¿Por qué salí del clóset?


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(Fotos: María Lucía Expósito)

Algunos encontrarán absurdo plantear la pregunta. «¡Maricón, lo hiciste porque te gustaban los tipos!» Otros entenderán que detrás de cada gay que se declara, hay una historia de vida, una serie de anécdotas tragicómicas, a veces más adversas que graciosas.

Como sea, sé que muchos entenderán que este texto quiere exponer un chisme una vez más. Y por eso lo están leyendo. Asúmanlo.

Siempre es curioso saber cómo un machito le dice al mundo que no quiere tener más jeva. Que le gustan los rabos. Que quiere pintarse las uñas o ponerse peluca. Como se lo dice a la madre, al mundo, como son esos primeros días de pájara.

En mi historia, como en la de muchos, hay eventos catastróficos. Nadie se olvide que viví meses fuera de casa. Pero no todo fue hambre, muerte y desolación, como dijera mi profe Liset, de Historia. Hubo sucesos que, por suerte, son emocionantes historietas para hoy contar a los amigos. Con la desfachatez que me caracteriza se las comparto.

Para empezar con este relato, tengo que centrarme en satisfacer la pregunta del título. La respuesta va con un nombre: Adrián. Debo remitirme a él, pues es el verdadero culpable de que yo decidiese declararme gay en el 2013. Antes de Adrián, mi maricón interno estaba desordenado y vacío.

Estaba recibiendo mi curso de griego koiné por allá por febrero de 2012. Yo tenía 19 años. El curso se estructuraba en seis semanas intensivas de clases presenciales, con una diferencia de un mes y medio entre cada semana de clases. En cada intensivo nos instalábamos en Centro Habana, donde recibíamos las lecciones de 8:00 am a 5:00 pm. Luego de comida teníamos una apertura en nuestros horarios para realizar actividades individuales. Yo solía aprovechar para caminar Centro Habana, sentarme en el Malecón, o en varias ocasiones, irme hasta la Rampa.

Ese día de febrero el clima era especial. Mucho aire fresco. Me deshice de amigas cursantes que querían acompañarme porque necesitaba salir a caminar solo. Me llevé un suéter ligero que me acomodó para la frialdad del camino. Viajé con lentitud, no me figuraba objetivos ni apuros.

Tenía hasta las 12 para regresar a la casa donde nos hospedábamos. Subí por todo Malecón buscando La Rampa, y al doblar a 23, el cielo se empedró bruscamente. Yo seguí caminando, sin prisa ni temor, y me fijé que a mi lado, un metro más atrás, venía caminando un muchacho trigueño y delgado. Pullover azul oscuro, short claro. Sentí el peso de su vista y no pude evitar torcer mi cuello en varias ocasiones. Yo miraba atrás y desde atrás me arrinconaba su mirada. Ni me rebasaba ni se rezagaba.

Así de enredada era mi vida en ese entonces. Muy inconscientemente deseaba conocer chicos, pero estaba enclaustrado en un fundamentalismo religioso acérrimo. Lo más liberal que había logrado hacer fue burlar la culpa para tener sexo un par de veces con la misma persona. Aún no había besado a un hombre en la boca.

Así, como lo dije. Había tenido sexo en más de 30 ocasiones, pero al eyacular, emergía el mismo sentimiento de culpabilidad. A veces iba corriendo a bañarme y a arrancarme de la piel la inmundicia. Mis encuentros sexuales solo habían sido fruto de morbos ocasionales: miradas insistentes en una parada a deshora, roces eróticos en la clandestinidad de un transporte público. Jamás hasta este punto sabía lo que era querer a un hombre o desearlo como para repetir.

Finalmente en el Vedado rompió a llover. Apresuré el paso, y mi seguidor igualmente lo hizo. Luego corrí. Y, bueno, corrimos. El único sitio que encontré para guarecerme fue los exteriores de la Agencia de Viajes Cubatur, en las inmediaciones del Hotel Habana Libre. El único lugar que mi perseguidor encontró para escampar fue a mi lado, bajo el mismo techo. Allí pude detallarlo bien.

Reconozco que Adrián no era lindo que te estremeciera. Era agraciado. No tenía un par de ojos hechiceros ni una boca desorbitante. Sin embargo, todo estaba correcto, en su justa medida. Tres cosas me gustaron automáticamente de Adrián. Era flaco, y yo por los flacos empeño a mi madre. Tenía una nariz grande y fina, y con eso yo no juego.

