Un catecismo con instrucciones para convertir a Dios en Diosa


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(Ilustración: Polari)

Ella dice que sus traumas de fe fueron provocados por la misma religión. Todo fue paradójico en el templo.

¿Cómo alguien se atreve y le dice a una florecita de dieciséis años que eso es cosa del Diablo? Ella, tan fina, decente. Tan extremadamente delicada que hasta una brisa puede doblar su talle, va cada domingo a misa con la abuela Ruth.

En la segunda fila, frente a un altar barroco, sale de su boca un insípido «amén» mientras oye los discursos del Padre acerca de la familia tradicional, con las certezas del catecismo.

¿Debería estar allí, acumulando ansias, desesperada por entregar el culo a cualquier hombre y reafirmar de una puta vez que jamás llegará al reino de los cielos? Durante la oración se niega a cerrar los ojos, en protesta perpetua.

Entendió rápido que sus pecados habían transitado de veniales a mortales sólo por saborear el rabo venoso del hermano Yoel, siete mayor y un verdadero santo de carne y hueso. Gracias a la misericordia de Yoelito vio por primera vez una verga peluda y se pegó a ella como una recién nacida al pezón de la madre.

Aquella mañana dominical el baño de la iglesia fue territorio de Sodoma. Mamó tanto, bebió tanto de aquel cáliz que en tres minutos extrajo todo el gargajo amarillento con olor a ciruela. Arrodillado frente al célibe Yoel, consciente del error y alegre por el descubrimiento, tragó sin gota de asco toda la flema.

¿Quién le había enseñado esos trucos que se aprenden en la universidad del mariconaje? ¿Cómo dedujo nuestra gardenia que eso era morboso, si nunca había visto una película porno ni hablaba con nadie de sus urgencias de potranca en celo? Fue el instinto del ojete adolescente que empezaba a despertar.

Educada en la culpa, en la castidad universal, se vio ardiendo en el fuego eterno por ir buscando vicios en contra de la naturaleza. Había caído en la tentación y su carne no era débil, sino un envoltorio podrido.

A esta flor de Dalia siempre la atormentaron diciéndole que los actos homosexuales son intrínsecamente malvados y que lo suyo era un «problema patológico».

Se confundía con la idea del libre albedrío. Encontró refugio, sabrá Dios por qué, en la figura de María Magdalena y puso en duda la verdadera orientación sexual de Cristo, siempre rodeado de tipos amables.

Cuando supo que, como ella, otras pajaritas anidaban en la casa del Señor, recobró un poco de fe y sacó del armario no solo el rosario de Ruth, sino toda el alma cautiva. Tan puta, tan pecadora, tan Eva, tan Dalila, merecía un novio cristiano que echara fuera todos sus demonios o la excomulgara si no gritaba a la hora del despelote.

Ataviada con un marpacífico, esperó por ese Adán para clavarse en el madero, sintiendo entre sus nalgas la presencia magnífica del Espíritu Santo.

Quería darlo todo y sentirse, por fin, un auténtico maricón luciferino dispuesto a singar, si era posible, en la mismísima sacristía.

Al sol de hoy, nuestra pajarita, apostólica y cubana no cree en muerte ni infierno, ni en Diablo ni Dios. Encontró, después de rezar a menudo con Yoel, a la Diosa.

A Mel, ¡amén!

Comments (1)

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    Franklin

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    Este es el punto. Que crees que aportas con esta oda antireligiosa, pornografica y mariconeril. ? Que aportas. ?
    Y no te me bajes con que soy homofobico, puritano o recatado.
    Tengo homosexuales entre mi familia y mejores amigos. No tengo problema ninguno. Detesto las discriminaciones.
    Lo que no soporto son las actitudes de ” carroza ” y todo lo que trae consigo. Dedicate a algo productivo brother.

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