Entre Miami y Pinar Del Río


1,254 Vistas

La vida de los García, una familia que vive parte en Miami y parte en Pinar del Río, es como la de miles de familias cubanas que han quedado partidas en dos tras los cambios en las políticas migratorias estadounidenses*.

 

 

Isabela tiene 14 años y vive en Pinar del Río. Nunca ha salido de la isla. Para hablar con su padre y con su hermano debe ir al parque Martín Herrera, el único con Internet en su municipio, hacer mil maromas, colgar par de veces, volver a intentarlo y conversar intimidades frente a extraños. La relación entre ellos está mediada por una paciencia infinita al WiFi.

Así es como Isabela usa IMO, la aplicación de video llamadas por internet más popular en el país, que permite verse, borroso y pixelado pero verse: es mucho más de lo que había tenido alguna vez.

Suena la música desde una bocina portátil. Aturde el motor de un almendrón que pasa. La muchacha apenas consigue oír algo y el sol molesta. Intenta alejarse del bullicio de fondo: autos, pregones, conversaciones ajenas. Ella camina hasta el otro extremo del parque, atraviesa una larga fila de pasajeros que allí se amontonan esperando taxi. Suspira. Más adelante se detiene y vuelve a preguntar a la pantalla: “papá, ¿me oyes?”. Desde el otro lado, la imagen se congela. Entonces decide cruzar la calle, se para en el borde de la acera y pregunta de nuevo.

La familia de Isabela se separó poco antes de que ella aprendiese a hablar, tuvo que esperar 8 años el regreso de su padre: el tiempo que el gobierno cubano exigía, hasta octubre de 2017, como castigo a quienes se fueron de Cuba en una balsa.

Por inercia, Isabela camina unos pasos y se recuesta en el borde de una baranda. Desde el otro lado del teléfono, Eulalio, su padre, que todos conocen como Coco, cierra con llave la puerta de un local. Es el almacén de refrigeración donde trabaja y cobra lo justo -16 dólares por hora- para mantener la renta, enviar remesas a Cuba, regresar a la isla una o dos veces al año y costear todos los trámites de reunificación familiar que comenzó 15 meses atrás.

Un poco más lejos

Por ahora, Coco y Ernesto -su otro hijo, el hermano de Isabela-  están en Miami mientras su esposa Elisabeth y su hija Isabela aguardan por la cita en el consulado. La familia ha esperado 12 años para reunirse y hoy vive en el medio de renovadas tensiones políticas: el cierre parcial de la embajada estadounidense en La Habana tras la acusación de ataques acústicos. Las citas que habían sido pautadas para La Habana pasaron a Bogotá.

Entonces Elisabeth se desesperó.  El abogado que su esposo contrató en la Florida le había asegurado que para 2018 podrían reunirse pero esta nueva guerra fría le cambia el horizonte.

Elisabeth recuerda que leyó la noticia por Internet en un medio de la Florida. Allí, Virgil Carstens, un funcionario de la Sección de Asuntos Consulares de la Cancillería estadounidense, explicaba a la prensa que para la elección de Colombia como nueva sede temporal se tuvieron en cuenta una variedad de factores: la proximidad geográfica, que se habla español y que hay espacio para acomodar los expedientes de casos adicionales y para atender inconvenientes potenciales que pudieran tener los solicitantes.

Desde ese día, Elizabeth repite en su cabeza la misma pregunta insomne: “¿Te imaginas que yo tenga ahora que ir hasta Colombia con la niña?” Es consciente de que ahora los gastos se multiplican. En 52 años no ha salido de Cuba, casi no ha salido de Pinar del Río.  Para Isabela, a su edad, todo es una aventura, pero su madre está asustada. Coco volará desde Miami un tiempo para acompañarlas.

Si la familia quiere unificarse en Estados Unidos, entonces, debe cumplir los requisitos para el visado en Bogotá. Les exigen dos mil dólares a cada viajero como solvencia económica, además de pagar tres boletos y costear unos 21 días de estancia. Sin contar los trámites tradicionales como el chequeo médico, la emisión de un certificado de antecedentes penales, la declaración jurada de apoyo financiero y los certificados de matrimonio y nacimiento. 

