«Nosotras armamos esto»: El 11 de julio es un cuento adolescente


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(Ilustraciones: Polari)

El domingo 11 de julio salí a la calle porque me di cuenta de muchas cosas. Me cansé de ver cómo vivo, cómo vive mi padre. No puedo mentirme. No sé de qué manera él sigue defendiendo esto. Y no puede saber nunca que también salí a la calle por ella.

Solo tengo una amiga a la que confesé que me gustan las mujeres y no me dejó de hablar. Ese día también se desahogó preguntándome si yo creía que ella era puta. Me dijo que había hecho tríos y una vez dejó que la grabaran.

Al frente de mi casa vive ella. A veces no sé si vive, solo me percato de su presencia cuando sale al balcón. Es mayor que yo, quizás podría doblar mi edad. Hace meses que tiene una y hasta dos patrullas de policía en los bajos de su casa, no la dejan salir a nada. Mi padre dice que es contrarrevolucionaria. No sabía exactamente qué cosa era ser contrarrevolucionaria. ¿Cómo alguien tan bonita, con ese cuerpo, con ese pelo, puede ser, como dice mi padre, un «desafecto» de la Revolución?

¿Sabes lo que entiendo yo por contrarrevolución? En los primeros días de julio a mi madre le dio un ataque y hubo que llevarla al hospital. Mi padre llamó y le dijeron que debíamos esperar por la ambulancia. En ese momento no había ninguna disponible y yo entré en pánico. Mi padre trabaja para el Estado, pero no tiene carro y todos sus amigos estaban reunidos por lo de la Covid.

Salí a la calle a parar cualquier cosa. Mi madre no podía morirse porque no hubiera en qué trasladarla. Vi una patrulla en el mismo lugar de siempre. El policía estaba durmiendo en su asiento con las manos puestas en el timón. ¿Mi padre no dice que la policía cubana está para cuidar al pueblo? Fui, me le paré delante de la puerta, le dije «oficial» y se incorporó. Del susto apretó un botón y encendió la sirena.

Le expliqué, le rogué, casi me arrodillo diciéndole que a mi madre le había dado algo, que estaba muy mal y había que llevarla al hospital, pero no había en qué. Su respuesta fue un palo por la cara, como dice uno de mis amiguitos: «¿Y qué tu quieres que yo haga? Yo no me puedo mover de aquí. Estoy cumpliendo con una orden de la Revolución».

Me puse chiquitica y le repetí lo que mi padre, orgulloso, siempre dice de mi madre: «Ella estudió en la Unión Soviética y es ingeniera hidráulica gracias a la Revolución». Y seguí explicándole: «Cada tarea que le ha asignado este país, la ha cumplido a cabalidad, pero ahora está enferma y la Revolución, lo menos que debe hacer, es llevarla en lo que sea al hospital».

El policía repetía lo mismo una y otra vez y señalaba para el balcón donde vive ella. Yo empecé a alzar la voz y aquel hombre se bajó del auto y se me paró delante con su bastón en una mano. Yo no lo escuchaba, no quería saber de ninguna justificación. «Mire ciudadana», me decía, con el barrio afuera viendo el espectáculo, «yo no puedo montar a su familiar porque si esa mujer que está allá arriba se me fuga, a mí me sancionan y puedo ir hasta preso. Espere la ambulancia, si no…».

Ese fue el límite de mi paciencia. No sé de dónde saqué esa guapería porque yo no soy así. Le grité una pila de cosas y hasta le di un manotazo al carro. El policía hizo como para meterme presa y me puse peor. En ese momento ella, que estaba asomada a mi discusión, le gritó desde su balcón al policía que dejara el abuso conmigo, que era una menor de edad, que eso una violación de los derechos humanos. Yo miré hacia arriba. La vi defendiéndome y juro que me estremecí. ¿Cómo podía excitarme cuando no sabía si mi madre se estaba muriendo o no?

Mi mamá había debutado con diabetes. Un amigo de la muchacha «contrarrevolucionaria» salió y nos llevó al hospital. Incluso las cuatro horas que demoró todo aquello. En medio del corre corre mi padre no me preguntó de dónde había salido ese compañero. Solo se mostró agradecido por haber caído del cielo. Si le decía que era amigo de la que dice él es contrarrevolucionaria, ahí mismo me formaba un escándalo.

