«¡Tanto pene y tanta pena!»: Una historia de sexo amateur


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Ilustración de Polari 

Vivía en Las Palmas, a siete kilómetros de mi casa, aunque la primera vez que lo vi fue en un ensayo teatral donde no interpretaba ningún personaje, pero se convirtió en protagonista. Le clavé mi mirada y no reaccionó. En mi mundo de colores comerse con la vista es vital, en el suyo no.

Llegó a ser olvido hasta que un mes después solicitó amistad por Facebook y ahí supe su nombre, como el de aquel patriarca hebrero: Rubén. Ya en dos días chateábamos libremente: mariconaje de redes sociales, conversaciones de esas tontas que no te llevan a ninguna parte y tú sabes que van a lugares específicos. Se exhibía sin camisa, con pantalón vaquero ajustado, cara de bad boy, ocultando la pajarita por dentro sin éxito alguno. A las locas no nos quedan bien las máscaras.

Con diez años menos (yo con diez kilos de más) mi «convidado» se presentó escurridizo, cortés pero cortado. Controlando las ganas inmensas de singar y romper protocolos, me esmeré en atenciones (estrategia que aplico en tiempos de cacería): desbordada simpatía, dar lo que no tengo o compartir lo que no me sobra. Esa coartada del oficio pajarero nunca falla.

Ya con la «pinguita» (mi dotación está detrás) a punto de caramelo, empezó a hablarme de dramas familiares, tradicional y malogrado intento de causar lástima con historias cíclicas: padre homófobo, madre discreta y una hermana apaciguando el conflicto. A decir verdad, me importaba un cojón el relato, como si para templar hicieran falta tantos preámbulos; media hora más y moriría de priapismo. Yo solo quería cargarlo (al revés, imposible) y cumplir una de mis tantas fantasías: follar con alguien más joven, ilusión perpetua. Un pingón veinteañero sigue removiendo el piso, ¡al carajo la experiencia!

Ilustración de Polari 

Sin entender mi nerviosismo frente aquel flaco cadavérico usé esa maña del roce accidental. Yo, ilustre ciudadano de La Potajera, jíbaro singón de montes, perseguido por policías, apedreado como María Magdalena, mamador de esquinas. Yo, que tantas pajas he hecho en baños públicos, clavado hasta el mismísimo eje en una esquina y por un militar… estaba, esta vez, dominada por un mozalbete, a punto de la neurastenia, famélica de caricias, deshecha en suspiros… ¡sola!

Sin embargo, ninguno de los dos cumplimos con las expectativas en la cama: sexo amateur, desabrido, insoportable sequedad de sus besos (sin saliva mi esfínter no lubrica en paz). Me empingo cuando alguien pone límites o no quiere chuparme el culo, antesala de mi orgasmo. No entienden que soy lúbrica, guarra, dueña, ambiciosa… Solo cumplo con las órdenes de mi ojete y ¡jamás! cedo a mojigaterías, como lo hizo Rubén.

Fue su verga salvadora quien nos libró de aquel desastre. Contemplar su enorme bulto en aquella escena pavorosa, amasarlo con sumo cuidado, tenerlo en mis muelas y, fundamentalmente, olerlo, me llevó al clímax. Ni tan siquiera pude meterme aquel florete venoso porque su esgrimista no mantuvo el arma recta. ¡Sueño arruinado!

Ilustración de Polari 

Con el tiempo comprobé que el rabo de Rubén robó lo poco de materia gris que le quedaba. Su gran ilusión, dijo, era conocer a un reguetonero de moda, nada más. ¡Tanto pene y tanta pena! Ahora me doy cuenta que no fuimos ni novios, ni amantes, ni singantes, tal vez amigos de unos días y cuando nos volvimos a ver solamente conversamos del futuro. Quería «alfabetizar» su mente, pero él insistía anidarse en mi ano.

En aquellas citas me abrazó con fuerza, pinchándome siempre los muslos con su cosa, pero dándome un poco de eso que se llama cariño. Desapareció un día con su daga domadora. Quizás conoció a su ídolo, se enamoró de algún puritano, se vende caro por ahí, es una estrella porno o se lo tragó su misma tragedia.

La culpa de hoy invocarlo la tiene Bola, ese negro maricón que me llega al alma cuando canta: «Si yo encontrara un alma como la mía, cuántas cosas secretas le contaría. Un alma que al mirarme, sin decir nada, me lo dijese todo con su mirada».

Comments (3)

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    Gaby

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    Bravo!!! Me encantó

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    Nexy

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    Ay Jaime, qué historia tan frustrante. Bastante común. Creo que todas pasamos por eso.
    Buen texto.

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