Tierras amarillas: la colonia japonesa en la Isla de Pinos


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Isla de Pinos sobre la bandera Japonesa by WiMar

Nancy Oropesa sobrevivió al cáncer propio, a la emigración de su hija, a los arrozales. Sobrevivió también al silencio que es costumbre entre los japoneses. Pero no sobreviviría, dice, a la pérdida de la memoria nipona en la Isla de Pinos, donde se asienta la mayor colonia de estos descendientes asiáticos en el archipiélago cubano.
«La emigración japonesa no fue numerosa pero sí significativa», asegura.
Sin formación literaria ni antropológica ni periodística ni sociológica, Nancy Oropesa, de 62 años, documentó y luego compiló, con la fuerza que intuyen los testimonios, un libro titulado La sociedad de la Colonia Japonesa de la Isla de la Juventud: cien años de tradiciones.

Ilustración de WiMar sobre la escritora Nancy.

Para lograrlo, convenció de hablar a hombres y mujeres que no hablan. Hombres y mujeres que han vivido en una cultura de silencio. La ventaja de Nancy fue que ella sí hablaba mucho y les hablaba desde el lazo familiar que suponía estar casada con uno de ellos y ser madre de una de los 1150 nikkéis o descendientes japoneses radicados en Cuba.

Llegó a la rebautizada Isla de la Juventud, una antigua colonia penitenciaria, con un título de Comunicación Digital que había obtenido en un tecnológico habanero. Tenía 20 años y trabajó en la Delegación de la Agricultura del Municipio Especial. Aquí se vinculó con los emigrados japoneses y sus descendientes, quienes históricamente se dedicaron a cultivar la tierra.

Desde la llegada a Cuba del primero de ellos, Y. Osuna, documentada en el registro migratorio del Diario de la Marina publicado en 1898, las noticias siempre los relacionan con la agricultura. Fueron, de acuerdo con un artículo del diario Juventud Rebelde, los primeros en utilizar abonos químicos para un mejor rendimiento del campo, en terrenos aparentemente improductivos.

«Ellos demostraron lo contrario: sus vegetales y frutas eran muy cotizados en el mercado local», recuerda la investigadora.

En esas estaba la familia Minato cuando apareció Nancy, la única mujer con la que se alinearon los astros de Modesto, el varón de 45 años a quien no lograban casar. La boda se consumó en 1980 y luego vino la mudanza de Nancy a estas tierras amarillas.

Ella vivió en la colonia japonesa como un antropólogo clásico, sin proponérselo. Aprendió las costumbres, observó su carácter nipón y los rituales cotidianos. Empezó a hilvanar apuntes sobre lo que veía. Ante tanto silencio de la familia Minato y de las demás que se asentaron en Júcaro, la mujer comprendió que, para conservar la memoria de la presencia japonesa en la Isla, debía hacerlos hablar.

Todavía Nancy no era, por declaración honorífica del diplomático Hiroshi Sato, Embajadora Cultural de Buena Voluntad entre Cuba y Japón. Sin embargo, en su casa, la de la familia Minato, Nancy había recibido gratuitamente a casi mil japoneses que se aventuraban a visitar la Isla de la Juventud para conocer a sus parientes de sangre o patria.

Muchos japoneses recibidos por Nancy llegaban motivados por la historia de sus antepasados y coterráneos en el Presidio Modelo durante la Segunda Guerra Mundial (SGM). Al principio de la contienda, en 1939, el reclusorio fue empleado como campo de concentración o internamiento para «extranjeros enemigos».

La Gaceta Oficial del 9 de diciembre de 1941 hizo pública la Ley número 32, en la cual el Ministerio de Estado decide que «a partir del día de hoy queda declarado un estado de guerra entre la República de Cuba y el Imperio del Japón».

La reclusión de los japoneses, revela un cartel en el antiguo presidio, fue dura y humillante. «Se les prohibía el acceso a la prensa y a libros en su idioma. La visita de sus familiares se hacía con un escolta y solo se permitía que hablaran en español. La atención médica era deficiente, por lo que murieron siete japoneses en el penal», refiere Nancy.

El 15 de enero de 1946 salió del Presidio Modelo el último japonés. «Sufrieron mucho porque en los tiempos de guerra los padres fueron al Presidio y las madres debieron asumir la sobrevivencia de la familia», lamenta.

Antropóloga empírica

El primer japonés que visitó a Nancy en casa de los Minato lo hizo el 19 de septiembre de 1996. Era Fumio Matsuya, un médico. Otra visita significativa fue la del periodista Kenta Nakano, de Tokio, quien le pidió que acopiara testimonios y documentos para una investigación que quería realizar sobre los japoneses de la Isla.

En cada encuentro de Nancy con «emisarios de la cultura japonesa», como dice ella, intercambiaba conocimientos y, a la vez, crecía su colección de piezas de Japón, que ya cabe en seis maletas de 23 kg, sin contar la decoración de su apartamento en Nueva Gerona, población más grande de la isla.

Nancy decidió mostrar sus piezas al público cosmopolita de La Habana. Por eso el este 1 de octubre expuso una parte de su colección en el museo Casa de Asia . La muestra se tituló Japón llegó mil veces a mí, y agrupó un centenar de abanicos, máscaras, jarrones, retratos.

