Cuando lo que se prostituye es la ley


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Las trabajadoras sexuales son más perseguidas que los trabajadores sexuales por la Policía. Enfrentan  penas que van de uno a cuatro años de internamiento. Estos son los sueños y las pesadillas de quienes sobreviven con una actividad que todavía protege al cliente.

Hasta hoy, en el Código Penal cubano la prostitución no tipifica como delito; como sí ocurre con el proxenetismo, la pornografía, la trata de personas y la corrupción de menores. Aún así, las trabajadoras sexuales pueden ir a prisión bajo la acusación de “índice de peligrosidad”. Una etiqueta que sirve para librarse de aquellos que no han cometido infracción pero deben ser borrados.

Desde los tribunales, algunos abogados críticos perciben en la actualidad una reforzada política criminal sobre la prostitución y el proxenetismo en la isla, lo cual se traduce en mayor frecuencia de estos casos en los juzgados y sentencias más fuertes. Paradójicamente, la ley no parece aplicarse por igual a hombres y mujeres. Algo que las historias de Débora, Yudeisy y Mariana ponen en evidencia.

Débora

Se quita el vestido, se quita la tanga, se quita el sujetador, se ducha, se pone ropa limpia, se pone los lentes verdes, se pone maquillaje – el creyón rosa chicle que le da más volumen y una sombra plateada sobre los párpados- se pone sus tacones rojos, los más nuevos que tiene, y sale al pasillo, porque para salir fuera debe pasar antes por ese pasillo estrecho donde vive. Débora acaba de mudarse a Centro Habana.
Pudo alquilar un pequeño apartamento de un dormitorio al final de un interior. Un barrio ruinoso que parece a punto de desplomarse, pero que hasta hoy no lo ha hecho. Cada noche, montada sobre sus tacones de aguja y piedras brillosas, debe bordear las aguas albañales que desembocan en la esquina de su casa. Es una zanja pestilente donde flotan cáscaras de frutas y la propia porquería de la gente. Aguas que huelen mal.

A dos cuadras de allí toma un taxi hasta el Vedado. Se baja en 23 y se exhibe por la Rampa. Desde un viejo auto, un hombre le lanza algún piropo sórdido y ella le responde triunfal: “bájate, papi”. El olor a sal casi se siente en este punto de la calle. Entonces cruza y se queda parada con la brisa del mar sobre la espalda y sus ojos vueltos a la ciudad.  “El malecón te deja estar en dos sitios a la vez”, piensa.

Te imaginas yo, con esta cara, llamarme Gilberto. Mejor Débora, la debora-dora de hombres”, explica con un tono coqueto y sensual como de comercial publicitario. Para cuando cumplió 18 y fue mayor de edad, Débora llevaba trabajando en el sexo alrededor de tres años. Uno antes se había travestido por primera vez y había cambiado su nombre original, Gilberto.

Desde esa fecha ha ejercido el trabajo sexual de manera intermitente. A ratos trabajadora sexual, a ratos auxiliar de limpieza en el psiquiátrico de su provincia, en otros cuentapropista. Cuando Ecuador tenía libre visado para los cubanos, buscó un boleto y fue a comprar ropa. Vendía en Pinar del Río lo que traía de Quito. Tenía una pequeña tienda privada y los dedos repletos de anillos dorados.

Esos fueron buenos tiempos para ella, pero le quitaron la licencia de un momento a otro. Ahí fue cuando decidió volver a La Habana: “lo que consigo alcanza para pagar el alquiler, comprar lo necesario y mantener la casa, porque mi novio no trabaja. Yo soy el sostén de todo.”

El Código del Trabajo en Cuba, consigna que el derecho al empleo es igual para toda la ciudadanía, “sin discriminación por el color de la piel, género, creencias religiosas, orientación sexual, origen territorial, discapacidad y cualquier otra distinción lesiva a la dignidad humana” pero soslaya poblaciones históricamente discriminadas como las personas que se identifican con un género distinto al normado por su sexo biológico y aquellas que viven con VIH/Sida.

Débora es seropositiva, tiene el pelo largo y teñido, los labios delineados y siempre usa lentes para cambiar el color de sus ojos. Tiene senos abultados y nalgas engomadas. La operación de los senos la pagó clandestinamente en un médico, a cambio de tres mil CUC y las nalgas se las inyectó un amigo. “Es una inversión. Esto se paga solo”. Dice mientras palpa la silicona y la situación con la policía: fundamental antes de salir a buscarse la vida.

