Rúber José y la última «coyuntura cubana»


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Rúber José. (Foto: Jesús Arencibia Lorenzo)

Un hombre de 77 años, capitán retirado, bicitaxista, combatiente en Angola, exmilitante del Partido Comunista de Cuba, atraviesa en Holguín la última «coyuntura» nacional.

Tremenda-Nota-TN-2018

Salgo de la antigua terminal interprovincial de Holguín, donde radica ahora la agencia de reservaciones Viajero y ahí está él, sobre su bicitaxi. Por las arrugas del cuerpo enjuto ha de tener más de 70 años, pienso, mientras paneo el horizonte en busca de otro medio de transporte. Debo moverme a un extremo distante de la ciudad y casi no hay guaguas. 

Es sábado 14 de septiembre, el primer sábado después del anuncio de «crisis coyuntural» que hizo el Presidente cubano con su Consejo de Ministros en pleno. En la agencia me acaban de decir que vuelva el lunes, a ver si pueden reubicarme en alguna de las salidas del tren con mi pasaje de ómnibus a La Habana, reservado desde antes de la debacle. «Ah, y venga temprano, que el lunes esto va estar complicadísimo», sentenció la dependienta mirando a la pantalla de su computadora. 

Las piernas delgadas aún parecen poderosas. Lleva guantes y sombrero negro —por eso, sabré después, otros bicitaxistas le llaman El Zorro—. Me mira como diciendo: «No te confundas, mi socio, aún pedaleo». Me machaca la conciencia la posibilidad de ir sentado al lado de este veterano mientras él se fatiga. Pero no hay nada más a la vista. Él brinda un servicio y lo cobra. Yo lo necesito. Listo. En unos minutos estamos rodando hacia el mercado Numa de Avenida Libertadores, a unos cuatro kilómetros de distancia.  

En Holguín no hay puré de tomate. Aunque el aceite y el pollo —los prófugos de la temporada anterior— se consiguen en estos días con relativa facilidad. Tampoco anda muy a la mano el papel sanitario. Ni el carbón. Siempre hay algo para entretenerse. Para mantener la mente activa. Voy meditando…

Rúber José, que así se llama el veterano, pedalea y conversa conmigo sin que los pulmones lo agiten mucho. Lleva 21 años sobre este híbrido de bicicleta con sidecar, luego de 39 años de trabajo con el Estado, 20 de esos como Jefe de sección de ingeniería de un regimiento militar. De hecho, se retiró con grados de capitán, según cuenta. 

Le hicieron peritaje médico después de la misión en Angola. Y renunció altruistamente al sueldo que le correspondía como oficial —que hubiera sido el salario completo, teniendo en cuenta la enfermedad— porque se sentía aún con fuerza para seguir adelante, para levantar un país. Se puso a trabajar de mecánico. Primero en una empresa constructora de las llamadas ECOA y luego en la Empresa de Máquinas y Herramientas 26 de Julio. «Yo tenía otras aspiraciones. Cuba era otra cosa», me dice mientras deja la Carretera Central y enfila a la izquierda. «Yo pensaba: cuando mis hijas sean mayores, qué buena vida van a vivir. Yo pensaba: el futuro, al paso que va la Revolución, va a ser una tacita de oro, lo mejor del mundo. Pero el futuro me engañó».

Una vez llegó a casa, rememora sonriente, y su esposa había comprado tres libras de carne «por fuera». «No, señora —le ordenó terminante— aquí no se compra nada clandestino… Solamente lo que el Gobierno nos da». Agarró la carne, buscó al que la había vendido y le exigió que le devolviera el dinero. 

«Eso fue como por 1985, cuando sobraba de todo. Y aún estaba la cuota de carne de res que el Gobierno enviaba a la bodega. Unos añitos después, cuando el Periodo Especial duro, que la cosa empezó pa’atrás y pa’atrás, le dije: “Mi amor, compra en la bolsa negra lo que te dé la gana”, que esto se jodió». 

