«Mel, no le hagas caso, por favor»: Marsha P. Johnson y yo no nos parecemos tanto


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Mel Herrera (Foto: Nelson Álvarez Mairata)

El lunes 6 de julio de 1992, en Nueva York todavía continuaban las celebraciones del «Orgullo» de ese año. Poco después del desfile que hubo ese día, un cuerpo fue encontrado flotando sobre las aguas del río Hudson, cerca del muelle de West Village. La conmoción fue inmediata: era el cuerpo sin vida de la activista y drag queen Marsha P. Johnson, «La Reina», «La madre de la liberación gay».

Supe quién era poco después de haber iniciado mi propia transición. Solía tomarme fotos con flores en el cabello y colgarla en las redes. En una ocasión una internauta me escribió: «Ahí te pareces a Marsha», y me mostró una foto. «¿Sabes quién fue, no?». Yo no sabía absolutamente nada de esa mujer de amplísima sonrisa, cubierta de extravagancias y con un ramillete de flores en la cabeza.

Lo primero que descubrí de Marsha fue la incertidumbre. Tanto de su vida, de su identidad de género, así como de los detalles de su muerte, no se puede hablar con exactitud. Escapan a toda explicación complaciente, perezosa y absoluta. Su propia participación en los disturbios de Stonewall, los hechos por los que más se le recuerda, es entendida a ratos como una leyenda.

Me inquietó de Marsha saberla en una de las posiciones más marginadas y despreciada por parte del propio colectivo LGBTIQ+: era negra, transgénero, bisexual, seropositiva, hacía drag y trabajo sexual. Ella era todo lo que rechazan las personas con identidades y orientaciones sexuales dominantes dentro del colectivo. Era, en resumen, una disidente por excelencia del sistema de sexo-género.

A los 5 años empezó a usar vestidos de niña. Con un año menos, yo le había dicho a mi abuela lo que para mí era obvio y consciente: yo era una niña. No entendía por qué me trataban diferente ni por qué entonces no me vestían como a las niñas. La identidad de género no es algo que se dé de golpe a los dieciocho años o que se necesite la mayoría de edad para convencernos. Cuando se niegan las infancias trans se está obstaculizando eso que ahora se denomina el libre desarrollo de las infancias. Pues no es otra cosa que eso. Dejar que las infancias crezcan libres y asumiéndose como deseen.

Mi abuela me maquillaba a escondidas de mis padres. «Pues si tú eres niña, eres niña y ya está». Pero muy pronto descubrí que ella era una mujer que vivía en otra dimensión y que la realidad era otra. En la escuela me acosaban, castigaban, se burlaban de mí por simplemente ser. No entendía qué pasaba. Había algo mal en mí. Solo podía ser eso.

Muy pronto Marsha dejó de usar ropa de niña debido al acoso y a las burlas. Su hogar cristiano y su entorno debieron ser hostiles como suelen serlo en mayor medida cuando eres una persona que va contrario a lo que dictan los regímenes políticos, los Estados, las iglesias y las expectativas del género.

A los 7 años me adentré en el catolicismo. Tenía una profunda fe y estaba segura de que allí no sería incomprendida, sino todo lo contrario, hasta que un domingo escuché a mi párroco arremeter contra «homosexuales», el matrimonio igualitario y «otras aberraciones más». Fue como un golpe en la nuca. Un desplome. Si eso decía de homosexuales, qué diría de personas como yo.

Hasta entonces lo que fue un refugio, un espacio de amor, donde me sentía en familia, se convirtió en otro escenario para la simulación, la vigilancia, la lucha de mi cuerpo, identidad y sexualidad, contra una narrativa que pretende borrarlos y los clasifica de pecaminosos, antinaturales, aberrantes. El amor que me ofrecían allí era un amor con medidas estrictas, con sacrificios absurdos, que pedía anularme en mi capacidad y derecho a ser y amar en libertad. Era un amor totalitario.

Marsha vivió hasta la mayoría de edad como un muchacho gay cualquiera y ajustada un poco a las normas. Si algo aprendemos con los golpes ganados en el intento por expresar nuestra identidad, es a escondernos si queremos sobrevivir.

En 1963, a los 18 años, se mudó a Greenwich Village, en la ciudad de Nueva York. Allí no conseguía trabajos fijos. Llegaba con mil dificultades a fin de mes. Se vio sin hogar, desamparada, fue mesera, hizo trabajo sexual, la arrestaron un centenar de veces por salir desnuda, por «conflictiva» y hasta por llevar maquillaje. En una entrevista contó que, antes de los sucesos de Stonewall, había estado yendo a cárcel durante 10 años y a centros donde la recluían por temporadas y le administraban antipsicóticos. Un detalle importante, y muy poco referido por los medios, es que Marsha sufría de algunos trastornos nerviosos.

Su vida daría un giro al empezar a hacer drag. «No era nadie, nadie de Nowheresville, hasta que me convertí en drag queen», contó ella misma. Diseñaba sus trajes y su propio estilo: vestidos, pelucas y sombreros extravagantes, joyas glamurosas, ramilletes de flores y frutas en el pelo de vez en cuando. Así se paseaba por las calles y clubes de Nueva York.

