Los niños, la carne roja y el mercado negro en Cuba


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Niños jugando en la calle

Política «socialista» cubana de distribución de carne roja discrimina a niños de 12 provincias según la edad y lugar de residencia, y empuja a los padres a recurrir al mercado negro

La Doctora abre la puerta del refrigerador y examina sus provisiones: pescado, cerdo, jamón, picadillo, huevos… Son los alimentos proteicos con los que pasan, ella y su hijo de cuatro años, la cuarentena por la pandemia de Covid-19. Una pandemia que se alarga casi por tres meses; más o menos el mismo tiempo que lleva ella sin darle de comer carne de res al pequeño Leandro. 

Sus opciones como madre cubana no son las mismas que las de cualquier latinoamericana. Mientras en los países de la región existe un mercado libre más o menos asequible, en Cuba, donde la producción de carne roja está deprimida, impera una distribución estratégica de esta carne entre grupos priorizados como embarazadas, niños, adultos mayores y personas con enfermedades crónicas. El Estado socialista planifica entregas subsidiadas de ocho onzas para cada niño durante todos los meses del año. Pero la última vez que la Doctora recibió las onzas para su hijo fue en marzo, puede que por el coronavirus o por retrasos habituales en el sistema de distribución autorizado.

Está fallando también la alternativa del mercado negro: algún vendedor ambulante, sigiloso que toca a su puerta con dos, tres, cinco libras a 30 pesos, 40 o 50 cada una. El equivalente a uno o dos dólares en un país donde 40 es el salario medio mensual. Pero si el precio es alto para los padres cubanos, el riesgo de comprar este producto de forma ilegal es todavía mayor. En las actuales circunstancias de confinamiento, mientras la Doctora permanece en casa y recibe el 60% de su salario (poco más de 20 dólares), ningún vendedor de turno ha pasado por su barrio en el municipio de Nuevitas, en Camagüey, la provincia cubana con mejores resultados en la cría de ganado.

Un aumento de más de dos mil 600 cabezas (específicamente en vacas más de 300) documentó la prensa estatal en mayo de 2018, para un rebaño total superior a las 191 mil 500 hembras. En tanto, un gráfico a partir del Informe del despacho productivo del programa agroindustrial del GEIA, sección cárnica, muestra a Camagüey como líder al cierre de 2015 con un total de 18 mil toneladas en pie entregadas a sacrificio. De ellas, cerca de 6000 salen como carne deshuesada.

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El liderazgo productivo de una provincia u otra no parece beneficiar a quienes la habitan. Paradójicamente, el hijo de la Doctora, en Camagüey, recibe la misma porción de ocho onzas por mes, pero en menor período que el resto de los niños del país. Aunque el proyecto socialista iguala a todos los menores ante la ley, los camagüeyanos no son priorizados durante el mismo tiempo que los residentes en La Habana, Santiago de Cuba o el municipio especial Isla de la Juventud. Mientras la norma para las restantes 12 provincias establece la entrega de carne solo hasta los siete años, a los de la capital, Santiago y la Isla se les da hasta los 13.

Maribel Montes de Oca dice sentirse preocupada desde ya porque su pequeño Darío cumple los siete años en octubre. Si vivieran aún en La Habana ella no estuviera preocupada, pero su casa se ubica en Matanzas. «Ay, Dios mío: ¡Ni leche ni carne!» —exclama. Maribel aprecia estas entregas del Estado, aunque «no es lo ideal».

—Digamos que sí, resuelve. Pero la carne da solo para tres bistecs que trato de dividir en tres comidas, acompañados de plátano frito. 

Como madre pone atención a las necesidades de hierro y proteínas de un pequeño organismo para su desarrollo, y presentes en altos niveles en la carne de res. «Es muy importante incluirla en su dieta».

Hace 30 años, la Convención sobre los Derechos del Niño hablaba de la necesidad de proporcionar a los infantes  «alimentos nutritivos adecuados» para combatir la malnutrición y las enfermedades, explica el texto Estado mundial de la infancia.

Más allá de lo que el documento expone, solo una parte de los niños cubanos son protegidos después de los siete años, y hasta los 13, con carne roja. La web de la FAO replicaba en 2011 una nota de Prensa Latina, dando por sentado su certeza: a cada niño cubano menor de siete años se le hace entrega diaria de un litro de leche, junto con otros alimentos como compotas, jugos y viandas que se distribuyen de manera equitativa. 

