Relájate como el doctor «Acostaraña»


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El doctor Acostaraña (Ilustración: Polari)

Hace muchos meses gozo de un tiempo libre envidiable. Eso es lo que creen mis amigos y mi familia. El único que pudiera afirmar lo contrario es Geómetro, mi perro, pero, increíblemente, no habla. Yo también quisiera disponer de mi tiempo cómo se me antoje, pero sobrevivo aquí relajao. O eso intento.

Si me preguntaran cómo hago para relajarme sitiado por tanto caos, la respuesta es «sinceridad». Tengo que ser cruelmente sincero conmigo. Si después le caigo a mentiras a la gente, me revuelco en mi consciencia y ya está.

El caos no desaparece cuando logras zafarte de todas las falacias que te amparan, ni siquiera es un paliativo. Más bien es un efecto placebo, como las goticas homeopáticas. ¿Cuál puede ser tu verdad? ¿Eres un vago, que no es lo mismo que ser un suavitol de la vida? ¿Eres un mitómano compulsivo? ¿Eres un opositor, pero temes las consecuencias de tus ideas? ¿Te gusta la muela sobre Cuba?

Para buscar eso que llaman relajarse, «coger un diez», «soltar los bultos», hay más variantes que aperturas en un juego de ajedrez. En muchos casos depende del espacio-tiempo. Mi madre, por ejemplo, es incapaz de relajarse. De hecho, para ella «refrescar» es limpiar la casa, ponerse a ver una novela turca hasta quedarse dormida, lavar o  salir a la calle a ver «qué encuentro». Y aquí viene una de mis perretas usuales con ella.

Prefiero que me diga «a buscar comida», porque no conozco todavía a nadie que se relaje haciendo colas en La Habana, todo lo contrario. ¿Mi madre es una mentirosa y el caos ya la acorraló? ¿Habrá aprendido a dominar este desorden donde también sobrevive y, gracias a ella, casi una familia entera? En resumen, Mamá no sabe absolutamente nada de cómo relajarse, no le enseñaron. No está diseñada para un combate a muerte contra la procrastinación.

Tener tiempo libre no es necesariamente sinónimo de relajarse. Estos largos períodos de encierro han sido, para la mayoría de las personas, todo lo opuesto a descansar en un sofá echándose «aire en los cojones» o fugarse con la jevita a un rincón de la playa. Creo, incluso, que hay tener mucho valor para relajarse en un país donde ese tipo de bachatas adquieren un alto grado de radioactividad.

Es un mito, y como tal ha sido desmontado, el hecho de que el cubano administra su vagancia en esquinas con dominó y ron de hospital, en horas nalgas consumiendo shows televisivos o cinematografía pirata del Paquete Semanal, o llenando informes que dan a parar a ningún lugar. La gente busca el filtro, el espacio, el hueco por donde respirar, aun cuando no se pueda. La diferencia estriba en «la utilidad de la virtud», y en esto Martí era un caballo de Atila. En esto y en todo lo demás.

¿Resulta útil relajarse? Mis amigos lo saben. Uno de ellos, incluso, ha teorizado sobre un culto que, no por antiquísimo en la Cuba de siempre, pierde vitalidad en los tiempos. El «manganzonismo» supone el non plus ultra de la relajación per se. No lleva posturas de yoga. No importa el lugar donde vivas. No importan tus preferencias sexuales o políticas. Ser un manganzón equivale a construirte tu marea y flotar en una balsa llena de humo y esquirlas que uno se va arrancando de la piel, mientras otro te hecha «aire en los cojones».

Esos mismos amigos y familia creen que tengo todo el tiempo libre del mundo porque trabajo en un cementerio. Una vida que, por el momento, me relaja en mi marea. Soy un manganzón.

Comments (1)

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    Eugenio Lázaro Negrete Torres

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    Muy relajante, refrescante. ¿Autor de la caricatura, plis? También está fenomenal.

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