En condiciones normales se supone que, luego de dos o tres cruces de miradas, ambos nos hemos reconocido y alguna que otra plática surge. Con suerte se consigue un número. Con un poco más de suerte se coordina movernos a un sitio oscuro o a un cuarto de alquiler. Pero el Manuel que estudiaba griego no estaba en condiciones normales.

Primero, no conocía muchos códigos de conquista y reconocimiento. Hasta este momento solo me era evidente que un hombre quería sexo cuando se amasaba la pinga y me miraba como brindándome merienda. También era obvio que habría sexo cuando, en la guagua apretada y convulsa, un chico acercaba su mano, y por los movimientos bruscos sobre los baches de La Habana, terminaba apretándome el rabo.

Ahí solo tenía que sumar que siempre daba cuatro. Pero Adrián manejaba códigos de flirteo más sofisticados y románticos.

Adrián me miraba a los ojos con respeto y luego trasladaba la mirada a un charco o a un perro, como avergonzado del choque con mis ojos. No había soberbia. Yo, que estaba adaptado al mirar invasivo e incitador, a que me vacilaran la pinga por arriba del pantalón y me la desearan, no entendía de sutilezas.

Adrián seguía con la vista a cada chico apuesto que entre la lluvia pasaba, y luego me miraba a mí. «¿Viste eso? Soy gay y quiero que lo sepas». Era la semántica de su performance. El pobre, tuvo que esforzarse bastante para hacerme entender. Poco a poco fui agarrando códigos en el aire, a pesar de que nunca se acomodó la pinga ni me miró la mía. Finalmente capturé la idea de que Adrián esperaba ser conquistado. Casi 20 minutos de silencio y tropiezo de miradas, bajo la insistente lluvia, fue el tiempo en que dilucidé torpemente hasta darle el primer «hola».

Tan poco formado estaba yo, que mi opening fue clásico y rústico. «Chico, te he estado mirando porque tu cara me suena… Yo creo que te conozco de algún lado».

Él esbozó su desconocimiento con las cejas, pero se mostró atento a la improvisación. Después de un aguacero de preguntas informativas, tuve la suerte de que el flaco era un año mayor que yo y había estudiado en la Lenin también. «¡Claro, de ahí es que tu cara me suena!». Una mentira. En los años en los que estudié en la vocacional, era complicadísimo conocer en tres cursos a los más de 1.000 estudiantes de tu mismo año.

¿De qué manera recordaría yo a Adrián entre tantos más? Por supuesto que yo recordaba personajes de años diferentes al mío. Mis conocidos representaban el 15 por ciento de la matrícula de los grados colindantes con el mío, pero casi todos eran de mi propio municipio. Fuera de ahí, 3 años después de egresado, de los que conocí me quedaba poca memoria.

La casualidad dio cobijo a la mentira, y gracias a ella pude justificar la familiaridad de ese diálogo. 20 o 30 minutos más fueron necesarios para ir al grano, tanto así, que cuando finalmente le pregunté si era gay, Adrián suspiró extenuado. «Chico, pensé que nunca me lo ibas a preguntar». Lo noté satisfecho de mi aletargado arribo. Supongo que ya estaba perdiendo la fe en que yo encontraría finalmente la calle.

Respiré aliviado y feliz. Casi una hora pasé con un miedo palpitante a descalabrarme, pero Adrián tenía finalmente mis mismas intenciones. Siempre las tuvo, pero yo andaba torpe. Empezó la salsa, pero no hervía. Era una salsa que se cocinaba a fuego lento. No había insinuaciones ni a la pinga ni al acto sexual.

Yo, adaptado a que la charla con un desconocido era la antesala al retozo, me sentía un poco descolocado. Pero le seguí la corriente. No te miento. Inicialmente sentí que todo fue en vano. Me había ido sin ni siquiera haberlo besado. Solo intercambiamos números..

Por aquellos meses no vivíamos todavía en la era de Whatsapp, por lo tanto un mensaje de texto era una carta preciada. Un timbrazo, un beso en la cara. Así le dimos seguimiento a la historia. La cosa tenía un matiz romántico que yo no había vivido con hombres.

