pañuelo casi impermeable, aquellos retazos de realidad que resultaban expuestos al escrutinio de la opinión pública nos mostraban vidas familiares austeras, sin lujos excesivos, sin alardes de joyas, sin fanfarrias de no sé cuántas mansiones repletas de descapotables de la marca Mercedes Benz. No sé si lo hacían por hipocresía. Deduzco que probablemente a muchos los embargaba un sentimiento de convicción. Más allá de lo que cada cual pueda suponer, lo cierto es que los caudillos proyectaban ante la ciudadanía una imagen de sobriedad.

El nieto de Fidel que yo conocí era hijo del famoso Fidelito, científico especializado en temas de energía nuclear que se suicidó debido a una profunda depresión. El parecido genético saltaba a la vista. Muchacho de enorme estatura. Corpulento rayando la obesidad. Tez rosácea. Cabello castaño al estilo militar. Pero su personalidad constituía la antítesis del temperamento del abuelo. El nieto hablaba poco, y sus palabras dibujaban conceptos o temáticas intrascendentes, como quien teme sucumbir en una trampa preparada para sabotear la sinceridad.

Jamás lo vi calzar un par de zapatillas Adidas o Nike. Probablemente las tenía. Para jugar voleibol, enfundaba sus pies en los «chupamea’o» durante las sesiones de Educación Física. Tampoco recuerdo haberlo visto consumiendo en el comedor colectivo un atún enlatado o algún embutido de los que acostumbran a llevar los becados para reforzar la dieta deficiente. Durante los meses de invierno vestía el abrigo que nos entregaban como parte del uniforme escolar y que otros estudiantes despreciaban al punto de denominarlo «el abrigo bolchevique».

Por todos estos motivos, me sorprendió desagradablemente y hasta experimenté cierta sensación de ultraje cuando en las redes sociales descubrí el video que grabó su alardoso primo hermano.

¿Cómo es posible que en un país donde se vivió una severa crisis de escasez de combustible, que recibiera el eufemístico nombre de «coyuntura», un chiquillo malcriado malgaste la gasolina para fanfarronear frente a su novia de turno?

¿Hasta cuándo nuestros medios de comunicación oficiales van a ocultar la verdad que todos los ciudadanos conocemos?

¿Con qué moral nuestros gobernantes se van a parar en una tribuna para pedir que nos sometamos obedientemente a un programa de reformas económicas que acentúen la inflación, el desempleo o que contemplen recortes salariales?

¿Acaso la ética y el decoro emigraron hacia un planeta perdido en la octava dimensión?

El único aspecto de interés en la personalidad de José Raúl Castro, para una persona que lo conociera superficialmente, como era mi caso, se circunscribía a la rimbombancia de su apellido paterno. Su estado de ánimo más frecuente apenas le permitía abandonarse al placer de la risa. Parecía un muchacho ensombrecido y triste, como quien carga sobre sus hombros involuntariamente el peso de una fama no deseada.

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