Las «mulas» cubanas en el país más pobre de América


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El paisaje que atraviesan las «mulas» cubanas en Puerto Príncipe. (Foto: Cortesía de los entrevistados)

Antes de que el gobierno de La Habana anunciara nuevas medidas económicas sobre la importación de bienes este 15 de octubre, las «mulas» cubanas ya sostenían el mercado negro de la Isla. Desde Haití, el país más pobre de América, venían cargadas de comida y medicamentos.

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Maribel Iglesias, una cubana de 28 años que antes trabajaba en una unidad militar, ha volado desde La Habana durante una hora y 40 minutos para aterrizar en un punto de la capital de Haití donde no existe la recogida de basura. Aun así, el país más pobre del hemisferio se convirtió en uno de los destinos más populares para las «mulas» cubanas desde 2017, cuando comenzó la venta de paquetes turísticos en Cuba.

Desde el terremoto de 2010 y los últimos conflictos políticos, en Haití no abunda el agua potable. Es el país más pobre del continente, donde no termina una crisis cuando comienza otra.

«En los barrios que visitamos el polvo hace más denso el aire. Es un aire turbio que huele a sudor y grasa, y te impregna la piel con una especie de hollín. A mí no se me olvida el olor de aquel lugar», confiesa Maribel. «Es como si lo llevara pegado en la nariz».

Ni ella, ni la gran mayoría de los viajeros nacionales que han pagado un paquete turístico para arribar a Puerto Príncipe, la capital, han visitado La Citadelle, las playas de Les Cayes, o la cascada Saut-Mathurine. Ni siquiera han contemplado la ciudad desde su mirador o degustado ragú de carne a la jardinera. Su viaje tiene un solo fin: comprar en la parte más pobre de esa ciudad, la capital más pobre de América, para luego revender en Cuba. 

Desde el primer semestre de 2018 la Agencia de mensajería Valtó, en la capital cubana, funciona como intermediario entre la compañía de viajes Explore Caribbean, que tramita directamente los visados (por un año) con el consulado haitiano en La Habana y la clientela cubana. Por 1225 dólares americanos estas ofertas incluyen la estadía y dos comidas diarias en los hoteles Sams, Confort o Sunshine; 35 kg de equipaje y un taxi que los recoge en el aeropuerto. Además, del boleto de avión en la aerolínea Sunrise Airways, que hace directa la ruta La Habana-Puerto Príncipe y que ha incrementado a seis la frecuencia de sus vuelos semanales.

Después del cierre de las agencias Gran Cuba y Daquirí, Valtó es la principal compañía que ofrece vuelos a Haití para los cubanos. Su mánager Leonardo Tamayo ha vendido aproximadamente 850 paquetes al mes. Esto significa 3 400 nuevos viajeros que han tomado un vuelo desde mayo a agosto de 2018. «Actualmente Haití es nuestro destino más vendido, seguido por Guyana y México, pero la demanda de Haití supera en cientos a las otras. Incluso, los cupos de las promociones se agotan y tenemos clientes en lista de espera», dijo.

Cubanos hacen cola en la agencia Valtó, en La Habana, para comprar un paquete turístico con destino a Haití. (Foto: Claudia Padrón Cueto)

Los trámites en Valtó son sencillos. No exigen cuentas bancarias ni propiedades (como exige la Embajada de México, por ejemplo). Ni siquiera hay que visitar el consulado o entregar documentos que prueben los antecedentes penales o estado civil de los interesados. Ningún documento certificado por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba, Minrex. Con ellos, obtener la visa múltiple por un año es tan fácil como llegar a su oficina en 23 y L, en La Habana, y comprar un paquete del cual se pagará 260 CUC en el local. (El resto  del dinero ―casi 1 000 dólares― se pagará al llegar a Puerto Príncipe).

Con estas «facilidades», Haití se ha convertido en la tierra de las oportunidades para las mulas que inician sus negocios y que aún no pueden costear la inversión inicial de destinos más caros como Rusia o Guyana. «Esto es para empezar en el negocio, quien tenga mejores opciones no viene aquí», resume Maribel. 

De «mula» en Haití

Para llegar a la Ville el 9 de julio de 2018, Maribel contrató a un joven haitiano como guardaespaldas por solo cinco dólares. El muchacho —con unos 25 años, cabeza rapada—  sostiene un arma en la mano derecha y conoce unas pocas palabras en español. 

Después de algunos días de revuelta y tres muertos en las manifestaciones desandar los pulgueros de Puerto Príncipe es más peligroso que lo habitual. Sobre todo para las mulas cubanas, quienes deambulan por las zonas más profundas de Haití con cientos de dólares escondidos en el cuerpo. Maribel Iglesias, por ejemplo, los guarda apretados contra su pelvis.

La cubana se distingue por su rostro caucásico y sus ojos verdes en medio de la marea de gente. Son unos ojos enormes que abre aún más cuando algo le parece caro. Tiene 28 años y una hija de apenas cinco. Enviudó poco antes de viajar a Haití.

De su esposo heredó una pequeña propiedad que luego vendió por  9 000 CUC. Parte de ese dinero lo lleva encima en su primer viaje a Haití.

