Sochi Chang, una «ciberestrella» de la Revolución Cubana


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(Ilustración: Polari)

Sochi Chang vive en Maracaibo, Venezuela, y usa cristales graduados. Los lentes cuelgan del aire sobre su nariz. No tienen patas, se sostienen contra la física. Últimamente los cambió por unas gafas del sol, trabadas sobre una mascarilla que le tapa la sonrisa. Ella sonríe malignamente. Parece una sonrisa cualquiera, pero tiene ingredientes tenebrosos. Es sarcástica, cínica, omnisciente.

«Hola, querido, ¿cómo estás?», te saluda Sochi. Sientes un escalofrío. Hay valientes que se esconden bajo la cama cuando ella aparece y les dice «Hace tanto que no nos vemos, querido». Sus entradas tienen una elegancia asiática, una vieja cortesía, como si hiciera una reverencia antes de rematar.

Ella es una experta en tu vida y en la vida sórdida del imperialismo. Nadie se acomoda a un biógrafo implacable. Todos esperamos que nos dediquen biografías amables como el evangelio. Sochi te trata, en cambio, como Stefan Zweig a Joseph Fouché. Es el ángel malo que escribe los pormenores de tu vida «mercenaria» con anécdotas íntimas. Se ve como una amiga tuya y del pueblo, igual que Marat. Avisa si tu novio se acuesta con otra. Alerta, preocupada, si tus hijas discuten por culpa de la política. Le preocupa mucho tu economía. De dónde sacas el dinero, especialmente, no la deja dormir. No se le escapa ningún secreto de tu humano corazón.

Ella, debo decirlo para ser justo, ha sido perseguida por su trabajo. La echan de todos lados. Vive como una desterrada de su verdadera patria, que es Facebook. Sochi Chang es un perfil que cae y se levanta a veces en Twitter como herida de muerte, convaleciente de los manotazos. Es un personaje de ficción, pero también de carne y hueso.

Ningún biografiado ha podido tomar revancha y contar su vida, aunque suponen que vive en la Uci, la universidad de informática que fundó Fidel en las afueras de La Habana.

Sochi es una «ciberclaria», un perfil que nació para defender la Revolución Cubana de sus hijos «mercenarios». Tiene miles de hermanas, algunas que explotan la vena folclórica y se hacen llamar «Changó Marxista», «Santa Mambisa» o «Fidelísima Habana». Otras eligen verse guapas y muestran una cara de macho apuesto o de hembra bien puesta. No han nacido todavía las «ciberclarias» no binarias. Estas palabras no riman, aunque te dejes convencer por las vocales y seas capaz de decir, en tu espejismo, que esta rima es perfecta.

De todas sus hermanas, Sochi Chang, paradójicamente por ficticia, es la más real, la única que los gusanos extrañan. Cuando resucita, sobreviviente del acoso que le dedican, la reciben como a la villana idolatrada que salva, ella sola, el sentido de un culebrón.  

No hay un «ciberjurel» tan entrañable. Ese pez nada en dirección contraria a las clarias hacia un extremo del estanque. Son perfiles falsos de la «contrarrevolución». Como los parió la reacción, son muy solemnes. Nunca bromean. No sonríen, no son omniscientes. Proliferan en Twitter con un carácter infumable y también escriben biografías de gente agusanada que consideran, no obstante, poco gusanas, porque aparecen menos radicales que ellos. Ninguno tiene el talento de Sochi para llevar unas gafas imposibles y hablar con amor de tus pecados políticos.

Todavía a la Revolución le nacen estrellas. El jurel te dice que este sentimiento es Síndrome de Estocolmo. Lo que habla suena estridente o académico. Si tiene cámara y se atreve a usarla, se pone ridículo. El jurel máximo de ese estilo es Alex Otaola. No sabe modular. Como la claria, el jurel dispara en un fuego cruzado de mentiritas.

En la pecera que son los debates políticos cubanos, hay una sola ficción memorable, Sochi Chang. No es maoísta, por china que se vea. El maoísmo no tenía humor. El castrismo tampoco fue ingenioso. Sochi anuncia el «castrisme» que viene, igual que otros «comunistes» cubanos, jóvenes y simpáticos, van esbozándolo con tanto Marx y mucha resaca.

He oído decir a algunos internautas, con orgullo, «A mí me atiende Sochi Chang». Y ante la pregunta terrible de «¿Estás bien, querido?», responder con un temblor: «Chiii».

Maykel González Vivero

Maykel González Vivero

Periodista.

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