Las puñaladas que me regalaron por Navidad


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(Fotos: María Lucía Expósito)

A mí siempre me han gustado los hombres altos. Dicen que, por lo general, a todos los altos nos pasa igual. Quizás es un instinto que me enuncia que hay un caballo grande entre las piernas.

Sea cual sea la razón, la verdad es que si miden más de 1.80, ya han ganado una buena parte inicial de la batalla. Por eso mismo el blanco del 24 de diciembre de 2021 causó tanta impresión en mí.

Yo llevaba 15 minutos en la parada esperando una guagua o un taxi que me llevara hasta la Habana Vieja. En estas fechas y sobre estas horas, 11 y tanto de la noche, era prácticamente imposible. Salir del Cotorro, lo mismo que llegar, siempre es un dilema.

Llevaba un pantalón de tela gris, bastante holgado y un pulóver blanco. Encima un abrigo negro. El pelo rubio, sujeto la frente por una cinta gris, se me rizaba desordenadamente, dando la impresión, junto con los adornos en el cuello y en las manos, de la libertad que yo presumo. Era un maricón suelto en la medianoche.

A lo lejos venía caminando Alberto con sus tantos centímetros. La gorra y el nasobuco oscuros no me dejaron detallar su rostro. Me doblé para detallarlo. Yo miro a los hombres con desenfado. A fin de cuentas, por mi vestir y mis maneras, puedo ser identificado fácilmente como gay, y eso me salva de confusiones. El que quiera mirarme que lo haga. Yo, siempre que encuentre a alguien hermoso, me detendré a mirarlo.

Él me siguió con la vista, sin temor. Se acercó a mí y me pidió fuego para un cigarro. Me preguntó también la hora. A las 12 de la noche ningún heterosexual puede acercarse a un pájaro con estas justificaciones que están en el top de los recursos básicos para «fletear». Yo correspondí su atrevimiento con la mirada, y él continuó con una charla superflua.

Como me dijo que estaba aburrido, cambié mis planes de marcharme a La Habana, donde me esperaba una colega de trabajo para continuar la parranda navideña.

Se presentó por su nombre, y ambos decidimos sentarnos en un banco. Caminamos hacia el parque 9 de abril, un famoso sitio de encuentro en el Cotorro, famoso también en estas fechas por sus miles de peligros. Una vez sentados, me interesé rápidamente en la posibilidad de tener un encuentro sexual.

―Yo soy hetero en verdad, solo una vez un pájaro me mamó la pinga –dijo.

―Interesante ―respondí―. Cuéntame de ti.

Mientras Alberto hablaba, nasobuco abajo tras mi pedido, detallé su rostro minuciosamente. No tenía agujeros de aretes ni piercing alguno. No era rubio, aunque lo parecía. Era más bien «jabao», aunque la gorra azul oscura solo me dejó ver el pelo alrededor de las orejas. Era muy hermoso. Se reía ampliamente, y la nariz era lo suficientemente equilibrada como para todos los gustos. Cejas tupidas, ojos expresivos. Su hablar era resuelto, aunque no tan fluido como él mío.

Yo me terminaba una cerveza de la que él decidió no tomar, y rápidamente pensé en comprar otra, incluso en comprar dos para regalarle una.  

―¿Qué planes tienes? ¿Para dónde ibas? ―preguntó.

Contesté que una amiga me esperaba para irnos al Melodrama.

―¿Qué es el Melodrama?

―Un bar súper cool que está en La Habana Vieja.

―¿Y te vas a ir por fin?

Su cara me estremeció. Parecía un muchacho falto de cariño. Ya me había contado que su mujer era problemática. Según él, hasta golpes le había dado. Con la mirada me rogaba continuar la noche juntos.

―En realidad no sé ahora qué hacer ―dije.

―A ver, yo no te voy a obligar a nada ―replicó―. Pero si quieres quédate. Podemos seguir conversando. Al final la estamos pasando bien.

Y era cierto. Inicialmente fui con él hasta el parque pensando en algo sexual. Un retozo ocasional de esos que tanto disfrute otorgan. El blanco estaba imponente, y yo quería comérmelo. Poco me importaba si era activo o pasivo. Y quería singármelo. Pero tampoco soy un animal con ropa. Una vez que empezó la charla, todo se hizo más emocional. Nos mirábamos a los ojos y nos abríamos la vida, al menos yo lo estaba haciendo.