Yudeisy

Es febrero y las temperaturas se sienten bajas. Yudeisy se queja de que el malecón es un hoyo de frío y humedad.
“Los hombres buscan orgasmos fluidos, placer, saliva, espasmos, sudor, goce, sexo, gemidos, semen, que se la chupes y le mires a la cara mientras lo haces, que seas su mercancía” dice Yudeisy, una hermosa afrodescendiente de 26 años, con cabello rizado, piernas tonificadas y  curvas marcadas. Ella, espontánea y desinhibida, repite una y otra vez: “la prostitución no es el camino fácil, como le llaman”.

Yudeisy creció en La Habana Vieja, en medio de una familia desastrosa: una madre alcohólica y un padre de quien nunca supo. En su lugar convivió con un sinfín de padrastros, algunos menos abusivos que otros, pero ninguno que recuerde con nostalgia. Huir de casa, a los 16, era escapar del infierno. Desde entonces se las arregló por sí misma como pudo o supo: “Es repugnante acostarse con algunos de esos tipos, pero pagan bien. Al menos los que no se rehúsan a darte el dinero cuando terminas y te amenazan con llamar a la policía; ¿y si la policía viene? Pues el problema es para ti, no para el turista, por supuesto”. Señala mientras gesticula en demasía y bate sus uñas doradas con filosos bordes. “Aquí hay hombres que también se prostituyen con mujeres u otros tipos y nadie se mete con ellos. La policía solo nos caza a nosotras.”

La prostitución masculina es un fenómeno escondido que cada vez se acentúa más en la realidad cubana y del que apenas se habla. Así lo ha percibido, en más de 25 años de experiencia, el abogado Francisco González. El jefe del Bufet de La Habana Vieja dice nunca haber visto en tribunales un hombre condenado por prostitución en Cuba.

“Los que han cumplido prisión ha sido por robo con violencia, agresiones, desorden público pero en los tribunales no se menciona la palabra prostitución, como si ocurre con las mujeres. A pesar de que cada vez es más visible el trabajo sexual masculino”. Para el abogado todo parte desde la visión machista y estereotipada con la cual se disemina el asunto. Si la policía detiene a una mujer con falda corta, tacones y en medio de la calle durante la noche, es puta. Un hombre, en cambio, puede estar en el mismo lugar y a la misma hora que no se le juzga”.

Yudeisy nunca ha pisado una estación de policía, pero tiene claro que una vez que lo haga, una segunda advertencia podría significar la cárcel. Las trabajadoras sexuales en Cuba se enfrentan a penas que rondan de uno a cuatro años de internamiento aunque solo se les pruebe que estaban en la calle con “poses provocativas”. Mariana, por ejemplo, fue condenada a dos años.

Las trabajadoras sexuales en el Malecón de La Habana

Las trabajadoras sexuales en el Malecón de La Habana

Mariana

Su vida puede resumirse así: 24 años, dos hijos, un embarazo adolescente y la escuela inconclusa. Rubia, dos tatuajes, ojos verdes. Luego, con 19 años, un hombre le ofreció dinero por sexo, “no me dedicaba a eso pero necesitaba dólares”. Ella aceptó. Después de eso vendrían las noches en hoteles, y casas de alquiler, los clientes que un amigo recomendaba, la posibilidad de pagarse sus propias cosas. La cárcel.

La tarde que la policía la detuvo, Mariana estaba en la calle junto a otra chica, también prostituta, y unos hombres que las habían invitado a beber algo. De la nada apareció un oficial, pidió sus documentos de identidad y las condujo hasta la estación. Ella estaba calmada. Nunca había tenido ningún altercado con el orden, ni constaba con acta alguna. Pensaba, entonces, que irse a casa sería sencillo.
Solo que desconocía que la otra muchacha tenía un seguimiento abierto por prostitución y muchas advertencias. Su libertad pendía de un hilo y ese día se quebró. “Allí en la unidad declaró que yo también era jinetera y trabajábamos juntas. Me hundió con ella. Y fui a juicio”.

En el tribunal se leyó un informe donde se acusaba a Mariana de “desorden público”, “andanza con elementos antisociales”, “deambular de noche”. También de “elevado nivel de vida”, lo leyeron allí, y ella no sabe a qué se refirieron exactamente, porque desde que recuerda ha vivido en un pequeño apartamento de 10 de Octubre con sus abuelos: unos pocos metros de sala y una barbacoa de madera que se estremece al subir. Realmente, de lo que allí fue dicho casi nada es cierto.

“Cuando me detuvieron, recién me recuperaba de una peritonitis, no debía tener sexo aún. Presenté un certificado médico que lo avalaba, además de cartas del CDR y la FMC donde se explicaba que tenía buena conducta en el barrio. Siempre fui muy discreta para vestirme y en mi actitud. Decir que estaba metida en escándalos públicos era mentira”.

