Menstruar, un acto colectivo


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(Fotos: María Lucía Expósito)

Fotografiar los procesos de los periodos menstruales es un ejercicio de desdoblamiento personalmente público.

En distintos períodos históricos, se ha mirado a la menstruación de forma peyorativa, y el sangrado fue visto como una imagen desagradable.

Justo este 27 de enero, cuando se recuerda a las víctimas del holocausto judío a manos de los nazis, es válido recordar que muchas mujeres evitaron los peligros mortales y la violencia gracias a su menstruación.

Elizabeth Feldman de Jong contó que, a pesar de que ya no menstruaba, usó la ropa manchada de sangre de su hermana para escapar de los atroces experimentos médicos con inyecciones en el útero, sabiendo que los médicos nazis tendían a no operar a las mujeres en ese momento del mes, ya que las reglas se consideraban incómodas, desagradables y antihigiénicas.

También a causa de la tradicional repulsión hacia la sangre menstrual, muchas prisioneras escaparon a las violaciones que eran el pan de cada día en los campos de concentración.

En el contexto latinoamericano moderno, es interesante el caso de Colombia, donde un grupo de mujeres ha empezado a abrir espacios de activismo menstrual que abarcan jornadas de yoga y grupos de apoyo.

En ese país, casi 10.000 personas viven en la calle y no tienen acceso a un baño. Un tercio de esas personas son mujeres que menstrúan.  

Esta serie, todavía en boceto, observó los ciclos y acopió historias personales durante meses en los que intervinieron circunstancias como los descontroles de más de 2 semanas de sangrado hasta el momento de comenzar con la copa menstrual. Descubrí que varios de mis propios tabúes eran iguales a los de mis amigas.
Hace 12 años, en un campamento de pioneros, escuché a una muchacha repetir el proverbio de su abuela mientras hacía desaparecer el rojo estampado en el blúmer contra el lavadero: «cuando a esa prenda le pasa un viernes, la mancha no se quita».
Desde el 2015, las almohadillas son un bulto más entre las cosas que me cuesta recordarle a mi familia de Pinar del Río en los envíos que me hacen. Por lo general nunca me alcanzan. Mi experiencia viene de no saber sabido poner una íntima en toda la vida.
He dejado regalitos en los colchones donde me coja la noche con la regla y ese es precisamente uno de mis mayores complejos. Me he levantado de los asientos en guaguas y taxis, y el momento de ver la sangre es igual de incómodo. En el sexo pasa que les amantes terminan asustados o conmovidos cuando los torsos terminan como salidos de una escena de Tarantino. Confieso que les he convencido con eso de que una siente más esos días. 
Escuché, en el proceso de recolección de experiencias, recomendaciones de usar mentolán o infusiones para atenuar el malestar si no hay medicamentos. De haberlos, entonces a tomar ibuprofeno, naproxeno, paracetamol o dipirona.
Hubo casos que hablaron hasta de inyecciones con espasmoforte o gravinol en momentos de extrema sensación de dolor o náuseas.
Mi hermana, estudiante de medicina, me explica que eso ocurre porque se engrosan las paredes del endometrio. Lo que duele no es precisamente los ovarios.

En Cuba, a cada mujer en edad fértil le corresponde un paquete de almohadillas sanitarias al mes por un costo de 1.20 pesos, pero el atraso es abismal en casi toda la red de distribución y venta, sobre todo en las zonas más alejadas de las grandes ciudades.

Durante el 2021, un paquete de 10 almohadillas «normadas» pudo rondar, en los grupos de venta en redes del mercado informal, entre 30 y 50 pesos. Las importadas se vendían entre 120 y 250 pesos.

El pasado diciembre, más de un centenar de mujeres entre curiosas, activistas feministas y aliados se reunieron en espacio común con el proyecto UVe, impulsado por la activista Sam Olazábal para promover las copas menstruales. Llegamos 4 amigas, 3 nos colamos. Solo una había leído cómo era eso de saber las tallas que una usa, cómo aquello de silicona se dobla y se mete allá dentro, y cuándo se hierve.
Un montón de copas menstruales esperaba como donativo a un montón de manos en fila. Indudablemente, este accesorio ya es conocido, aceptado y usado en Cuba, aunque fuera de estos eventos cuestan alrededor de 700 cup.
Ahora tengo una talla S de copa menstrual, una semana de prueba, menos que lavar y más seguridad para salir y no armar el caos.
El primer día le pedí a mi pareja que la introdujera él y acabamos los dos con salpicaduras en los intentos. Lo más placentero de esa nueva temporada es vaciar el contenido, percatarse de que no es tanta la proporción que una imagina, porque los ginecólogos andan diciendo que las muchachas de provincia siempre menstruamos más.
No han faltado las discusiones con mi hermana y la academia médica sobre las posibles infecciones vaginales que una parte de la ciencia señala y otra rehúsa.
Las últimas fotos de esta galería son del 31 de diciembre, una racha para despedir bien rojo el 2021.
Ha pasado mucho tiempo desde que la primera mancha sobresaliera en el blanco en una tanga y yo corriera delante de los vecinos, con 12 años, para mostrársela a mi abuela. Antes de eso poco sabía de cómo era menstruar, salvo porque en el aula de primaria nos veíamos en el baño de la escuela cuando alguna despuntaba con el primer periodo mientras otras echaban mercuro en un algodón para presumir también de ser mayores.
María Lucía Expósito

María Lucía Expósito

Fotorreportera

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