Una marcha habanera para extraviar un nombre


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Persona detenida el 11 de mayo de 2019 en Cuba, marcha independiente LGBT+
Una persona es detenida en la marcha independiente LGBT+ del 11 de mayo de 2019 en La Habana, Cuba.

No sé su nombre. Lo refieren en los documentos como «nuestro cliente». No sé su nombre, pero sí su historia. «¿Qué habita en un nombre?» solía preguntarse Shakespeare.

Todo empezó con un email. Una abogada me ha mandado un email para saber si puedo escribir una declaración de experta sobre la situación de la comunidad LGBTI+ en Cuba. Especialmente —dice— después de los sucesos del 11 de mayo pasado. Al email le siguió una llamada telefónica, y en ambos diálogos el muchacho —sobre quien deberé emitir sentencias que le ayuden a permanecer o no bajo la categoría de asilado político en los Estados Unidos— queda reducido a «el cliente». 

Mi reporte —insisto— no será sobre el muchacho en sí mismo —quizá por eso no importa que sepa cómo se llama—, sino sobre lo que viene sucediendo con su vida hace exactamente un año. Pero importa. Me importa. Y también su historia. Una que voy descubriendo a intervalos. Una que entiendo como superficie, como terreno en donde puedo desplegar cuánto sé sobre una comunidad a la que pertenezco solo a larga distancia. Mi membresía se paga en emociones, en reacciones de Facebook y extensas jornadas de estudio por las que quizá, solo quizá, he ganado este nicho de experta. 

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¿Pero qué es una experta si no tiene un nombre que pronunciar ni una voz a la que prestar oído? ¿Quién soy, y quién será él si ni siquiera puedo tocarlo con la materialidad de unas sílabas para que me responda? ¿Qué habita un vocativo ausente? El conjunto de disecciones que la abogada opera sobre nosotros se resume en un email que será llamada, que será varias llamadas, que me definirá como «la experta» y a él como «el cliente» al interior de una narrativa plena de huecos negros. 

Tejida más o menos así:

El cliente participó de la marcha que organizaran los activistas LGBTI+ el pasado 11 de mayo en la ciudad de La Habana. La marcha, pacífica por naturaleza, terminó con intervenciones de las fuerzas policiales. Golpes. Gritos. Encarcelamientos. El cliente dice haber estado. El cliente permaneció en la cárcel por unas horas. Una noche. El cliente fue, como consecuencia, deportado a su pueblo en el Oriente del país. ¿Cómo puede un nacional ser deportado dentro del propio país al que pertenece? Ese que legalmente al nacer le ha asignado un documento que lleva un número y un nombre y un lugar de origen. ¿En qué momento se convierte el mapa político de una isla reconocida como una sola república en pura urdimbre, en talanqueras imposibles de cruzar? 

En la marcha pacífica del 11 de mayo el cliente fue detenido y golpeado, solo por participar, por hacer que su cuerpo importara. Un cuerpo que pide ser visto, casi siempre pide también la posibilidad de amar diciendo su nombre, el mismo que ahora me es escamoteado. 

El cliente está en México —dice la abogada—. Tú deberás reportar qué fueron las UMAP y la ley de peligrosidad predelictiva, qué es el Cenesex, por qué fue apresado «el cliente», por qué regresado a su pueblo en el oriente del país; si, de no conseguir el asilo, peligra su vida o su dignidad, si podrá ser contratado por una empresa cualquiera, si será estigmatizado por intentar salir del país hacia Estados Unidos; qué represalias puede sufrir, qué pasará con su familia, ¿será perseguido por la policía política?, qué consecuencias tendrá, finalmente, ser deportado. 

Debo, en suma, reportar el pasado y el futuro de un cuerpo que hace un año fue imaginado por la policía de su país como abyecto y que es ahora un cuerpo anónimo sobreviviendo de estraperlo y caridades en la frontera norte de México. Un cuerpo sin nombre, sin voz —en dependencia de mis capacidades persuasivas o mi fracaso frente al aparato de la ley—, un cuerpo sin futuro. O con un futuro intenso.

Su historia es también la de muchos miembros de la comunidad LGBTI+ de Centro América, África y hasta la de paisajes ignotos en la geografía norteamericana. Los desplazamientos hacia países o ciudades que se imaginan a sí mismas como plataformas y formas de poder es la más socorrida de las alternativas a las que se echa mano cuando quieres reescribirte desde un yo que ha de ser, por decantación, rebelde. El ansia de sobrevivir en espacios de libertades amparadas por legislaciones asimismo fundadas sobre las demandas de la sociedad civil de cualquier república sana son la mejor síntesis del derecho a la felicidad que tiene todo ser humano.

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El cliente a quien en soliloquio sostenido llamo «Arenas» (por Reinaldo y por cuánto se deshace entre mis manos) sería uno más de esa larga lista de cubanos a quienes la eliminación de la política pies secos/pies mojados en enero de 2016 terminó por igualar al resto de los procuradores de asilo que se asientan a lo largo del río Bravo o en oficinas congeladas de aeropuertos en donde esperan sin sus pasaportes, durante semanas, una respuesta. No personas que, por lo general, y como mi «Arenas», han perdido un país al que volver.  

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Solo que en su caso dicha pérdida comenzó a gestarse en un día y una ciudad exactos. Día y ciudad recogidos también en testimonios, fotos, grabaciones, gritos, artículos periodísticos, cientos de reacciones y directas en las redes sociales; algo que más tarde llamaremos «la Historia». Cuerpo apaleado de quien ahora será solo otro «cliente» para esa oficina de abogados tejanos especialistas en derechos humanos y migrantes; pero que para mí es ya defunción simbólica. Defunción en la que no quiero ser experta, pero que bien podría resumirse en acta redactada in situ y en la cual reza: La Habana, 11 de mayo de 2019, un ciudadano de género masculino de nombre Juan Arenas y número de identidad 88120456789, original de Banes, Holguín, extravía su nombre, y cuanto en él habita, para siempre

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Mabel Cuesta

es profesora de Literatura US Latino y Caribeña en la Universidad de Houston

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