Recuerda Maribel que en La Habana lo que recibía era leche en polvo, la cual ella prefería por su durabilidad. «Podía hacerle al niño dulces y esos batidos que le encantan». Lo que lamenta es la desprotección de su provincia que en breve la hará perder tanto la leche como la carne para Darío. Confiesa que ha tenido que conseguir también en el mercado negro, «pero no ha sido tan frecuente porque no todos tenemos dinero para llegarle a ese mercado». 

Maribel recibe una dieta de carne por su condición actual de embarazada. Cuando nazca Elena, la carne correspondiente a la niña sustituirá a la de la etapa de embarazo. Para Darío será el fin de la gratuidad estatal. 

Todavía Alejandro Gutiérrez no siente sobre sus hombros la desventaja que supone para su hija de tres años vivir en Las Tunas. Cuando cumpla siete, la pequeña dejará de recibir la carne de res subsidiada que le asigna el Estado por la libreta de abastecimiento. Para ese momento el padre debe prepararse, si bien reconoce que la porción asignada hasta ahora es bastante pequeña y casi siempre de segunda (no limpia de pellejo); le da solo para dos comidas. Ha tenido que complementar con carne obtenida «por fuera». «Por la calle aquí en Las Tunas no aparece la carne. En la provincia —dice en referencia a la ciudad cabecera— no tengo contactos; en los municipios sí aparece. A 30 la libra. Bueno, eso era antes, ahora ya no. Ahora no hay de nada».

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A la Doctora le pasa lo mismo en estas circunstancias agravadas por el nuevo coronavirus. «Todo ha disminuido y los precios han aumentado» —lamenta. Incluso teniendo el dinero consigue lo que necesita. Prácticamente es una madre soltera mientras el esposo, médico también, intenta abrirse camino en otro país.

La pareja de médicos formados en Cuba conoce las estrategias del sistema de salud pública, en alianza con otros sectores, para evitar la anemia infantil. Ella habla como Doctora y como madre: 

«En los primeros meses depende de que las madres cumplan y se tomen las [pastillas] prenatales, además de ácido fólico durante el embarazo. Los niños menores de seis meses aún circulan con la hemoglobina materna. A los seis meses se les orienta el consumo de carnes rojas. Pero como esa media libra de carne que entrega el Estado no alcanza, se orienta el consumo de carnero por sus medios». 

En realidad, la orientación suele ser irónica. El carnero tampoco abunda en los mercados cubanos, así que los padres buscan en el mercado negro cualquiera de las dos opciones, si bien el precio de la carne de ganado mayor fuera de las tiendas recaudadoras de divisa llega hasta los 10 dólares el kilogramo (cuando aparece), y puede involucrarlos en una cadena delictiva. Existe una sobreprotección de este producto.

«La producción de carne vacuna en Cuba se mantiene entre las más controladas dentro del Programa de Desarrollo Ganadero del MINAG. El ganado vacuno constituye una de las reservas vivas más importantes de alimento proteico para situaciones excepcionales en tiempos de guerra o catástrofes naturales. Se considera un producto estratégico para la seguridad alimentaria, que encabeza el listado de productos del Balance Nacional de Alimentos» —se lee en el documento La cadena de la carne vacuna en Cuba, publicado con ayuda de organizaciones internacionales en 2016.

En consecuencia, se controla tanto la carne como al animal vivo y se criminaliza toda actividad comercial independiente del Estado que tenga como base al ganado mayor. El Estado, dueño real de cada cabeza de ganado, le exige a su dueño simbólico, el ganadero, mantener en regla el registro pecuario, marcar a las reses en el momento previsto. Y sobre pesa una especie de mandamiento: No (la) matarás. 

Toda res en Cuba debe tener, por ley, un carnet de identidad que la acompañe hasta su muerte. Lo llevará sobre el cuerpo a partir del primer año de vida, siempre y cuando el ganadero que la cría la reporte ante el Registro Pecuario.

Una res reportada es una res controlada por su dueño real, el Estado. Hasta el último de sus días. Hasta que estire la pata o se la hagan estirar. Cada número estampado con hierro ardiente en su piel dará la información necesaria sobre el lugar de nacimiento, raza, sexo y edad. Garantiza que «si aparece en Pinar del Río una res perdida en Santiago, se sepa todo sobre ella y se pueda devolver a su lugar de origen o, si eso es imposible porque la han matado, se esclarezcan los hechos y su dueño (simbólico) quede absuelto de sospechas». De ese modo lo explica una Ingeniera Pecuaria que por una década trabajó en la industria local de Palma Soriano, uno de los municipios de la provincia Santiago de Cuba. 