Decidí quedarme.

Manuel de la Cruz

Le encantó que yo fuera escritor. Le hablé de Yojanier, el pájaro del Cotorro que fue asesinado. Quiso leer mi crónica y celebró que yo hiciera aquel homenaje por un amigo y por la comunidad LGBTIQ+. Me comparó con «La Veneno», la heroína de una serie española que a él le apasionaba. Me contó detalles de su vida bastante novelescos.

―Pregúntale al amiguito tuyo del pelo largo por mí ―sugirió–. Pregúntale por el muchacho del marbellín.

Se rio.

―¿El marbellín? ―me extrañé―. Cuéntamelo todo.

―Mi mujer es muy tóxica, mijo ―empezó―. Ella es jinetera, ¿viste?, pero me controla mucho. Es súper celosa. Cuando se va a trabajar, coje un marbellín y me marca la pinga, para enterarse si yo singué o no. Un día llegué con el marbellín intacto, porque nada más me mamaron la cabeza, pero ella se dio cuenta, y la próxima vez me hizo otra marca, pero en la misma cabeza.

Yo no salía del asombro. Estaba oyendo un cuento de ficción.

―A veces también me echa brillo liso ―continuó―. Y con eso sí es imposible que yo haga algo sin que ella se dé cuenta. Una vez lo hizo y me dio con la escoba y me tiró la olla de presión por la cabeza, por suerte no me dio. Yo quiero dejarla ya. Llevamos 3 años en eso, y eso no es vida. Porque yo soy noble, pero un día ella me va a hacer cometer una locura.

Sentí hasta lástima por Alberto. Con sus escasos 23 años ya había desperdiciado 3 con esa mujer paranoica y manipuladora, y bajo la excusa de ser mantenido por ella, había aceptado todo tipo de violencias.

Su familia vivía en Ciego de Ávila, un lugar al que él no deseaba volver.

Hablaba y miraba al suelo. Volvía a mí sus ojos y me trasmitía un cariño desolado. Se me acercó lo suficiente a la boca como para desear besarlo, pero me contuve. Él lo notó.

Con la segunda cerveza traje también dos africanas, una para él y otra para mí. Nos habíamos fumado ya casi una caja entera de H. Upmann, así que fui a buscar otra.

―No te vayas por favor ―pidió―. Cuando compres la cerveza no te vayas.

 Yo estaba disfrutando la noche, que era como un regalo especial de Navidad. Al regresar con la cerveza decidí darle una determinación a aquello.

―Yo sé que tú eres hetero, pero yo he estado con muchos que dicen ser heterosexuales ―dije―. Al menos admites que ya tuviste un encuentro sexual con un pájaro. No te voy a negar que me gustas muchísimo, y que me siento muy bien contigo. ¿Debo esperar algo o todo esto será en vano?

Miró al suelo, levantó la mirada.

―No te vayas, me caes muy bien ―admitió―. Si logras excitarme bien es posible que pase algo.

Ipso facto puse una mano en su muslo antes de pedirle que siguiéramos conversando. Él continuó hablándome de sus muchos dilemas, mientras mi mano comenzó discretamente a curiosear. En los próximos minutos pude palparlo todo por encima del pantalón de camuflaje.

―¿Viste que no es grande na? ―dijo y se echó a reír―.

Yo subestimé el chiste.

―Horita crece, muchacho.

Seguí oyéndole hablar, ya sin prestarle atención. Mientras amasaba aquello, fue tomando un tamaño asombroso, muy acorde con mis predicciones. El caballo sí que era grande.

Hice el primer ademán de sacarle la pinga de aquel aprieto, pero él me pidió que esperara. Aquel rabo ya tenía dimensiones apetitosas. Calculo que alrededor de 21 centímetros y un grueso considerable.

La boca se me hacía agua. Así, sin pelos en la lengua, lo confieso.

Me imaginaba aquel rabo casi sin estrenar por ningún maricón, erguido, dispuesto aunque tímido, y me sentía en el deber de hacerlo feliz. Pero nada, Alberto no quería sacárselo aún.

