Matrimonio y Constitución: Mucho a cambio de poco


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Ilustración: Roberto Ramos Mori

Oigo todos los criterios y aprendo a respetarlos, porque provienen de un dolor y una desilusión que arrasa con lo que muchos, hasta hace unos días, esperaban a la vuelta de sus mayores afirmaciones. No sé si se ha calculado, sopesado, ese dolor, esa decepción, y el profundo daño que puede causar en quienes apostaban por una Constitución más inclusiva.

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Apenas se supo que el artículo 68, discutido con una intensidad y ferocidad que ojalá se hubiese equilibrado a la que merecían otros párrafos de dicho documento, quedaba fuera de lo que aprobaría la Asamblea Nacional, no dejaron de aparecer señales que confirmaban el cántico de victoria que los representantes de cultos entonarían, como expresión de lo que a ellos debe parecerles una confirmación del espacio de poder del que sí pudieron hacer uso, en defensa de los valores más tradicionales, a fin de contrarrestar cualquier síntoma de variación en la idea de una familia. Y de un país, que pese a estar dominado por un Estado laico, prefiere sacar al “elefante blanco” del salón, y borrar el artículo, antes que entrar de lleno a otras discusiones sobre el asunto.

Lo que ha seguido al mensaje de Homero Acosta que desde Twitter informó esta decisión, ha sido un ir y venir, a manera de comedia de enredos, que asegura que aunque se desaparezca el artículo la lucha no ha terminado, que al 68 lo sustituye el 82, que creer que todo ha concluido del peor modo es ceder ante la mala interpretación de los enemigos de la Revolución, etcétera, etcétera.

— AsambleaNacionalCuba (@AsambleaCuba) 18 de diciembre de 2018

Mientras, en las sesiones de la Asamblea Nacional predomina el unanimismo, la consigna repetida, los halagos a quienes dirigen el debate. En fin, todo eso que me sospechaba y que por ende, nunca me hicieron creer del todo que la idea de una senda hacia el matrimonio igualitario finalmente se aprobaría.

Son ya muchos años oyendo ecos, y comprobando resquemores. Tengo el síndrome del escepticismo, y el batallar día a día con la realidad me permite no dormirme con ciertos cantos de sirena.

A la política cubana le falta, entre muchas cosas, hacer algo que ahora empieza a vislumbrarse: entrar en contacto genuino con la realidad de la Nación, para comprender los avances posibles y las fuerzas que se les oponen, bajo una fuerte carga de atavismos, a nuevas probabilidades.

Las campañas multitudinarias han sustituido a la opinión específica, individualizada, y cuando se abre la brecha para que esa voz particular se exprese, no falta quien se asombre del escaso entrenamiento que tenemos para lograr cambiar criterios, hacernos oír, poner en un orden transparente nuestras voluntades y apetencias. De ello tuvimos numerosas pruebas durante la discusión del nuevo documento a nivel de calle.

Para la comunidad LGBTIQ de la Isla (eso que no creo que exista verdaderamente) ha sido un golpe duro. No solo como gais, lesbianas, bisexuales o personas trans, sino como ciudadanos. Ahora, casi de modo exasperante, se nos pide que a pesar del batacazo, digamos sí, y no dejemos de votar por la Constitución el venidero 24 de febrero, como otro gesto, uno más, de apoyo unánime. Que tengamos paciencia y fe, que en dos años, mediante la supuesta aprobación del tema en el Código de Familia, podremos tener lo que ahora, dígase como se diga, se nos ha arrebatado. Que ello suceda bajo el pretexto de “respetar todas las opiniones”, es casi insultante, porque es obvio que justamente eso es lo que no ha sucedido.

En su última intervención en el Parlamento, Mariela Castro, tras ganar aplausos invocando y agradeciendo a su padre y a su madre como inspiradores de su contienda, decía que ella no estaba sola en esta batalla, desde el Cenesex, porque la acompañaba todo el pueblo.

Bueno, evidentemente NO todo el pueblo. Ella también ha insistido en aclarar el entuerto provocado por el mensaje que desató este galimatías jurídico, mientras que quien causó todo enviando el infortunado tuit, no ha dicho palabra al respecto. Es difícil encontrar terreno firme cuando todo es tan movedizo, cuando son las esperanzas y la vida de un ser humano lo que debe esperar, otra vez, sin demasiada certeza de triunfo, para poder entenderse como parte “vulnerable”, pero activa y decisiva de lo que quiere rediseñarse como Nación.