En lugar de matar utiliza la palabra sacrificar. En el país no se matan las reses salvo en los mataderos estatales; el resto es «sacrificio de ganado mayor», casi siempre acompañado de hurto, lo que les cuesta a los culpables penas de privación de libertad de entre cuatro y diez años. Así lo establece en la Ley 87 de 1999, modificativa del Código Penal redactado en la década del 70, el Artículo 240. Ni siquiera tendría el infractor que asestar con sus manos el golpe, pues, como reza el refrán cubanizado, «tanta culpa tiene el que mata la vaca como el que le amarra la pata».

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Para quien, sin autorización previa del órgano estatal específicamente facultado para ello, sacrifique ganado mayor, la pena no es mucho mayor que para el que venda, transporte o en cualquier forma comercie con carne de ganado mayor sacrificado ilegalmente, la sanción es de tres a ocho años de privación de libertad.

Se trata de un sistema normativo vigente, que «prohíbe el sacrificio de ganado vacuno y su comercialización en el país a cualquier entidad que no pertenezca al sistema de empresas estatales creadas para hacerlo. No está permitido el sacrificio por el propio productor ni la venta de la carne de res directamente a la población. El hurto y sacrificio del ganado vacuno por las personas naturales (y jurídicas no autorizadas) es penalizado por las autoridades nacionales», puntualiza el documento La cadena de la carne vacuna en Cuba.  

A Denia Caraballo y a su esposo, radicados en una comunidad llamada Santa Rita, en Santiago de Cuba, más de una vez les han robado reses. «Hasta los caballos nos han llevado» —lamenta. Jamás han aparecido (otros) culpables sobre los cuales derramar el peso de la ley. Podrían haberlos sacrificado ellos mismos. Se habrían comido la carne o la habrían vendido. 

Pero en los pequeños pueblos se corre muy rápido la voz y es fácil establecer una cadena delictiva pues quien, a sabiendas, adquiera carne de ganado mayor sacrificado ilegalmente, incurre en sanción de privación de libertad de tres meses a un año o multa de cien a trescientas cuotas, o ambas. No todos los días se da un festín de filetes rojos. «Las horas de atención y crianza fueron vanas». Denia y su esposo tendrán que pagar el valor de los animales perdidos al dueño real, el Estado. Pagar lo que no consumieron pero, a ojos de este dueño, tampoco cuidaron.

Ese dueño exige, además, que antes de sacrificar ganado mayor accidentado y sea imprescindible su sacrificio, se ponga «en conocimiento de la autoridad competente para su debida comprobación». De lo contrario se le impondría sanción de multa de cien a trescientas cuotas.

La protección legal que ostenta el ganado mayor en Cuba nada tiene que ver con la tácita preocupación por su bienestar, sino con una política de Estado encaminada, desde el triunfo de la Revolución Cubana en 1959 y su posterior Reforma Agraria, a aumentar la cantidad de cabezas de ganado, experimentar con el cruce de especies en busca de mejoras genéticas y súper productividad de leche. Fue uno de los sueños del joven planificador socialista Fidel Castro y que, si bien consiguió algunas palmadas, tuvo costos para la alimentación del pueblo cubano. De los 6 millones de cabezas de ganado vacuno que recibió en 1959 el poder de los barbudos, no queda sino una merma. En 2015 BBC publicó un reporte en el que hablaba de poco más de 4 millones repartidas entre 6.390 entidades estatales, cooperativas y 242.000 propietarios individuales.

Un año después se detalló en el mencionado informe de Cuba, apoyado por organismos internacionales, que existen en el país zonas destacadas en la producción de carne vacuna, por el área destinada a la ganadería y los volúmenes obtenidos. La zona central es la mayor productora, explica el texto, si bien es en el oriente cubano donde se dispone aproximadamente del 41 % de la tierra dedicada a la ganadería.

«En los últimos tres años, este territorio ha mantenido el 28,65 % de la existencia total de ganado vacuno del país; produciendo el 27 % del total de carne en pie a escala nacional». Sin embargo, no se dice cuánto representan, numéricamente, esos valores porcentuales; es decir, no aparece el valor de referencia de cuánto produce el país.

