Malas tuercas


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Ilustración: Eldy Ortiz

«¡La mejor de las lesbianas la quiero a cinco metros de distancia!», vociferaba Vladimir siempre que tenía problemas con algún toto equivocao.

Luego, más sereno, exponía en plan Sigmund Freud sus teorías sobre el comportamiento tortillero: que si odian a los hombres, que si la «machangá» se les va para la cabeza, que si Gladys Bentley, Gabriela Mistral… y terminaba cantando horrorosamente Mujer contra mujer. ¿Exageraba Vladimir o hablaba por él su aversión obsesiva? Años más tarde un giro dramático en los acontecimientos me hizo dudar.

Aclaro que hoy mis amigas, las mejores, son todas unas mamis troncúas, pero en el rebaño siempre hay quien jode la cosa y eso sucedió justamente con Landy, el muchacho que todavía afloja mis tornillos.

Recuerdo que, en la primera escena de la primera vez, Landy escupió en mi boca, usando la saliva como signo purificador. Se me revolvieron las tripas y jamás le pregunté en qué película porno aprendió aquella «puercá».

A decir verdad, nunca imaginé formalizar con él, quererlo tanto. Según mis cálculos, en dos semanas estaría ya templando con otro (lo habitual en un pájaro caliente), pero fallaron las cuentas: mantuve una relación de casi tres años. Yo, que era tan guapo y tan listo, yo, que merecía un príncipe o un dentista, yo me quedé a su lado y el mundo se me hizo más amable, más humano, menos raro (con permiso de La Cabra Mecánica).

No quisiera describir el sexo con Landy de forma cochina. Desearía ser más convencional y simpático, pero hay un detalle curioso: para la gente, entre nosotros, el machito era yo, quizá por el caretón serio que se me sale (la procesión se lleva dentro). Sin embargo, su boa constrictora obligó a definir los papeles. Mejor dicho, a asumir mi rol original: el de pasiva paciente y perdida. Lo otro, por culpa de esta negra lagartija mía, no sé me da muy bien.

Desde que nos conocimos, singar fue una religión. Su bulto venoso (inclinado ligeramente a la derecha) es un símbolo fálico que todavía idolatro. Todo fue lindo hasta que apareció Arema, su tía tuerca, dueña de unos incisivos centrales listos para guataquear el jardín. Inconforme con su fealdad, decidió ser hija de puta para verse más bonita.

Arema (yo le puse Arelio, como el pintor romano) se propuso desde el inicio desbaratar mi noviazgo con Landy. No sé cuántas historias inventó hasta que logró esparcir su veneno en aquella casa que pasó a ser un infierno. Desaparecieron las sesiones de singueta, perdió mi cula el látigo con que la golpeaban hasta someterla. Se despedían de mí un rabo hermoso y un corazón perfecto.

Con rabia juré vengarme contra Arema la Piraña, pero el rencor no me devolvería a Landy el Lindo.

Vencí mis prejuicios. Conocí después a Vania, Elsita y Raquel, tres tortas capitanas que le tumban la jeva a cualquier general y quienes me enseñaron el verdadero valor de la amistad.

Hice un documental dedicado a Chavela Vargas y rechacé por completo las suposiciones de Vladimir, aquel gay tan homofóbico.

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