«Quiero que el presidente de la República venga a comer en mi casa»: ¿Cuál fue el saldo del 15N?


1,790 Vistas
Díaz-Canel en una cena familiar (Foto filtrada a las redes sociales en 2019)

«Quiero que el presidente de la República venga a comer en mi casa. ¿Y si lo invito al cuartico donde vivo, justo al límite de uno de los tantos barrios que ha mandado a arreglar después del 11J?

»Hay gente de esta comunidad, pobre, marginalísima claro está, que sigue presa desde aquel domingo cuando salieron a la calle a decir sus verdades. Uno de ellos es mi sobrino. Yo digo que es un poco lelo, aunque se haya graduado de la universidad. Dicen que hasta cogió Covid en la prisión. Desde hace semanas no sé nada de él, igual iba a caer preso por una cosa o por otra.

»Antes de ese día se la pasaba hablando de cosas como 27N, MSI, artistas y periodistas. Yo no entendía, hasta que salió por el televisor. Me cansé de decirle que no se metiera ahí, que a “esos” les paga Estados Unidos una millonada. Lo dijo el televisor y mostraron pruebas de todo tipo. Mi sobrino hablaba de secuestros y detenciones ilegales ¡Dios me libre!, En mi vida he oído tal cosa. Me enseñaba fotos de una ciudad militarizada, pero yo no veo nada de lo que él me muestra. Un poco más de policías, sí, pero es normal, la cosa está caliente.

»No obstante a eso, yo no quiero invitar al presidente a comer a mi cuartico para hablarle de mi sobrino. Quiero que pruebe mi sazón y mi agua hervida, mi baño y se siente en mi sofá cama. Y si no es mucho pedir, ver juntos el noticiero. He pensado qué decirle si me pregunta por mi sobrino. Lo cierto es que una vez no pude más con sus mentiras y llamé a la policía. Le dije: “Oficial, tengo un disidente en mi casa. No se cansa de hablar mal de la Revolución y sus dirigentes”. No quiero pensar que la oficial se rio de mí, pero me colgó.

»A mi sobrino le piden 7 años por haber salido a la calle a gritar sus mentiras. Menos mal que no golpeó a nadie ni rompió nada. Ahora dicen algunos que somos un Archipiélago de color blanco. Yo no entiendo nada porque por otro lado la televisión dice que no, que somos un Continente. Siempre he creído que vivo en una Isla, pero yo no quiero invitar al presidente a comer a mi cuartico para hablarle de lo que somos, ya eso a mi edad me importa poco, la verdad».

La historia de esta señora y la invitación que desea hacerle al presidente Díaz-Canel son totalmente ficticias. Sin embargo, mi casa, mi barrio, mi ciudad está llena de señoras, de sobrinos y de presidentes que nunca se han sentado en la misma mesa.

Esta nueva normalidad en Cuba vuelve a podar el jardín en dos canteros: el «Continente» de los represores y el «Archipiélago» de los reprimidos. Los primeros, que ya no son mayoría, sino solo suficientes. Los segundos, deshaciéndose «en menudos pedazos» durante una marcha bocarriba.

Ha llegado el momento de ponerle un pare a los bafleteros toca puertas y a los paraderos desconocidos.

El dramaturgo Yunior García, líder de la marcha convocada por la sociedad civil, primero anunció, ante la presión del gobierno sobre el activismo, que marcharía en solitario el domingo 14 de noviembre.

Para impedirlo, las autoridades cercaron su casa desde todos los ángulos posibles. Le montaron un «guateque» en los bajos del edificio, trancaron las calles con automóviles y un ómnibus. Prohibieron la entrada de periodistas independientes y de la prensa internacional acreditada. Limitaron el paso a los vecinos.

Yunior, vestido de blanco y con un crucifijo al cuello, abrió una de las ventanas y se dejó ver con una rosa blanca. A un costado de la ventana colgaba un cartel blanco con letras rojas: «La casa está bloqueada».

La instantánea le dio la vuelta al mundo. Segundos después, una bandera cubana de medianas proporciones era lanzada desde el techo del edificio como un telón teatral para cubrir al dramaturgo. La enseña nacional, cayendo como instrumento político de censura, fue asquerosamente espectacular.

Pero esto no se trata de Yunior, nunca se trató solo de él. Hay personas que han perdido sus trabajos. Gente que ha tenido que vivir en las calles por el acoso policial. Hijos que no saben de sus padres. Todos ellos son la cara visible de lo insoportable que se ha vuelto vivir en Cuba.

La marcha del grupo Archipiélago para el lunes 15 de noviembre no sucedió, pero ha llevado al régimen cubano a un nuevo uso horario de la ridiculez.

Esta vez no precisó invocar «disciplina» castrense para salir a dar bastonazos. Bastaba con salir vestido de blanco con una flor en sus manos para enfrentar el acoso.

A la escena se sumaron los espontáneos jóvenes neotanganistas, ahora conocidos como Movimiento de los Pañuelos Rojos. Acamparon en el Parque Central de La Habana, invitaron a sus amigos músicos. Jamás Buena Fe tocó para tan poco público.

La marcha imposible tuvo una salida que pocos previeron. Yunior García Aguilera se exilió en España sin avisar al resto de los coordinadores de Archipiélago. A la historia que contó a los medios le sobran inexactitudes y zonas de silencio.

El dramaturgo se disculpó por su partida. Dice que no tenía la suficiente resistencia y que estaba quebrado por la represión. Muchos siguen apoyándolo, pero otros críticos del gobierno lo han llamado «traidor». Sostienen que le dedicó más energía su plan de fuga que a hacer viable la resistencia.

La salida de Yunior dejó más desarmada que nunca a la sociedad civil cubana. El país, sin embargo, sigue como el 11J y el 15N. Bajo el mismo autoritarismo, expuesto a la misma carestía de productos básicos, tan desalentado como estaba cuando el líder emergente huyó sin que el gobierno intentara impedirlo, como se podía esperar.

Los movimientos sociales tienen que reinvertarse. ¿Cuánto demorarán? Es difícil de pronosticar. 

En todo caso, por estas razones, con esta necesidad, yo sí quiero invitar a comer al presidente. Díganme dónde vive.

Comments (2)

Haz un comentario