Los cubanos de Trump y la política «elvispresliana»


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Ilustración de Polari 

Los cubanos de Trump son binarios en política, igual que los cubanos de Fidel. Machos y hembras de cuño tradicional. Más machos en ambos casos, por supuesto, como es el mundo machango que tenemos. 

La política binaria, más bien «binarista», es masculina. Disfruta más el forcejeo en la barra de un bar que la charla edificante de los borrachos en ese punto en que el alcohol, si cayó bien en los nervios, te hace querer a la gente o te da sueño. Estos políticos tienen que derribar a alguien necesariamente por la muñeca. Si no tienen a quien noquear han fracasado.

En ambas orillas de Cuba no tenemos un modo de entender el debate que no sea jacobino. Dame tu cabeza. Así habla, en cuanto se le presenta la oportunidad de hacerlo, Díaz-Canel. En el mismo estilo, como si la experiencia de la vieja democracia estadounidense no les hubiera enseñado nada, hablan los cubanos de Trump.

Los más estridentes son los influencers, gente la más binaria que hay fuera de la Plaza de la Revolución, junto con algunos políticos de tono menor y vocecitas que hablan para el exilio o para Washington, nunca para ser oídos claramente en La Habana o en Guaracabuya.

Ayer Berta Soler, la mujer que lidera a las Damas de Blanco, dijo que sí, «Trump 2020», con el argumento muy binario de que si Trump no gusta a los comunistas de Cuba forzosamente tiene que gustarle a ella. Berta es notoria por estas incongruencias. Sería una opinión cualquiera, aceptable, si no fuera trágico que la devoción por la política de Estados Unidos para Cuba, la fe en que un presidente americano hará la democracia de la isla, se ha convertido en un requisito para los héroes civiles de la oposición.

Eliecer Ávila, por decir uno que pasaba por socialdemócrata hace unos años, ahora es un activista republicano. Por serlo completo, como el exilio espera de él, se convirtió al racismo. Hay que verlo así, como una conversión religiosa, donde la fe se abraza entera o es herejía.

Una de las políticas más serenas que tiene la oposición, Rosa María Payá, católica y provida, se ha reconocido con naturalidad en el espíritu de la actual administración estadounidense. Lo que no le conviene, en tanto cubana que participa de nuestro precario juego político, es confiarse a la solución de Trump, como hizo cuando obsequió al presidente con unos yugos de camisa estampados con el escudo cubano, ni más ni menos, y le dedicó su buena fe.

Estos políticos e influencers hablan como si no entendieran nada de las relaciones entre ambos países, ni de la sensibilidad histórica que tiene la mayoría de los cubanos, con Fidel o sin él. Idealmente, ningún político debería confiar a un colega extranjero, a cargo además de una nación que tiene una relación tan larga y problemática con la propia, la solución de los problemas doméstico.

Que anden así por la vida explica, en parte, junto con las herramientas de control de la dictadura cubana, que la oposición tenga pocos seguidores en Cuba.

Transitar a una situación democrática, siquiera al nivel de una democracia liberal defectuosa, requiere aceptarse, y ese es uno de los grandes pendientes del exilio cubano y de la oposición. Aceptar, primero, que la Revolución Cubana ocurrió, en vez de querer borrarla, y luego ver qué hacemos con esa certeza en lo adelante. Aceptar, necesariamente, que debes construir tu propia personalidad política a partir de lo que eres, en vez de afiliarte pasivamente al plan que otro tiene para ti.

Rebasar las violencias del castrismo obliga a comprender su origen y sus rutas, las razones por las que nuestro carácter y el de la vieja república cubana favorecieron que acabáramos así, subordinados a un poder más opresivo que el que tenían nuestros abuelos encima.

Miami, el exilio político quiero decir, ha sido hasta ahora solo una negación, nunca una superación de la Revolución Cubana. Fue una base terrorista, hoy es un refugio para todos los conservadurismos como reacción al comunismo soviético, sin chance de democratizarse ni a sí mismos.

Alex Otaola, el más gritón de los influencers cubanos, entrevistó a Trump muy versallescamente el otro día. Como de favor le pidió que mirara una lista negra de toda la vida, dice él que roja, para que el presidente cubano de los Estados Unidos castigue a un grupo de artistas por su tibieza frente al gobierno de La Habana. Algunos de los enlistados jamás han hecho propaganda de ningún partido, mientras Alex corea consignas republicanas a diario en nombre del exilio.

No hay que ponerse pesado porque Otaola mezcle la política con el chisme. Pero promover las sanciones estadounidenses, antes y ahora, mañana incluso, es joderse la credibilidad frente a las millones de personas que buscan una alternativa dentro de Cuba para tener un país habitable. Las violaciones de derechos humanos no se resuelven con una cura de caballo que dañe el bienestar de quienes queremos defender. La mayoría de los «beneficiados» por estas arengas lo tiene claro.

Qué binarios son todos. A Otaola sus seguidores machos le celebran los cojones y le perdonan las plumas porque habla masculinamente, performance aparte, sobre Cuba. Cuadraría mejor tener una política «elvispresliana», pero esa tradición solo existe como pulla del orador binario que fue Fidel y es una nota que el exilio, la simple negación, tampoco sabe dar. Todavía no tenemos plumas para eso.

 

Maykel González Vivero

Maykel González Vivero

Periodista.

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