Un país con derecho a la blasfemia


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(Ilustración: Samada)

Dice el periodista Maykel González Vivero, director de Tremenda Nota, que yo soy un tipo «cuir».

También dice que algo de lo mejor que le ha pasado la revista en esta epidemia, fue que entró a trabajar un «heterosexual cis». Esto último no lo dice, pero al masajista de mi ego le encanta pensar que sí.

Llevo algunos meses trabajando con lesbianas, bisexuales, pájaros y no binaries. Conversan fluidamente en lenguaje inclusivo. A veces se me agota el oído intentando seguirles la rima. No soy un defensor apasionado de su uso.

Pero otro día le comentaba a un socio, negro y maricón, al que no le gusta que le digan que es negro y maricón, que sin darme cuenta he comenzado a manejar formas inclusivas en algunas de mis conversaciones. Desestigmatizarlo desde el juego con las palabras es un reto poético.

Otro socio, amargado y ladinamente heterosexual, aspirante a ateo en la asamblea de los muertos de hambre, soltó que me estaba comportando como un tipo blasfemo: «El idioma es para singar, asere, para hacer magia negra. Es un cultismo. No es para hacerse el heterogéneo ni el inclusivo. Recuerda lo que dijo Víctor Hugo: el español se utiliza para hablar con Dios».

Me importó un rábano toda su proyección léxicomachista. En lo que sí me detuve, fue en el hecho de que me definiera como un blasfemo. Hacía años no escuchaba semejante hipérbole. Ahora soy empingadamente «cuir» y un blasfemo de nuevo tipo.

Hay quien me ha aconsejado que salga de aquella redacción donde Sodoma y Gomorra son apacibles pueblos de provincia. Otros siguen enquistados en que nuestro pájare superior es un comprobado agente de la Seguridad del Estado. Otros aseguran que es ahijado de la NED, la organización estadounidense más denunciada por el gobierno cubano.

Tremenda Nota justifica su existencia en una apología casi divina. Admitir que somos «una revista marginal» tiene sus consecuencias en un país marginal y harto mamable.

Fuera más fácil la pincha para nosotros, los redactores, si nuestros próceres asumieran de una vez que nunca han dejado de ficcionar un mundo ideal bajo principios de Levítico. Este texto bíblico, miles de años viejo, sanciona la blasfemia con lapidación por las masas. Si consideramos que blasfemar es un delito público contra Dios, entonces somos el verdadero y único pueblo elegido.

Blasfemar es un acto democrático. Se trata de conectar los cables indicados al explosivo, dígase sentido común, y dejar caer el artefacto, «la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta», desde el piso más alto de la libertad que te asiste como hereje alfabetizado que eres. El paquete de vuelta trae incluido lo que llaman «pánico moral».

Ser cruelmente sincero en un país obstinadamente hipócrita «obliga» a los gobernantes a usar la racionalidad política: hacer lo necesario para salvar lo necesario. Es decir, la «revolú».

El abogado y veterano de la guerra civil estadounidense Robert Ingersoll dijo una vez que «el crimen llamado blasfemia fue inventado con el propósito de mantener ―defender– doctrinas que no pueden sostenerse por sí mismas».

Cuando Maykel González Vivero defenestró mis horas nalgas de cultura política y temas de identidad de género y orientación sexual con aquello de «querido, asúmelo ya: eres un macho cuir con todas las de la ley», yo no sabía de qué estaba hablando.

En mi última etapa como militar supe, por comentarios de pasillo, que la gente llevaba tiempo queriendo saber cuán maricón era Acostarana. Nadie me conocía ninguna descarga o romance con ninguna de mis compañeras de trabajo. Al parecer eso era mal visto o la confirmación de que lo mío «era otra cosa».

Mi heterosexualidad ha cogido otro rumbo, pero ni Maykel ha sido esa especie de mecenas que pudiera pensarse ni la revista es la playa «Mi Cayito», como otros tantos la asumen desde el desprecio y el desconocimiento.

Soy una blasfemia andante de doscientos seis huesos y uñas pintadas de vez en cuando. Tengo gestos de passarella, de amanuense versátil. Si me enseñas una ropa de mujer que me queda en talla, no dudo en ponérmela.

Todos mis pantalones, mis «balas», son de mujer. Lo que quiere decir que la diferenciación entre ropa femenina y masculina, desde hace unos cuantos años, es un rezago de eso que Ingersoll denominó blasfemia: una construcción social bollopinga con causa y efecto acérrimo en una sociedad marcada por un pensamiento austral, imposible ya de sostenerse.

Viene un país con total derecho a la blasfemia.

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