Al día siguiente quería ver a mi vecina y darle las gracias por lo que había hecho. Pensé, incluso, en subir a su casa, aunque estuviera la patrulla ahí de nuevo. Me llené de valor y me puse mi mejor vestido. Le dije a mi padre que iba a dar una vuelta, a veces lo hago con tal de salir este encierro. Cuando salí de la casa vi cómo dos policías mujeres la sacaban a la fuerza de la entrada de su edificio.

Ella no intentaba zafarse, le decía a las mujeres que no había necesidad de empujarla, pero una de ellas la agarró por el pelo y la lanzó al carro. Cuando arrancó la patrulla, me vio parada, inmóvil, sin saber qué hacer en medio de la calle. Me saludó con la mano. Estaba llorando, y yo también.

Le dije a mi padre que me había sentido mal de repente y me tranqué en el cuarto a llorar. Sentí que era culpable de aquello, tal vez se la habían llevado por ayudarme el día anterior. Pensé en que al final sí era una contrarrevolucionaria y que mi padre tenía razón. Estaba muy confundida.

Mi familia siempre ha dicho que lo que tenemos es gracias a la Revolución, pero en la calle dicen que la verdad está en las redes sociales. A la muchacha que creo que me gusta, de la que no sé ni su nombre, la arrastran por pensar diferente, por pensar que la Revolución es un error, como dice mi padre que piensa ese tipo de personas. Y yo sin poder hacer nada.

No sé cómo pasé del llanto a imaginarme en casa de mi vecina. Nunca he tenido relaciones sexuales con una mujer. Ella me recibía toda de negro y mi vestido dejaba ver los pezones erizados. Ella no decía nada y yo estaba muy nerviosa. Me quitó el vestido. Me llevó hasta la entrada del balcón. En la calle no había nadie y empezó a tocarme mientras me decía cosas al oído. Una hora después, cuando tenía toda la sábana de la cama mojada y me había revolcado en ella, mi padre llamó a la puerta para que fuera comer.

A mi vecina no la volví a ver en días. Las cosas se estaban poniendo más feas todavía. Los casos positivos al coronavirus eran miles y la cantidad de muertos asustaba. La gente no paraba de pedir ayuda en las redes para la ciudad de Matanzas. No había medicinas, todo estaba carísimo. No había nada en ningún lado. Mi padre casi no paraba en la casa. Yo estaba loca porque empezaran las clases y mi madre intentaba adaptarse a su enfermedad. Ahora era gorda y diabética.

Cuando por fin me encontré con mi vecina, yo caminaba toda desgreñada. Me saludó desde su balcón y preguntó por mi mamá. La patrulla estaba de nuevo ahí y un policía, otro, me miró como queriéndose meter conmigo. «Un día, cuando no estén ellos», me gritó tocándose la trenza, «subes y tomamos algo». Yo me agité cuando la escuché, pensé que no era conmigo. «Sí, sí, contigo muchacha». Le sonreí.

Estuve un día entero preguntando por ella a la gente del barrio. A unas pocas en específico, porque mi padre no se podía enterar que andaba queriendo saber de ella. Un muchachito algo más grande que yo, uno que siempre está arriba de las redes, me dijo que se llama Maité Sandoval, tiene 33 años y es ingeniera informática. Desde hacía varios meses era vigilada por la Seguridad del Estado. No podía salir de su casa ni recibir visitas sino eran autorizadas por los agentes. «Reclusión domiciliaria», dijo.

Además de eso, recibía amenazas de todo tipo y podían llevársela a la fuerza cuando ellos quisieran. «A veces quisiera ayudarla, pero sé perfectamente que quien se acerque a ella, lo ponen en una lista de contrarrevolucionarios», me dijo el muchacho. Entonces empecé a seguirla en las redes y a leer sus denuncias. Nunca antes me había dado cuenta de ese tipo de cosas que estaban pasando a mi alrededor.

A mí no tenía por qué afectarme eso. Yo tenía la vida resuelta a pesar de cómo estaban las cosas. Mi padre consigue todo lo que necesitamos, de vez en cuando nos damos ciertos lujos «gracias a la Revolución», como dice él. Pero yo había visto cómo se la llevaban casi arrastrándola, por mi culpa. Mi padre y mi madre no están de acuerdo con muchas cosas que pasan en Cuba. He visto a ambos, por teléfono con compañeros de trabajo, hablando bajito y mal del presidente.

