Migrar por dentro: tres mujeres en tierra de nadie


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Una cubana, una haitiana y una venezolana llegaron a Chile con la ilusión de vivir en el oasis latinoamericano. Sin embargo, el estallido social en el país de acogida las iguala como migrantes, da igual de donde vengan. Unas hablan, la otra calla; las tres migran por dentro.

Ahora mismo en Santiago una venezolana vende máscaras para aguantar la lacrimógena que sale de manos del paco y estalla entre los cabros; diecitantos años, uno por uno, los cabros que no vivieron la dictadura de Pinochet ni les importa que un gobierno ahogue con balines los ojos de su generación ni que unos padres y unos abuelos que no se les parecen, teman otro 73 en Chile. A los cabros de primera línea la dictadura les queda más lejos que Coyhaique

Empezaron por evadir el pago del metro que encontraron construido, y no les era difícil de(con)struir. Los cabros empezaron cansados la fiesta que sus padres concluían para ellos. No han dejado pared desnuda en el centro protegido por el Cerro Santa Lucía ni entre los dos países que se abren a los lados de Plaza Italia. Hay que verlos con las narices y bocas tapadas armando barricadas, vendiendo carteles estampados sobre ropas, resistiendo. Y pienso en lo cómodo que es hablar de ellos desde una habitación todo confort, en Austin o frente a sus narices tapadas bajo la pesadez crepitante de la lacrimógena.

 Extranjera, no hables de lo que no has entendido ni podrás entender en seis días. Extranjera, no pienses en el mal chiste de que Dios necesitó solo siete para construir el mundo. Seis días: solo ese tiempo basta para ver cómo una ciudad se ha ido a la mierda para dar paso a otra que no siente hacia aquella ninguna conmiseración. Pero no puede transformarse en mierda lo que mierda ya es. Santiago, antes del estallido social, era una ciudad estéril, demasiado impoluta en su asepsia primermundista; el Santiago del suvenir, las postales del Cerro San Cristóbal, el metro y la bestialidad de un Sur que se pintaba demasiado europeo. 

Me pongo a pensar en eso y termino poniéndole play a Nora Jones porque necesito música apacible. No soy capaz de meterme del todo en una manifestación efervescente. No por mí y esa necesidad de música apacible, no por mí y porque esté tierna o algo embelesada, sino por algo más adentro que me hace pasar de todo. Me cojo para mí un conflicto que pudo no haber sido mío, cuando miro a los ojos de una migrante que no quiere hablarme, quizás porque le pesa demasiado el relato, o porque la barrera idiomática siempre sobrevive a las fronteras que separan Haití de Chile. 

La haitiana Marie dejó Puerto Príncipe por el oasis chileno; ahora vende bolsas en un comercio santiaguino.

La haitiana Marie dejó Puerto Príncipe por el oasis chileno; ahora vende bolsas en un comercio santiaguino.

Marie Roselié está a un milímetro del llanto en medio de una plaza de chinos; a un milímetro del llanto cuando le pregunto su nombre y le insisto en que en mí tiene alguien con quien hablar, y le alcanzo un papel para que escriba si no quiere decir nada. Marie pasa de 35, es una negra buenaza, sentada sobre un banquillo, mientras la vida le pasa por delante, de luca en luca (mil pesos) cuando vende, una tras otra, bolsas de mano. 

Esta mujer poco tiene que decir sobre un estallido social, porque su país es el estallido mismo de la Tierra: terremoto en 2010, huracanes, pandemias… No importa que Haití sea el mercado que más les guste para sus negocios a una parte de las «mulas» cubanas. 

Marie anota su número de Whatssapp, su nombre.

En esa red social aparecerá no una foto suya, no un selfie, sino un verdor de cocoteros y una estructura constructiva que dice: École Normale. Fue la escuela que Marie dejó en Haití y sobre la cual no hablará en Santiago de Chile. El entorno en la ciudad a la que emigró y que ahora se ha ido a la mierda, no es amigable con Marie, no como para que ella decida contar algo. 

Los migrantes haitianos no son socialmente bienvenidos; no como los venezolanos, aun cuando a los ciudadanos de ambos países se les empezó a dar prioridad migratoria por razones humanitarias. 