«Santiago de Cuba dispone de unas 155 000 hectáreas de tierras para la ganadería». El informe indica que a partir de una explotación adecuada de su potencial «se puede llegar a cubrir una parte importante de la demanda de carne vacuna de la provincia, que cuenta con 12.000 hembras destinadas a la producción de crías para la ceba». No deja escapar algo que llena de sentido esta idea: «la provincia tiene la segunda ciudad más densamente poblada del país y, por tanto, una de las mayores demandas».

II

Es difícil vivir en Cuba sin ser parte de una trama de corrupción asociada a alimentos básicos. Aunque la persona no se lo proponga, la escasez la empuja al mercado negro, donde se vierte todo lo extraído del sector estatal por trabajadores que «meten las manos» para complementar un salario medio de 40 dólares al mes. Pocos se arriesgan tanto, no obstante, como el que trafica con carne roja.

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Las razones están enumeradas en el DECRETO No. 225 de CONTRAVENCIONES PERSONALES DE LAS REGULACIONES PARA EL CONTROL Y REGISTRO DEL GANADO MAYOR Y DE LAS RAZAS PURAS. El primer artículo determina que contravendrán las regulaciones sobre el control y registro del ganado mayor, y se le impondrá la multa y demás medidas que en cada caso se señalan a quien:

 k) Estando autorizado para sacrificar ganado mayor lo efectúe fuera de los mataderos oficialmente establecidos o en lugares no autorizados para la matanza, 500 pesos y la suspensión de la autorización por un término de 90 días. 

  • l) Con la autorización correspondiente para sacrificar ganado mayor accidentado, cuando fuera necesario, incumpla las normas establecidas para su ejecución y el destino de sus carnes, 500 pesos… 
  • n) Suministre información errónea sobre los datos que esté obligado a informar al registro pecuario, 100 pesos y la obligación de suministrar la información verdadera, en el término que se le conceda.
  • o) No cuide o proteja debidamente los animales bajo su custodia, 100 pesos y si como consecuencia de dicha omisión se produce hurto, extravío, desaparición o sacrificio ilegal de los animales, 500 pesos. 
  • p) Siendo propietario de ganado mayor sin tierra, no cuide o proteja los animales de su propiedad y si como consecuencia de dicha omisión se produce hurto, extravío, desaparición o sacrificio ilegal, 500 pesos y el retiro de la autorización de poseer animales, debiendo vender los mismos a la entidad que se determine. 
  • q) No efectúe el conteo de los animales bajo su custodia en la forma establecida, 100 pesos y la obligación de efectuar el conteo.

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Tantos delitos tipificados en el Código Penal más estas contravenciones, merecerían una producción de carne elevada. No solo en las provincias tradicionalmente ganaderas, sino en todo el país. Entre los lineamientos de la Política Económica y Social (VI Congreso del PCC, 2011 y VII Congreso del PCC, 2016) se fija como objetivo «una producción sostenible de proteína de origen animal para atender prioridades como la seguridad alimentaria y la sustitución gradual de importaciones». 

Sin embargo, los padres cubanos no encuentran satisfecho el idilio de seguridad alimentaria de sus hijos en tanto alimentos elevados en proteínas como pescado, mariscos, son de difícil acceso y, además, está establecida la contratación por el Estado de todas las producciones de carne de res, cuyos únicos destinos son las industrias y mataderos estatales autorizados. 

Nueva Paz es un municipio de la provincia de Mayabeque donde radica una Empresa Cárnica que muchos llaman «El Matadero de Nueva Paz». De ahí sale, de manera ilegal, carne de res para el consumo de los habitantes e incluso hay personas que viajan desde distintas zonas con el propósito de comprar para revender en sus lugares de residencia. 

Todos los días se monta una pareja en un camión de pasajeros. Limpios, decentes. Ella con un bolso; él con una mochila. Van con audífonos, oyendo música durante el trayecto hasta que la policía detiene el vehículo para revisar. Ahí la pareja se quita los audífonos y ponen los ojos como piedras. La salva que no tienen «pinta de merolicos» —dice la persona que los ve. A ella misma, que identificaremos como Selina Araújo y nunca ha traficado nada, la han revisado. «Buscan algo frío» —dice.

