«¿Todavía podremos ser revolucionarias?»: Anna Veltfort bajo el hechizo y la desilusión de la Revolución Cubana


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Ted Henken y Anna Veltfort (Foto: Cortesía del autor)

En esta entrevista exclusiva, la artista gráfica neoyorquina, bloguera y alguna vez habanera, Anna Veltfort, comparte el contenido de su «clóset cubano en tiempos de la Guerra Fría», y nos revela secretos bien guardados sobre la década que ella y su familia vivieron en Cuba durante los años idílicos de la Revolución.

Para Anna, y para muchos otros jóvenes artistas gays de su generación, aquellos fueron años duros y a la vez luminosos, colmados de ilusiones, idealismo, y sucesos inolvidables, igualmente emocionantes y aterradores.

Veltfort llegó a Cuba de la mano de sus padres comunistas a la edad de dieciséis años, a principios de 1962. Allí cursó el preuniversitario y la universidad junto a sus compañeros cubanos. Se graduó de Historia del Arte por la Universidad de La Habana en 1972. Cuando alcanzó la mayoría de edad en ese entorno vertiginoso, de política evidentemente polarizada, se sumó entusiasmada a construir un mundo mejor como una revolucionaria orgullosa. Realizó trabajos voluntarios agrícolas en las afueras de La Habana y condujo investigaciones sociales entre los campesinos de la Sierra Maestra.

Al mismo tiempo, pronto percibió que la vida cotidiana de sus amigos cubanos poco se parecía a las circunstancias privilegiadas que disfrutaba su familia bajo la categoría de «técnicos extranjeros». Veltfort también soportó en carne propia algunas experiencias desgarradoras de paranoia y represión gay cuando exploraba y definía su propia identidad sexual como lesbiana, en un período de crueles purgas homofóbicas que azotaron a la sociedad cubana.

Su libro, «Adiós mi Habana: Las memorias de una gringa y su tiempo en los años revolucionarios de la década de los 60» (Verbum, 2017; Redwood Press, 2019), es una autobiografía de los primeros años de juventud. Pero es también la obra de una artista gráfica muy talentosa. Y de manera más significativa, quizás, es una advertencia y un testimonio de primera mano acerca de la realidad perversa que acecha bajo una Revolución muchas veces idealizada.  

* * *

Ted Henken: Para mí, como alguien que ha estudiado la historia y la sociedad cubana, lo que más me fascina de tu libro es que cuenta una historia heterodoxa sobre la Revolución Cubana. Es la historia personas muy diferentes entre sí, tú entre ellas, que alguna vez se sintieron revolucionarias pero que con el tiempo descubrieron que eran vistas como apóstatas. A menudo escuchamos críticas en los Estados Unidos que surgen desde la arrogancia imperialista o desde una ignorancia lamentable, pero lo que este libro nos revela son las reacciones mucho más complejas y diversas de los propios cubanos hacia la Revolución, desde dentro. Tus memorias cuentan la historia de alguien que en un principio quedó hechizada por la revolución, que acogió las promesas y los sueños de una nueva generación construyendo una sociedad nueva. Al mismo tiempo, es la historia de una amarga desilusión, una reflexión en extremo personal de alguien que llegó a conocer demasiado bien el alto precio que había que pagar por aquellos sueños, muchas veces sin tener alternativa.

¿Cómo se te ocurrió enfocar la historia no solo como una memoria personal sino también gráfica? Y ¿qué relación guarda con tu blog «El Archivo de Connie»? Fuiste bloguera durante una gran parte de esa década en la que escribiste el libro (2007-2018), tengo entonces curiosidad sobre los orígenes de «Adiós mi Habana»

 Anna Veltfort: Cuando me fui de Cuba en 1972, me traje conmigo un inmenso tesoro de artefactos culturales, libros, discos, carteles, revistas, y panfletos políticos que el gobierno había publicado durante los años de persecución en los 60. Todas esas posesiones tenían una gran importancia y un gran valor para mí, puesto que me ayudaban a mantenerme en contacto con mi identidad cubana. Como extranjera privilegiada, pude irme de Cuba en un barco de carga y llevarme esas cajas inmensas con todo ese material. Cuando llegué a Nueva York era pobre, pero logré hacer mi vida aquí y conseguir algunos trabajos para sobrevivir. ¿Qué sucedió con todas esas cajas de recuerdos cubanos? ¿Qué iba a hacer yo con esas memorias en forma física? Fueron a parar en gavetas y clósets, y quedaron relegadas por décadas. No había forma de conectarlas con mi nueva vida en los Estados Unidos. Ahora yo vivía en otro planeta. Se quedaron en mi clóset durante todos esos años.  

Luego, en el año 2007, el Estado cubano decidió que encubriría toda esa historia que había ocurrido en las décadas de los 60 y 70, la historia de las purgas en el ámbito cultural, en los teatros, en las escuelas, la purga de escritores, artistas visuales, músicos y bailarines. Todas esas entidades culturales fueron peinadas en busca de homosexuales. Otros supuestos «desviados», como los testigos de Jehová, también se consideraban sospechosos, pero los más afectados fueron los homosexuales y los «contrarrevolucionarios».  Ambos llegaron a considerarse la misma cosa.  Tres burócratas: Luis Pavón, Papito Serguera y Armando Quesada, fueron los funcionarios a la cabeza de estas purgas. Por supuesto, no fueron ellos los máximos responsables. Sabemos quién dirigía el país con puño de hierro. Las personas acusadas de ser homosexuales eran citadas a reuniones donde les informaban que serían expulsadas porque eran la escoria de la sociedad y ya no merecían ser parte de la cultura cubana. Muchas veces las humillaban públicamente y luego las enviaban a trabajar a alguna fábrica o a cortar caña.

(Ilustraciones: Anna Veltfort)

Me enteré de ese encubrimiento junto a otros que seguían la prensa cubana. En el año 2007 ya habíamos entrado en la nueva era digital. Comenzaban a aparecer los blogs y la gente había empezado a usar el email para comunicarse. Entonces, cuando sacaron a esa gente por la televisión nacional y el gobierno intentó mostrarlos como héroes rehabilitados del pasado cultural. Los cubanos de la diáspora en Miami, España y México, e incluso los pocos cubanos en Cuba que tenían acceso a email, debatieron con urgencia el asunto. «¿Cómo se atreven a sacar a Quesada, Serguera y Pavón? ¿Es este el comienzo de una nueva era de represión?».

Esta campaña digital colectiva para impedir que el gobierno cubano reivindicara, o simplemente borrara, una gran parte de esa historia espinosa se dio a conocer como «La Guerrita de los Emails».  En ese entonces yo también usaba el email y esa cosa nueva llamada «Internet». La protesta colectiva nunca había sucedido así antes. Yo me enfurecí tanto como ellos y decidí unirme a la contienda con la creación de mi propio blog. Fui a la Universidad de Nueva York y pasé un curso nocturno para aprender a hacer una página web. Cuando aquello había que aprender HTML, había que aprender a codificar.

Titulé mi blog «El Archivo de Connie», porque era como una vidriera de mis archivos personales, y mis amigos cubanos me conocían por el apodo de Connie. Sentía que no podía entrar a debatir esos temas, porque ¿quién era yo? Solo había sido una estudiante de Historia del Arte en La Habana, y no había regresado al país en décadas. Aun así, tenía todos esos materiales que llevaban treinta años en mi clóset, incluidas revistas y panfletos del gobierno que exhortaban a los estudiantes a salir y aterrorizar a los homosexuales. Lo más probable era que nadie más tuviese esos materiales fuera de Cuba, y en Cuba esos ejemplares probablemente se pudrieron hace tiempo por la humedad o permanecen escondidos en el sótano de la Biblioteca Nacional para que nadie los vea.  

Primero publiqué los textos de los periódicos y las revistas oficiales, dirigidos a los estudiantes universitarios, que denunciaban la presencia de homosexuales que debían ser perseguidos y erradicados. No tenía idea de que seguiría publicando durante diez años. La creación de ese archivo digital invocó todos esos recuerdos y sentimientos que estaban ligados a él. ¿Y qué sucedió entonces en 2008? La crisis financiera. Tenía tiempo. Me había quedado de repente sin trabajo.

Entonces mi pareja, Stacy, me dijo: «Bueno, al menos yo tengo trabajo, yo puedo pagar las cuentas. Esta es tu oportunidad para escribir finalmente el libro que siempre quisiste sobre tu vida en Cuba». Y pensé: «Ok, ¿Cómo lo hago? No soy escritora, soy artista gráfica, ilustro libros educativos. ¿Tal vez pueda hacerlo como una novela gráfica?». Decidí utilizar el material de archivo, mis memorias, las fotografías que tenía del pasado y contar mi historia a través de textos y dibujos. Me llevó más de diez años hasta que salió el libro en inglés en octubre del año pasado, 2019. Diez años, casi el mismo tiempo que me tomó vivir una vida en Cuba.

Ted: ¿Cómo reaccionaban los estadounidenses cuando descubrían que habías crecido en la Cuba comunista de la década del 60?

Anna: Cuando me preguntaban «Oh, viviste en Cuba, ¿cómo era eso?», me era imposible responder, hablar de ese otro mundo. Por lo general evitaba responder la pregunta y cambiaba el tema tan pronto como me era amablemente posible. Sin embargo, sí quería explicarlo a mis amigos más allegados y a mi familia, a mi pareja Stacy y luego a nuestra hija, Sophia. Después de mudarme de Cuba a Nueva York me hice ilustradora gráfica, no escritora. Por lo tanto me tomó mucho tiempo encontrar la solución. Había demasiadas cosas que no eran «decibles». Esas cosas había que sentirlas, presenciarlas y vivirlas.

Intenté atravesar esa barrera a través de medios visuales. Mi libro de historietas. No aspiraba escribir algo muy literario ni complejo. Quería un texto sencillo y directo que acompañase mis dibujos, para los cuales investigué minuciosamente. Le pedí a amigos que todavía viven en la Habana que tomaran fotografías y las utilicé para ayudarme a reconstruir ese mundo de antaño. Quería ser tan auténtica como fuese posible. No solo por la autenticidad en sí, sino porque a pesar de todo lo que ha pasado y lo mucho que se ha deteriorado con el tiempo, La Habana es una ciudad desgarradoramente hermosa a orillas del mar, un lugar encantador y hechizante. Y deseaba muchísimo mostrarlo en mi libro.  

Ted: Mientras trabajabas en tus memorias después de tantos años, entre 2007 y 2017, ¿cómo enfrentaste el desafío de ser consecuente con la persona que eras en aquella década, entre 1962 y 1972, e impedir que la mujer de hoy, cuarenta años después, editara e intentara cambiar el pasado? 

Anna: Se han escrito tantos libros sobre la revolución cubana, por lo general muy «anti» o muy «pro», y yo no creía que estaba facultada ni interesada en meterme en esa batalla. Pero lo que sí tenía eran mis vivencias. Mi intención era sencillamente hacer un retrato de Cuba, de aquel tiempo, visto a través de los ojos de una joven que llegó allí por razones familiares, se declaró lesbiana, y vivió esa experiencia revolucionaria.  

Decidí que tenía que meterme de lleno en la faena, al 100%, y trabajaba desde las 10:00 pm hasta las 4:00 am, todos los días. Sin distracciones. Saqué todos los álbumes de fotos que tenía, todas las cartas, toda la música, todos los discos del Bola de Nieve, todas esas cosas que pude traer conmigo. Todas las noches escuchaba, dibujaba y escribía. Y creo que logré regresar de nuevo a ese lugar, emocionalmente, y a la persona que había sido entonces.

Ted: Dado que estamos hablando de una novela gráfica, hay muchas más cosas sucediendo que las que aparecen en el texto como tal. Siento curiosidad, entonces, por la manera en que produces las imágenes y las ilustraciones a partir del material de origen. Ya nos has explicado que habías recopilado ese material de origen y lo habías guardado en un clóset durante treinta y cinco años. Mi pregunta es: ¿Cómo una ilustradora convierte bocetos en una memoria gráfica, comenzando con algunas de las ilustraciones originales que hiciste en los años 60 en Cuba y que todavía tienes en tu posesión, algunos de los cuales –si entendí correctamente– enviaste por correspondencia a tu hermana en los Estados Unidos?

Anna: Sí, esa es la razón por la que pude mostrar tantos detalles de mi apartamentico de un cuarto en Nuevo Vedado, durante mis últimos años en Cuba. Había querido mostrarle a mi hermana menor, Nikki, que había regresado a los Estados Unidos en 1968 con el resto de la familia, cómo era mi vida entonces. Así que pinté estos cuatro bocetos a acuarela de mi habitación y se los envíe por correo.  Cuando ella murió, mi madre los guardó, y me los dio años después.

Ted: Imagínate que escribes una carta a tu hermana en otro país y, en vez de describirle tu habitación, le haces un dibujo, cuatro dibujos de tu habitación, y luego los guardas durante 40 años. Para mí es sencillamente asombroso que tuvieses eso. Asumo que para ti esa habitación era un gran oasis donde podías ser tú. Era la primera vez que vivías sola, podías llevar a tu novia allí, a tus amigos, hacer fiestas. Si nos fijamos bien, se pueden observar los mismos carteles, el mismo sofá, la guitarra, los adornos, ¿no? Y eso te permitió capturarlo todo, ¿cierto?

Anna: ¡Exactamente!

Ted: En el libro hay otro buen ejemplo de esto cuando Fidel Castro hace una visita sorpresa a la universidad y hablas directamente con él unos minutos. ¿Puedes describirnos esa escena y cómo convertiste el material en ilustraciones para el libro?

Anna: Sí. Un día estábamos esperando fuera de la facultad a que nos recogieran los camiones para ir, una vez más, a alguna semana de trabajo en el campo. ¿Y quién pasa en un jeep si no es otro que Fidel y su séquito? Por esos años él solía hacer eso. Le gustaba aparecerse de improviso en varios lugares de la universidad para hablar con los estudiantes. Era improbable que viniese a nuestra escuela porque Letras era la facultad de los «pervertidos». Él se dirigía a otra facultad, pero cuando nos pasó por el lado todos empezamos a gritarle: «¡Fidel, Fidel, ven a hablar con nosotros!», y lo hizo.  

Se detuvo y salió del jeep. Ahí lo puedes ver. Usé como referencia estas fotografías que fueron tomadas por sus fotógrafos de prensa. Tenía una amiga en la Facultad de Periodismo que me dio algunas de estas fotos cuando aquello y aquí están. Hice total uso de ellas en el libro. Esa soy yo, sentada a los pies de Fidel. Justo antes de eso había tenido una conversación con él. Me dio una conferencia de cinco minutos sobre la nueva manera en que iban a sembrar la piña en Cuba. Y luego se fue al escenario a exhortarnos a que fuésemos a trabajar en la agricultura porque seríamos mejores revolucionarios.

La peor experiencia que tuve en Cuba sucedió un par de semanas después de la visita de Fidel a la Escuela de Letras. Un día, decidí ir al cine con mi novia de aquel entonces, Marta Eugenia. Después de ver la película, que se llamaba «Morgan», un filme británico, nos fuimos a conversar al malecón. Poco después llegaron un par de tipos en un carro y empezaron a lanzarnos improperios tras negarnos a entrar en el carro con ellos. Salieron del carro, nos entraron a golpes y luego se largaron. Momentos después llegó la policía y nos llevaron a una estación donde, milagrosamente, pasamos de ser las victimas de una agresión a autoras de un comportamiento inmoral e indecente en el malecón.   

Injustamente acusadas, fuimos juzgadas en dos juicios paralelos, uno por la ciudad y otro por la universidad. Recibimos múltiples citaciones por correo. Fue una verdadera pesadilla durante un año y medio aproximadamente. Los vientos de la persecución se agitaron y luego amainaron. Y después de un tiempo, cesaron. Estos paneles muestran los interrogatorios que tuve que soportar en el juicio de la universidad. Finalmente, todo el asunto se disipó y cuando me mudé de casa, cuando mis padres se fueron y me mudé a Nuevo Vedado, dejé de recibir citaciones en el correo y comenzaron a dejar a Marta Eugenia tranquila en la universidad, y sobrevivimos (o eso pensamos). En medio de todo eso, algunos estudiantes fueron expulsados. Ellos pasaron su propio suplicio.

Ted: Entonces, ¿quién es Anna Veltfort y cómo es que va a parar a Cuba?

Anna: Viví mis primeros siete años de vida en Alemania, donde nací, y emigré a los Estados Unidos en 1952 con mi madre soltera. Éramos bastante pobres, y llegamos aquí con dos maletas y una caja de libros. Me aterrorizaba que nunca iba a aprender inglés. Viví aquí los nueve años siguientes, aprendiendo a convertirme en estadounidense.   

A la edad de 16 años llegué a Cuba, y allí viví una década. Estudié el preuniversitario y la universidad. De manera que soy una mezcla de tres culturas diferentes y he sido inmigrante tres veces. Así lo sentí, en especial, cuando finalmente regresé a los Estados Unidos y me establecí aquí en 1972. La gente a veces me pregunta: «Cuándo vivías en Cuba y pasaste tanto trabajo, ¿por qué regresaste allí después de haber visitado los Estados Unidos?». Para mí, la respuesta era obvia. Tenía una vida allí, mis amigos estaban allí, tenía una relación que significaba mucho para mí, y estaba en la escuela. Estudiaba Historia del Arte en la Universidad de La Habana, gratuitamente. Aquello no era lo que los estadounidenses podrían esperar de una revolución, pero esa era mi vida.  

No me llevaba bien con mis padres, así que vivir con ellos hubiese sido la última opción. Para mí era sencillamente natural regresar a Cuba. No era como si los Estados Unidos fuesen el ancla de mi vida en ese entonces.  Era solo un lugar más por el que había pasado. Regresar de Cuba con 27 años fue particularmente duro. Todo lo que había aprendido en mis veinte, en los años en que una alcanza la mayoría de edad, me había sucedido en Cuba. Tuve que aprender de cero cómo era que interactuaba la gente aquí, tuve que aprender el lenguaje corporal de los estadounidenses. La adaptación cultural me resultó muy difícil.  

¿Por qué me mudé a Cuba cuando tenía dieciséis? Después de emigrar a los Estados Unidos a la edad de siete años, con mi madre, llegamos con el tiempo a California donde ella se casó con un estadounidense llamado Ted Veltfort. Se enamoraron y se casaron muy rápido. Él resultó ser comunista, cosa que mi madre ignoraba. Mi madre era la típica alemana de clase media, traumatizada por la Segunda Guerra Mundial, que no sabía nada de la política estadounidense y mucho menos del comunismo. Él era comunista desde hacía años.

Ted había luchado en la Guerra Civil Española contra Franco, la primera batalla contra el fascismo en Europa, poco antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial. Estaba muy involucrado en la política de izquierda en la California de los años 50, y era perseguido por el gobierno estadounidense por ser comunista y por haber luchado en España. De repente, yo pasé del mundo de una pequeña inmigrante alemana a este otro mundo, en extremo paranoico, de una comunidad de personas que eran perseguidas por ser de izquierda. Eso trajo un montón de problemas y complicaciones en el camino para mí y mi familia.

Luego, en 1959, ¿que sucedió? La Revolución Cubana. Para mi padrastro aquello significó el renacer de sus sueños. Había regresado a casa derrotado cuando los fascistas ganaron la Guerra Civil Española. Ahí estaba su oportunidad de ser joven nuevamente y revivir ese sueño. Le dijo a mi madre: «Me voy a Cuba, y si quieres quedarte conmigo tendrás que venir, y los niños también», mi medio hermano y mi media hermana. Como yo era parte de la familia, así lo hice.

Cuando era estudiante preuniversitaria en Cuba descubrí que era gay, algo que me causó grandes dificultades. En aquellos tiempos había allí una campaña brutal contra los homosexuales, y para los hombres gays, campos de trabajos forzados. Fue una época horrenda.

Finalmente, por razones complejas que intenté explicar en el libro y qué tenían que ver con mi relación de pareja y con mis proyectos de futuro –no podía conseguir trabajo–, decidí irme después de graduarme en la Universidad de La Habana. En 1972, el mundo aún estaba en el coletazo de la Guerra Fría y, por lo tanto, en Nueva York no era bien visto decir que venía de Cuba. Si eras una cubana que había escapado de Cuba, eso era aceptado por la sociedad estadounidense, pero si eras una estadounidense que venía de Cuba, eras completamente ilegible.

Ted: Cuéntanos acerca de tu relación ambivalente con eso que llaman «la Revolución Cubana» mientras la experimentabas en aquellos años. Dado que es un libro que trata sobre la desilusión revolucionaria, «Adiós mi Habana» contiene lecciones impactantes para cualquiera que crea en la libertad, la justicia y causas progresistas como la igualdad. Daba la impresión de que estabas realmente montada en ese tren, y te esforzabas por convertirte en la vanguardia de ese ímpetu por construir una sociedad nueva. Pero luego tú y muchos otros revolucionarios terminaron aplastados por la rueda de ese tren en la marcha. ¿Cómo sucedió? 

Anna: Antes de irme a Cuba a los dieciséis, había estado expuesta al comienzo del Movimiento por los Derechos Civiles, a los Viajes de La Libertad en el Sur, a la lucha contra la segregación. Y yo quería mucho ser parte de eso. Era demasiado joven para ir al Sur, así que me involucré en el área de la bahía de California con piquetes de la NAACP (Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color). Para mí era muy importante ser parte de la lucha por la igualdad. Haber experimentado eso en aquel entonces y ver ahora lo que está sucediendo con el movimiento de Black Lives Matter, resulta particularmente emocionante para la gente de mi generación que luchó por esos ideales en los 60.  

Esa conciencia me venía de mi padrastro, Ted. Como comunista y veterano de la Guerra Civil Española, como miembro de una comunidad perseguida por luchar para ganar la igualdad de las personas de todos los colores, y en especial de los descendientes de los esclavos en EE. UU., él inculcó sus convicciones en mi madre y en mí. Cuando nos fuimos a Cuba, esos eran ideales y pasiones que yo compartía totalmente y que me llevé conmigo a mi corta edad.   

Llegamos a Cuba con las expectativas de vivir entonces en un país donde esas aspiraciones se habían hecho realidad, donde los negros y los blancos eran iguales, donde lo que el gobierno, el «poder popular», intentaba lograr, era la alfabetización de los campesinos pobres del campo. La gente que estaba en el fondo de la escala social y económica sería elevada con la oportunidad de estudiar, de ir a la universidad. Todo eso me entusiasmaba muchísimo.

Ted: ¿Y cuándo comenzaste a notar las fisuras en esa imagen idealizada de la Revolución, las contradicciones internas?

Anna: Al principio no me percaté de las contradicciones. Pero en el transcurso de esos diez años, me di cuenta de que muchas cosas realmente no cuadraban con aquellos ideales del comienzo. Por ejemplo, los miembros de mi familia eran clasificados en Cuba como «técnicos extranjeros y familiares», una categoría algo inferior a la de los diplomáticos en la jerarquía social. Y por ello, tenían derecho a tiendas especiales con un amplio suministro de alimentos inaccesibles para los cubanos. Los estadounidenses que estaban allí lo hacían de manera bastante ilegal. La Cuba comunista era un país prohibido que ellos no podían visitar, y mucho menos vivir en él.

Los 60 fueron años de agudas privaciones para los cubanos de a pie. Había escasez de alimentos y otros bienes de consumo, como sucede de nuevo en la actualidad. Pero no era así para los técnicos extranjeros. Además de las tiendas exclusivas, tenían acceso a un country club en Miramar, frente al mar, con una piscina enorme, arena, y un surtido bar. ¿Qué era lo que no se veía allí? Cubanos ni extranjeros de color. Comencé a percatarme de eso y, como no me llevaba muy bien con mis padres, pasaba el menor tiempo posible con ellos o en el club. Mi vida emocional la vivía con mis amigos cubanos y con mis amantes, tanto en el pre como en la universidad, y muchas veces dormía en sus casas. La mayoría vivía con sus padres debido al agudo déficit de viviendas en Cuba, que persiste hasta el día de hoy.  

Otra razón por la que me pasaba la mayor parte del tiempo alejada de mi familia era porque tres meses después de mi llegada a Cuba, en febrero de 1962, descubrí que era gay. ¡Ay, durante la peor década de represión gay en la historia de Cuba! Mal momento.

Tomé conciencia de mi sexualidad mientras miraba «Tiempos modernos» en un cine de la Rampa, con mi compañera de clases, Maritza. Aquí en este panel pueden ver la primera vez que me llevó a su casa. Esta era la sala en medio del panel. Había un cuartico diminuto detrás de esa pared.  Esa era toda la casa para tres personas. Pronto me di cuenta de que los cubanos pobres vivían como la familia de Maritza, no como vivían mis padres ni todos sus amigos extranjeros. Aquí en este otro panel está el cine donde sucedió. Yo no tenía idea, nunca había escuchado la palabra homosexualidad, ni queer, y mucho menos gay. No tenía idea. Pero en ese momento, en ese cine, supe que no había vuelta atrás.    

Viví una vida esquizofrénica en Cuba. Cuando estaba con mis padres, mi hermano y mi hermana, llevaba una existencia muy elitista. Ellos no interactuaban con otros cubanos fuera del trabajo. Los extranjeros como Ted cumplían diversos propósitos. Uno era la mano de obra que ofrecían. En su caso, trabajó primero como ingeniero electrónico para el Ministerio de Industrias, en Juceplan, una junta de planificación que supuestamente establecía los planes para la economía futura del país. Y después se hizo profesor de física en la universidad a instancias del Che Guevara, que en aquel entonces estaba a cargo de Juceplan. También fue locutor de radio voluntario y hacia transmisiones en inglés destinadas a EE. UU. para denunciar la guerra en Vietnam. Después, él y el resto de la familia, así como otros que, igual que él, se identificaron de cerca con la facción pro-soviética de izquierda, fueron despedidos y los mandaron a empacar tras el asunto de la microfacción a finales de los 60. Y me dejaron sola en Cuba.      

Ted: Entonces, como una joven izquierdista en ciernes, pero también como alguien que estaba aceptando su homosexualidad, ¿cómo veías al Che Guevara? ¿Alguna vez lo conociste, dado que, en efecto, era el jefe de tu padrastro?

Anna: Un día mi madre me dijo: «Vienes con nosotros a la gran celebración que habrá en el Icap. Todo el mundo va a estar allí». Ese era el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos, la organización del gobierno que controlaba a todos los técnicos extranjeros de los países no socialistas que trabajaban y vivían en Cuba. Yo no quería ir, solo quería estar con mis amigos y ser libre. Pero fui, ¡por suerte! Porque tuve la experiencia bastante excepcional de ver a Che Guevara sentado a unas pocas mesas de distancia. Tenía diecisiete cuando aquello, y decidí: «Tengo que hacerlo, espero no meterme en un lío». Caminé hasta allí y me presenté y conversamos unos tres minutos, un recuerdo que aún atesoro.

Algo que yo no sabía cuando me acerqué a saludarlo con mucha alegría y reverencia era que el Che era un homofóbico implacable. Lo dejó claro años después cuando promovió su meta de crear «el hombre nuevo». El concepto de «la mujer nueva» apenas se mencionaba. El hombre nuevo debía ser un revolucionario masculino, jamás gay. Nunca delicado, no como esos sospechosos del tipo intelectual. Muy machos. Y de las mujeres se esperaba que se comportaran de acuerdo a estrictas normas femeninas. La ambigüedad no se toleraría jamás.  Aquellos que no cumplían tales expectativas eran considerados indignos de formar parte de la sociedad cubana revolucionaria a la que el Che Guevara aspiraba.

Me tomó tiempo darme cuenta del significado de todo aquello en un plano filosófico y existencial. Como adolescente ingenua de diecisiete años no entendía nada. Sin embargo, en los años siguientes eso tuvo mucho que ver con mi desilusión respecto a la vida en la Cuba revolucionaria. Yo no quería vivir en lo que devino una dictadura militar autocrática. Listo. ¡Lo dije!

Ted: ¡Lo dijiste!

Dado ese cambio gradual de tu perspectiva sobre la naturaleza de la Revolución, me resulta bastante curioso que, en vísperas de tu salida de Cuba en 1972, en una conversación con tu novia, Marta Eugenia, ambas aún estaban evidentemente preocupadas por su imagen como revolucionarias. En ese intercambio desgarrador al final del libro, cuando están planeando el escape, cogen la lancha, atraviesan la bahía y suben a la estatua del Cristo con vistas a la ciudad, y al final de la conversación le preguntas: «¿Todavía podemos ser revolucionarias?». Y ella te responde categóricamente: «Sí, eso no nos lo pueden quitar».   

Anna: Creo que la palabra «revolucionaria» de aquellos tiempos, en ese planeta distante, puede traducirse a la palabra «progresista» de nuestra época actual. Nos enseñaron a equiparar el ser «revolucionarias» con ser gente de bien, progresista y ética. Cuando estábamos conspirando para irnos de Cuba, batallábamos con el hecho de que, como yo era extranjera, siempre extranjera, no había nada éticamente incorrecto en que me quisiera ir y vivir en otro lugar. Eso es lo que hacen los extranjeros, viven en otros lugares. Van y vienen. Sin embargo, si eras cubana y decidías que querías irte, aquello equivalía a traición. En nuestro caso queríamos irnos a Londres porque el Consejo Británico le había ofrecido a Marta Eugenia una beca corta ese año para estudiar a Shakespeare en el Reino Unido.  

Planificamos una manera de irnos por separado y luego encontrarnos en Londres, todo el tiempo luchando con la cuestión ética, ¿estábamos traicionando la Revolución con esa conspiración secreta para irnos a vivir donde queríamos?  Para Marta Eugenia aquello significaba irse del único país que conocía y abandonar la Revolución con la que siempre se había identificado desde la adolescencia. A los ojos de la sociedad que ella conocía, eso era inmoral, así como peligroso y completamente ilegal. Tan solo contemplar la idea de irse se consideraba inmoral. Lo conversamos durante horas. ¿Cómo sería vivir sin miedo al acoso, o a algo peor, por ser gay?  

Había otras razones para querer irnos de Cuba, pero aquella era determinante. Además, yo no podía conseguir trabajo allí.    

Al final, nunca llegué a Londres porque las autoridades cubanas me retuvieron durante el tiempo que duró el curso de Marta Eugenia en el exterior. Tan pronto como regresó, tres días después, me montaron en un barco para Canadá, y ese fue el abrupto fin de mi vida en Cuba. En los años siguientes ni siquiera podía empezar a explicar qué había sucedido. Es por eso que existe el libro.

Ted: Sobre la base de tu experiencia en Cuba y en otros lugares donde has vivido, ¿Cuál es tu opinión sobre la comunidad LGBTQ allí y sobre este movimiento en EE. UU. actualmente? 

Anna: Cuando regresé de Cuba en 1972, algo revolucionario estaba ocurriendo aquí en los Estados Unidos. Como hija del Movimiento por los Derechos Civiles, esa fue una de las cosas que me atrajo a este lugar. Se trataba del movimiento de liberación de la mujer y luego del movimiento de liberación gay, nacido de la revuelta de Stonewall. Así que en 1972 sucedían muchas cosas interesantes, y eso me pareció increíblemente excitante y, francamente, más revolucionario que lo que había experimentado en Cuba, de cierta manera.

Con el paso de los años la gente a veces me pregunta: «¿Si había tanta opresión en Cuba, ¿cómo pudiste soportarla? ¿Por qué no te fuiste? ¿Por qué viviste tantos años allí?». La respuesta obvia para mí siempre ha sido: «¿Quién sabía que yo tenía algún derecho? ¿Quién se imaginaba que alguien gay tuviese derechos?». Ser gay en Cuba –y, honestamente, en los Estados Unidos durante los años 60 y antes– se consideraba en el mejor de los casos, vergonzoso, y en el peor, criminal.  Con la excepción de algunos lugares, como los barrios bohemios de New York, ser gay no era bien visto aquí tampoco. Si se descubría que un maestro de Kansas era gay, por ejemplo, lo más probable era que perdiera su trabajo y se le arruinara la vida. Hay que tener eso en cuenta.

Ahora bien, en Cuba el rechazo social por parte del Estado era mucho más severo. La relación que se esperaba entre el individuo y el colectivo había cambiado radicalmente. La Revolución exigía subordinación. Era parte de la experiencia revolucionaria. En los Estados Unidos, como individuo, vivías tu vida para bien o para mal, pero el gobierno no te dictaba cómo tenías que vivirla, como ocurría en Cuba.

En los 60 no existía nada parecido al concepto de orgullo gay. ¿Orgullo, qué orgullo? Ser gay significaba sentir una vergüenza dolorosa si alguien decía que lo eras, si lo sospechaban, o si te veían como tal. Significaba humillación y deshonra. En este país eso no era muy diferente en aquel entonces. Si ocupabas algún puesto en el gobierno y se enteraban de que eras gay, te veían como pervertido. Durante los años de la Guerra Fría podías perder el trabajo fácilmente. No era comparable con la forma en que trataban a los gays en Cuba, pero en ese período ser gay no estaba bien visto en ninguna parte. Si creías en las metas y en los ideales revolucionarios, no te quedaba otra que avergonzarte de tu vida personal y vivirla de forma muy privada, en secreto. 

Uno de los cubanos que enviaron a los campos de trabajos forzados fue mi amigo Gustavo Ventoso, un estudiante muy respetado de la Escuela de Letras. Un día de 1965 en la Rampa, en pleno día, Gustavo estaba conversando con Nicolás Farrey, nuestro profesor de latín. De repente llegó un carro, le ordenaron que subiera y partieron. Desapareció. Durante seis meses no supimos si estaba vivo o muerto. Y resultó que se lo habían llevado para las Umap. Las Unidades Militares de Ayuda a la Producción eran campos de trabajos forzados activos en los años 1965, 66, 67. Se llevaban a los jóvenes que sacaban de las escuelas, de los centros de trabajo, o directamente de la calle, si mostraban algún indicio de ser afeminados, si habían sido denunciados por sus vecinos del Comité de Defensa o si alguien la tenía cogida con ellos en el trabajo.

La primera barrida masiva había sucedido unos años antes de la creación de las Umap. Se conoció como la famosa «Noche de las tres Pes». Este suceso histórico, pero desconocido, ocurrió en octubre de 1962, precisamente mientras el mundo prestaba total atención a la Crisis de Octubre. Que sepa yo, esa fue la primera vez que el gobierno cubano llevó a cabo este tipo de barrida entre los jóvenes, de gente con apariencia extravagante, que usaban apretados pantalones «indecentes», que llevaban el pelo largo, que quizás tuviesen radios para escuchar las estaciones prohibidas de Miami y, en especial, si tenían apariencia homosexual. Esa fue la barrida de los llamados «prostitutas, proxenetas y pájaros». Tenían filas de autobuses en las calles aledañas, listos para meter a toda esa gente, y así lo hicieron. Este es uno de los pocos sucesos que recreé en el libro del cual no tuve conocimiento cuando ocurrió. Había acabado de llegar a Cuba y estaba en el preuniversitario.

Antes de concluir quería compartir algo un poco más personal. Hace un momento, una de las cosas que me preguntaste en nuestra conversación fue: «¿Cómo era sentirse revolucionaria en aquel entonces y cómo te sientes ahora?». Una de las maneras en las que quería responderte esa interrogante era leyendo un poema en prosa escrito por Marta Eugenia. Quería darle una voz aquí hoy. Lo escribió en 2004, cuando regresó a Cuba para visitar a su familia. Se había mudado a México en 1990 y vivió allí desde entonces hasta que falleció en 2015. Escribió una serie de poemas en prosa que en esencia responden a tu pregunta, desde su punto de vista y su experiencia.

OK, abróchense los cinturones.

Marta Eugenia era una revolucionaria muy entusiasta, cumplía con su deber como miliciana, asistía a todos los trabajos productivos, era muy activa en las actividades del barrio y vivía con su madre, que era la presidente del CDR (Comités de Defensa de la Revolución) de su cuadra. Entonces, pasaremos de esto al 2004, cuando regresó a pasarse el verano en La Habana. Aunque vivía en el exilio, incluso tantos años después, aun así, sintió la necesidad escribirlos bajo un seudónimo, Mariana Lendoiro. Este es el primer poema:

 Mi purga

Lo horrendo fue que estuvimos de acuerdo, entonces, en

que nos apartaran, nos vejaran, nos consideraran «judíos

alemanes», nos desgarraran la dulce y honda fe en el

«mejoramiento humano».

Hincamos las rodillas y bajamos la cabeza en dolorosa

paradoja que justificó a los verdugos porque el Bien de Todos

era más sagrado que el Bien Personal. Y fuimos a las guardias,

a los trabajos voluntarios, a las zafras, a las emulaciones, a los

mítines, a la Plaza, a la Umap, a los campos y a las costas, a las

escuelas militares, a los círculos de estudios, a las guerras, a

las competencias, a tararear en las cárceles los himnos de la

Patria. Teníamos que ser mejores que los excelentes para

ganarnos un mismo derecho, concedido con volumen de

migaja, de que nos permitieran ser un trocito de la «utopía

redentora».

La humillación fue nuestro alimento; el sobresalto, nuestra

religión; la culpa, el habito que cubría nuestras desnudeces; el

miedo, nuestra pasión constante.

Nunca nos aceptaron. La sonrisa, a veces condescendiente,

por momentos compasiva, se metamorfoseaba pronto en la

mueca del asco o en el desprecio vaciador de valores.

No vamos a pertenecer nunca. Jamás fuimos. Todos los

años de cortejar como culebras los derechos fueron años perdidos.

Los trabajos del odio son más fuertes que los de la amorosa

humanidad. Somos pigmeos morales y no lo dejamos de ser

aunque hayan cubierto, con desgano, el pecho con amargas

medallas de latón. Nos exprimieron el espíritu y lo lanzaron al

rincón indeseable del estiércol.

¡Y todavía nos exigen el pudor de no lamentarnos!

Lesbianas, gays, músicos jóvenes, gentes de otra fe, eunucos

con el alma rasgada, sin zurcido. Todo fue en vano. Ahora

sólo queda un hueco febril y desolado y los años, huérfanos

de significado.

Anna: Eso fue lo que sintió Marta Eugenia en 2004. Mucha gente salió herida y pasó por momentos terribles.

Ted: Gracias por compartirlo.

Anna: Entonces, volviendo a tu pregunta sobre el contraste entre ser gay en Cuba y en EE. UU.

Estar bajo el yugo de un gobierno siendo gay se sentía intensamente opresivo, pero lo dábamos por sentado como un hecho de la vida. Por tanto, fue muy liberador cuando vine a los Estados Unidos en 1972. Había estado de visita en 1970, había experimentado algo de lo que sucedía con el movimiento por la liberación gay y quería más. Estaban sucediendo cambios emocionantes y eso me cautivó. Me trajo a Nueva York.

Ted: Y aquí estás, en Nueva York.

Anna: Y aquí estoy, no me he ido desde entonces.

Ted: Y creo que este es tu hogar, ¿no? Es aquí donde tienes tu familia, ¿cierto?

Anna: Absolutamente. ¿Y qué soy ahora? ¿Acaso alemana cubana americana? ¡Olvídalo! Soy neoyorquina. Y punto.

* Esta entrevista originalmente se realizó en inglés, en dos sesiones diferentes antes y después de la aparición de la epidemia de covid-19. La primera fue en la presentación pública del libro «Goodbye, My Havana» (Redwood Press, 2019) en el Instituto Cervantes de Nueva York, el 24 de febrero de 2020, con el copatrocinio del Centro Cultural Cubano de Nueva York (CCCNY). La segunda fue una visita virtual de la autora, vía Zoom, a la clase del curso de Estudios Latinoamericanos que enseña Henken en el  Baruch College, el 30 de junio de 2020.

Ambas entrevistas han sido sintetizadas por Henken y luego fueron editadas, en aras de una mayor claridad y exactitud, por Veltfort. Téngase en cuenta también que algunas de las preguntas atribuidas aquí a Henken fueron en realidad formuladas por sus estudiantes durante la sesión de preguntas y respuestas con la autora.      

 

Ted Henken

Ted Henken

Profesor de sociología y estudios latinoamericanos en el Baruch College, Universidad de la Ciudad de Nueva York.

Comments (3)

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    Carlos Infante

    |

    Cada día que pasa me convenzo más que la historia de Cuba después del 59´es desconocida en gran medida por los cubanos que vivimos en la Isla. Gracias a Etd Hendken y Anna Velrfort para ayudar a disipar las tinieblas.

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    Frida Masdeu

    |

    Gracias a Ted Henken por esta excelente entrevista y a mi admirada Connie (Anna Veltfort) for la luz.

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