Lorena en busca de «la pinga utópica»


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Mujeres trans en el parque de la Fraternidad, La Habana (Foto: María Lucía Expósito)

Lorena es una mujer que viene a casa al menos una vez por semana. Entra siempre con su sonrisa y cruza las piernas como una reina en el sofá. Me pide café, cena escondiendo sutilmente el apetito que tiene siempre. El hambre de hacer una comida al día. El hambre de quien hace las calles para vivir.

Cada visita es diferente. Hablamos de todo.

Me cuenta que su mamá no la deja andar sin camiseta por la casa. Le dice que su sobrina es muy pequeña y no entiende que Lorena tenga tetas.

Ahora está quedándose con una amiga y su hija de 3 años. La niña le hace muchas preguntas, entre ellas la más temida: «¿eres una mujer?» Lorena no sabe qué decirle. Me pregunta qué decir. Y yo le explico lo que sabemos todas las activistas, las que luchamos por un mundo diferente, pero que no nos prostituimos ni pasamos hambre, ni tenemos que explicarle a una niña de 3 años que somos mujeres porque nacimos así. Me entristece la soberbia de creerme sapiente, porque yo no sé nada. Yo duermo todas las noches en una cama.

Cambiamos de conversación. Le pregunto cosas sobre su trabajo y me siento más pequeña que nunca ante esta mujer.

Me explica cómo sale cada noche a buscar esa pinga que le llenará el plato para siempre. Una pinga utópica. Mientras espera ese encuentro trascental, se conforma con las pequeñas pingas. Le pagan 100 pesos cubanos por chupar y 200 por dar el culo. Y habla así, sin garbo, sin medias tintas. Habla de cómo le enloquecen los pepillos, los mulatones kilométricos que «se mandan una buena tranca». Dice que mueve el pie nerviosa cuando ve a uno que le gusta y se sonroja.

Lorena corre mucho. Me lo cuenta a carcajadas y yo no entiendo. Corre delante de la policía. La acosan cada noche. La tocan, buscan delitos que no existen, disfrazan su moralidad, su transfobia y su deseo.

Sí, su deseo. Me cuenta, como si no tuviera importancia, que los policías exigen servicios gratis para dejarla tranquila. Mi rabia crece. Me calma: «Niña, pero yo me pongo china, la calle es así». Me siento más pequeña cuando saca fuerzas para consolarme.

Le pregunto sobre la epidemia de covid-19, de cómo trabaja con el toque de queda. Sigue saliendo cada noche en su búsqueda de la pinga utópica. Ya tiene 2 multas de 2.000 pesos, duplicadas. La próxima vez va presa.

Me habla riendo de su última noche de trabajo.

Estaba enferma del estómago. Un «pepillo» le dio 200 pesos por cogerle el culo. En medio del servicio sintió algo caliente. El cliente se había cagado. Ella lo ayudó a limpiarse y él pagó lo acordado.

Cambia el semblante. «No siempre es así, a veces no pagan o se molestan y me dan un piñazo, un empujón». Dice con alivio que a ella nunca la han golpeado mucho.

No quepo de rabia cuando me dice que sí la han violado, escupido, y hasta apartado con asco cuando terminan con su cuerpo.

Me cuenta sobre la pinga utópica. Lorena quiere un marido. Pero uno «de verdad», me dice y vira los ojos. «No uno de esos que se hacen los activos y cuando llega la hora del espectáculo se ponen en 4 pa’ que una se la meta», sigue. «Yo quiero un tipo de verdad, pa’ yo ser su mujer».

Le pregunto si no quisiera otro trabajo. Me dice que sí, que necesita estar tranquila, pero que seguirá haciendo las calles al menos los fines de semana porque no puede vivir sin eso. Cuando ha tenido maridos que la han obligado a estar en casa, se escapa. Le gusta el oficio. Y me doy asco a mí misma por mi moralidad.

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