Mis hermanas son las malqueridas


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(Foto: María Lucía Expósito)

El término feminismo, como casi todo término que se refiera a sujetes de la subalternidad, fue asumido desde lo peyorativo. Se utilizó por primera vez para referirse a uno de los síntomas que sufrían los hombres aquejados de tuberculosis: la debilidad asociada a lo femenino.

Mucho tiempo después fue asumida con efecto boomerang por el movimiento liberal femenino que luchaba por derechos básicos.

No es ni remotamente el primer término peyorativo en ser asumido por el activismo. Palabras como «maricón», «tortillera», «gay», han sido sacudidas de los discursos de odio para incorporarse al lenguaje común de comunidades oprimidas. Como muchos otros términos, fue elegido de una larga lista de palabras peyorativas con el mismo significado, sembrando unas cuantas preguntas.

¿Quién decidió sobre la utilización del término? ¿Quién nombró feminismo a las luchas por los derechos de las mujeres? ¿Quién definió por quién se luchaba?

Cualquier persona con acceso a Wikipedia podría decirme algo tan sencillo como que la primera en utilizar el término fue la sufragista francesa Hubertine Auclert, pero ella solo lo incluyó en sus discursos políticos.

Se necesitan un montón de variables para que un término sea asumido por un movimiento social, más que la sola utilización del mismo por parte de una de sus figuras. Tampoco existe total certeza de que Auclert fuera la primera.

Lo que sí podemos afirmar es que el término viene de un tipo de movimiento muy específico: el feminismo sufragista, cuya característica principal era su composición exclusiva de mujeres de clase alta y media.

Para las sufragistas era totalmente normal mirar el mundo desde sus privilegios, sin considerar otras mujeres que no fueran de su clase. Lo curioso es que 100 años después los movimientos por la liberación femenina sigamos reproduciendo estos patrones.

Marta Cabrera, en su artículo «Transfeminismo, decolonialidad y el asunto del conocimiento: algunas inflexiones de los feminismos disidentes contemporáneos», expone que los feminismos más actuales no solo se cuestionan la universalidad del sujeto moderno (hombre, blanco, heterosexual, burgués), sino también la existencia de un sujeto femenino único (mujer blanca heterosexual, occidental y clase media alta).

Yo sumaría que, además, se preguntan todo el tiempo cuáles son los sujetos políticos de los feminismos.

Hace poco, la escritora Mel Herrera, publicó un artículo relacionado con la percepción del mito del amor romántico desde la subalternidad. En el texto, explicaba cómo, durante su infancia, soñaba que era una niña cisgénero y blanca, porque eran ellas las protagonistas de las historias de amor a lo Disney.

Con los feminismos yo he encontrado mi propio mito romántico.

Los feminismos liberales han nombrado, con fuerte influencia colonial, las luchas de distintos colectivos femeninos. Han definido por quiénes se lucha y cómo se lucha. Han enunciado los derechos por los que debemos marchar.

Sin dudas han sido aportes importantes, pero han dejado un montón de cuestiones significativas para un sinfín de mujeres no blancas, no cisgénero, no clase alta, fuera de las luchas o con luchas alternativas.

Por mucho tiempo escuché que las feministas eran mujeres lesbianas que luchaban por «la muerte del pene». Pasaron años antes de que descubriera que las mujeres lesbianas también hemos sido relegadas he invisibilizadas dentro de los movimientos feministas, y que había alternativas múltiples que se acercaban más a lo que políticamente yo buscaba: una lucha por la equidad de sujetas que hemos sido relegadas.

No es mi intención equiparar mi situación a la vulnerabilidad con las que sobreviven las mujeres trans, por ejemplo, pero sin dudas yo tampoco me siento identificada con feminismos que ponen al útero y a la menstruación como características del concepto de mujer.

Yo soy muchas cosas más que portadora de un útero y un cuerpo menstruante. De hecho, afirmo que son estas, probablemente, las únicas características que no me definen como mujer.

Creo que las cuestiones que no se han nombrado a lo largo de la historia, como la menstruación, deben ser tratadas y visibilizadas, pero nunca como categorías definitorias del concepto de mujer y menos como centro de la lucha feminista.

Pensar que a todos los cuerpos menstruantes nos interesa reconciliarnos con nosotres y que esa es la prioridad, es tener una conciencia de clase nula, principalmente en un país donde el acceso a recursos básicos de higiene menstrual es tan precario, donde la preocupación primera de las clases bajas está asociada a necesidades más primarias y donde los sujetos políticos de las luchas feministas somos invisibilizados y tenemos puntos medulares sin resolver como el creciente número de feminicidios o la ausencia de programas eficaces que trabajen por la equidad.

Confundir la lucha feminista con la idea de eliminación del pene, es un error extraordinario, principalmente porque toca puntos esencialistas contra los que se han luchado por años.

No sé en qué momento algunos feminismos pasaron de luchar para que no se redujera a las sujetas femeninas a una vagina y comenzaron a definir que solo las mujeres tenemos útero y que solo los hombres tienen pene.

Con todo esto siento algo parecido a lo que narraba Mel Herrera en su artículo: las niñas blancas, cisgénero y heteronormadas marcaron por lo que debemos luchar.

Nosotras, las malqueridas, debemos acoplarnos a la sororidad y a no dividir la lucha, solo debemos luchar contra el patriarcado. Debemos callarnos cuando criticamos a nuestras hermanas. Pero, ¿quiénes son mis hermanas?

Definitivamente la pirámide de la opresión marca con quienes debo marchar: con las putas, con las negras, con las pobres, con las que como yo aman a los hombres de sus vidas, las que viven en pecado, las que abortan, las trans.

Mis hermanas son las que, como yo, no son princesas. Mis hermanas son las otras.

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