Nancy lo justifica de un solo modo: «Nunca he viajado a Japón, apenas hablo japonés, pero he podido conocer a más de mil japoneses, reunir más de mil obras. Mi hija es japonesa. Y soy una amante de esa cultura, una entusiasta».

Esta albacea de tantos nipones tiene material suficiente para un álbum etnográfico desde el primer japonés que pisó tierra cubana. De algún modo lo ha hecho y ha persistido cuando nadie ha tenido confianza ni esperanza. Su libro, publicado con un tercio de su contenido original, traza un mapa de la colonia con punto de partida en la familia Harada, la más numerosa, que tuvo 12 hijos. Ese árbol genealógico reconstruido por Nancy fue el patrón para explicar la emigración japonesa en el territorio. No eligió a los Harada arbitrariamente. Son una familia notable: Mosaku, el padre de esos 12 hijos, tenía el pedigrí que implica ostentar la Sexta Orden del Sol Naciente, otorgada por el Emperador de Japón en agosto de 1975.

Publicado por el sello Ediciones El Abra, La sociedad de la Colonia Japonesa de la Isla de la Juventud: cien años de tradiciones se define en la nota de contracubierta como «un análisis inicial del asentamiento, devenir histórico y cultural, así como del estado actual de la Sociedad de la Colonia Japonesa de la Isla de la Juventud»

Esta san (señora en japonés) sin formación literaria ni antropológica ni sociológica relata las relaciones familiares y vecinales, el devenir cotidiano, así como la ruta e intención migratorias de este grupo de personas que, en algunos casos, no pensaron en Cuba como destino final sino como puente hasta Estados Unidos.

«Y si vinieron siendo pobres, hoy siguen siéndolo, aquí no hay japonés rico. Tuvieron su época de esplendor en la agricultura con los melones pero ahora no hay agua, abono, petróleo» , dice Nancy.

Sailí, la encargada de tenencia de tierras en en el municipio, asevera que las familias japonesas no se dedican a esta actividad económica con la misma intensidad.

«Desde que el Estado dio la posibilidad a los agricultores de vender sus tierras, casi todos los descendientes de japoneses las han vendido. Y luego las toman en usufructo o las arriendan», dice con la mirada puesta en el catastro rural.

«Toda esta zona era de tierras amarillas, es decir, de los japoneses. Cultivaban arroz, pero ya no producen mucho», añade la funcionaria.

Nancy lo resume con cierta ironía: «El boniato y la calabaza que en La Habana se dan en cualquier esquina, vienen en catamarán, ¿cómo vas a pedirles a los japoneses que siembren en la arena?»

A estas alturas, cuando ha muerto el último de los quince nipones de primera generación censados en Cuba en 1998, solo quedan sus apellidos y el relato de quienes procuran transmitir la historia a 121 años del arribo de los primeros migrantes japoneses a la Isla de la Juventud.

Con la intención de que esos años de presencia japonesa no pasen por alto, los diplomáticos de Tokio en La Habana buscan acercarse a la comunidad nikkéi. Además de visitar de vez en vez la Isla de la Juventud, el embajador Kazuhiro Fujimura ha sido el rostro de obras de cooperación como el proyecto japonés de aseguramiento al abasto de agua potable en Nueva Gerona.

Quizás el mayor mérito de Nancy al contar esta historia, más allá de los datos concretos que aporta sobre las familias fundadoras y de no abarcar a las 113 familias japonesas diseminadas por el archipiélago y computadas hasta 2018, fue el apasionamiento y la naturalidad de su enfoque, distante de las fórmulas académicas. Solo así logró ser una intérprete de la evolución de esta minoría y de sus tradiciones culturales.

A Nancy, que es capaz de contar todo esto en carretilla, durante poco menos de una hora, la iluminó su afán por entender su propia descendencia: una hija que a los 20 años llamó a la Embajada de Japón en La Habana para obtener su ciudadanía nipona y emigró años más tarde.

Ahora Nancy encuentra a su hija en cada muchacha de ojos rasgados que llega a su casa o ve en las calles de Gerona y también de La Habana. Durante este encuentro le permito me vista, a mí que tengo un ancestro chino, con una yucata. Nos permitimos este momento y muchas fotos. Poso como geisha aunque quiera saltarme el estereotipo: abanico, máscara, pies pequeños descalzos, palito chino en la cabeza. El olor avisa que ya estamos listas para la ceremonia del té.

Mientras el olor se esparce, Nancy coloca las tazas y trae, en sus manos nerviosas, la carta que Fumio Matsuya, residente en Japón, le escribió una vez en perfecto español: «Deseo que siga transmitiendo la cultura japonesa y que tenga la amistad más profunda comunicándose con los japoneses que visitan la Isla de la Juventud».

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Comments (1)

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    Jorge Alberto Frade

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    Extraordinario escrito y asombroso a la vez. Visite La Isla de Pinos por primera vez en el año 1967 y supe de la existencia de esa Colonia Japonesa pero.No pude tener acercamiento por falta de un enlace. Muchas gracias por el comentario.

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