Sin covid ni espermatozoides


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(Ilustración: Polari)

Cerca de las doce lo pilla el llamado «¡Venimos a buscarlo!». Justo a la hora del almuerzo, cuando iba a disfrutar de un suculento plato compuesto de pollo ripiado, col y pimientos. Pajarerías gastronómicas, mezclas raras que se le ocurren en tiempos de extremo racionamiento.

Una vieja guagua Girón espera frente a la casa. Le recuerda la odisea que fue el preuniversitario y los trayectos en esos cacharros de antes de Cristo. «Una cervecita para el chofer, no sé lo que le pasa que no quiere correr…», tarareaban los niñatos de entonces entre olores de una adolescencia que chorreaba semen con un roce. Ha vuelto a ver, en segundos, el paquete marcado en el pantalón azul marino de sus compañeros: pichitas en la flor de una virginidad desesperada.  Un pasado desagradable que le asesina de vez en cuando.

Después de recorrer casi todo el municipio de Bauta, la comitiva sospechosa de covid-19 parte de Corralillo, un lugar donde la pobreza llenó sus bolsillos. Al lado, una chica Almodóvar de notable tristeza textil canta lozana. No es Rossy de Palma, ni Marisa Paredes con finos guantes rojos, sino un pájaro contento que se cree Lady Gaga, pero jamás lo será en estas circunstancias. Las locas siempre distraen el ambiente y pintan de rosa la angustia.  ¡Policromía maravillosa!

Cuando llegan a la Escuela de Iniciación Deportiva en Artemisa, les recibe un muchacho que, entre el traje verde y la mascarilla, parece hermoso. Sus ojitos de gallina clueca posan sobre un cuerpo musculoso y unas cejas copiosas. Es casi chino aquel mozalbete que parece estar nervioso. «¡Yo soy tu tilo, querido!», grita su mente enferma, perversa en el silencio. Tanta putería no lo deja pensar en el covid y que se la juega en ese lugar. Tan guarra como es, no descartaría cualquier travesura, por insólita que parezca.

En los dormitorios de los futuros deportistas, anida nuestra gimnasta, la estrella que se raja en un platanal como en una pista. La garza olímpica, multicampeona orgásmica que permanecerá allí hasta que el PCR diga lo contrario. Con él, Lady Paredes, ahora más hermosa sin lentejuelas.

El olfato no lo engaña: su litera huele a sexo. Hay un condón usado debajo. «Aquí templaron como Dios manda», dice. Respira y siente el susto, el silencio de esa noche que se inventa en la mente. En el piso, miles de espermatozoides bailan la conga santiaguera. Singueta estudiantil con medallas en el pecho. Culos duros de tantas cuclillas. Pectorales macizos, rabos brutos como sus amos.

Frente a la litera encuentra en su recuerdo la madrugada en que un grupo de sodomitas huían al monte, escapando de la civilización.  Tenían más suerte cuando algún profesor los llevaba a su departamento y meneaban las inocentes nalgas entre tizas y planes de estudio. Todo por una nota o un pase el fin de semana. Se vio con la cara puesta en libro de Historia Antigua y Medieval mientras Alejandro Magno cargaba detrás, ¡a la batalla!

Vuelve al presente. Reposa y deja de pensar tantas boberías. Tontorrona y babeada ve en sus sueños, otra vez, al Magno llenando de espuma su cara. Delira.

A los pocos días llega el test. Es negativo. No tiene covid, qué suerte, puede montarse en la misma guagua Girón para regresar a casa. De retorno va desolada porque no tiene covid ni tiene nada. No se lleva los miles de espermatozoides ajenos que podrían rejuvenecerlo.

Comments (1)

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    Claudio

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    Fabuloso, un escrito digno de leer

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