Personas trans: Cuando conseguir trabajo da más trabajo de lo normal


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Zulema, artista trans de El Mejunje (Fotos: María Lucía Expósito)

Lo que hizo este domingo Raulito Bazuk desde su perfil de Facebook tiene muy pocos precedentes en Cuba.

No es común encontrar a un dueño de restaurante, o de cualquier negocio privado, abierto a contratar personas trans. Más que abierto, interesado. Y él, en el anuncio que publicó, fue bastante claro: «me gustaría que, si conoces a alguien que sea trans y esté buscando trabajo, le digas que aquí hay una opción».

El desempleo es una de las dificultades más comunes a las que nos enfrentamos las personas trans. Anoche consultaba el informe sobre una encuesta de 2017 de la Oficina Nacional de Estadística e Información. Decía que en 2013 el 43% de las personas trans estaba buscando empleo. No creo que ese valor se haya movido mucho en los años siguientes.

Un trabajo más reciente que publicó Periodismo Situado, revela, por ejemplo, que de las 138 mujeres trans identificadas por la Red Transcuba de Cienfuegos, no llegan a 20 las que tienen un trabajo estable. Entre el 80 y 90 porciento de esas mujeres se dedican al trabajo sexual en medio de una pandemia que vino a precarizar, aun más, nuestras vidas ya precarias.

Esto no es resultado de predestinación alguna o del simple azar. Existe una estructura diseñada para sostener el orden cis-hetero-patriarcal y castigar a quienes lo amenacen. La discriminación por identidad de género hace vulnerables a las personas trans y provoca que el acceso a la educación, la salud, el placer, la recreación y el empleo, sea más difícil que para el resto de las personas.

Seamos realistas: a nadie agrada que lo discriminen o acosen, menos cuando el rechazo se ejerce de manera sistemática y estructural. No debe extrañar entonces que las personas trans nos aislemos, dejemos la escuela, no nos graduemos y, por tanto, tengamos problemas de inserción laboral.

Pero seamos aun más realistas: nadie quiere contratar personas trans, mucho menos para un negocio privado. Yo podría decir que Raulito es simplemente un tipo generoso, pero no. Además de generoso, es un tipo arriesgado.

Vivimos en una sociedad que, como parte de esos castigos del s(c)istema, ha infundido pánicos morales sobre las disidencias sexuales y ha hecho que nuestros cuerpos sean leídos como deficientes, raros, descartables. Cuerpos que deslucen. Lo problemático es que muchas de nosotras lo hemos internalizado en algún momento de nuestras vidas y acabamos creyéndolo. Y eso probablemente no lo sabe Raulito, ni tantos otros, y por eso él dice, casi en tono de asombro, que en los tantos años que lleva trabajando en Cuba y manejando solicitudes de trabajo, nunca ha recibido ninguna de una persona trans.

Cuando eres una persona sobre la que han volcado todo tipo de estigmas y prejuicios, sobre la que dicen que su cuerpo es abyecto, despreciable, que afea entornos, sabes que hay lugares que no son para ti, que allí es mejor no buscar nada. Te ahorras que en algún momento te despidan porque tu presencia incomode y genere conflictos con algún compañero de trabajo o con un cliente.

El mismo informe de 2017 revela que más de un tercio de la población cisgénero encuestada (41,9% de los hombres y 33% de las mujeres) opinaban que las personas transgénero no podíamos desempeñar cualquier trabajo. Algo más de la mitad no aprobaban que se nos permitiera impartir clases en una escuela (62 % de los hombres y 54,6% de las mujeres). El 34,1% de los hombres y casi una de cada 5 mujeres (21,5%) no admitían atenderse por un profesional de la salud que fuera travesti o transexual. Uno de cada 4 hombres (29,2%) y el 13,5% de las mujeres ni siquiera aceptarían recibir servicios generales de una persona trans.

A buen emprendedor, con estas razones bastan.

Cuando eres una persona trans, estás más consciente de estas cosas, aunque no domines necesariamente las estadísticas. Lo sabes y te ahorras molestias simplemente con no tocar algunas puertas.

