El violinista boxeador


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Pedro, un estudiante de violín, se fue a boxear. Abrió sin permiso la puerta de la vieja casona de su familia en Alacranes, Matanzas, a 90 kilómetros de la capital cubana, buscando no hacer ruidos y se fue. La historia de Pedro Abreu Tejera es la de los cubanos que adentro y afuera de Cuba se debaten entre soñar e inventar algo para sobrevivir*.

 

 

Salió escurridizo de la casa esa mañana de 1983—como tantas otras—pero esta vez con más cuidado. Lejos de parecerse a Rocky o Chuck Norris, no desayunó antes de la pelea. Tenía 14 años pero parecía un veinteañero, salió a los hombres de su familia en lo alto y corpulento.

Caminó tres cuadras hasta el club de box y se colgó los guantes. En el calentamiento, el Yoe, su entrenador de chico, le dijo dos o tres trucos al oído para neutralizar temprano al rival. Pedro cruzó las cuerdas del ring y a la orden del juez tiró unos golpes al aire. No había terminado el primer round cuando un grito, de una voz familiar, lo congeló. Un vecino le había preguntado a Pedro Luis Abreu Junco si iba a ir a ver a su hijo boxear. “¡Pedroooo, bájate de ahí!” En aquella sala había medio centenar de personas. El estudiante de violín, muerto de la vergüenza, sintió que el boxeo se había acabado para él:  “El viejo era estricto y no se andaba con medias tintas: yo le había fallado”.

Luego de dos años en la Sinfónica de Matanzas, Pedro hizo lo que muchos músicos en la Isla: se fue a vivir del turismo.

La mitad de los allegados de Pedro Abreu Tejera desconoce que el violinista de Alacranes también boxeaba. De hecho la otra mitad que sí lo sabía, se lo reprocha. ¿Cómo un músico se va a arriesgar a eso, a un mal golpe, a que te arruines las manos? Abreu hizo caso omiso a todos, incluso a su padre, el primero que se lo prohibió. «Lo suyo es el violín», era la frase que le decían cuando era pequeño. Una manera de decir “lo suyo no es el box”.

“Con seis años me acerqué a ese instrumento, aunque cualquiera que me mire y le pregunten qué instrumento toco, dirá que bongó, tambor, trompeta, todo, menos violín. Cómo si un negro no pudiera tocar también violín. Ese fue el que me gustó”.

Pedro no pudo estudiar en una escuela profesional, pero sí en la de superación. Con diez u once años hizo de aprendiz en una orquesta del pueblo, iba dos veces a la semana a sesiones de práctica por las tardes. Estudiaba teoría, clases de solfeo. A los 17 años se fue a Nueva Paz —más cerca de La Habana— a una Orquesta llamada Venus. Duró bien poco. Fue pasando de orquesta en orquesta, incluso por alguna que dirigía su padre.

Luego de dos años en la Sinfónica de Matanzas, Pedro hizo lo que muchos músicos en la Isla: se fue a vivir del turismo: “armé un conjuntico, Charanguito Sonero y trabajé en Varadero, hasta que en el 2000 me casé con una alemana y aterricé en Berlín”. Pedro llegó con la idea de unirse a cualquier bandita, quería insertarse en el mercado de la diversidad europea, donde la música tradicional cubana consigue algunas presentaciones en festivales bailables. No son muy exitosas estas bandas que parten de cero, ni tienen mucha presencia, pero lo exótico del son o la salsa, a veces, les funciona. Sobreviven de presentaciones menores en bares o restaurantes de origen latino, y con buena suerte, alguna gira dentro de Alemania.

Un día de 2003, Pedro encontró en Berlín un cartel en un club que decía: “Se buscan peleadores de kick boxing”. No es boxeo. Lo más cercano que conocía al kick boxing eran las películas de Chuck Norris. Se dijo: “no sé, pero aprendo”. Lo más difícil fue conseguir la coordinación, entre los golpes y las patadas. Llegó a competir en clubes más organizados y en peleas privadas, pero de mayor ranking. Mientras, alternaba el trabajo musical. A veces llegaba con la cara magullada y el director de la orquesta lo miraba con mala cara. Por cada pelea que ganaba le daban de mil a dos mil euros, y además le gustaba. Si perdía igual le deban algo por presentarse.

Cuando subió de peso y ya la edad le restaba velocidad, hizo de “tapahuecos”: simulaba una pelea, tres o cuatro rounds, o lo que tardara en llegar la principal. Conoció gente de todo tipo: “peleé hasta con un neonazi, Norman Sokolowski, que llegaba al ring, siempre en medio de signos y vestimentas nazis. A mí siempre me respetó”.

La última noche que Pedro boxeó en Berlín, por el 2009, lo hizo hasta por aquella pelea que dejó incompleta en Alacranes cuando tenía 14 años. Se fajó dos veces en la misma noche, solo descansó cinco minutos entre una y otra. Tuvo que abandonar la segunda. No podía más. Cuando salió su entrenador le dijo que tendría la revancha, en una exhibición de kick boxing que se haría entre Alemania y Japón. Un cubano representando a Alemania. Iba perfecto el trámite, pero dos días antes del match, el entrenador de Pedro murió en un accidente de tránsito. “Nunca más quise volver a saber del boxeo. No sin él”. Pedro dejó el boxeo y siguió tocando su violín en Berlín.

Ha subido de peso y las canas ya le recuerdan que está tocando los 50. Los integrantes de su orquesta dicen las cosas que le suceden a él no le pasan a más nadie En vez de Pedro, le llaman el Único.

*Fotos: Mayli Estevez. Foto de portada: Pixabay.com

 

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Mayli Estévez Pérez

Mayli Estévez Pérez

Nació en 1986, el año en que Maradona levantaba en el Estadio Azteca la Copa Mundial de Fútbol para Argentina y cuando por última vez se avistaba en la órbita de la Tierra el cometa Halley. No sé si me suceda como a Mark Twain, pero el 2061es un buen año para morir,  solo por imitarlo. Periodista titulada, deportista frustrada. La opción que me quedó fue hacer el coctel de periodista deportiva.

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