Violaciones múltiples de mujeres en Cuba: Las Manadas siempre ganan


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Cleida García y sus hijos, foto publicada en el perfil de Facebook del periodista Jorge Enrique Rodríguez

Las Manadas andan sueltas hoy, lo mismo que ayer. La Manada se hacía llamar un grupo de amigos que violó a una mujer en Pamplona. España se estremeció durante el proceso, en el que se implicaron muchos españoles, como si se tratara de un hecho inverosímil que avergonzara a la nación y les echaba en cara, cuando menos lo esperaban, que no habían adelantado tanto como suponían.

En Cuba, hasta hace poco, muchos creían que la violencia no nos tocaba y que ese era uno de los privilegios del «hombre nuevo» o casi nuevo acuñado en nosotros, también con rigor penal, por la revolución de 1959.

Los medios hicieron, y todavía hacen, parte del trabajo. Un crimen debe ser informado solo si ocurrió en la India. La crueldad se practica, en general, bien lejos de la isla, en países que no viven bajo un régimen capaz de renovar el alma humana. Evadir asuntos graves obliga a ser cursi.

En 2015, Mariela Castro, un rostro de apariencia menos rígida que otros rostros de la política cubana, dijo que no había feminicidios en Cuba y que se lo debíamos, por supuesto, al socialismo. No se sabe si fue una mentira consciente o si se dejó llevar naturalmente, como quien camina por un trillo conocido, hacia el espejismo cursi del discurso oficial. En esa época, casi fue ayer, no disponíamos de tantas estadísticas sobre la violencia de género como las que tenemos hoy.

Desde entonces se han reportado, gracias al trabajo de los medios independientes, a pesar del sensacionalismo, numerosos crímenes contra mujeres, algunos que se hunden en los extremos del desprecio masculino por las vidas y los cuerpos de las mujeres.

La historia de Leidy Maura Pacheco Mur es una de las pocas que los medios oficiales asumieron imposible de ocultar. Se sintieron obligados con la audiencia, porque todo fue demasiado cruel para una ciudad pequeña y tranquila como Cienfuegos.

A Leidy Maura la secuestraron antes que llegara a su casa, en pleno día. Sufrió una violación múltiple y después, cumplida la motivación sexual, la mataron. Los asesinos enterraron el cadáver. Uno de ellos colaboró con la comunidad en la búsqueda de Leidy Maura. Era un vecino más.

Las violaciones múltiples, las violencias planificadas y ejecutadas contra una mujer por varios hombres, son el grado máximo de la supremacía masculina. Los pequeños gestos que expresan el poder de los hombres sobre las mujeres en la vida doméstica, en las rutinas de la sociedad, están en la periferia de un sistema que a veces se desborda así, en el cálculo de una banda de machos.

El consuelo de pensar que las violaciones múltiples son una anomalía, algo monstruoso, pero raro, deja el sistema intacto. Donde se admiten como naturales las violencias menores, estos crímenes no pasan de instaurar un instante de horror. Los tribunales condenan un caso y los lectores de la prensa independiente piden la pena de muerte de alguien, no la del sistema.

En Marianao, ya en la periferia de La Habana, decenas de personas se fueron a protestar a una unidad de policía, en plena epidemia de la covid-19, porque supieron que dos policías, de uniforme, a bordo de una patrulla que recorría la zona, decidieron violar a dos adolescentes. Como la ley es fálica, igual que sus autores, como los investigadores a cargo establecieron que no hubo penetración, los policías recibieron sanciones menores que las previstas para una violación.

La última Manada cubana salió a cazar en septiembre por La Habana. Seis hombres organizaron la violación de una adolescente de 13 años. Uno de ellos sirvió de carnada. Se encargó de «enamorarla» con mensajes electrónicos, contó Cleida García en un post de Facebook. Cleida es la madre. En otras publicaciones denunció también la violencia de autoridades que fueron morosas y aparentemente benévolas con los violadores de su hija.

A diferencia de lo que ha pasado en España, donde las Manadas provocan discusiones públicas, pocas personas reaccionaron en Cuba ante esta violación múltiple.

Las feministas cubanas pidieron en 2019 al gobierno que legislara sobre violencia de género y hasta el momento no les ha respondido.

No faltaron los comentarios de siempre en las redes sociales, donde una ciudanía machista e insensible exige responsabilidades a la familia de Cleida García. Han conjeturado, como en cualquier sociedad aceptablemente masculina, que la adolescente fue responsable de su propia violación.

Esta es la reacción común del sistema que reproducimos, a menudo sin elección, mujeres y personas LGBTI+. La violencia sexual debe ser una anomalía que atañe a las víctimas también, quienes probablemente motivaron la agresión. Con este argumento salvamos la cultura que nos ha traído hasta aquí. Ella no debió salir, no debió vestir, no debió hablar. La violación, según este modelo, es el terrible precio que se paga por desobedecer las normas.

Las Manadas siempre tienen defensores. Los que no legislan, los que llaman radicales a las mujeres que exigen igualdad, los que observan la apariencia o las costumbres de las mujeres violadas.

Las Manadas siempre ganan, aunque acaben en la cárcel, porque el sistema sigue como era, horrorizándose y archivando la gran discusión pendiente. 

Maykel González Vivero

Maykel González Vivero

Periodista y activista LGBTI. Tuvo un blog mientras se lo permitieron y se llamaba El Nictálope, porque siempre ha presumido de ver bien, como algún animal de la noche. Echa de menos la radio y el insomnio que le favorecía antes para escribir. Ahora escribe cuando puede, donde puede colaborando con varios medios cubanos y extranjeros.

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