Elizabeth baja la mirada, apunta con su dedo índice hacia abajo y señala el suelo cubano: “Han sido años muy difíciles los que hemos vivido separados, ellos allá y nosotras aquí”.

Su marido se fue en una balsa en marzo de 2006. Estuvieron días sin saber si había sobrevivido o no. Ernestico se despertaba gritando que los tiburones se iban a comer a su papá. Y para Isabela, aunque Elizabeth le hablase de él y lo escuchara cada semana al teléfono, su padre era un desconocido que abrazó recién cuando tuvo 10 años.

Ya con residencia americana, Coco quiso varias veces regresar a ver a su familia pero por cada intento obtuvo la misma respuesta condenatoria. Ni siquiera en 2010, cuando su hijo mayor se accidentó en la carretera y murió al instante, le fue permitido volver a enterrarlo. Al cementerio solo pudo ir cuatro años después, cuando el gobierno cubano finalmente le permitió la entrada. Muchas veces el precio a pagar por irse es muy alto y la soledad infinita, aunque los giros de dinero no hayan faltado nunca.

Elisabeth traga saliva, se escurre los ojos y lamenta: “ahora que parecía que estábamos cerca de lograrlo, aparecen otros problemas políticos que, al final, solo afectan a las familias”.

Incluso desde los grupos políticos de Estados Unidos, hay varias voces de disenso hacia estas medidas. Carlos Curbelo, representante republicano por un distrito en el sur de la Florida y Jim McGovern, un demócrata que ha trabajado históricamente las relaciones con Cuba, reconocieron que estos cambios migratorios afectan principalmente a los cubanos de a pie, a esos que intentan visitar a sus familiares.

Elisabeth es una de esos cubanos de a pie: vive con su hija a unas siete cuadras de la zona WiFi, frente a una escuela local y un camino polvoriento. Es una casa pequeña de dos habitaciones con las paredes llenas de fotos y muebles sencillos. Viven sin lujos, con lo básico y  gracias al premio consuelo que los emigrantes regalan a quienes se quedan esperando en Cuba: las remesas atenúan las carencias pero no pueden contra la nostalgia.

En busca de señal

Es sábado, faltan unos minutos para las 12 del día. La muchacha y su padre han hablado durante una hora, mientras ella se ha movido por el parque. En una hora ha debido reiniciar tres veces la llamada y ya la cuenta Nauta está casi agotada.

Coco ahora camina apurado las tres cuadras que lo separan de su casa. Cuando llega y abre la puerta enfoca sobre la cama una bolsa negra con ropa y unas sandalias, son un regalito para Isabela.

La niña sonríe, sentada en un pedazo de contén. Vuelve a entrecortarse, la conexión no deja de ser inestable.

*Fotos: Claudia Padron

Tags:

Claudia Padrón Cueto

Claudia Padrón Cueto

Nació en Pinar del Río en los años 90 pero ha eligido para vivir La Habana y su caos. Es incapaz de llegar a algún lugar sin perderse antes. Rompe con un par de estereotipos de lo que se espera de una persona cubana: nunca ha bebido café y no le gusta la salsa. Es periodista porque no ha sabido, ni querido, ser indiferente a las demás personas. Y porque cree que aún queda demasiado por mostrar. Tiene la romántica idea de quedarse para contar su país.

Comments (3)

  • Avatar

    alain

    |

    que triste dios, yo tambien estoy lejos de los míos y el dolor no se va nunca, no hay nada que palie este deseo de abrazar a mi madre!!!

    Reply

  • Avatar

    Elio glez

    |

    esta es la historia de muchas familias cubanas

    Reply

  • Avatar

    Jose Angel Chente

    |

    Conozco personalmente a Eulalio desde hace aproximadamente 35 años y Responsablemente les digo que ese ha Sido el gran calvario de mi amigo Eulalio más conocido como el coco en todo Pinar del Río.

    Reply

Haz un comentario