Prenderle fuego a La Habana


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Rastafaris en La Habana, Cuba.
Foto: Randy Cabrera-Díaz

Durante 30 años los rastafaris cubanos han sufrido el asedio y la represión del gobierno solo por defender sus creencias, su filosofía. La marginación que padecen entraña un conflicto directo con el poder.

Tremenda-Nota-TN-2018

UNO

—El dreadlock es la melena del león, porque el símbolo de Etiopía es un layon.

Roberto Matamoros, conocido como Brujoman entre los rastafaris de La Habana, hace años no se corta el pelo. Las rastas le caen sobre la espalda y, al sentarse, salpican de negro un banco rojo del Callejón de Hamel, en Centro Habana. 

—Los rastas somos leones valientes; leones que van por la vida diciendo la verdad.

Ras Tafari Makonnen, quien fuera Haile Selassie I luego de coronarse Emperador de Etiopía, fue también Rey de Reyes y León de Judá. De ahí la adopción del león como símbolo del movimiento rastafari. Eso, junto a los colores de la bandera etíope: los mismos que dibujan de verde, amarillo y rojo las cuentas del collar que cuelga del cuello de Brujoman.

—El león no puede tenerle miedo a la hiena. La hiena es babylon.

Para los rastafaris todo lo negativo es babylon (en referencia a Babilonia), y lo negativo está en todas partes. Cualquier acto contra sus creencias y filosofía libertaria, toda limitación, es Babilonia. Porque esa ciudad corrompida narrada en la Biblia —Libro del Apocalipsis— fue la capital de los pecados del hombre, y ardió por ello. 

Desde su propia interpretación del relato bíblico, los rastafaris se oponen a cualquier actitud humana fuera del sistema de credos que ellos consideran el orden natural de las cosas. Todo daño a los valores esenciales de Jah (dios de los rastafaris) impide la comunión elevada del espíritu y la obtención de la verdad absoluta.

—El león es valiente. Las hienas [se refiere a la policía] nos ven como personas indomables, y eso les da miedo.

Brujoman se dejó crecer el pelo en el año 1985, cuando descubrió el movimiento rastafari, una onda incipiente que apenas comenzaba en La Habana, pero que ya era popular en Santiago de Cuba, donde a fines de la década de los 70 estudiantes jamaicanos de la Universidad de Oriente habían plantado el embrión rasta en sus similares: otros estudiantes cubanos negros sin nada a lo que aferrarse. Los jamaicanos transmitieron la filosofía rastafari, y sobre todo la música de Bob Marley. Luego, los rastas cubanos se las arreglaron para escuchar —con radios Selena adulterados— a otros músicos de reggae como Alpha Blondy o Peter Tosh en emisoras de Jamaica o Florida.

Dos rastafaris se saludan en La Habana, Cuba.
Foto: Randy Cabrera-Díaz

La música fue la iniciación de Brujoman en el movimiento que venera a Haile Selassie I como un mesías desde su coronación en 1930, según la predicción de Marcus Garvey, ideólogo del rastafarismo, quien anticipó la llegada de un salvador en una tierra no conquistada en África. Toda esa mística, asociada con el flujo lento y extático del reggae, ganó adeptos en La Habana, y pronto se crearon congregaciones para estudiar la filosofía (religión para algunos) rastafari.

—Aquí todo comenzó por San Miguel del Padrón, y después que a los hermanos les cerraron el primer templo, la congregación se trasladó a la Casa de Cultura de Alamar, donde hacíamos peñas semanales y también reuniones de la hermandad.

El espacio no les duró mucho. En pocos meses los sacaron de la Casa de Cultura y se quedaron en la calle. Se reunían en apartamentos allí mismo en Alamar. Pero tampoco duró: la policía se puso sobre la pista y les prohibió la celebración de cultos y las reuniones de todo tipo.

—Nos acusaban de marihuaneros, porque los babylon no saben nada. Nosotros los rastas fumamos la ganjah (cannabis sativa) durante la liturgia para lograr la comunión con Jah. Es una planta espiritual, no una adicción. 

Un mito rastafari cuenta que en la tumba del rey Salomón —antepasado de Selassie— fueron halladas plantas de cannabis alrededor del sepulto. Esta leyenda, junto a las propiedades sicoactivas de la especie, bastaron para que los rastafaris la emplearan como un móvil para entrar en trance. Sin embargo, los rastas cubanos habitualmente carecen de los beneficios de esa «herramienta» espiritual y saben, apenas, datos botánicos. 

Eso explica que Brujoman hable del cannabis como se habla de las cosas encantadas, que pronuncie gan-jah, y se le vaya el aliento como cuando se pide un deseo y se sopla al mismo tiempo; tartamudea y duda… Es difícil hablar de un misterio.

—Los babylon son tiranos. A veces nos sentábamos en cualquier parque de La Habana y venían ellos, los policías, a registrarnos en busca de marihuana. Nos metían las manos en los dreadlocks a ver si encontraban con qué encausarnos. Si no hallaban nada igual nos subían a empujones en los carros y para la Unidad de Zanja; algunas veces terminábamos en la 1580 [una cárcel]. Allí nos pelaban.