Una semana después, me las ingenié para fugarme. Me tuve que esmerar en inventar un plan. Se lo despaché a amigos y familia. Cuando tú tienes las responsabilidades que tenía yo en la iglesia, tu tiempo y actividad están contabilizados, y de cierta forma vigilados. Todo el mundo se creyó el cuento de que mi alumno matancero de teología estaba de visita en La Habana. Y así me escapé a la playa.

Esta vez lo vi más bonito e interesante. Sonreía, orgulloso de mi huida. Solo puedo decir que tengo en la memoria esas horas como las más placenteras de aquellos años. Por primera vez acaricié a un hombre sin connotación sexual.

Claro que hubo erecciones y mamadas, apretaderas y leche vertida. Pero no fueron el cuerpo de la oración, fueron más bien el amén, el colofón de una tarde caribeña. También le di la mano en la arena. En una sola tarde en Guanabo, Adrián tachó de mi lista decenas de rutinas jamás realizadas por mí y un hombre. La playa fue testigo de mis más bellas primeras veces. Me lamenté no poder pasar la noche arropado con Adrián.

En mi regreso a casa, juré repetir la tarde. Y sí que la repetí. Tuve que postergar la estancia de mi alumno matancero en La Habana. Tuve que traer de Estados Unidos a un antiguo compañero de estudios. Tuve que quedarme sin carga en el teléfono para no ofrecer mis señas. Adrián mereció cada una de las peripecias fabulosas que escribí, cada uno de los miedos a delinquir que tragué. Lo único que no mereció Adrián fue mi inmadurez, y la toleró como solo lo podía hacer él.

Yo no sé si me enamoré, porque mis suplicios filosóficos manchaban toda la cosa. Solo sé que siempre quería verlo, caminar por la playa con él, repetir el sexo espectacular que habíamos tenido.

Yo besé por primera vez a un hombre en la boca de Adrián, coño. Yo me abracé a él mientras le contaba mi vida hipócrita de mierda, y él solo me pasaba la mano por el pelo. Sin juzgar. Me hacía reír y olvidarme del griego koiné y de la programación del próximo culto dominical. El día en que me sorprendí planificando alquilarme junto a él, me supe perdido. Supe que Adrián había entrado a una habitación de mi solar que ni yo sabía que existía.

Han pasado 9 novelescos años desde aquella noche lluviosa bajo el techo de Cubatur. Manuel no se casó con Adrián, ni siquiera pagaron juntos un alquiler. Manuel no tuvo garra para pasar de nivel, para asumir con Adrián una vida juntos. Manuel lloró como un niño asustadizo que sabe que no tiene temple para enfrentar sus miedos.

La última de las conversaciones fue una lira tristísima a dos manos. La mía declaraba, en métricas de arrepentimiento y cobardía, una resbaladiza despedida. Él, por su parte, rimó madurez y comprensión como todo un maestro. Lo lloré, pinga. Me lamenté de ser ese niño cobarde, verde para asumir aquel amor.

Sus palabras se quedaron como un decálogo: «Algún día te vas a dar cuenta que necesitas esto. Y entonces te vas a quitar de arriba el peso que estorba. Va a venir una persona con la que vas a vivir todo lo que quisiste vivir conmigo y no pudiste. Te entiendo y tranquilo, no pasa nada».

Y así fue, Adrián. Si este pájaro encontró cojones para quemar el clóset varios meses después de conocerte, fue gracias a ti. Vino, como me dijiste, un pájaro equis a mi vida. Ya yo estaba listo y lo asumí públicamente como lo que fue, mi novio.

Gracias por prepararme, por enseñarme que los hombres necesitan amar, ya sea a un hombre o a una mujer. Gracias por mostrarme que ningún miedo vale. Pero, sobre todo, gracias por entender que yo no estaba listo para ti. Por irte a ese lugar de mi memoria, donde descansas como el protagonista de mi primer noviazgo real, el autor intelectual de tanto vuelo libre y desmedido por un mundo que merecimos recorrer juntos. Que seas feliz, asere.

Comments (3)

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    Gerardo

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    Que bello relato. De verdad eres lo maximo.

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    Samuel

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    Este sin duda es unos de los mejores artículos que he leído en mucho tiempo. Gracias por compartir al estilo Manuel. Grande!

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    Ananda

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    Muchas gracias,me encantó 🥰

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