Medicamentos y comida

El barullo de La Ville es intenso: un sinfín de voces que invitan a comprar. Los Bonjour! Comment ça va? se mezclan con ¡Hola! Cómpreme cuando se dan cuenta que hay una persona cubana merodeando. «Es la parte baja de la ciudad, un laberinto negro donde casi no se distingue el cielo. No te imaginas que un lugar así existe hasta que llegas allí», describe Maribel.

En La Ville se puede comprarpor docenas y a precios bajos miscelánea, juguetes, mochilas escolares, macramés, cosméticos… pero realmente lo que distingue a Haití es el acceso a medicamentos y comida a cambio de unos centavos.

«Allí se puede comprar estimulantes sexuales y óvulos por el equivalente a tres pesos en Moneda Nacional de Cuba y luego se revende a 25 pesos (1 USD) cada uno. Ambos tienen mucha demanda, y baja oferta, además no pesan», explica Yadira. Este es un negocio redondo para ella, aunque también compra mentol para los dolores, cremas antifúngicas, antiácidos, Omega 3, vitaminas y diclofenaco. 

Ventas callejeras en Haití. (Foto: Cortesía de los entrevistados)

A sus 35 años, Yadira, madre de dos hijos, dejó su empleo en la Aduana de la República de Cuba para convertirse en «mula». En sus cuatro viajes a Puerto Príncipe siempre ha cargado de regreso a Cuba― los cinco kilogramos de medicamentos permitidos. Además, cuela otros frascos y tiras de pastillas en el equipaje principal. 

En su barrio han aparecido clientes habituales que le encargan de antemano sus productos. Junto a los medicamentos, se ha especializado en ofrecer jugos de caldo Knorr para hacer congrí, paquetes de refresco de sabores exóticos, sazones y confituras. 

Tanto Maribel como Yadira, además de los remedios y la comida, importan teléfonos celulares, bombillos led recargables, audífonos, medias blancas para usar en las escuelas, silicona, tornillos. «Cualquier cosa aquí se vende»,  insisten ambas. Luego prosiguen el listado de mercancías: trajes de baño, sandalias, pamelas, peluches, ropa, esponjas para lavar platos… La lista sospecho es infinita.

Las primeras «mulas» tenían batas blancas

A Osmel le he han preguntado una y otra vez si está loco. Casi nadie entiende cómo abandonó su vida como enfermero en Matanzas para instalarse en Puerto Príncipe en 2014 y alquilar luego su casa a otros cubanos. A todos siempre responde lo mismo: «Locos quienes se quedan allá. Haití está muy abastecido y te dejan prosperar. Si tienes dinero, lo encuentras todo». 

Doc, como lo llaman en Puerto Príncipe, tiene la piel negra y mide casi 1.80 metros de alto. Él llegó al país como parte de la misión médica cubana que viajó tras el terremoto de 2010. En ese entonces a los colaboradores cubanos se les permitía regresar a su país natal con 10 cajas de equipaje.  «Muchos vimos los precios tan bajos como una oportunidad para hacer negocios en Cuba. De mi equipaje vendí una nevera, dos bicicletas, ropa, un colchón, zapatos». 

Después recuerda animado: «¡Hasta le compré el espacio de una de sus cajas a otra licenciada que necesitaba el dinero! Otros hicieron igual. La idea de importar desde aquí no es nueva, solo que ahora se ha multiplicado… se han sumado viajeros comunes». 

Un año después de terminar su misión, Osmel decidió volver a Puerto Príncipe e instalarse definitivamente. Él vive ahora en La Calle de los Cubanos, un pedazo de ciudad donde se agruparon varios de sus compatriotas y florecen negocios de renta para los que viajan desde Cuba. Una especie de Airbnb para las mulas nacionales, donde obtienen hospedaje, desayuno y cena por solo 10 dólares a partir de su segundo viaje.

«Las condiciones de estos lugares varían pero no hay comodidades en general», dijo Yadira, quien ha compartido el cuarto hasta con ocho extraños de ambos sexos y un solo baño con 32 personas. «De noche no se puede dormir tranquila porque estás rodeada de desconocidos que pueden robarte. Luego sales y te enfrentas a la miseria y los posibles asaltos. Haití es un sacrificio muy grande y sobre toda para las mujeres, pero nos permite vivir mejor. Por eso venimos».

«En el último año ha crecido la cantidad de cubanos aquí», asegura Osmel. «Solo tienes que ir a cualquier mercadillo barato y verás muchos allí regateando con los haitianos».

Su percepción es correcta: cada vez más coterráneos suyos viajan de una isla a otra como mulas: ingenieros, amas de casa, escritores, maleantes, abogados. En Cuba cualquiera, con un mínimo de capital, puede transformarse en negociante amateur y hacer de la crisis local un mercado a abastecer. 

