Un cuerpo sucio: «Tienes tremenda cara de yegua», dijo el policía


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(Fotos: María Lucía Expósito)

R. cierra finalmente la puerta. El baño está más impecable que nunca. No atina ni siquiera a mirarse en el espejo, quizás ni se reconocería. Nunca deseó tanto estar a solas ahí. Abre la ducha, cae el agua. Reza para que se lleve la suciedad, pero el agua no lo limpia por dentro.

Restriega su cuerpo con furia, intentando extirpar de la piel la inmundicia y el recuerdo. Es en vano. Llora. Se siente pecador. Cree que no debiera, pero la oscuridad del recuerdo busca un culpable, y el silencio obligatorio le prohíbe exiliarse en otro lugar que no sea su propia piel. Vuelve a restregarla. Hace 24 horas no tenía idea de que sería el peor día de su vida.

R. habla despacio. Su ritmo conversacional es engañoso, pues se le oye esa calma que tienen tanto los tímidos como los seguros. Cuenta su historia como quien esconde una pérdida.

Él obtuvo su bachillerato luego de estudiar 3 años en el Instituto Preuniversitario Jesús Menéndez, cerca de su casa. Al terminar alcanzó la carrera de ingeniería informática en La Habana, donde estudia actualmente, a 700 kilómetros de su provincia natal. Cursa su segundo año.

«Nosotros los jóvenes actualmente buscamos estudiar una carrera que nos pueda servir en otro país», dice.

R. tiene un negocio independiente en Peralta, un pueblo de Holguín. Copian novelas, series y películas a las memorias USB de los clientes, que pagan un modesto importe según la cantidad de archivos copiados. No le da para vivir, pero al menos puede ayudar a la familia.

«Mi mamá me ha pedido que termine mi carrera, y que obtenga mi título universitario. Mi familia me apoya en todo esto», explica.

En La Habana ha pasado sus últimos años. Tiene pocos amigos, no por solitario, más bien por tímido y selectivo. Le gusta fiestar, y por momentos no tiene miedo a ser el centro, le da un extraño morbo. Como aquella oportunidad en que sus amistades habaneras lo acompañaron a una fiesta en Peralta, y allí, en medio de la parranda y la tomadera, comenzaron a besarse entre todos: besos lésbicos, besos de tres, de cuatro, besos grupales.

R. miraba a la muchedumbre de alrededor, y le divertía ver el gran anillo del cual eran centro: «En mi pueblo todo eso es escandaloso, no como en La Habana, que son más abiertos o civilizados».

R. no tiene etiquetas sexuales, no le gusta encasillarse. Se ha asumido bisexual pero cree que no ha conocido el amor. Desde niño sabe que heterosexual exclusivo no es ni puede ser. En su barrio siempre lo han visto con parejas mujeres, por lo tanto pocas personas imaginan que R. es bisexual.

«En muchas ocasiones me he sentido solo, y en estos momentos hubiese necesitado tener alguien a mi lado», piensa.

Eran las 10 de la mañana del viernes 25 de junio de 2021, y R. tenía en sus manos unos envases con comida. Iba a visitar a sus amigos. De Peralta al reparto 26 de Julio se viaja a pie fácilmente.

El piso de tierra

Esta gente tiene una situación que despierta la compasión de cualquiera. En la casa de Raúl y Elena, el piso todavía es de tierra. No es común en Cuba.

Una pared de cartón, ajustada con retazos de madera vieja, es la división entre el cuarto del matrimonio y el de la madre de Raúl, que está postrada en una cama.

En el cuarto de la pareja, duerme también Karla, una niña prácticamente desnutrida que va sobreviviendo a una epilepsia hostil. Elena no tiene otro pensamiento y esfuerzo que no sea para su hija y su suegra. Raúl no ha podido reunir siquiera el dinero necesario para fabricar un baño, así que mientras tanto deben usar un hoyo en la tierra al aire libre, pues tampoco ha podido techar esta área.

A pesar de todo esto, Elena siempre tiene su casa ordenada, y no ha perdido la disposición que tienen los humildes para ser nobles huéspedes. La familia anda con un peso adicional que ha hecho más escabroso el escenario que habitan. Disienten del gobierno cubano.

R. no tiene compromiso político con sus amigos. Simplemente heredó la preocupación misionera de su madre, que se dedica al pastorado cristiano junto al esposo en el municipio holguinero de Báguano. La madre, en varias ocasiones, ha movido hilos para que la «jaba misionera» que otorga su congregación evangélica llegue a esta familia con medicinas y alimentos. R. ha servido de mensajero en estas constantes misiones.

