Músico o abusador, ¿qué poner en el obituario de José Luis Cortés?


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La cantante Migdalia Echeverría junto a José Luis Cortés en Barcelona, 2013 (Foto: Internet)

Este 18 de abril murió José Luis Cortés «El Tosco», un músico ampliamente reconocido en por su aporte a la cultura cubana. Muy «reconocido», además, por haber maltratado a varias de sus parejas y compañeras de trabajo.

Cortés fue denunciado en 2019 por la cantante cubana Dianelys Alfonso, «La Diosa de Cuba», y pareció que comenzaba el #MeToo en La Habana.

En su perfil oficial de Facebook, la plataforma feminista YoSíTeCreo en Cuba, declaró sobre la muerte del músico que «no se trata de desconocer» su significación cultural, «ni de desconocer o no comprender el dolor de sus familiares, personas allegadas y seguidores».

El grupo consideró que la muerte de Cortés desató una «magnificación mediática e institucional», acompañada por la «polarización política» y una «casi beatificación» que olvidan una vez más a las mujeres víctimas del músico.  

«A todas ellas les decimos: Yo Sí Te Creo, Hermana», dijo la plataforma.  

Hace algún tiempo se publicó en esta revista un texto  dedicado a la controversia, siempre vigente, de separar de sus obras artísticas a creadores reconocidos por ejercer diferentes tipos de violencia.

Explicaba en el texto que, para mí, nunca es justo renunciar a una pieza de valor. Hoy me planteo algunas preguntas diferentes, pero no contrapuestas.

¿Está bien alegrarse de la muerte de una persona, aunque sea un maltratador? ¿Es la muerte un castigo suficiente para quien en vida torturó a varias personas? ¿Deja alguien de ser maltratador porque se muera?

No tengo respuestas exactas para cada una de estas preguntas, solo tengo claro que no se deja de ser un maltratador por haber muerto. El resto de las variables pueden cambiar de acuerdo a la perspectiva de quien analice la situación.

En 2014, la francesa Jaqueline Sauvage fue condenada a 10 años de prisión tras haber asesinado a su esposo Norbert Marot. Sauvage había sido abusada junto a sus hijas por más de 47 años, sufriendo no solo golpizas sino presenciando violaciones y palizas por décadas.

Como suele suceder en casos de violencia de género, ninguna de las víctimas se atrevió a denunciar por miedo a represalias. A pesar de que varios vecinos atestiguaron sobre los abusos cometidos por Marot, no fue hasta 2016 que Jacqueline pudo ser indultada.

Sin embargo, en el caso de José Luis Cortés todavía se niega el abuso por parte de muchos fanáticos, quienes exigen pruebas y el veredicto de un tribunal para condenarlo.

En Cuba no existen ni leyes, ni tribunales, ni siquiera delitos específicos para la violencia de género, menos si hablamos de un artista con un fuerte respaldo político fuerte,  seguidor de un régimen que es también falocéntrico.

Vivimos bajo un sistema tan tanatofóbico que la muerte es el castigo máximo y el asesinato el mayor crimen. Siempre se va a castigar a quien tome la justicia por manos propias. Quien sea que muera, es siempre víctima y merece respeto, sin importar nada más.

«Odiar recta y virtuosamente es un acto de caridad», escribió Santo Tomás de Aquino, explicando que no existe pecado en desear la muerte de alguien que perjudica a colectividad.

Sin embargo, el acto de morir parece una especie de filtro moral que perdona todos los pecados cometidos, sin tomar en cuenta algo que exponía magistralmente un usuario de Facebook: Cortés murió, pero sus víctimas viven.

Desde la psicología, abiertamente conservadora en muchos sentidos, la muerte de un maltratador puede ser motivo de alivio, de tristeza justificada, de vacío, pero nunca de alegría. Y es que se asocia más a la liberación de una carga o amenaza que a la sensación de justicia.

En un sistema donde el terapeuta se debería asignar casi desde el nacimiento mismo a cada persona, donde los conflictos se barren bajo el tapete todo el tiempo, la muerte es el tema nunca mencionado.

Romper con los silencios, con las disculpas y el respeto que por años han justificados abusos, violaciones y delitos de todo tipo, es una necesidad urgente. Poder decir, sin miedo a la censura pública, que «El Tosco» fue un gran músico y un gran abusador.

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