Por detrás del telón sale la carne del Matadero, añade la residente de ese municipio, quien presume que los niños de la zona tienen menos anemia que los de cualquier otro lugar del país donde no exista «una situación tan favorecedora». Son los trabajadores, desde arriba hasta abajo —explica—, quienes mantienen viva esa cadena. «Los municipios más favorecidos son los de Nueva Paz, Los Palos y Vegas, por su cercanía con el matadero. Al resto de las comunidades llega la carne con más restricciones debido a que es más largo el tramo para cargarla. 

»El centro tiene unos 200 trabajadores. Están los que trabajan directamente con la carne, quienes las venden a otros y estos la sacan a la calle con un precio mayor a 25 pesos o un CUC (un dólar) debido a que ya pagaron a una primera mano. La sacan en el cuerpo y hasta en los desperdicios, entre vísceras y mondongos. Hay otros que están autorizados a sacar los camiones con carne y sacan sus tajadas». 

En las indicaciones metodológicas para la elaboración de los planes de la economía nacional (y su desagregación a nivel local) se desglosan las cantidades correspondientes al encargo estatal entre los siguientes destinos: Turismo, TRD y Balance Nacional. En este último se incluyen las cantidades que se suministran para la canasta normada y el consumo social. Se lee así en el citado informe que contó con la participación de productores, técnicos, especialistas, investigadores y decisores de los seis municipios de Santiago de Cuba y Granma, y de instituciones nacionales del MINAG, el MINAL y el MINCIN. 

No explica las cantidades que se envían regularmente a cada uno de esos destinos. Teniendo en cuenta las estadísticas del GEIA a las que los autores del documento accedieron, en estas provincias que tributan al Plan Turquino para garantizar el consumo de carne a grupos priorizados en zonas montañosas de difícil acceso, se producen anualmente cerca de 4000 toneladas (11 % del país), nivel superado solo por Camagüey.

Si a partir de esa cifra se calcula la producción nacional, tendremos como resultado alrededor de 36 mil 363 toneladas. Frente a 11.2 millones de habitantes, ello representa unas escuálidas 6.49 libras por persona para todo un año. Esto, suponiendo que toda la carne se distribuya equitativamente entre la población y no se emplee para ningún otro propósito. Cero exportaciones, ni distribución al sector turístico. Si los cálculos se hacen solo con la población infantil, embarazadas, ancianos y personas con dietas, la porción probablemente sería bastante mayor. Quedaría fuera un grueso de Población Económicamente Activa, que en Cuba al cierre de 2019 era de 4 515 200 ocupados según el diario oficialista Granma

Siempre quedarían los huesos para consuelo de muchas bocas. La recortería que expenden en camiones de vez en cuando en la periferia de la capital. 

No es el caso del barrio de Rossalia Benítez en El Cerro, municipio capitalino, donde es recurrente la presencia de vendedores que llegan hasta las puertas de las casas proponiendo alimentos. «Aquí venden de todo, y la calidad depende. Tampoco se le puede comprar a todo el mundo». Solo compra carne de res a gente conocida, de lo contrario va a la tienda. Antes —cuenta— compraba picadillo de res a 6 dólares y pico el kilo. Luego se perdió.

«Que yo recuerde, a mi hija le dieron dieta de carne cuando estaba embarazada. Pero luego se derrumbó el edificio [donde vivían] y había que ir desde El Cerro a La Habana Vieja y perdíamos casi todos los cárnicos porque no nos enterábamos de su llegada. 

»Yo ahora fue que pasé a mi nieta para mi libreta, pero tuvimos problemas con las compotas. Tampoco recuerdo que le hayan dado carne alguna vez. Además, el picadillo, que era lo que llegaba, siempre venía malísimo».

Coincide el testimonio de Rossalia con el de una madre radicada en El Cotorro, otro municipio de La Habana. Daymarelis Oquendo trabaja en Salud Pública y tiene dos hijos, de ocho años el varón y nueve meses la hembra. Cuenta que recibe del Estado un tubo de picadillo de res mensual para los dos niños, que alternan con carne. «Cuando no viene una cosa, viene la otra» —dice—. Pero ella y su esposo no están esperando eso «porque si no el niño se nos muere de hambre». 