Su identidad de género fluía. Entre amigas drags, travestis y algunos muchachos afeminados, se trataban en femenino. Era algo habitual. Pero no le molestaban los pronombres masculinos sobre todo cuando se presentaba con una expresión de género masculina. En esos momentos defendía su identidad masculina.

La investigadora de género Susan Stryker la describe como una persona de género no conforme, otra de las formas que hoy nombramos con un poco más de certeza e incluimos dentro del amplísimo espectro de las identidades trans.

A una publicación que una vez compartí sobre Marsha y donde se aludía a ella como mujer trans, un intelectual gay muy reconocido e influyente en el activismo cubano salió a decirme en comentarios que Marsha nunca dijo ser una mujer trans. Y ese intelectual tiene razón. Marsha nunca lo expresó porque no tenía el vocabulario trans que tenemos hoy. «No sé si identificaba como una mujer trans o no», le respondí. «Lo único que te puedo decir es que ella no era una persona cisheteronormativa, ¿te cuadra que te lo diga así?».

En cualquier caso, Marsha fue algo que en su tiempo formaba parte del lenguaje de la academia y de los estudiosos del género, no tanto del lenguaje callejero. Las identidades no se viven a partir de la imposición de un nombre o una etiqueta que, como etiqueta al fin, hace más fácil el acceso al conocimiento de ella, aun cuando estamos claros de que existen esas identidades porque hay un sistema que las produce y nos empuja hacia ellas. La realidad es que las personas viven su identidad, la expresan, la practican. La teoría se conforma después con la observación, la recogida de datos y la detección de patrones.

De todos modos, si había algo que a Marsha no le preocupaba era cómo la percibieran. Una vez delante de un tribunal, una de las tantas veces que estuvo detenida, el juez le preguntó qué significaba la «P» de su nombre y ella ofreció su respuesta desenfadada de siempre: «Pay it, no mind» (No le prestes atención, no le hagas caso). No prestaba atención ni le importaba si la gente la identificaba como hombre o como mujer. Para ella era más importante cómo sobrevivir.

Marsha P. Johnson (Foto: Flickr)

En la década de los 60, en Estados Unidos la situación de las personas abiertamente LGBTIQ+ era peligrosa. Las relaciones sexuales entre hombres o entre mujeres eran ilegales en todos los Estados, excepto Illinois. Estas personas podían ser diagnosticadas como locas o enfermas mentales, clasificadas como depredadoras sexuales y tratadas como criminales por la policía.

En la ciudad de Nueva York estaba prohibida la venta de alcohol para homosexuales y lesbianas. También se prohibía el baile entre personas del mismo sexo. Eran considerados actos «lascivos» o de «desorden público» y eso podía traer consigo el cierre del local. Por tanto eran pocos los establecimientos que acogían a personas abiertamente LGBTIQ+.

Las redadas en bares gay eran habituales, pero la del Stonewall Inn, en la madrugada del 28 de junio de 1969, tendría una respuesta diferente. Los arrestos y agresiones físicas a algunos miembros de la comunidad por parte de las fuerzas policiales detonaron una ira acumulada. Hubo enfrentamiento directo con los oficiales y hasta incendios. Los manifestantes volcaron patrullas, arrojaron botellas de vidrio, piedras y ladrillos contra el bar y contra los uniformados. Hicieron finalmente que algunos efectivos, atemorizados, abandonaran el lugar. La policía perdió completamente el control ante lo que fue un grito de «basta» por parte de una comunidad harta del acoso y de la precariedad de sus vidas.

El escritor e ilustrador estadounidense David Carter recoge en su libro «Stonewall: The Riots that Sparked the Gay Revolution», el testimonio de un testigo que estaba en la calle esa madrugada: «Todo lo que pude ver sobre quienes estaban luchando es que eran travestis y estaban luchando furiosamente». Estos hechos, sin dudas, fueron decisivos para la historia LGBTIQ+.

Muchas personas identificaron a Marsha como una de las figuras principales. Hay varias versiones. En una se asegura que ella fue la que lanzó el ladrillo que motivó al resto de los presentes. Otra afirma que se subió en un farol y desde allí rompió el parabrisas de un carro policial al lanzarle un bolso.

En cuanto a su participación, ella misma contó en una entrevista que cuando llegó esa madrugada a Stonewall ya el enfrentamiento había comenzado. Una versión más coherente con la de la propia Marsha dice que ella fue a buscar a su amiga Sylvia Rivera, al saber lo que sucedía en el establecimiento. Sin embargo, otra versión asegura que Sylvia ya estaba dentro del bar en el momento de la redada.

Lo interesante no es preguntarnos y especular cómo y por qué se creó una leyenda alrededor de una figura como Marsha, si en realidad no tuvo tal participación extraordinaria en los sucesos de Stonewall, sobre todo cuando es raro que la lucha de personas como ella no haya sido silenciada, borrada o usurpada por una figura un poco más arriba en la escala de los privilegios. Si el río sonó con Marsha, es porque traía alguna piedra.

