La Veneno de Artemisa soy yo


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Ilustración de Polari

―Fíjate, maricón, no tengo toda la noche para hablar contigo, además, no sé si eres de la «Segura». Total, solo tengo dos cosas ilegales: la picha que me cuelga y una lista secreta de amores prohibidos. ¿Por qué me miras así? ¿Las locas no nos enamoramos?

Hace una mueca de diva-pop, se toca la peluca. De sus labios gruesos, camuflados de un rojo intenso sale un beso sonado. Estamos en la mitad de la Calle Uno de Artemisa. Allá en la esquina, sentaditas en un muro, dos amigas celebran su vestidito negro, las pulseras, los crucifijos, ese corpiño provocador que, con mucha suerte, llamará la atención de algún cliente. Regia, gritan.

Regresa con la misma risa con que se despidió hace unos segundos, es una Madonna wannabe en versión guajira.

―¿Tienes cigarro? Creo que me queda uno, vamos a compartirlo. Acuérdate que soy pobre y no me cae tanto dinero como a ti. Esto no es La Habana, niña. Es una desgracia vivir aquí, por todas partes, no creas que la cosa está mala solamente en el mariconaje. En estos días, por el show ese de San Isidro, una ni podía pararse aquí.

La Calle Uno es larga y termina en una oscuridad aterradora. Hay una terminal cerca, pero a las 12 y 50 am no hay un alma. ¡Imagínate tú, maricón! Yo, la loca gusana, revoltosa.

―Enciende el cigarro, mi alma. ¿Quieres que te ayude?

Se acerca y deja caer su mano en mi pinga que nunca, ni excitada, ha sido gran cosa.

―¿Aquí no vive nadie?

Empiezo a sudar de vergüenza.  

―Creo que se fueron de vacaciones ―respondo.

―Mijito, es que nunca has estado con una jutía. Puta de noche y macho de día.

―¿Siempre llegas a esta hora?

―No, querido. Vine con La Lore para hacer un trío, pero el tipo se apencojó.

―¿Y te gustan?

―¿Qué, los tríos? Tienen su cosa. Hace un par de semanas estuve con dos muchachones, más o menos de veinte años. A mis cuarenta y dos eso es un regalazo. El mulatico se parecía a ti, tenía trenzas, pero más flaco. El otro, mira qué combinación, era blanco, con tatuajes en la barriga y en el muslo. El yin yang de la singueta. Nos alquilamos en Güira de Melena y los hijoeputas ni una cerveza pagaron. Apenas entramos ya los muy cabrones estaban disparados. Ay, maricón, aquellas pingotas eran de película. El negro enseguida se posó en mi culo, y sin un calentamiento previo me metió hasta el fondo su bulto. Vi las estrellas. Después que me cagué en todo lo que se menea, lo dejé. Valía la pena. Así estuvo unos minutos: dale que te pego a mi cula invicta, mientras de la cintura para arriba era Linda Lovelace en Garganta profunda, chupando el colmillo blanco de mi Jack. Jamás imaginé que iba a ser el prietecito quien más rápido se viniera. Era maravilloso ver ese chorro viril, hasta la última gota que dejó a mi Denzel Washington inerte en el tálamo mullido. Con Di Caprio estuve en la templeta casi media hora, ¡qué manera de resistir! Su melao, en menor cantidad, cayó sobre mi espalda sudorosa hasta llegar, por mandato divino, al lugar de donde nunca debió salir: mi chocha primorosa, soltando gases y besos fatuos como quien ha vencido una batalla. ¿Dime que se te paró?

Otra vez busca en mi entrepierna y como electroshock separa su mano manipuladora.

―¡Ay, maricón, si la tienes como una pértiga! Eso es para que nunca se te olvide que yo, Alejandra Troncoso, le levanta la pinga a cualquier morboso. Y ya, que hablé demasiado. Está al llegar mi nuevo novio y no conviene que me vea conversando contigo. Es pincho en esta aldea, por eso se cuida tanto.

―Antes que te vayas, ¿por qué te dicen Veneno?

―Porque ser puta no significa ser aguantona ni esclava de nadie, maricón. Con veinte años conocí a un chulo singao que me abusaba todo lo que le salía de sus cojones. Un día me cansé, aproveché que estaba borracho y le metí como cien pastillas. Fui a la cárcel con tremendo orgullo y allá en el tanque me bautizaron así.

«Veneno pa’ tu piel, soy la magia, soy el hada que se clava en tu mirada, soy la tentación prohibida que te va quemando el alma», tararea mientras enfila hacia la esquina donde La Lore y otras colegas se embelesan con el teléfono.

Sólo faltó una sola palabra para que mi Jenna Jameson fuera esa noche la verdadera Cristina Ortiz: «¡Digo!».

Comments (2)

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    Mayve

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    Que historiaaaa. Como siempre, te luces querido. Que forma de mostrar a un personaje tan pintoresco y real a la vez. Me encantó. Espero con ansias otra de tus historias.

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    alex

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    jjjjj. Muy acogedor disfrutar de aventurillas que pedirán, para alguien que no conoce del tema, creer que son de ficción. