Todas las pajaritas encuentran un vecino que mirar


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(Ilustración: Polari)

A las nueve menos cuarto de la mañana, puntualmente, por una minúscula rendija de la puerta, observa cada movimiento del nuevo vecino que aterrizó para inquietar su aburrida existencia.

De ser un «mindundi» cualquiera no le habría prestado atención, pero quien vive allí es un verdadero príncipe de ébano.

Desde que llegó, hace pocas semanas, no ha podido dirigirle la palabra. Teme que un plumazo espante a ese muchacho serio, de poco hablar. ¿Cómo se llamará? Quizás Ricardo o Alfonso o Juan Carlos. Nombres de reyes. Si es Yunieski, bajaría de categoría. Aunque no le importa, jamás le ha interesado ese detalle y sí el temperamento y la constitución física.

Por la breve abertura se aprende el torso, tallado por ángeles, donde unos pectorales servirían de inspiración a esas renacentistas locas dedicadas a esculpir cuerpos masculinos.

El «mirahuecos» se posa sobre indescifrables tatuajes: una culebra, digo, una mariposa, que descansa en el negruzco costillar. A lo mejor es una libélula anidando en esa zona erógena que él llenaría de baba.

Se imagina lo que no puede ser. Es como una flor marchita de barrio que dibuja en su mente los tatuajes del otro, los que desearía que tuviera. Lo más probable es que el vecino sea un dragón «escupefuego» que limpia la tierra de maricones.

Nuestro ya provocado observador despierta y manosea la peluda fierecilla. En un segundo la retina del mirón se empapa con el ribete amarillo de aquel calzoncillo que da los buenos días enseñando la palabra «MEN» como una incitación.

El «mirahuecos» siente cómo, con pasmosa fuerza, su sangre atiborra cada tejido esponjoso y cavernoso, mientras la grosera pide a gritos una mano caliente que le ayude a vomitarse de placer.

Ahí está el David tropical, azabache sexual inmune, altivo. Sabe que todos los ojos lo miran y posiblemente haya detectado que una boca oscura quisiera atorarse con la larga y fuerte cola de dragón que lleva entre sus piernas. 

Todo ocurre en apenas cinco minutos, tiempo glorioso para la pajarita obsesiva que entre grumos levemente amarillentos abandona la escena, adonde, inevitablemente, mañana volverá.

 

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