Rúber José en su bicitaxi.
Foto: Jesús Arencibia Lorenzo

Me cuenta que al jubilarse entregó también su carnet del Partido Comunista de Cuba (PCC). Quisieron sancionarlo, lo acusaron de blandenguería, pero él dijo que entonces habría que acusar de blandengue al Che, pues este había dicho que las revoluciones eran procesos muy violentos y la gente tenía derecho a cansarse. «Además —fulminó a sus censores— el PCC debe ser la vanguardia, y ya yo estoy viejo y cansado, en todo caso soy una retaguardia». Y extendió sin más el carnet. Finalmente reconsideraron el asunto y le dieron una baja honrosa, por los años de faena. 

La crisis del país está. «Coyuntura de coyone», dice un bromista. El orate que gobierna a Trumpadas la Casa Blanca y quiere «liberarnos» matándonos de hambre no es un invento de ningún político isleño. Tampoco el bloqueo a Cuba, cada vez más asfixiante. Así mismo, los burócratas empoderados en la Isla y su sempiterna ineficiencia económica no son una fantasía de ningún tribuno de Miami.

De uno y otro lado flota e inunda una retórica asqueante. 

Y las federadas y los cederistas y los estudiantes y los anapistas, y las milicianas y los electricistas, cuenta el Noticiero de la Televisión Cubana, se manifiestan y alzan las banderas y que no se rinde nadie, y que comprendemos y apoyamos y que saldremos adelante y que cuánta entereza, y que qué patriotismo… 

Yo, que me he vuelto cada vez más alérgico a las consignas, recuerdo a mi madre, cocinando con leña en plena década del 90 del siglo pasado. Rememoro la expresión —casi de orgullo— con que mi padre se apareció un día con un armatoste de hierro de seis patas en el que se ensamblaban dos hornillas para carbón y un depósito para leña. «El fogón del patio», que se empezó a usar más que el Piker de queroseno que reinaba en la cocina, porque no había queroseno, solo buchitos de petróleo, comprados a alguien que seguramente los robaba de alguna parte, para rociar la leña. Mucha leña. Verdosa. Y humo. Y mi madre cocinando el sopón de arroz en un cuartico de madera y cartón lleno de tizne. Sudorosa. Tiznada. Radiante.

—¿Qué hacía en Angola?, pregunto a Rúber. «Activar y desactivar minas», contesta mientras cruzamos la calle San Carlos. «Estoy vivo de milagro, evoca. Una vez le dije al Jefe que tenía: “Coronel, ¿usted se aprecia la vida?¿Sí? Pues aléjese de aquí. Esta mina tiene 4 trampas, si fallo en una, vamos a volar en pedacitos usted y yo. Déjeme a mí solo…”. Tuve compañeros que perdieron la vida. Volaron».

La menor de sus tres hijas, que nació mientras él se jugaba el pellejo en África, vive ahora en Estados Unidos. Narra Rúber que su yerno, por buscarle las cosquillas, cada vez que viene de visita le dice: «Suegro, vamos con nosotros pa’l Norte». Y él responde como un resorte: «No, señor. Puede creer que no. No quiero tener na’ que ver con esa gente. Recuerda que yo soy francotirador, y si aquí hay guerra contra Estados Unidos, vuelvo a coger mi arma».

Es poco más del mediodía. Los ajetreados 77 años de Rúber le piden un descanso. Aunque está fuerte, ya solo trabaja las mañanas. Me deja en el punto acordado. Son 25 pesos la carrera. Le pago 30 y agradezco. Se afinca sobre los pedales para regresar. Antes de la despedida, le confieso que soy periodista y quisiera escribir de él, de su historia. Vuelve a sonreír. «Ah, pues aquí me tiene. Y si un día va a mi casa, en la calle Cardet, hasta café le brindo», bromea. Se cala el sombrero y los guantes y se va. 

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