Las Putas Indignadas: Entrevista con Jeannette, trabajadora sexual y anarquista de Barcelona


1,129 Vistas
Prostitutas del Raval, Barcelona (Foto: Internet)

A Jeanette le gusta el rock and roll, como a toda buena anarquista y también las películas, siempre y cuando no sean muy románticas, porque desde hace tiempo desmitificó ese tipo de amor, no por prostituta, sino por feminista.

Aunque Almodóvar trate de hacer que en sus películas las trabajadoras sexuales sean mujeres «normales», no pueden ir más allá del guion de un director de cine. Y por eso la realidad lo sobrepasa.

Jeanette está vestida de jeans y una camiseta negra que lleva estampada en blanco la consigna anticapitalista de un grupo anarco, y por encima, una chaqueta de cuero, negra. Trae una gorra que se parece a las que usaba Lenin y espejuelos de miope con armadura gruesa, también negra.

Jeannete no es alta, ni delgada, ni tiene el pelo largo o rubio, y con 60 años sigue trabajando. Es pequeña, de piel morena y ojos grandes. Completamente natural.

«Cuando trabajaba para terceros tenía que vestirme como una prostituta de manual: lencería fina, zapatos de tacón, maquillaje y minifalda; para ejercer como mandaba el empresario. Pero eso era un personaje. Un uniforme. Hoy que trabajo para mí me visto como me da la gana», cuenta.

El barrio del Raval, en Barcelona, siempre se caracterizó por ser muy popular, pero el turismo lo ha gentrificado, subiendo los precios a niveles casi increíbles. 

La policía, para hacer próspera a la industria del turismo, se encarga de lograr seguridad en la madrugada, cuando los «guiris», término que dan por aquí a los turistas alemanes o nórdicos con mucho dinero, regresan borrachos a sus hoteles, o al departamento rentado en Airbnb.

Esta calle, paralela a La Rambla, puede ser peligrosa de madrugada. Barcelona es así, muy luminosa de día, pero en la noche, incluso las avenidas, no son tan claras como las de otras ciudades. Y las callejuelas de los barrios por lo general son de una pobre luz cenital.

Por eso ahora Jeannette está de guardia, cuidando la puerta de un edificio que se abre de golpe en la escalera y no hay más espacio que el necesario para subir a los siguientes pisos, espacios que el colectivo de «Putas Indignadas» ha comprado, porque la hipocresía del capitalismo prohíbe a las trabajadoras sexuales alquilar un apartamento para ejercer su profesión.

No obstante, la prensa, en la sección de clasificados, publicaba anuncios publicitando la prostitución.

«Esos moralistas de ABC y El País no se quieren acordar ahora de todo el dinero que nos sacaron a trabajadoras y trabajadores sexuales», dice Jeannette.

«Hay que hacer guardia en la entrada del edificio para cuidarse de algún borrachito que se pueda poner violento. Aquí nos rotamos todas para hacer guardia», sigue contando.

«Un día me toca a mí, el día siguiente a la otra. La compañera que esté de guardia es la que tiene la llave, así evitamos que se pueda colar alguien que no queremos. Quien hace la guardia, abre la puerta a la compañera que viene con su cliente y vigilamos por cualquier cosa que suceda».

Jeannete está parada en la esquina, no porque ahora trabaje, sino porque anda cuidando a sus compañeras.

Nadie nace para puta

«Aquí todas empezamos por lo mismo, porque es un dinero rápido: siempre al comienzo hubo una urgencia que nos hizo dar el primer paso. La misma sociedad capitalista que nos reproduce hoy nos educó ayer en el rechazo a esta profesión. Lo hace siempre. Pero una vez que estuve adentro, reconstruí muchos de mis preceptos: paradójicamente aquí fue donde me radicalicé, y no luchando contra la dictadura en Uruguay, donde nací y crecí, siendo la única mujer entre muchos hermanos», dice Jeannette.

«Ellos iban al colegio público, pero la nena, por ser nena, tenía que estudiar en un colegio de monjas hasta los 16 años», continúa.

Y se pone seria, poco antes de decir, rotunda: «Nadie nace para puta».  

Cuando comenzó la dictadura, su familia vivió el típico drama de las capas medias cuando llega una crisis económica. Se convirtió en pobre de la noche a la mañana.

Jeannette tuvo que dejar sus estudios e irse a trabajar. Con 20 años se fue de vacaciones por un mes a Europa y no regresó. Trabajó hasta los 25 como niñera o limpiando casas.

«Pero yo estaba más para el cachondeo. Trabajaba para juntar un dinerito y disfrutarlo», recuerda.

“Cuando llegué a España, nada era como imaginé. Era una España oscura y gris, donde la televisión empezaba a las 5 de la tarde y terminaba a las 12 de la noche. solo había dos canales en blanco y negro, mientras en Uruguay teníamos cuatro a color», analiza. «Además, en España la población estaba muy envejecida».

Jeannette dejó una dictadura que nacía para llegar a otra que moría. Franco y el franquismo se desplomarían en 1975 y con la transición comenzaría a liberarse la sociedad de los prejuicios morales, hasta llegar al destape de los años 80.  

La España del Caudillo se fue transformando en los «Tacones lejanos» de Almodóvar.

Protestas en Barcelona (Foto: Internet)

«En algún momento vino un problema personal y necesité un dinero urgente. Una amiga me dijo que me iba a llevar a una cafetería a buscar trabajo y resultó ser un burdel. Así empezó todo», relata sobre su estreno como puta.

«A los 3 meses había aprendido el oficio. Soy una persona que vive a su manera y basta que me digan que tengo que hacer algo para desobedecerlo», dice.