Un mercado de pulgas en Puerto Príncipe. (Foto: Cortesía de los entrevistados)

Según Cristel Plaisimond, exfuncionaria para la cultura y turismo de la Embajada Haitiana en La Habana, Cuba es actualmente el segundo país emisor de turistas a su nación, después de Estados Unidos. Aunque realmente los cubanos no van por placer. «La idea de este paquete era demostrar que Haití es más que lo que exponen los medios de comunicación. Por eso quisimos hacer un vínculo isla a isla. Ojalá los cubanos visitaran algo más que las zonas pobres y conocieran las bellezas de mi Patria. Pero tanto a mi país, como a los otros donde viajan frecuentemente, lo hacen casi siempre con fines comerciales, bajo la etiqueta de paseo».

Probablemente cuando comenzó la venta de los paquetes en mayo de 2017, la embajada y las agencias no imaginaban la demanda ascendente que tendrían. 

Si sumamos los más de 3 000 visados tramitados por el consulado haitiano en La Habana, de enero a mayo de este año, y los 1 700 que ha vendido Valtó en agosto y septiembre, sabremos que casi 5 000 cubanos visitaron Haití por primera vez entre enero y agosto de 2018, sin contar los que lo han hecho por segunda, tercera o cuarta vez; además de los ciudadanos cubanos con pasaporte español que no necesitan visado. 

Esto significa que en apenas ocho meses al menos unos 10 millones de dólares en efectivo (paquete más inversión) han salido de la Mayor de las Antillas y menos de la mitad de ese dinero ha regresado como mercancía para el mercado local.

La importación de bienes por personas naturales está provocando que salgan millonarias cantidades de divisa extranjera de Cuba para la compra de insumos que luego se comercializarán en las monedas locales (CUC o CUP). Eso, el economista Ricardo Torres lo define como «un ciclo constante» que vuelve a comenzar cuando parte de las ganancias se destinan de nuevo a comprar dólares y viajar con ellos. Con cada viaje de Maribel o Yadira, o las más de 5 000 «mulas» que han llegado hasta Puerto Príncipe en 2018, Cuba pierde considerables divisas. Pero recibe centenares de productos que escasean. Es un complemento informal del comercio exterior cubano.

Para Torres, las «mulas» que abastecen el mercado negro inevitablemente estimulan la actividad informal, con todo lo que eso implica. Por ejemplo: ¿Cómo se garantiza la fiabilidad de los medicamentos en venta?

En Cuba, la Resolución 206-14 de la Aduana General de la República prohíbe la importación con carácter comercial para las personas naturales; pero en la Isla la sociedad conoce —y el gobierno tolera— el mercado negro que abastece al país de productos para el aseo, ropa, bisutería, calzado, electrodomésticos y hasta piezas de auto.

Las «mulas» han encontrado en la  inestabilidad o ausencia de productos básicos en el mercado estatal una oportunidad para sacar provecho. Pese a que el gobierno tiene mayores posibilidades y recursos para negociar, son ellas quienes han demostrado la rentabilidad del negocio.

Para Torres la explicación radica en el sistema de comercio exterior y distribución disfuncional que tiene Cuba. «En este sistema hay un divorcio casi total entre la demanda solvente y las prioridades gubernamentales en relación a las importaciones». Es decir, ante la crónica escasez de divisas, se priorizan compras que muchas veces obvian los artículos de consumo de alta demanda como piezas de repuesto, electrodomésticos, entre otros. 

«Como en las economías de mercado existe una mayor alineación entre lo que se importa, y la demanda doméstica, casi cualquier país puede ser un destino de compras para los comerciantes nacionales», explica el especialista.

Vista de un mercado informal en La Habana, «suministrado» por las mulas cubanas. (Foto: Claudia Padrón Cueto)

Cinco semanas después de su primer viaje con un gasto de 2 025 dólares (1225 el paquete + 800 dedicados a la estancia y la compra de mercancías)  Maribel recuperó el costo del paquete y una pequeña parte de la inversión. «Esto es muy lento. Las ganancias comienzan a verse a partir del tercer intento».

«Para percibir ganancias se debe viajar al menos una vez al mes durante todo el año de visado». Ese es el plan que ejecuta Maribel: compra un boleto de Sunrise por 440 dólares y aterriza cada cuatro semanas en La Ville. Puede que hasta compre un segundo paquete para una amiga y la contrate como su mula. Incluso sus proyectos van más allá del mero comercio informal. 

Ella también ha valorado pagar 1000 CUC por «adquirir» la residencia haitiana, como han hecho algunos de sus conocidos. «Una residencia extranjera puede ser de ayuda. Quiero seguir viajando para comprar. En Cuba siempre faltará algo», termina. 

 

Nota del editor: El Instituto para el Reporte durante la Guerra y la Paz (IWPR, por sus siglas en inglés) colaboró en la producción de este reportaje.

Claudia Padrón Cueto

Claudia Padrón Cueto

Nació en Pinar del Río en los años 90 pero ha eligido para vivir La Habana y su caos. Es incapaz de llegar a algún lugar sin perderse antes. Rompe con un par de estereotipos de lo que se espera de una persona cubana: nunca ha bebido café y no le gusta la salsa. Es periodista porque no ha sabido, ni querido, ser indiferente a las demás personas. Y porque cree que aún queda demasiado por mostrar. Tiene la romántica idea de quedarse para contar su país.

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