Para esos que recibieron con desaliento el parón que nos han dado, queda una sola cosa: organizarse mejor. Confiar más en estrategias que surjan orgánicamente desde quienes quieran tener ese derecho, que ahora se retrasa. Esto también ha demostrado de qué manera la homofobia, la de la calle y también la homofobia institucionalizada, debe ser entendida y combatida.

Esperar que a paso de conga, un día al año, se disuelvan recelos ancestrales, es de una ingenuidad pasmosa. Como lo es creer que más allá de lo que digan quienes hablan desde esas instancias sobreprotegidas, va a cambiar mentalidades e ignorancias sin ir más a fondo. Lo repito porque a esas maniobras tendrán que sumarse otras, y ganar voces en esta lidia, y estar mejor preparados para ripostar a las fuerzas de una fe conservadora que ha echado mano, justamente, a los resortes que el mismo Estado le dio, sobrepasando las expectativas de muchos, logrando que finalmente se “despatologizara” la Constitución.

Esto también servirá para que determinados segmentos de la sociedad cubana pongan a prueba sus habilidades, sus protocolos, sus reclamos de equidad en función de un diálogo mayor. Organizarse en pos de un beneficio que alcance a muchos. Y hacerlo pronto, porque dos años, aunque no lo parezca, también pueden ser definitorios en la vida de cada cual.

Por muchos años, ni me pasó por la cabeza la idea de contraer matrimonio. Me pareció, ya se sabe, una repetición barata entre personas del mismo sexo del viejo ritual que por siglos ha confirmado el heteropatriarcado. La vida me dejó saber que no se trataba solo de esto, sino de una alianza que asegura mis derechos, y me da un posicionamiento en la sociedad que también me concede nuevas plataformas y estamentos donde expresarme. Al menos debe ser así, en México, donde me casé.

Me encantaría que ahora mismo todas las personas de esa supuesta comunidad cubana LGBTIQ que lo desearan, pudieran disfrutar de lo mismo. Que desde ahí lograran responder a los que, al saber del “desafortunado” mensaje, entendieron eso como una victoria del machismo, tan horrorizado ante la posibilidad de dar otras libertades a lo diferente. Me gustaría creer más en una Asamblea donde me resisto a aceptar que hay un único diputado (¿el que toca por la cuota para decirnos “verdaderamente diversos”?) que pueda asumirse sin tapujos como homosexual. Y que desde esa garantía, pueda representarme mejor en una hora donde el reclamo por el voto unánime me recuerda otras reuniones de este tipo, y otras esperas tan largas y sin demasiada resolución al final de esas tardanzas.

Un amigo ha querido sintetizar su disgusto afirmando que “la derecha está en el poder en Cuba”. Entiendo su sentir, pero no tiene que ser la derecha, precisamente quien nos imponga estos retrocesos. La historia de las izquierdas también está llena de pasajes homofóbicos, como han demostrado una y otra vez varios investigadores. Fue Stalin quien desencadenó las peores condenas contra los homosexuales en su país. Así de compleja es la Historia. Y ya sabemos de los traumas que las UMAP y otros “accidentes” nos han legado como zonas de silencio.

En cierto modo, el énfasis que en las últimas intervenciones de los diputados en la Asamblea Nacional se hacía para convocar a todo el pueblo ―a pesar de estas operaciones de borrado, a pesar de darnos a algunos miembros de la ciudadanía tan poco de lo prometido― a que diéramos el apoyo unánime a la nueva Carta Magna, me hace pensar que sí. Pero tal vez sea una cuenta sacada cuando ya sea demasiado tarde.

Dos años tenemos por delante para organizarnos mejor, para establecer nuevos acuerdos, alianzas, o demarcar el espacio de acción desde el que, cada cual, elija sus principios de lucha en pos de sus derechos. Para ganar una voz propia en este y otros conflictos.

Parece poco tiempo para restañar una fe. La fe individual, no la que proclaman los cultos que se opusieron tenazmente a una nueva idea de familia o matrimonio, y que ahora se sienten más empoderados. Hablo de esa otra fe: la que, cuando acaba siendo herida puede responder pariendo resentimiento o indolencia. Dos cosas que, en su hora actual, no harían ningún bien a Cuba.

Nota del editor: El autor publicó originalmente este texto en su perfil de Facebook. Tremenda Nota reproduce una versión autorizada. El texto representa la opinión de su autor y no necesariamente la de Tremenda Nota.

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