Desde el lunes 17 de abril de 2018, los ciudadanos venezolanos y haitianos tienen opciones para ingresar a Chile y residir en esa nación de forma regular debido a que se actualizó la Ley Migratoria para fomentar la «migración segura, ordenada y regular […] sin nunca perder de vista los derechos y la protección de los migrantes. Con este cambio impulsado por el gobierno de Piñera, los venezolanos pudieron acceder a la Visa de Responsabilidad Democrática, que les garantizaba un año de residencia temporal en el país sudamericano» (link CNN Chile da nuevas opciones de residencia a venezolanos y haitianos).

A los haitianos se les concedió a partir de entonces el «Visado Humanitario de Reunificación Familiar para cónyuges, convivientes civiles, hijos menores de edad y mayores que estudien hasta los 24 años». Les permitía una estancia en Chile de 12 meses. Los nacionales de cada uno de estos países podrían prorrogar sus visas por un año más. 

El estallido social que comenzara a reverberar en el país andino desde el pasado octubre, no entiende de migración negra o blanca, de migración calificada o poco calificada. La situación iguala o, al menos, emparenta a los migrantes, sin importar su nacionalidad. Marie no conoce de nada a la venezolana Carolina González. Quizás jamás coincidan en una Región Metropolitana de 7 millones 36 mil 792 de habitantes.

«Justo antes del estallido yo me había mudado aquí. Me había mudado porque trabajaba aquí, y con el tema de la niña y para no pagar locomoción, mi hermano y yo nos acercamos para acá, justo al mes que nos mudamos fue el estallido. Cuando comenzó todo esto el epicentro era en esta calle, Vicuña Martínez, todos los días, y nosotros nos pasamos como dos semanas que no salíamos» —cuenta, en Plaza Dignidad, la venezolana Carolina González. 

«Fíjate que vengo viendo el conflicto social aquí. En Venezuela casi no lo viví porque yo era de un pueblo y los conflictos ocupan más las ciudades. No nos tocó vivir enfrentamientos, hasta ahora. Y es porque vivimos en el centro de Santiago, en la capital, donde tiende siempre a haber más confrontaciones. 

»Llevo aquí dos años y medio ya. Fui garzona (camarera), de garzona pasé a cajera encargada. Llevaba año y medio ya, pero ahorita recién quedé desempleada porque yo vivía aquí justo en Plaza Italia y entonces cerraron el local los dueños. Vivo con mi hermano y con mi hija de cuatro años. Tengo 31, soy técnica pero en realidad no ejercí porque siempre me gustó ser independiente. Ahora aquí es que estoy trabajando, porque en Venezuela tenía mi negocio, mi propio local. Lo que pasa es que cuando tú emigras ya tienes que coger lo que venga, no es que te adaptes muy fácilmente a llegar a trabajar para otros». 

—¡Antiparras, antiparras!

«Las compro aquí. No, no allá en la Estación Central donde hay puros comercios. A lo mejor lo tenían de antes pero no había salido con la fuerza que ahora. Son productos de gente que se les agotan porque lo tienen en stock y ya después es muy difícil traerlo. Ahora salió y salió y tú vas y buscas y se agotó porque ya agotaron el stock, y de repente piden por cargamentos mayores y demoran en traerles».

—¿A cómo? —Se acerca una mujer.

—A luca —responde Carolina.

—Dame una. ¿Cómo te ha ido hoy?

—Ahí, poco a poco.

—¿Con los pañuelos?

—Ah, con los pañuelos sí está lento entre semana. Los viernes cuando llega la gente sí, pero en la semana es más lento…

Llega un hombre:

—¿Una cervecita? —le pide a Carolina.

«Como estoy desempleada vengo a vender aquí, ya me conocen, y como no vienen muchos vendedores, no pasa nada. Yo me quedo aquí porque más adelante vienen los carabineros y donde se pone la gente le echan agua, lacrimógena… Sí he intentado ir cuando no he vendido nada, pero es peligroso porque llegan los carabineros y echan el gas y a ti no te da tiempo de nada. Tiempo de correr ni de nada. Desde aquí tengo más tiempo de correr».