Unas parejas pasaron cerca de nosotros. Se sentaron en un banco contiguo. Él se cortó, y me pidió seguir conversando sin roces. Saqué mi teléfono y comenzamos a ver fotos y videos. Entre cada video continuábamos la charla, y ya estábamos bien pegados uno al otro.

Siempre hubo posibilidad de beso, pero en realidad no lo precisé. Recostado a mí prácticamente, me pidió el teléfono y googleó el nombre de una mujer. Pinchó en la categoría videos, y supe prontamente que se trataba de una actriz porno. Abrió uno de los videos.

A las 2:30 de la madrugada de esta Navidad, Alberto y yo éramos dos hombres acurrucados en un parque oscuro viendo pornografía.

La pareja se marchó, e instintivamente llevé mi mano a la escena del crimen. Había un trabajo que hacer. Para luego sería muy tarde. Pensé en ofrecerle mi casa, seguir la charla o lo que fuera, pero me acordé de Yojanier, asesinado en su propio hogar por un amante. «La casa es sagrada», pensé.

Me pidió un minuto para ir a orinar, y yo lo seguí con la vista. Orinó detrás de un árbol, bastante oculto para mí, cosa que me extrañó. Llegué a pensar que Alberto tenía complejo con su rabo.

―¿Chico, tú tienes una pinga de dos cabezas, o qué? ―le pregunté, ofendido.

Él se reía muchísimo.

―No chico, pero entiéndeme. Acuérdate que yo no estoy adaptado a esto.

 

El Cotorro, La Habana, Cuba

Seguí en mi labor, dispuesto a lograr la tan condicionada excitación para el sexo oral o lo que fuera a pasar.

Cuando regresó de orinar, yo estaba dispuesto a todo. Y él también. Lo que yo no sabía era la orientación de su disposición.

Amasé hasta el cansancio su pinga por encima del pantalón, y no lograba erección. Alberto temblaba. Se excusaba con el frío, y yo presumía para mis adentros que se debía al nerviosismo de los primerizos.

Me pidió que acercara mi boca a su pantalón, y aquello me resultó muy extraño. «Bueno, la gente tiene fetichismos», me dije a mí mismo. Acerqué mi boca a su pantalón, y simulé sexo oral. La pinga respondía, pero tímida. Las únicas cosas pronunciadas que había a las 3 de la mañana eran mi erección y sus temblores.

 ―Agáchate ―me pidió―, para verte desde abajo.

Yo, como mujer complaciente, accedí.

―Cuando me la pares, me la saco y me la mamas.

No aguantaba más, pero no me masturbé por temor a venirme antes.

Me molestaba que él necesitara ver videos pornográficos para lograr la excitación, pero era capaz de entenderlo.

Aquel blanco de 23 años estaba sentado en el banco. Con su mano izquierda aguantaba mi teléfono, desde donde reproducía ahora a Mia Khalifa. Yo estaba inclinado con mi cara en su pinga, haciendo un esfuerzo encomiable para despertarla del todo y finalmente hacerla mía.

Me apreté el rabo por encima del pantalón gris holgado, me acaricié la cabeza. Mordí la suya por encima del pantalón de camuflaje, levanté la vista y vi que le gustó. Bajé la cabeza y volví a morder.

Sentí un dolor muy fuerte en la espalda. Fueron 2 dolores. Caí al suelo y lo vi mandarse a correr. Se llevó mi teléfono.

―¡Singaoooo! ―le grité.

Lo vi correr el pasillo oscuro con mi teléfono en la mano. Pensé en levantarme a correr y noté el dolor de mi espalda. Me había pinchado. Me había apuñalado.

Sentí una apretazón en el pecho. Lloré por dentro, no sé si decepcionado por el timo, o preocupado por la herida. Caminé solo a las 3 y tantas de la madrugada hacia el policlínico, encorvado y adolorido.

Caminé apurado y triste, sin teléfono, sin erección y sin placer alguno, preguntándome porque no me fui con mi amiga al Melodrama.

 

Comments (1)

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    Leandro Seoane

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    Triste. Pero bueno. Lección aprendida y q Bueno q estas acá para contarla.

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