A las 10:45 de la mañana R. llegó a casa de Raúl, y notó en el acto que no era el único invitado. Más de siete personas estaban sentadas en la sala, conversando. R. saludó amablemente y se reunió con Elena. En la cocina, R. le hizo entrega de un arroz con pollo que su abuela les había preparado. Elena agradeció una vez más el gesto.

La charla duró 10 minutos. Fue abruptamente interrumpida por oficiales de la policía que entraron al lugar. Esposaron a los presentes. «Propagación de epidemia» fue el delito invocado. No hubo preguntas ni aclaraciones. Al concluir el operativo, R. vio sus manos esposadas también.

Afuera de la casa había una muchedumbre reunida, analizando el espectáculo. Hubo gritos por parte de algún arrestado. R. fue guiado por los oficiales a una camioneta dispuesta para la recogida. Estaba desconcertado.

«Esto se aclarará rápido. En seguida que llegue a la estación les aclararé todo y me soltarán», pensó en ese momento.

El capitán

En la céntrica esquina de Martí y Narciso López está ubicada la estación de Policía Nacional Revolucionaria (PNR) en Peralta.

«Seguro esto se aclara. Cuanto más, me pondrán una multa», pensó R. al llegar allí. Lo recibieron y orientaron quitarle las esposas. Fue destinado a un cuarto solitario. A los pocos minutos llegó un capitán de la Seguridad del Estado.

«Estaba vestido de civil, pero todo el mundo le hacía caso, como si fuera un alto oficial», recuerda.

R. conoce un poco a los militares, pues su padre es precisamente oficial del Ministerio del Interior (Minint) con grado de Mayor en la Contrainteligencia Militar. En cierta ocasión lo vio realizar un operativo similar en el vecindario. Pero esta vez no está su padre, sino un oficial de la Seguridad que acaba de informarle que en la casa de Raúl y Elena había una reunión de contrarrevolucionarios.

R. le explica una y otra vez que él no tiene nada que ver con eso, que Raúl es amigo de su familia, y por eso le lleva de vez en cuando alguna comida. El oficial insiste y hostiga.

«¿Qué relación tienes con ellos? ¿Qué hacías ahí? ¿Tú eres contrarrevolucionario también?», le pregunta.

R. repitió sus argumentos, pero la voz tímida y temblorosa no convenció. R. nunca había visitado una estación de policía, y mucho menos había sido interrogado. A la media hora, cuando había dicho toda su verdad, ya no le quedaba más nada que decir.

El capitán también se percató de esto. Y así, sin que le fuera presentada ninguna orden de detención, y sin aparecer en la discusión pandemia alguna, R. fue escoltado a un calabozo solitario. Eran las 12 del día, pero no le dieron almuerzo. Sería una tarde muy larga.

El silencio

R. llorará en medio de la pausa necesaria, deberá recomponerse. Después que todo sucedió, no lo ha conversado con nadie. Se siente humillado. Las razones para su silencio son muchas.

Primero, su padre militar. Si el padre se enterara de que cayó en una redada de la Seguridad del Estado, la limitada relación de ellos pudiera llegar a desaparecer. El padre puede asumir que la buena relación de su hijo con la familia de Raúl se basa en que R. es también «gusano».

La maquinaria estatal crea en las mentes la disciplina de no relacionarse con los opositores. En caso de un agente de la autoridad, las consecuencias pudieran ser mayores y nefastas. Hijo de gato debe militarmente cazar ratones, jamás ser amigo de ellos.

Por otra parte, R. piensa en su madre y en su abuela. Son las dos mujeres más importantes de su vida. Él no ha perdido la fe cristiana. Su mudanza a La Habana por motivo de estudios lo desvinculó de ir regularmente al templo. La madre también fue enviada a pastorear una región más distante del hogar. No viven juntos, pero R. la conoce tanto como a la doctrina cristiana: los homosexuales no tienen un voto favorable de ninguna de las dos.

La abuela es la columna que lo sostiene. Con ella vive. La ha oído expresarse de manera conservadora acerca de un pariente gay de la familia, y no quiere saberse exponerse.

A toda esta enumeración se añade un repetido absurdo. Los estudiantes universitarios que disienten o se asocian a células disidentes son fácilmente expulsados de sus instituciones. Las universidades no toleran un pensamiento político contrario a la ideología oficial.

R. oculta su identidad no solo por estas razones. Aún no es capaz de ponerle un rostro a la vergüenza.

«Es algo de lo que me siento avergonzado, nunca me había sentido tan humillado. No quiero imaginar lo que pueda pensar mi familia o mis amistades», reflexiona.