Lo cierto es que muy pronto Marsha fue considerada «madre de la liberación homosexual». Al año siguiente de los sucesos de Stonewall, durante la primera marcha del Orgullo Gay, fue uno de los rostros más visibles y aclamados.

Muy pronto se unió a su amiga Sylvia Rivera y juntas cofundaron «Street Transvestiten Action Revolutionaries (Star)», la primera organización estadounidense dirigida por mujeres trans, una negra y la otra de procedencia latina. También fue el primer refugio de América del Norte para jóvenes LGBTIQ+, que funcionó algunos años de la década del 70.

Marsha y Sylvia se comprometieron en ayudar a jóvenes trans/travestis y drags sin hogar.  En un hotel que adquirieron gracias al Frente de Liberación Gay y convirtieron en viviendas comunitarias, llegaron a albergar hasta 50 personas. También reunían ropa y comida para las que permanecían desamparadas en la calle.

Marsha denunciaba el desempleo, la precariedad consecuente, la discriminación social y el acoso policial que sufrían las mujeres trans y otras disidencias sexuales. También denunciaba el rechazo hacia las drags y las travestis por parte de algunos grupos más conservadores dentro de la propia comunidad LGBTIQ+. La mayoría hombres cis gay blancos de clase media que no querían tener ningún contacto con ellas.

Su activismo no solo fue por los derechos de su comunidad, Marsha también se manifestó en los movimientos en contra de la guerra de Vietnam, los derechos civiles, los derechos de los afroamericanos y de los hispanos.

A finales de los 80 se unió al movimiento Act Up (Coalición del Sida para Desatar el Poder), que trabajaba para llamar la atención sobre la pandemia del Sida, por lograr una legislación y un tratamiento médico favorable para ayudar a los contagiados de VIH. En una entrevista poco antes de morir, en 1992, Marsha confesó ser seropositiva desde hacía dos años.

Esta semana, el pasado 6 de julio, se cumplieron 29 años de su misteriosa muerte. Su cuerpo, hallado flotando sobre el río Hudson al terminar una marcha del Orgullo, no se lo dejaron ver a la familia. La policía cerró el caso por suicidio y esa decisión desencadenó una serie de manifestaciones de sus familiares, junto a amistades de Marsha y miembros de la comunidad LGBTIQ+, con el objetivo de que se realizara una investigación a fondo.

No fue hasta 2012 que la policía reabrió el caso como posible homicidio, gracias a la campaña de una activista llamada Mariah López y a Victoria Cruz, del Proyecto Antiviolencia de la ciudad de Nueva York (AVP). Todavía hoy no existen personas imputadas por el posible asesinato de Marsha.

No hay certeza de nada.

Mural dedicado a Marsha en Nueva York (Foto: Wikimedia)

El pasado 28 de junio celebré el Día del Orgullo con activistas, amistades y personas aliadas. Compartí muchas fotos en mis redes. Por WhatsApp un amigo me escribió: «Te pareces a Marsha». Y recordé cómo empezó todo mi interés en conocer quién era ella. Amo lo que sé de ella, aunque no haya mucha certeza. Pero Marsha y yo, si acaso, solo nos parecemos físicamente. Ella hizo mucho de lo que ya quisiera yo poder hacer.

Ni siquiera pude asistir a la marcha del 11M en La Habana. Un oficial de la Seguridad del Estado que me visitó a mí y a cuatro estudiantes más, nos intimidó para que no fuéramos. El martes previo al sábado 11 de mayo, cinco estudiantes de diferentes facultades universitarias nos reunimos con la viceministra de Salud Pública (Minsap), con Mariela Castro y Manuel Vázquez Seijido, directivos del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex) para preguntarles por qué el Minsap había suspendido la conga por la diversidad de las Jornadas Cubanas contra la Homofobia y la Transfobia, una versión local de las internacionales marchas del orgullo.

Dos días después ya estábamos localizados y recibíamos visita del oficial que atiende a los universitarios. Mariela nos había dado su palabra de que no nos iba a pasar nada ni nadie nos iba a molestar. No la cumplió.

Atreverme a impulsar un espacio por y para mujeres trans en el contexto cubano, implica la demonización por parte del Estado y del activismo institucional, encargado más bien de desactivar la espontaneidad, el pensamiento disidente o cualquier acción independiente a las instituciones.

Denunciar las violaciones de derechos humanos, la discriminación institucional misma, la transfobia y el acoso policial, te convierten en una persona incómoda. Pueden usar lo que más te duele para aniquilarte sicológicamente, pueden interceptarte unos oficiales de la Seguridad del Estado e irrespetar tu identidad de género, como me pasó a finales de abril de este año. Ese día, por cierto, pensé mucho en Marsha y mientras me alejaba de ellos repetía internamente aquella frase que tanto le servía: «No le prestes atención, no le des importancia, Mel». Pero Marsha y yo no nos parecemos en eso. «Mel, pay it, no mind, por favor». Lo haré un grito de resistencia mío en su nombre.

Mel Herrera

Mel Herrera

Escritora y activista

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