Las matemáticas de «la nueva normalidá» servidas en un mojito


924 Vistas
Foto de Sadiel Mederos Bermúdez (Tremenda Nota)

Tengo que decir, por no decir mentira, que la nueva normalidad me gusta. Tanto como un mojito al caer la tarde, en La Habana, mirando al mar desde un lugar alto, aunque venga con la yerbabuena marchita, traiga poco ron, solo una pizca, y caiga en el estómago con la fuerza de un placebo.

Así es, y no por eso es menos bienvenida, «la nueva normalidá».

En el discurso político, lo que la distingue es la urgencia. Ha expuesto, como nunca sucedió en la vieja normalidad, el apuro del gobierno por hacer rentable un régimen económico fundado sobre el principio monótono del control.

Hay que hacer en dos días lo que no se hizo en 10 años, desde que las reformas fueron planteadas por primera vez, o en toda la vida, desde que la Revolución Cubana se sovietizó y renunció con ese gesto a una parte de su originalidad.

La nueva normalidad viene desesperada, como si el tiempo perdido no estuviera ya echado a la basura y se pudiera reciclar ahora.

Se siente una pena sincera por la retórica de estos días. Díaz-Canel, Alejandro Gil o Marino Murillo, necesitan mucho tiempo para explicarse en la televisión, les cuesta ir al grano y confesarse. No consiguen decir en detalle cómo será la economía de «la nueva normalidá» y mucho menos por qué Cuba dejó pasar los mejores momentos para efectuar las reformas que a los economistas les ha llevado una vida imaginar.

Si esa lentitud para explicarse, encubridora de la falta de oficio comunicativo y hasta de transparencia, será la nueva norma, no hay todavía, al menos en economía, una normalidad nueva.

Unas reformas de este tamaño ―que traerán inflación, según Murillo, y un precio a pagar en el bienestar de cada uno de los ciudadanos―, no debieron esperar por una crisis mundial, explicada además con la torpeza del apuro. Es la hora forzosa de cambiar, dicen los políticos, como si ellos no hubieran impedido ese mismo cambio.

A Cuba le tocó una epidemia particularmente dura. Para evitar que se extendiera y se fuera de las manos, el gobierno optó por administrar el hambre sin decidirse hasta ahora a canjear un poco de incentivos a los productores a cambio de unos boniatos. Así se acumuló el desgaste que obligó, sin más opción, al «ordenamiento monetario» urgente y a «la nueva normalidá».

El coronavirus destrabó el curso de las reformas. Si el gobierno por fin las concreta, y si las cifras oficiales de la enfermedad son tan pequeñas como dicen las estadísticas oficiales, habrá que agradecerle a Wuhan por haber terminado el trabajo pendiente de Raúl Castro.

Foto de Sadiel Mederos Bermúdez (Tremenda Nota)

Con «la nueva normalidá» sanitaria y económica llegarán algunos turistas, un respiro de remesas, equipajes acompañados y sin acompañar, carga embarcada en Panamá y, también, porque no hay modo de librarse, carga viral.

Al filo de la nueva normalidad, en las colas hay multitudes y en los mercados nada. Quedan menos tiendas accesibles para la gente común. Placetas, por decir un pueblo que está en el mismo centro de Cuba, tenía tres tiendas grandes. Dos venden en dólares.

Cuando quede cancelado el peso convertible (CUC) ―«será el día primero de cualquier mes», dijo Murillo―, Cuba seguirá viviendo con dos monedas. El viejo peso (CUP) y el viejo dólar (USD), monedas de «la nueva normalidá». La diferencia para Placetas con respecto a la vieja norma es que solo queda una tienda en pesos y está vacía.

Murillo explicó lentamente las ventajas para el gobierno. A las empresas estatales se les cayó la máscara del cambio artificial que tenían de 1 CUP por 1 CUC. Tendrán que hacerse eficientes o desaparecer. La suerte que corran esas empresas, fundadas sobre una mentira financiera, será la suerte del gobierno. Y, qué lástima, la de la gente de Placetas.

El dólar y las mascarillas ―llamadas «nasobucos» en Cuba, con el tino que tenemos para bautizar cualquier cosa―, son las insignias de la norma que vamos estrenando. Al principio de la epidemia se pensó que no durarían tanto, al menos no hasta la normalidad que ahora es otra, nueva, no la que pensábamos, e incluye las máscaras.

Los nasobucos sirven para evitar la exposición a la covid-19 y también, lo que no significa menos, como metáfora de obediencia. Pueblos donde nunca diagnosticaron a nadie, en provincias con toda clase de controles para el acceso, no se salvaron de imponer a cada habitante ese símbolo del peligro sobre la nación y de la obediencia a todas las normas. 

Para llegar hasta aquí, La Habana tuvo que moverse rápido de la fase epidémica a la «fase 3», donde todo ―guaguas y almendrones, bares y teatros―, se pone al borde de la normalidad, nueva o vieja, que les disponen.

El gobierno prácticamente le decretó al coronavirus que se repliegue, que se contenga y se aplaque, por orden venida de arriba, para que la capital consiga entrar a «la nueva normalidá» y quede lista para recibir visitas. Por desgracia para este plan, la covid-19, como buena enfermedad que es, anda más eficiente y menos dócil que los cubanos.

Maykel González Vivero

Maykel González Vivero

Periodista y activista LGBTI. Tuvo un blog mientras se lo permitieron y se llamaba El Nictálope, porque siempre ha presumido de ver bien, como algún animal de la noche. Echa de menos la radio y el insomnio que le favorecía antes para escribir. Ahora escribe cuando puede, donde puede colaborando con varios medios cubanos y extranjeros.

Haz un comentario