Mientras, yo tenía ganas de estar con esa muchacha, aunque solo fuera para conversar. A lo mejor yo no le gustaba, a lo mejor a ella no le gustaban las mujeres, pero no me importaba. Algo tenía que hacer. Meterme con el policía para que me dejara subir. Inventarle un cuento. Darle un número de teléfono. No sé. Algo.

El domingo 11 de julio me desperté como a las 10 de la mañana. Duermo hasta esa hora casi todos los días desde que suspendieron el curso escolar hace más de un año. Yo andaba más pendiente de mi Facebook a ver si salía algo sobre Maité, pero comenzaron a aparecer videos de una manifestación en un pueblo cerca de La Habana. Nunca había visto eso. Una pila de gente en la calle, la policía también en la calle. La conexión estaba muy mala, a veces pasa y uno no sabe por qué. Desayuné, salí a buscar el pan y vi cuatro patrullas bajo el balcón cerrado de la mujer que creo que me gusta. Nunca había habido tantas.

Varios amigos me llamaron para decirme que la gente se había tirado para la calle en algunos lugares cerca de mi casa. La policía, a todas estas, repartiendo golpes a todo el mundo. Me dijeron que ellos también iban a salir, que eso estaba riquísimo y no se lo querían perder.

Yo no sabía qué hacer, pero en mi casa no me podía quedar. En esas cuatro paredes las cosas seguían como si nada. Mi papá veía el noticiero y mi mamá su novela turca. Me puse mi mejor vestido, cogí un nasobuco nuevo y, antes de salir de la casa, fui hasta el minibar y me di un buche largo de la primera botella que vi. Nunca antes había tomado ron. Me supo malísimo. Tenía el estómago caliente y eso me dio más fuerzas para salir a la calle. Me puse el nasobuco bien pegado a la boca para que no me olieran el ron. Dije que iba a casa de una amiguita.

No sabía qué hacer. No había conexión otra vez. Llamé a un amigo con *99 y me dijo dónde estaba. «Espérame allí, no te muevas», le dije. Pasé por debajo del balcón de Maité y seguía cerrado, con las mismas patrullas. El mismo policía se volvió a meter conmigo. Podía decirle algo para que me dejara subir, pero quería ver a la gente tirándose a la calle. Caminé como cinco cuadras hasta la avenida y vi un montón de gente en medio de la calle con las manos levantadas. Otras estaban grabando lo que pasaba. De un momento a otro comenzaron a caminar para arriba de los policías.

A mí nadie me lo contó. La policía empezó a darle golpes por gusto a los que se acercaban más y la gente se mandó a correr. Había algunos tirando piedras. Hasta un tiro escuché. Yo me metí en la multitud a gritar también, y grité «Libertad», y grité «No más represión», y grité «Quiten las tiendas MLC».

Yo necesitaba otro buche de valentía del ron de mi padre. Las piedras me pasaban por encima de la cabeza y vi gente con sangre en la cara. Se me salieron las lágrimas y aunque no conocía a nadie, jamás me había sentido más segura, ¿qué ilógico, no?

Me acordé de Maité siempre. Si no fuera por la vigilancia que le tienen puesta, ella hubiera estado conmigo. Comencé a gritar «Libertad para Maité Sandoval» y sentí un cosquilleo en el estómago, muy cerca de la vagina, y casi me desvanezco. Seguí gritando y me perdí. Ya no supe más nada hasta que me desperté con una herida en la frente.

Un policía soltó un tonfazo que me desmayó. Tenía el vestido roto y andaba sin nasobuco. Estaba en un calabozo. Salí de allí para esperar un juicio por no sé qué delito. Desde ese día mi papá no me habla. Dice que solo tengo 16 años. Que soy muy joven para andar de «contrarrevolucionaria».

La policía sigue bajo el balcón de Maité. Voy a escalarlo un día. Tengo que verla de cerca. Ella tiene que verme de cerca. La manifestación la organizamos nosotras telepáticamente. Voy a decir en el juicio lo que siento por ella. Si no puedo decírselo a ella, que se entere la autoridad y se lo notifique. Nosotras armamos esto.

Comments (1)

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    Frank Padrón

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    Excelente y sutil manera de vincular una experiencia erótica a una social desde una perspectiva LGTBIQ adolescente. También a partir del 11J saldrá, está brotando ya una nueva literatura. Al menos eso.

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