«Mi pensamiento político es el mismo, solo que ahora más claro. Es impensable que estas cosas pasen en Cuba, y yo no quiero un gobierno que las permita», dice también R.

A medida que irán pasando los días, muta su dolor en furia y su vergüenza en ganas de compartir esta historia.

La yegua

Las horas pasaban, y a medida que la luz del día opacaba el verde de las paredes, la esperanza de salir iba también oscureciéndose: «Yo veía que pasaban las horas y nadie venía. Pensé que luego del interrogatorio me soltarían. Pensé que estarían incluso llamando a mi papá para que viniera a buscarme».

Sobre las 6 de la tarde abren la celda para guiarlo a un pequeño comedor. Se comió el chícharo y rechazó la harina. Las expectativas por salir ese mismo día se habían ido junto a la bandeja. En la celda no había colchón, así que debió recostarse en la placa de cemento.

Sobre las 12 de la noche, un policía abre la celda. Se apellida Saavedra. Viene con Julio. Son los nombres que R. oyó.

«Ven acá, chico, ¿tú eres maricón?», pregunta Saavedra. R, confundido y somnoliento, no entiende la pregunta. Comenzaba la escena intimidante.

Estos dos oficiales lo miraban, lo acorralaban: «Tienes tremenda cara de yegua».

R., sin saber qué ha hecho para que estos dos agentes del orden estén en plena madrugada en su celda, se va retirando hacia una esquina.

«¿Así que tú eres el maricón contrarrevolucionario, no? ¿Sabes cómo tratamos nosotros a los maricones como tú?»

R. se paralizó y ni siquiera podía hablar. Julio lo inmovilizó con una llave inglesa. Aplastó su cara contra el verde oscuro de la celda. Una escupida le cayó en el rostro.

R. lloraba, y el llanto no dejaba discernir las ofensas y las risas. «Así tratamos nosotros a los maricones gusanos como tú».

Saavedra tomó su bastón de policía y lo convirtió en un pene: «¿Te gusta? ¿Te gusta esto, maricón?»

El simulacro de coito hacía disfrutar a los policías como si estuvieran viendo una porno. Empezaron a golpearlo. Saavedra lo tocaba con el bastón donde su madre le predicó que no lo tocaran los hombres.

«¿Qué he hecho? ¿Por qué me hacen esto?», pensaba R. desesperado.

El bastón era un falo invasivo. Las lágrimas se mezclaron con la escupida y la fetidez de la celda con el mal aliento de Saavedra.

El cuerpo violado se adapta al caos, como la presa finge estar muerta ante sus depredadores. R. gemía, como si de placer se tratara. Lloraba por el falo que le empujaban por la ropa hacia dentro.

Las partes íntimas de R. ya no fueron solo suyas, ahora también eran de sus poseedores. Julio y Saavedra se divertían. En su teatro escalofriante tomaban la angustia del cuerpo violentado como si fuera una expresión del dolor engañoso, cercano al placer, del que recibe sexo anal.

Los policías estaban satisfechos y erectos. Dispusieron de R. como disponen las auras de un cuerpo muerto. R cerró sus ojos. Solo le quedó la escupida en el rostro. Su voz se ausentó, síntoma común de un trauma psicológico severo.

Tras 40 minutos, Julio y Saavedra se marcharon sonando las rejas: «Si te volvemos a ver con esa gente, te vamos a reventar el culo y te vamos a dejar muerto en medio del monte».   

«Cerraba mis ojos y me imaginaba al policía hablándome de cerca con su halitosis, escupiéndome la cara, y me moría de miedo y de asco. La madrugada fue horrible», relata R.

«En la mañana me dieron a desayunar un agua de mango, y no me la pude tomar. A las 9 de la mañana vino una oficial y me sacó de la celda. Me llevó hasta la puerta y me dijo que podía marchar. Así, sin más. Fui rápidamente hasta mi casa, donde me di una ducha», añade.

«Desde ese día no he podido dormir bien, no he podido hablar con nadie el asunto. Sé que en algún momento debo superar esto, pero aún trato de ver películas y leerme cualquier cosa para olvidar el recuerdo», continúa.

«Me sentí desprotegido, violado. Sentí que nadie podía ampararme. Hoy entiendo que Julio y Saavedra fueron enviados por la Seguridad del Estado y es terrible que pasen estas cosas en Cuba impunemente. Sé que no fue mi culpa, pero me siento muy avergonzado de mí mismo».

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