Sonríe, Carolina, como quien ha naturalizado su vida en medio de un conflicto…

«A veces uno se decepciona, aquí también en la calle, pasando verga, cuando uno quisiera estar con su familia. Pero tú te pones a ver y por más que estén estos problemas, vas a las comunas y todo está marchando relativamente bien, en los parámetros regulares. Aquí va a continuar el conflicto porque es el centro, pero ya uno está aquí sin encontrar la manera de moverse y como que da rabia, pero ahorita, ¿quién te va a arrendar una casa si quedaste desempleado? ¿Con qué credibilidad te rentarían, si no tienes contrato fijo…?

»Mi hermano quedó desempleado también pero a él le sale trabajo unos días en la construcción, otros no. Se queda con la niña mientras estoy aquí, que me quedo como hasta las cinco y media cuando empieza a llegar más gente. Miranda, Barlovento, frontera Brasil, hacia el oriente… A hora y media de la capital. Pero aquí nos tocó. En lo que llegue mi mamá será otra cosa porque ahora la niña nos complica. 

»Emigré porque se hacía difícil obtener las cosas, el trabajo ya no rendía, y cuando llegas al extremo de trabajar y no ver el resultado ni en comida… Y aquí cuando empecé hacía dos turnos, de 11 de la mañana hasta las 5 de la mañana. Día y noche hasta el año que fui a buscar a mi hija. 

»Aquí por lo menos, de todos mis conocidos que han ido a otros países, creo que somos privilegiados porque aquí no hay esa discriminación, xenofobia, rencor y seguimiento que hay en países como Perú, Ecuador, Colombia, y la pasan mal porque los acosan. Aquí nos tratan muy bien, nos ven como personas educadas, esforzadas, trabajadoras, hemos tenido buena acogida. En otros países nos ven como ladrones y prostitutas».   

—Antiparras a 2500, para allá está a 3500, después no vengas llorando…

—Un agua.

—¿Con gas o sin gas?

—Gas.

—¡Agüita, bebida!

Entretanto, aprovecha para explicar que se mantuvo ausente de la política. «Mi familia estaba dividida entre chavistas y oposición, pero cuando vi que no se podía vivir allá y que encima tampoco pasaba tiempo con mi hija por estar trabajando de sol a sol, me fui» —dice, como si no le importaran los muchos días de viaje por carretera.

La ciudad donde esta venezolana vende máscaras no puede ser la ciudad a la que ella llegó hace dos años. Como tampoco es la misma ciudad a la que vino la cubana Diana Margarita Santana Ruana hace un año y meses, sin ningún privilegio migratorio propiciado por las autoridades chilenas. (link a leyes migratorias Cuba-Chile: Más de 5000 cubanos se han legalizado en Chile tras la reforma de Piñera, Infobae 2018). 

Diana, 24 años, sin hijos, tez blanca y acento santaclareño, vende electrónicos en un puesto de chinos, en la misma zona donde Marie ofrece sus jabas de colores. Decía que le iba bien hasta que emergió en la conversación la palabra protestas:

—Ay, ¿pa’ qué, hija?

«Fue mucha la micro que tuve que coger porque con el metro parado, imagínate. Y es posible que ahora en marzo otra vez… Es posible que lo vuelva a vivir. Pero bueno, me va bien aquí, con mi esposo porque créeme que solo esto no da, ¿viste? Vale la pena pero esto es de dos; el que se mande solo, fracasa. Tienes que tener dinero guardado, ¡y no te enfermes! Tienes que cuidarte mucho y haber traído medicamentos».

Cierto dominio del lenguaje precede en Diana a la palabra medicamentos. Cuando te dice que estudió todo lo que iba a estudiar y te ha mencionado antes medicamentos es porque Técnico Medio en Farmacia es justamente su especialidad. «¡Y aquí es un lío! Hay que revalidar y para colmo a mí se me ocurrió plasticar mi título y tienen que hacérmelo nuevo en Cuba. ¡Más dinero todavía! Es el doble. 

»No, esto es muy caro. Yo pago más de 400 lucas de renta. Aquí lo caro es el arriendo. Rentamos un piso completo y ahora tenemos allí a un venezolano y a una chilena porque solos no podemos». 

