¿Y tú, médico?: Testimonio de una interna cubana en tiempos de epidemia


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(Ilustraciones: Polari)

La gente que me conoce sabe que no me apasiona la vida intrahospitalaria. Eso se debe a ciertas circunstancias que no se resumen simplemente en la vocación.

Estudiar medicina en un país en el que los servicios médicos son un renglón primordial de la economía, es siempre una opción. En mi año de ingreso, a la Universidad de Ciencias Médicas de Pinar del Río entramos aproximadamente 600 estudiantes. Los números no variaron mucho en el resto de las provincias ni durante los años siguientes. Algunas ventajas tiene: una misión futura y tal vez varias, saltarse el servicio militar, la promesa de un salario por encima de la media.

Medicina es una carrera tentadora incluso para muchachos que brillaban en otras ciencias, en las letras o en el arte. Es cierto que la carrera ha perdido la «exclusividad» que tenía en los tiempos de mi madre, por ejemplo, donde apenas unas decenas se graduaban, pero cuando acomodas un poco el lente y hablas en términos macroeconómicos, los cabos sueltos se atan.

Cuba exporta servicios de salud más allá de la solidaridad, del internacionalismo y de otros valores que ha tenido nuestra política exterior, que siempre guarda un as bajo la manga. Los exporta más allá del bien y del mal.

Me paso la vida quejándome de mi carrera. Los que me conocen, saben de memoria de mis razones. Hubiera preferido Historia del Arte o Filología, pero Pinar del Río no es La Habana y en mi año no llegaron plazas que me permitieran subir la famosa escalinata de la universidad. Medicina tuvo que ser. Pensé que si Chéjov, Schiller o Conan Doyle pudieron escribir, yo también podría.

Bastó que me pusiera una bata blanca para entenderlo todo. Seis años te moldean en el trabajo, en la humildad del mano a mano con quien necesita de ti, te hacen empatizar. Finalmente te sientes útil.  

A pesar de todo me sigo quejando. Mi carrera ocupa casi todo mi tiempo y yo quiero, necesito, leer, escribir, construirme. Caigo entonces en un bucle de negativas ante la sacrificada vida intrahospitalaria y me lleno de estereotipos, muchas veces injustos, contra los neófitos.

El país atraviesa una crisis, más bien la misma crisis de hace años, que llegó a otro nivel. Récord de contagios en Matanzas, escasez gravísima de medicamentos, de comida, agotamiento del personal de salud. Un proceso vacunatorio que llevar a cabo en provecho de millones de personas. No faltan las culpas: bloqueo, burocracia, mala praxis.  Lo cierto es que la gente se agrava, se muere y no espera por las buenas acciones de las almas caritativas. Deberíamos, primero, hacer una pausa y lamentarnos de que sea la política, interna y externa, la que gestione nuestra salud, si me perdonan la utopía.

Hoy vivo en una posición extraña: un largo internado que no fue como esperé, apoyando la vacunación, una tarea que no tiene nada de heroica más que el heroísmo de una mano que no se cansa de tomar signos vitales. Me preparo para un examen estatal que la pandemia de covid-19 mantiene en período de latencia. La graduación, cuando llegue, no será ni remotamente la soñada, con tantas fechas que se difuminan. Posiblemente ni den un título de papel por ahora. Tal vez no haya descanso en el cambio de una etapa a otra.

Una de las actividades de culminación de la carrera tiene un alto grado de misticismo: todavía juramos en nombre de Hipócrates, el Padre de la Medicina, el que antes de nuestra era redactó un juramento ético. Lo hemos adoptado, con convenciones internacionales últimamente, como ritual de iniciación médica desde hace alrededor de 2.500 años.

El Estado espera de los estudiantes de medicina un apoyo incondicional. Que cumplamos con nuestro deber social en cualquier situación, pide. Creo que hablo por todos cuando me refiero al cansancio, al estrés, a los costos físicos y psicológicos, al burn out de los médicos luego de dos años de pandemia.

Nuestro país no se salva, más porque luego de salir de un hospital, un médico cubano tiene que hacer una cola de horas, llegar a casa, compartir lo mínimo con su familia y dormir al menos seis horas para repetir la sesión al otro día. Enmarquemos esto en un cronograma de lunes a domingo con guardias de 24 horas.

¿Qué espera el personal médico de nuestro Estado? Voluntad política, empatía, coherencia y transparencia de los medios de comunicación y de los discursos gubernamentales, compensación, que no es duplicar el salario, solo la gestión de un almuerzo nutritivo. También espera la eliminación de obstáculos burocráticos y de presiones políticas y el control de los espacios públicos, preferiblemente tratando la causa y no los síntomas.

Esperamos de nuestro Estado que esté a la altura de la crisis,  que administre con inteligencia nuestros poquísimos recursos, incluidos los humanos, que tenga la humildad de pedir ayuda humanitaria a los organismos internacionales competentes y que colabore con donantes para viabilizar el proceso de entrada de medicamentos y enseres médicos a Cuba, siempre que las autoridades sanitarias supervisen esta complicada labor.

¿Qué espera el personal médico cubano del mundo? Solidaridad, apoyo de los organismos internacionales y organizaciones no gubernamentales, el cese inmediato del bloqueo impuesto por Estados Unidos o, al menos, la intervención de la Organización de Naciones Unidas para que los insumos médicos puedan superar los obstáculos que pone el bloqueo y llegar a quienes los necesitan.

Yo, por mi parte, sigo con mis pasiones alternativas, con mis quejas, con mis exigencias de eso no llegará de inmediato, pero con consciencia absoluta de que ahí donde se ama el arte de la medicina, se ama también a la humanidad. Ser útil es la verdadera vocación de todos los que eligieron este camino.

En medio de la crisis que vive Cuba, el personal de salud mantiene en alto una bandera de posibles, altruista y humanitaria. Gracias por eso.

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