Pajas públicamente privadas: La masturbación grupal masculina como se la hacen en Cuba


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(Ilustraciones: Alejandro Cañer)

Casi a diario me masturbo. Es diferente al sexo, a la penetración en sí. Y no, no lo sustituye, no es «pollo por pescado». El orgasmo alcanza otra dimensión.

Ahora imaginen esas palpitaciones carnales multiplicadas por 10. Imaginen a 10 adolescentes haciendo lo mismo, a la vez, en un cubículo cerca de la medianoche. A veintipico de hombres en una «potajera» de la periferia. A 5 zangaletones atrincherados tras unos árboles, a las 4 de la tarde, a pocos metros de la Universidad de la Habana o la calle 23.

La masturbación deja entonces de ser propiedad privada. Se convierte en la democracia de la leche.

Las pajas grupales o «jack off» (club de pajas) no es una actividad nueva ni desconocida, pero tampoco es muy usual. Desde hace unas décadas en varias partes del mundo existen este tipo de sitios. Según un artículo del diario El País, son una especie de hermandad fálica donde no se busca sexo sino la conexión física y espiritual entre hombres, heteros o no.

En los Estados Unidos se conocen al menos 18 de estos lugares, en Australia solo 2, y en Canadá apenas 1, lo mismo que en España.

En el club madrileño «Pajas Entre Colegas», cada evento dura unas 3 horas. Un garito con capacidad hasta para 70 «masturbeitors». El cliente, reclinado en un amplio sillón, con una música suave, tal vez jazz, luz tenue alrededor y pantallas gigantes con imágenes de hombres masturbándose, puede repetir cuantas veces quiera. Entre orgasmo y orgasmo, se charla con desconocidos como si fueran viejos amigo.

Érase una vez la cosquilla inédita

En Cuba el pitcheo es diferente. La hipersexualizacion del cubano no tiene sindicato ni clubes para pajuzos. El erotismo nos comienza a fecundar antes de los 15 años. Pero ya desde los 10, los machitos y las hembritas se descubren el centro de la Tierra.

Botarse una paja es tal vez uno de los actos más primitivos y funcionales del ser humano. Como necesidad o conducta sexual, puede entenderse como un evento privado y solitario, pero la experiencia a veces dice otra cosa.

«La primera ocasión que vi una paja grupal, fue en el mismo décimo grado. Alguien llevaba un pequeño un DVD a la escuela, escondido, y en la noche se ponía en el cubículo. Éramos alrededor de 10 varones y cada uno lo hacía desde su cama», comenta un joven gay que no llega a los 30 años.

«Eso se repitió durante mucho tiempo y nunca hubo o vi ningún erotismo de tipo homosexual. En duodécimo grado, en el cubículo en el que dormía, de los 10 varones, hoy somos 8 los homosexuales declarados, y también se hacía».

Cuenta que esas pajas grupales venían acompañadas por la percepción de que el otro, se masturbaba al igual que uno, sin comparaciones ni razones de más: «Había expresiones homosexuales referentes al tamaño y la forma de cada rabo. Hubo momentos en que se coordinaban varios de los muchachos para venirse juntos. Nunca lo hice. Tenía mucha represión homosexual».

En mi caso solo vi una de estas pajas grupales durante mi tiempo becado. Yo era un «fiñecito» del Vedado entrando a décimo grado en el prenuversitario «Héroes de Varsovia».

Una tarde fui al baño del albergue y había una manada de 10 estudiantes a medio uniformar. Era claramente una competencia entre pajuzos imberbes. Uno de ellos sostenía una revista porno con una mano y con la otra la hojeaba para los contrincantes.

La hermandad fálica era silenciosa y sincera. Según supe después, el ganador fue un estudiante que se componía de cabeza, extremidades y pinga. El resultado de la competición se regó entre el albergue de las niñas.

El respeto a la paja ajena

«Uno de los muchachos del cubículo salía al pasillo con un taquilla como batería. Era una especie de promotor que hablaba temas sexuales en cualquier lugar de la escuela», cuenta otro ex estudiante que prefirió el anonimato.

«Entonces iba de aquí para allá por el pasillo del cubículo diciendo: “!Vamos a hacernos un pajón!”. Una de esas noches nos hicimos la primera paja en grupo», recuerda.

Para ese entonces los dispositivos móviles ya eran rutina en la sociedad cubana y aunque no había internet, existía el Zapya, una opción para enviar imágenes a teléfonos cercanos.

«A veces nos poníamos de acuerdo para ver la misma porno, sobre todo alguna porno nueva, que por supuesto, estimulaba el acto», continúa relatando.

«Había algunos que se tapaban, pero otros no. Nunca tuve vergüenza de aquello. Me daba una especie de tranquilidad. No es lo mismo ir al baño a hacerte una paja y alguien te descubra y venga el chucho. Entonces estás ahí, en grupo cerrado», dice.

«Nadie se sentía incómodo con la situación. Había uno que otro reservado, pero al menos, delante de mí, no hubo tocamiento entre nadie. La base del respeto a la paja ajena, aunque fuera grupal, era lo más importante», explica.

El secreto, por supuesto, no duró mucho: «Hubo madres que llegaron a saberlo. Al final eran pajas públicamente privadas».

El fracaso nunca sale en el porno

En la dinámica callejera de los lugares de encuentro gay, el asunto es otro. Ahí convergen todas las formas posibles de un sexo rápido, de hojarasca, sin compromiso, donde asisten tanto heteros como pájaros.

«En esos lugares no son comunes las pajas grupales. Lo que más existe es la masturbación y el sexo oral, pero privada. La masturbación grupal y la penetración no suelen estar a la orden del día», analiza Manuel de la Cruz, periodista de Tremenda Nota que ha escrito sobre las denominadas «potajeras» de La Habana.

«Para que funcione la paja grupal en este tipo de sitios, es determinante el hecho de que haya un hombre con la pinga más grande en ese espacio-tiempo. Entonces se le acerca otro a pajearse. Si hay esa visualidad, esa interacción entre ambos, es posible que se sumen otros. El resto, es historia», concluye.

Ahora bien, el «Exhibicionismo Público» es toda una figura delictiva que puede ser sancionada, según el Código Penal vigente. Los masturbadores públicos, conocidos como «tiradores», son en su mayoría hombres mayores de 40 años, heterosexuales o bisexuales que forman parte del paisaje capitalino desde mucho tiempo, sobre todo en áreas donde estudian o trabajan mujeres jóvenes.

«En apariencia, son criaturas inofensivas», dice Susana, una joven universitaria. «Los he visto sentados en los bancos del Parque G frente a la Alianza Francesa. A veces me parecen personas que tienen relaciones de pareja, pero por alguna razón les satisface salir a la calle y pajearse. Los he visto en soledad, pero también en grupo».

Susana, lo mismo que otras estudiantes consultadas, no tiene conocimiento de que haya mujeres que se masturben en colectivo.

«Sí se suele compartir la experiencia de forma verbal cuando al acto se le agrega algún juguete nuevo o lo que se te ocurra. No quiero caer en doctrinas, pero la masturbación siempre ha estado ligada al patriarcado. Las pajas grupales pueden ser tan viejas como la misma procreación».

Comments (1)

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    Jesus Gabriel

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    Excelente escrito te hace recordar nuestras adolescencia

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