Los cuerpos disidentes: Marcia, Melisa, Merle y María


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Melisa (Fotos: María Lucía Expósito)

Cuatro historias, cuatro cuerpos. Esta serie me llevó algunos meses de trabajo porque no fue sencillo convencer a las retratadas de exponer sus disidencias, que son algo más que el mero camino de envejecer. Acabé poniendo mi propio cuerpo, para dar el ejemplo. Yo soy María.

¿Por qué vale la pena mirar estos cuerpos?

Tal vez porque han sido mirados con asco y deseo. Eso los pone en una categoría propia, la de disidentes. Son cuerpos que las normas rechazan y, no obstante, levantan un deseo obsesivo. Porque son cuerpos enfrentados, no a otros cuerpos, sino al poder masculino y mental. Sobre todo, porque son cuerpos de una belleza resistente.

El cuerpo de Marcia los amantes lo viraban de espaldas después de desvestirse. Ella tiene 2 hijos. Uno de los embarazos le redondeó el vientre en  la cárcel de mujeres de Santa Clara, Cuba. La piel cuenta esa historia en cada pliegue. Tiene menos de 30 años, pero ella misma, cuando llegaba el momento de mostrarse, dejó de quitarse toda la ropa. Por vestirse a su estilo llegaron a decirle a ese cuerpo que era tuerca, tortillera, y hasta «vete de mi casa, mala madre, marimacha, que a partir de hoy no eres más mi hija».
El cuerpo de Merle aprendió a aceptar la naturalidad de su forma queer. Pudo desquitarse de todo. No tiene nada convencional. Dreadlocks azules, naranjas, amarillos. La piel que fue modificando con agujas para trazarle figuras a esa pared vacía. Entendió que la piel en blanco era una imposición y se coloreó. Le fue difícil salir a la calle, pero no podía esperar a que aceptaran que la belleza no tiene que ser binaria.
Este cuerpo quiso ser libre, poliamoroso, salirse del plato como le diera la gana, desbordarse. El cuerpo de Melisa creció y se desperezó en medio de una familia presidida por un padre machista y violento. Luego fue a una escuela militar donde le impidieron expresarse: «Eres una loca, una puta, una cochina, una lesbiana, una invertida». «A mí me da igual, yo sé por qué soy bisexual. Sé cómo quiero sentir y con quién», dice este cuerpo.
El cuerpo de Marcia ya sabe desnudarse completo. Convive consigo mismo sin condescendencia. Encontró otro cuerpo que, en confianza, le dijo «¡Bienvenido!». La historia de este cuerpo tiene un final feliz. Los hijos, los cuerpos que parió, crecen. Las huellas de la maternidad no dan vergüenza. Son solamente un hecho que se palpa distinto.
Habla el cuerpo de Merle: «Imponer también es acosarte en la calle y hasta en tu propia casa. Si a usted no le ha sucedido, me alegro por su buena suerte, no ha sido el caso de mi cuerpo, que no ha vivido cerca de la problemática línea de la aceptación. Se trata de entender el hecho de que somos diferentes y así, bajo esas diferencias, aprender a vivir en diversidad».
Finalmente, el cuerpo de María, uno que quiere quedarse con todos sus pelos. Ha evitado por meses la deforestación. Cuando esas piernas y axilas peludas van la calle son observadas como el cuerpo de un animal exótico, incluso en las consultas de hospital donde algún médico, técnico o paciente, pregunta si es un cuerpo atento a la norma de alguna religión o influido por «eso del feminismo». A algunos masturbadores no les gusta, ¡qué buena noticia!
María Lucía Expósito

María Lucía Expósito

Fotorreportera

Comments (2)

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    Alberto Miguel

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    Osado, pero al.mismo tiempo quedado escueto. Si la intención era la síntesis o responde a alguna norma, bien, pero esos cuerpos tienen más para contar

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