Una historia de bares: Lo común de cazar un jinetero y no tener orgasmos


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(Fotos: María Lucía Expósito)

Una mujer sentada en una barra, con jazz de fondo, es la heroína de esta historia. Sabe, nada más llegar, que peligran su cuerpo y su alma.

«Qué mal me cae Pink Floyd», dice la cantinera, que parece sacada de una comuna hippie pija, mala copia de los años 60.

La cantinera tiene una cadencia Joplin mezclada con un poco de solar habanero. Es tan blanca, pálida diría, tan condicionada por un trabajo nocturno que parece un espécimen sensible al sol. Son hermosos sus tatuajes. No consigo detallarlos, pero escalan por sus manos y su cuello como si fueran jeroglíficos que hablan de sucesos ocurridos en este mismo bar.

En una esquina, justo debajo de la escalera, está él. No sabe que lo espío con curiosidad cronista. Debe pensar que me atrae su sandunga o el mito de que su fisonomía lo ha dotado de una herramienta respetable. Está obsesionado con eso.

La última noche que dormimos juntos me preguntó si no me daba morbo imaginar que todas las mujeres estaban locas por su pinga. Debo admitir que es un atributo destacable, pero no estoy aquí por eso. Es su historia lo que me atrae, o mejor, el conjunto de historias que roza y confluyen en él.

Lo conocí en esta misma barra. Unas banquetas a mi derecha estaba aquella noche. Ese día decidí experimentar un bar a solas por primera vez.

Para ir sola a un bar, debes pintarte los ojos de negro. No importa la ropa. Unos ojos enmarcados en negro que miran por encima de un trago, pueden conmover o camuflar. Pueden mirarlo todo desde el marco que se han dibujado. Esa noche delineé mis ojos con fuerza.

Me senté a su lado y pedí un mojito. Me pidió fuego. Lo miré por encima del trago y comencé a charlar con la cantinera. Le conté un par de dramas personales y políticos, sin abandonar la voz interesante. Mi coraza eran un par de ojos y dos o tres argumentos.

Esa noche no me propuse seducir a nadie en específico y tal vez me propuse seducir a todos los habitantes de aquel bar. No lo sé. En los bares una se cuestiona cómo luce su existencia, cómo es percibida por los demás, y esa imagen suele transfigurarse unos tragos después hasta que el alcohol se encarga de eliminarla por completo.

La noche en que hablamos por primera vez me dijo que me miraba desde noches atrás, que mi energía era especial, que era muy tierna y que no se quería enamorar de mí. Así, sin más, el desconocido pintoresco te arma un melodrama.

Las estrategias de un cazador son predecibles, pero una vez que te metes en el papel de mujer solitaria tras la barra, tres copas después, decides creerte esa película y olvidarte de toda esa decencia patriarcal que tienes en el subconsciente.

A este sujeto le llamaremos Alberto, como el Yarini habanero. No hay otro nombre que le haga más justicia. No se trata de un proxeneta, sino de un músico de bar con todo el aché de quien administra putas.

Nuestro Alberto lo mismo te canta un bolero que un intento de «Bella Ciao» folklórico. Es puro morbo, pura soltura. Siempre he pensado en el rasgueo de los guitarristas como en una forma de orgasmo. Alberto toca también el cajón y tiene las manos callosas de percutir el instrumento, noche por noche, hasta despellejarse.

Su rutina es una fiesta agónica. Cada tarde se pone el uniforme de Casanova moderno y camina hacia el bar. Toca por propina y gana más que un trabajador cualquiera en una jornada.

En los bares de La Habana Vieja hay Albertos de sobra, talentosos y profundamente bellos, esperando todos una mujer que aterrice desde Europa para gastar sus ahorros de trabajadora común en una noche de tragos y sexo.

Hace mucho conocí a uno de esos que había llegado de provincia con su guitarra al hombro. Cantaba en el malecón y solo intentaba conquistar a «yumas bonitas» que le dieran buenos ratos de fiesta y dónde pasar la noche. Mi fetiche comenzó con él.

Confieso que me sentía poderosa gastando las propinas que le dejaban las yumas. El deseo de cobrar por sexo siempre me ha erotizado y no tengo el valor para hacerlo, pero la satisfacción de ser la que gasta las regalías del cuerpo de alguien, es indescriptible. Por eso accedí a ser la excepción de ese Alberto.  

Saber que pondría en pausa su trabajo para conquistarme, saber que gastaría el fruto de su esfuerzo, saberme su chula por una noche, era un placer.

El bar cerró como de costumbre a la 1 am y Alberto me propuso ir a un hostal. Llegamos a una casa azul en medio del casco histórico, donde nos recibió un señor gordo trasnochado que saludó a Alberto con familiaridad. A mí, en cambio, me miró extrañado, preguntándose qué hacía esta no yuma, sin penas ni glorias físicas, allí con él. No había duda, se trataba de su picadero habitual.

La habitación estaba llena de luces de Navidad y espejos. Aquellas luces en medio de agosto, eran un recordatorio de todo lo que rápido termina, como el año, la noche y el sexo casual.

Llegué al lugar con la estrategia de la inocencia. Sabía que si algo podía cautivar a un cazador era la ingenuidad, así que decidí jugar a la niña pura, a la intelectual que nunca antes había roto sus moldes.

Alberto jugó al cazador experimentado, al macho glorioso que se quedaría en mi memoria, e intentó hacer gala de su destreza. Pero lo supe enseguida: Alberto, el experimentado que vivía de su sexo, el macho nocturno, no tenía ni idea de cómo hacerme llegar al orgasmo.

No sé si el fetiche extranjero del macho tropical sea suficiente para las rubias foráneas, pero para mí aquel dar y dar y dar desaforado, sin un roce, sin su lengua adentro, sin explorar otra zona además de mi vagina, no iba a ninguna parte.

En este punto de la historia, ustedes pensarán que debí tomar las riendas, que debí apostar por mi placer y conducir la mano de Alberto hacia los lugares adecuados, pero no. Mi juego era distinto. Yo tenía una tesis que probar respecto a los Albertos: «Los machos de bar no son un buen regalo de navidad». Son más bien el envoltorio de celofán.

Por la mañana, la señora de la casa nos brindó café. Alberto pagó la cuenta del hostal y me invitó a desayunar a un restaurante típico de La Habana Vieja. Al mediodía  dijo que tenía que irse: «Tengo una noche movida, debo recuperar esta inversión».

Esa noche terminó mi experimento. Delineé mis ojos y volví a la misma banqueta, en la misma barra. Allí estaba la cantinera, gélida y agotada, agitando la coctelera. «Por favor, un trago para la señorita, lo que pida ponlo en mi cuenta». Alberto trabajaba esa noche, pero yo no dormiría en su cama. Solo que eso él no lo sabía.

Lulú Kubrick

Lulú Kubrick

Pornógrafa de Jesús María, en La Habana Vieja

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