Brujoman habla y se pasa la mano por las rastas; fuma una, dos veces seguidas. Se le inflama la mandíbula cuando inhala y aprieta los dientes, como si maldijera por dentro, como si se mordiera la lengua.

—Venía un jefe al calabozo y decía: «¿Rastafarai? No, no, a esos marihuaneros me los pelan ya».

Cuando alguien lo induce a recordar pasajes así —cómo lo sentaban en una silla y lo desgajaban a la fuerza—, Brujoman quisiera ser apenas Roberto, ese muchacho que se graduó de Técnico Medio en Construcción Civil antes de que lo obligaran a perder la inocencia, y no un león rasta vencido por la fuerza bárbara de los babylon.

—Yo soy una persona preparada, no un mataperros. Pero tengo mis creencias y ellos, que tienen el poder, no están conformes con eso y no me permiten hacer ningún trabajo en que esté a la vista de la gente.

La mayor responsabilidad que le han dado a Brujoman es la de vigilante nocturno. Es cuidador en una escuela, jardinero en otra. Una vez quiso ser chofer y no lo dejaron. Peleó por la plaza hasta que alguien le dijo que en este país «a la gente así», «a los pelú», nadie les daba trabajo.

—¿Hay algo más humillante y violento que alguien te corte el pelo a la fuerza? ¿O te obligue a dejar tus creencias…? Yo venero a un dios, no a los hombres. 

Los rastafaris habaneros se encuentran en el Callejón de Hamel, en Centro Habana.
Foto: Randy Cabrera-Díaz

DOS

—Te ven sentado en un parque y te piden el carnet, caminas frente a un hotel, y te piden el carnet; conversas con alguien demasiado blanco en la calle o te reúnes con otros rastas o esperas mucho tiempo en una esquina… y viene un babylon y te pide el carnet. 

Aníbal «Rastafarai» es productor musical. Dice que lo suyo es la rumba y el reggae. Esa tarde, porque es sábado tercero del mes, está en la presentación del grupo Herencia en el Callejón de Hamel. Aníbal: 51 años y no más de 55 kilos; un vicio de 50 pesos diarios. No fuma ni blasfema, pero a falta de ganjah toma ron hasta virarse al revés.

—Muy independientemente de todo, nosotros somos discriminados por ser negros. En el año 96 nos cogieron en el Parque Central y nos pelaron a todos. A la fuerza. 

En el fondo suena una canción de Herencia; el coro pide «fuego para el babylon».

—Yo he sido promotor de reggae en cabarets y al poco tiempo, después de dos o tres shows, me cancelan los espectáculos porque es lo mismo siempre: nos acusan de marihuaneros. Al final de la jornada, aquí en Cuba el rasta toma alcohol. Y yo no soy racista, pero me pregunto por qué a esos blanquitos que van al parque de G y se meten de todo ahí, a la cara, nadie les hace nada.

Además del espectáculo en el Callejón de Hamel, en la discoteca Palermo, calle San Rafael, Aníbal y otros rastafaris consiguieron que les cedieran un espacio los jueves y domingos. Quizá los únicos días para escuchar reggae en La Habana. Algunos turistas ávidos de descubrir la música que otros no escuchan, los rostros de La Habana que otros no ven, van allí para ver cómo luce un rastafari cubano.

—Hay extranjeros a quienes les gusta la rumba, y yo les enseño… A veces la policía me detiene y me pregunto: ¿por qué?, ¿cuál es la agresión? Me ven hablando con un turista y me cargan para la unidad. Muchas veces son los mismos extranjeros quienes se acercan a nosotros a preguntar por música, o porque les gusta la pinta rasta.

La única esposa que ha tenido Aníbal es noruega. Con ella tuvo un hijo, y ahora tiene cinco nietos que ve pocos días cada dos años, cuando vienen de visita. Una vez, frente a su mujer y su hijo, sufrió el bochorno más grande de la vida cuando lo esposaron y se lo llevaron en la patrulla.

—En 2007 me condenaron a cuatro años por asedio al turismo. Fui a Valle Grande, luego al Combinado y después a barrer calles, así, cuatro años porque ellos quisieron. Porque no soy nadie para ellos.

A efectos de la Ley No. 62, Código Penal, el asedio al turismo no es considerado un delito. Sin embargo, sí se interpreta como «estado peligroso» por vincularse con la «especial proclividad en que se halla una persona para cometer delitos», según especifica el artículo 72 del Capítulo I, Título XI de dicha legislación. El artículo 73, inciso 2, considera en estado peligroso a quien «quebranta habitualmente las reglas (…) o vive como un parásito social (…) o explota o practica vicios socialmente reprobables».

—¿Tú sabes lo que es ir con tu señora y que de pronto te pidan el carnet y te cojan preso así?