Diana, que viene de un país signado por la escasez, entiende que es por el alto costo de la vida, en parte, que los chilenos estallaron en octubre y no han parado de estallar cada viernes en Plaza Italia. Chile continúa en octubre: en los ciento y tantos días de octubre.

La venezolana Carolina González vive y trabaja en el centro de la Conmoción: Plaza Italia.
La venezolana Carolina González vive y trabaja en el centro de la Conmoción: Plaza Italia.

***

Es febrero y Chile está, por la estación de verano, en «vacaciones». Puedes ver los parques llenos; la ciudad como un camping colectivo en el que cada cual monta su carpa y pone su pedazo de vida. Al llegar el viernes, los atrevidos, protestantes a prueba de lacrimógenas, caminan a la Plaza. Renombrada como Plaza de la Dignidad, esta representa una línea divisoria de Santiago: arriba los ricos; abajo los pobres. De un lado y de otro, comunas que coexisten pero no se tocan. Por eso suele suceder que un empleador no se entere de que donde vive su empleada, migrante, la vida no es tan bella como en su burbuja, y se queje por su demora en llegar, un día de esos en que las estaciones de metro están cerradas y ella tiene que transportarse en micro. 

«Es buen momento para que te mudes más arriba de Plaza Italia», dirá tranquilamente un jefe a su empleada migrante el día en que llegue tarde o ni siquiera pueda llegar por las manifestaciones. Como ejercicio de venganza colectiva contra esos jefes que no saben ni quieren leer a los de la zona baja de la Plaza, algunos interpusieron el baile. Los cuicos tenían que bajarse de sus carros herméticos, porque les cerraban el paso. El ejercicio consistía en hacerlos bailar y, solo si lo hacían, les dejaban seguir su ruta.  

Cuando llegas a Plaza Italia cualquier viernes, después del octubre infinito, ya los cabros de primera línea están ahí. Nunca encontrarás a Diana, aunque sabe o cree saber por qué una parte del pueblo chileno se posiciona allí.

—¿Qué pide el pueblo?

—Que no haya más AFP, que es lo que uno tiene que pagar todos los meses, ni FONASA. Que eliminen eso porque es un dinero que te están quitando y no lo ves más nunca en la vida. Pa’ mí todo esto que está pasando es una mierda y se lo he dicho a los chilenos: «¿Por qué no atacan La Moneda?» ¡No, tienen que atacar las mismas cosas que usa el pueblo! Se jode uno mismo. Por mi casa no pasó nada gracias a Dios, pero en esta tienda donde trabajo robaron, saquearon; me hubiera quedado sin trabajo. Aquí gano el mínimo, pero me pagan también por ventas y me cubren el AFP y todo eso. 

«Yo no he ido a ninguna protesta ni voy a ir. ¿Pa’ qué? ¿Pa’ que me deporten? 

»Aquí sin papeles no eres nadie, no te dan empleo. Pasé tremendo trabajo cuando llegué porque venía con 3000 dólares y se me fueron en nada. Al principio comparaba dólares con lucas pero qué va, no tiene sentido. Lo que pasa es que uno cambia y se empieza a querer comprar cosas más caras. Pero trato de vivir con lo que gano. Yo mando dinero a Cuba; ya voy por tres celulares. 

»¿Regresar a Cuba? Sinceramente no, de aquí yo quisiera irme con mi papá a Estados Unidos, porque este país no me gusta».

De todos modos, Diana sabe que la ciudad está ahora en stand by, a la espera de marzo, cuando se decidirá una nueva Constitución de la República, o no. «Dicen que en marzo esto se va a poner peor, con el lío de la Constitución. Y no han resuelto nada». 

Pase lo que pase en marzo, el octubre de los cabros continúa, del mismo modo que continúa el de las mujeres migrantes. Ellas, en tránsito de su país al de acogida, con la expectativa inicial de un Chile próspero e ideal para enrumbar sus vidas, terminan migrando de sí. Son sus cuerpos los recipientes de la decepción, el ridículo sopeso de las economías personales. Después de marzo, no saben a dónde van a ir. Puede que la escasez las sobreviva.  Puede que el viaje las sobreviva.

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