En cualquier oficio siempre estuvo predispuesta a resistir.

«Cuando mi empleador quiso cambiarme el horario diurno a la fuerza, protesté porque tenía bien planificados mis tiempos para ser limpiadora en la mañana y dama de compañía en la noche. Y gané», recuerda.

«He pasado por varios trabajos socialmente correctos de día, porque la prostitución me daba la oportunidad de irme si no estaba de acuerdo con las condiciones en que laboraba. Y siempre ganaba menos dinero que aquí en la calle», observa. «Trabajar no me dignificaba, en mi lucha diaria yo dignificaba mi trabajo».  

Jeannette tiene esto bien claro: «Nosotras no vendemos nuestros cuerpos, vendemos nuestra fuerza de trabajo ¡Que venga una feminista de salón a decirme que tengo que dejar de trabajar! ¿Cómo una compañera que dice defenderme me va a desemplear? Lo que hay que hacer es tumbar el sistema para que desaparezca este trabajo y otros muchos que son más precarios que el nuestro».

«Es contra el capitalismo contra quien hay que luchar, no contra nosotras», insiste. «Si yo me voy a una fábrica no voy a ganar lo mismo que aquí. Los patrones me van a imponer sus horarios, sus normas, su explotación. Como trabajadoras autoempleadas, organizadas y sindicalizadas, hemos logrado mejores derechos laborales que muchos obreros», analiza.

«El problema es el sistema, no somos nosotras», enfatiza. «Luchamos, entre otras cosas, por librarnos de los proxenetas, y sacar de la explotación a las muchachas que trae aquí las trata de mujeres».

A quemar contenedores

Jeannette ha viajado toda Europa sin hablar otros idiomas. Solo le bastan unos gestos, porque en su profesión ha aprendido a conocer a la gente, a adivinar sus deseos, más allá de la comunicación.

Ama practicar deportes, casi todos de riesgo: parapente o esquí. Nunca se ha enamorado de ningún cliente, porque trabajo es trabajo.

«Tengo dos hijos varones, uno es máster en ingeniería biomédica y el otro es ingeniero informático. Los he protegido todo lo que he podido, afpero soy una persona que nunca ha dado, ni dará explicaciones de mi vida», afirma.

«El mayor fue uno de los que lideró la creación del test rápido de una hora, para detectar el coronavirus. Ambos están trabajando desde casa. Nuestro hogar no es muy grande, es un piso de 65 metros, pero afortunadamente cada uno tiene su habitación y somos muy respetuosos con la privacidad del otro», narra.

«He sido como cualquier madre que trabaja. No tengo hijos traumatizados, al contrario, creo que les ha ido muy bien en la vida», reflexiona con un gesto de satisfacción.

El sobrino también contó con la ayuda de Jeannette para estudiar ingeniería industrial: «Él siempre me dice: “Tía, si no fuera por ti estaría en Uruguay vendiendo crack”».

«Soy tan antisistema que mis hijos solo llevan mis apellidos. Nunca me he casado, ni me casaré. El padre de ellos es el amor de mi vida, pero nunca vivimos juntos. Él murió con solo 37 años, y lo más duro que he pasado es tener que dar esa noticia a los niños», sigue relatando.

«Ellos a veces sí me dicen que estoy un poco loca, porque salgo a quemar contenedores o a gritar a cara descubierta en la puerta de la comisaría. La policía tortura y asesina, y es que me creo con total impunidad de gritarle al sistema todo lo que pienso.»

(Foto: Inés Baucells)

El sindicato de Putas Indignadas

En el sindicato de «Putas Indignadas» del Raval hay mujeres de distintas edades y nacionalidades. Desde las que tienen 20 años hasta las señoras de 75. La mayoría son de Europa del Este, de África, América Latina y, en menor medida, del resto de Europa.

Jeanette todavía ejerce su oficio, pero su principal propósito ahora es trabajar como portavoz del sindicato junto a otras compañeras.

«El colectivo de Putas Indignadas nace como una campaña», explica.

Fue el primer sindicato de trabajadores sexuales de España y se constituyó formalmente en 2018.

«La Ordenanza Cívica fue creada por las izquierdas, por eso creemos que los partidos burgueses de izquierdas no son garantía de derechos humanos. Fue una ley promovida por el Partido Socialista Catalán, Izquierda Republicana e Iniciativa Verde. Pero no nos quedamos calladas», dice con un gesto retador.

«Nos organizamos y dimos un golpe sobre la mesa. En un mes y 20 días de protestas, logramos reunirnos, nada menos que con quien fue alcalde de Barcelona entre 2011 y 2015, Xavier Trias, que es un burgués conservador», relata. «En menos de dos años teníamos a Paula Esquerra, una trabajadora sexual como Canciller de Distrito en la Candidatura por la Unidad Popular (Cup).

«Un año después, abandonamos la cancillería, porque la política es muy sucia. Consideramos que no estábamos allí para hacer números, sino para romper el sistema. Fue una experiencia, pero entendimos que la política que muchas veces llaman feminista, eran un poco de burguesitas con la cabeza amueblada, que de feministas tienen muy poco», concluye sobre esa época de su activismo.

«Respeto que estructuralmente la Cup sea anticapitalista, pero realmente no me sentí cómoda. Soy antisistema total», repite.

Jeannette quiere seguir hablando, pero ya le duelen los pies de hacer guardia.

«Pon Jeannette Puta», dice, después de interrogarla sobre su apellido. «Jeannette en francés y Puta con mayúscula».

Haz un comentario