Según el documento de Unicef, luego de un estudio que abarcó a mujeres de distintos países, se concluyó que para las madres el costo es, por mucho, el obstáculo más importante para una alimentación y una nutrición saludables, seguido de la falta de disponibilidad y acceso a alimentos saludables. Muchas madres mencionaron una serie de otras dificultades, incluyendo el hecho de que a los bebés no les gustan ciertos alimentos o son complicados con respecto a la alimentación, y las presiones familiares.

A la nieta de Rossalia todavía no le gusta la carne. «La tengo que engañar, hacerle croquetas, pasteles, empanadas y cosas así. Trato de darle cada día algo diferente y evitar perritos y esas cosas (ahumados) que no alimentan. Ellos necesitan comidas alegres, variadas, coloridas. A mi nieta no le puedes repetir las comidas porque dice que son aburridas. Hay que ser un chef para ella, por eso invento tanto». La abuela asocia el consumo de carne con la edad y la cultura alimentaria, independientemente de la escasez. Reconoce que todos los días pasan muchos vendedores por su casa. «Pero carne [roja] ahora no traen». 

Carla, una argentina radicada en Cuba que ha traído al país la cultura vegana a partir de su negocio culinario, valora que el cubano tiene muy presente la carne en su dieta y, por norma, la creencia de que es lo mejor. Del mismo modo asegura que es más difícil sostener en la Isla una dieta vegana o vegetariana debido a los precios y a la sistemática escasez. El boom del veganismo en el mundo, con tantas propuestas alimentarias, no lo cree pertinente para Cuba. Aunque ella, como terapeuta, desaconseja el consumo de carnes y aprueba solo el pescado una vez cada dos o tres meses. 

En la Isla de la Juventud, otro de los territorios protegidos, es más fácil conseguir pescado que carne roja. La madre de Lia y Leandro, de seis y 13 años respectivamente, esperaba el 16 de mayo la carne de res. Hasta ese día no había llegado y ella temía sucediera lo mismo que el mes anterior, cuando recibió pollo por carne. 

Es una práctica habitual en las carnicerías estatales entregar pollo en sustitución del producto que deba ser entregado. Este año es, no solo por el Covid-19, problemático para esta madre: Las seis bolsas de leche que recibe la niña, más las dos que recibe el niño, quedarán solo en dos porque Lia ya cumplió los siete años y en agosto Leandro arribará a sus catorce. Lo mismo pasará con la carne vacuna. La madre tendrá que recurrir con más frecuencia al mercado negro.  

Allá en Matanzas, mientras crece su barriga y el pequeño Darío se acerca a la edad que marca en su provincia el cese de la carne de res subsidiada, Maribel no está al tanto de las diferencias que la ubican en el lado débil de la cuerda. Piensa que la política de distribución de carne a los niños es homogénea en todo el país. Aun así, solo pide que se ocupen más de producir en los campos para evitar tantas limitantes. 

«Uno agradece porque algo es mejor que nada. ¿Te imaginas buscarme problemas por comprar carne de res a un extraño? No es solo por la legalidad pues al final mi hijo la necesita, sino porque valoro otros estándares como su inocuidad, procedencia, calidad. Tampoco me gustaría afectar ninguna embarazada o a otros niños comprándola desviada».

El Estado Mundial de la Infancia 2019 concluye con un programa en cinco etapas para dar prioridad al derecho de los niños a la nutrición. Esto comienza con la necesidad de empoderar a las familias, los niños y los jóvenes para que exijan alimentos nutritivos y motiven a los proveedores a tomar medidas que tengan en cuenta las necesidades de los niños, mejorando la disponibilidad, el precio, la seguridad y la conveniencia de los alimentos sanos.  

¿Cómo implementar esto en Cuba, un país sin datos abiertos? A la pregunta de por qué los niños que no crecen bien, la respuesta de Cuba es gris: No se dispone de datos recientes o No hay datos disponibles. La estadística de que el 59 por ciento de los niños de todo el mundo no reciben los nutrientes necesarios de los alimentos de origen animal alarma.

En tanto Infomed, el sitio web del Ministerio de Salud Pública, asegura que Cuba no tiene esos problemas, es el único país de América Latina y el Caribe que ha eliminado la desnutrición infantil severa, gracias a los esfuerzos del Gobierno por mejorar la alimentación del pueblo, especialmente la de grupos más vulnerables.

*Los nombres de los protagonistas de esta historia fueron cambiados para proteger su identidad.  

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