La historia de Mariana la ha visto Carlos Mario Morejón demasiadas veces en los juzgados. Como abogado ha defendido cientos de casos de índice de peligrosidad, es decir, de prostitución específicamente. De ese total, solo recuerda haber ganado unos cinco, o sea, de haber obtenido una sanción más leve y evitar el internamiento.

Casi ningún abogado quiere aceptar estos procesos, porque están perdidos antes de iniciarlos. “Todo está amañado para condenar al acusado y no darle el derecho de una defensa justa”, dice Carlos. No se presentan pruebas de culpabilidad, más allá de un informe escrito, que muchas veces contienen elementos que pueden no ser ciertos. El defensor conoce ese documento acusatorio unas horas antes de que comience el proceso y desde el inicio se sabe el resultado. Para el abogado la definición del proceso es “totalmente inquisitivo”.

Para Morejón, si se quiere penalizar el trabajo sexual debería tipificarse como delito y ser analizado dentro de un proceso judicial menos cuestionable que el que hoy se desarrolla. Aunque a su juicio no es la mujer quien debería ser criminalizada, sino el cliente. Una idea que se debatió en Cuba por los 2000, y recientemente ha sido retomada por  Mariela Castro, y que aún sigue sin concretarse.

Carlos Morejón está seguro que la prostitución trae consigue proxenetismo, tráfico de drogas, corrupción de menores, trata de personas: la mujer es tratada como mercancía. 

“Hacer la calle”

Yudeisy es “jinetera”, dice, porque le gusta “cobrar bien”. Gana mínimo 50 CUC cada noche, el doble del salario medio en el país, probablemente cinco veces más de lo que ganaría en una empresa estatal, con su noveno grado de escolaridad. No parece feliz pero no lo dejará de inmediato. Para el futuro idealiza “encontrar un extranjero que se enamore de ella y la saque de Cuba”. Es el plan “perfecto” que la envuelve. El mismo que un día tuvo Mariana.

Por ahora, a diferencia de Débora, Yudeisy prefiere trabajar en los clubs. Le gusta el glamur de La Habana prohibitiva, que solo unos pocos pueden pagar. Aunque algunas noches, ella también va al malecón. Esos ocho kilómetros de muro que bordean la costa norte, un sitio de pescadores y paseos en familia, de muchachos que tocan la guitarra para sus amigos y compran comida a vendedores ambulantes.

En la zona de Débora y Yudeisy todo ocurre más sigiloso. Un mercado que vende sexo en silencio. Con poses y guiños. Ellas están ahí para negociar placeres y prometer prácticas hedonistas. Eso sí, son cuidadosas y están pendientes de la policía. Yudeisy no tiene antecedentes pero Débora ya cuenta con un acta de advertencia por portar una pequeña navaja. Un arma que nunca ha usado pero que reserva para “situaciones extremas”:  cuando un tipo que porque paga cree que la puede obligar a lo que la da la gana. “Si es así, me tengo que defender”.

En su caso, como no reside legalmente en La Habana, todo es más turbio. En Cuba está restringido el movimiento de otras provincias hacia la capital. Débora no tiene la transitoria y si la policía le exige una identificación puede ser encarcelada y deportada a Pinar del Río, su provincia de origen, a donde no pretende volver. Además de todos los problemas que representa ser trabajadora del sexo, Débora pertenece a un grupo aún más estigmatizado: las que vienen de otra ciudad sin papeles, ilegales dentro su propio país.

“Si tú no vives legalmente en La Habana, no tienes permiso de trabajo, entonces ¿cómo te ganas la vida? Puede pensarse que haces algo ilegal. Esto basta para condenarte por presunción. Ganarse el dinero como trabajadora sexual es más arriesgado cuando no eres de la capital”, explica el abogado Morejón.

 

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Claudia Padrón Cueto

Claudia Padrón Cueto

Nació en Pinar del Río en los años 90 pero ha eligido para vivir La Habana y su caos. Es incapaz de llegar a algún lugar sin perderse antes. Rompe con un par de estereotipos de lo que se espera de una persona cubana: nunca ha bebido café y no le gusta la salsa. Es periodista porque no ha sabido, ni querido, ser indiferente a las demás personas. Y porque cree que aún queda demasiado por mostrar. Tiene la romántica idea de quedarse para contar su país.

Comments (2)

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    richard e feinberg

    |

    Otro trabajo brilliante de Claudia Padron Cueto, periodismo con proposito, un sentido humano profundo, visuales como si fuera un pintor, con contexto social bien actualizado. Muy emotivo y impactante.

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    richard e feinberg

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    Otro trabajo brilliante de Claudia Padron Cueto, periodismo con proposito, un sentido humano profundo, visuales con si fuera un pintor, con contexto social bien actualizado. Muy emotivo y impactante.

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