Rompe la batería de Herencia, y Aníbal deja de lado su pregunta. Dice que la bandita suena bien, va y funciona si aquí le dan chance, porque en Cuba un grupo de negros rastafaris con canciones por la libertad y en rechazo a la opresión, y con letras que combaten la maldad de Babilonia y de La Habana, no es bienvenido en ninguno de esos espacios culturales estandarizados bajo una política cultural rígida.  

—Mira, a Orlandito, el bajista de la agrupación, también lo han guardado una pila de veces. Espera, espérate aquí. El grupo va a hacer un descanso. Voy a buscarte al hombre.

Aníbal se aleja, serpentea entre un grupo de hermanos rastafaris que bailan con música grabada metidos entre dos cuerdas: los límites imaginarios de un escenario improvisado. Hay gente encima de la batería y el teclado; entre los cables de los micrófonos una masa humana tropezándose entre el verde, el amarillo y el rojo de las ropas. Y cualquiera se pregunta cómo, a pesar de todo, pueden ser felices en tan poco espacio.

—Orlando, cuéntale ahí… Ya le dije que a nosotros, además de rastas, también nos discriminan por ser negros —dice Aníbal y se va con sus veinte tatuajes, con sus cuatro años menos de vida.

—Pero yo no fumo ni nada de eso… Yo soy bajista de Herencia.

Orlando «Blues» creció en La Habana Vieja, en una familia donde todo el mundo tocaba un instrumento. Sus padres también pertenecen al movimiento rastafari. 

—Mi mamá es una vieja y arrastra los dreadlocks por el piso.

  • Orlando «Blues», rastafari en La Habana

  • Orlando «Blues», rastafari en La Habana

  • Orlando «Blues», rastafari en La Habana

  • Orlando «Blues», rastafari en La Habana

Orlando cree en Jah y venera a Selassie desde los diez años, la misma edad con que aprendió, solo, a tocar guitarra. Como todos los rastas veteranos, ochenteros, a él también le afeitaron la cabeza. Pero eso es lo de menos. 

—Tres veces me han metido preso. Por desobediencia, dijeron, pero la verdad es que fui preso por cantar en el malecón, por hacer música en la calle. La primera vez fue en el año 87, otra en el 90 y la última en el año 2000. Tres meses cada una, en la prisión 1580.

El Código Penal, en la Sección Cuarta de su Capítulo II, artículo 147, establece una sanción de tres meses a un año de privación de libertad a «el particular que desobedezca las decisiones de las autoridades o los funcionarios públicos, o las órdenes de los agentes o auxiliares de aquéllos dictadas en el ejercicio de sus funciones».

Eres un blanco fácil si luces como Orlando «Blues». Si tienes el pelo como enredaderas selváticas; un montón de collares, pulsos; si veneras a un dios rebelde y a un descendiente del rey Salomón. Eres un blanco fácil, todavía más, si estás lo suficientemente orgulloso de ser negro como para expresarlo en público. Aunque ahora, 30 años luego, Orlando está muy lejos de ser una fuerza de la naturaleza. Apenas puede con el bajo; cuando toca, apoya el instrumento en una pierna porque el cuerpo —tela sobre tela— ya no le da.

—Bueno, no me quejo… Lo mío es hacer música, vivo de eso. Pero es muy difícil: llego a una empresa y me piden mil requisitos que no tengo. Yo no pasé escuela, soy músico autodidacta, pero la calidad es la que habla ¡Si Benny Moré tampoco pasó escuela y era grande!

Dice Orlando que en Cuba el reggae no tiene apoyo. Y en la actualidad la situación es peor porque el único grupo que cultiva el género de Bob Marley, el ritmo divino de los hijos de Jah, es Herencia.

—Tuvimos hasta 12 bandas, pero algunos de los integrantes fueron presos por hache o por be, y otros dejaron el país.

Orlando «Blues» habla con pasión desiderativa: deseos de que mañana, por obra de su dios en el cielo y algunos hombres en la tierra, alguien escuche el mensaje de su música como él quiere. Solo así podrá destrenzar ese sueño que nació cuando tenía diez años, y para el que no le ha alcanzado esta vida.

TRES

Quien ve a Roberto, Aníbal y Orlando bailar música reggae entre las cuerdas del ring, en un escenario de cuatro metros cuadrados, mientras cierran los ojos, se besan las palmas de las manos y luego las elevan para ofrendarle el beso de la paz a Jah, entiende que los rastafaris no están condenados y que su fe, tan grande y justa como otras, adora una divinidad que murió como cualquier hombre. Y no hay nada más sagrado a la par de valiente, que amar a un dios sabiendo que muere.

Aunque ahora da igual. Se supone que, con el tiempo, los hombres aprenden a dominar el miedo. Al menos en sueños, en tardes breves. Por eso cuarenta, cien rastafaris de La Habana cantan alto, bonito, esa letra profética de Bob Marley escrita en Chant Down Babylon. Y el coro, que es un aullido, sube mortal como una puñalada y sereno como un rezo: 

«Vengan, vamos a quemar Babilonia otra vez».

 

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