Hace pocos días, Yeilis María Ríos Miranda, una muchacha trans de Santiago de Cuba radicada en La Habana, hizo pública en su perfil de Facebook la queja que envió por Messenger a Malú Cano, coordinadora nacional de la Red Transcuba.

El bar en el que Yeilis trabajaba desde hacía 4 años, cerró debido a la covid-19. Ella dice que está pasando por momentos duros. Contó que, al acercarse a la unidad territorial de trabajo en busca de oferta laboral, la funcionaria a cargo le dijo que, lo que podía ofertarle a una persona como ella, a pesar de tener títulos de doce grado y universitario, era limpiar los pisos de un hospital. Ante la réplica por el carácter discriminatorio de la oferta, la mandó a que se buscara un trabajo por sus propios medios. «Y para qué decirte si debes tener una idea de lo que es una chica trans tocando puertas en centros de trabajo», enfatizó Yeilis a la coordinadora de Transcuba en su mensaje.

Hace un año yo también fui despedida del centro católico donde trabajaba. Desde entonces no he conseguido un trabajo estable. He tocado puertas. Algunas, al saber que se trata de «una persona como yo», ni siquiera se han entreabierto.

Una amiga a la que comentaba estas cosas, me decía que no era conmigo, sino que conseguir trabajo estaba siendo difícil para todo el mundo. No niego que lo esté siendo, y más en estos momentos, en pleno proceso de (des)ordenamiento monetario, de aumento de los contagios por covid-19 y cuando el gobierno ha anunciado el despido de más de 300 mil trabajadores de empresas «no rentables». No niego que lo esté siendo. Solo apunto que, cuando eres trans, es el triple de difícil conseguirlo.

Pienso en mis amigos Aaron y Jan, hombres trans, que han conseguido puestos en el sector privado y luego se los han negado al mostrar su carnet de identidad. Más difícil aun cuando eres una mujer trans, negra y migrante, como Yeilis, la muchacha de Santiago.

Pienso en Jessica, una amiga, también de Santiago, que está terminando la universidad, y en el miedo que ella tenía de vernos una noche que estaba de paso por La Habana, miedo a la policía. «Es que yo fui prostituta y los policías nos ven y nos montan, aunque no nos cojan en nada y más de noche, solo por ser trans, ¿aquí no? Allá en Santiago sí», me dijo por teléfono.

Pienso también en Yenifer León, la que falleció en Moscú y cuyas cenizas descansan todavía en el consulado cubano de ese país, porque para el cónsul no es un asunto de urgencia entregárselas a su familia. A fin de cuentas, no era más que otra vida sin importancia de esas que ya mencioné: mujer trans, negra, migrante, trabajadora sexual, seropositiva, en un país como Rusia. Una menos.

No se trata de una competencia sobre quién tiene más opresiones. Se trata de reconocer que quienes más vectores de opresión carguen sobre sí, como pueden ser el género, la identidad de género, la orientación sexual, la nacionalidad, la religión, peor la va a pasar. Cuando no eres parte de un grupo históricamente excluido y discriminado, no tienes la vida resuelta, pero tienes menos dificultades para acceder incluso a derechos que son universales, gratuitos y protegidos por leyes.

Las acciones afirmativas, como la de Raulito Bazuk, no resuelven un problema que es estructural, pero ayudan a amortiguar esas dificultades añadidas. Hay, al menos, una persona trans con una oportunidad más.

Ojalá llegue el momento en que no sea necesaria una iniciativa para incluirnos, sino que sea parte de una nueva normalidad, y que, mientras tanto, acciones de como la de Bazuk no sean vistas como una inclusión forzada o una ventaja sobre los demás. Quien lo ve así, mira desde una zona de privilegio.

Seamos realistas una vez más: la única ventaja que pudiéramos tener las personas trans en estos tiempos que corren, es que estamos bien entrenadas. A fin de cuentas, siempre hemos vivido en pandemia.

 

Mel Herrera

Mel Herrera

Escritora y activista

Comments (1)

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    Andy Aquino

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    Hola Mel, envíame una dirección de e-mail para mandarte algunos criterios sobre lo que expones.
    Saludos,
    Andy Aquino Agüero

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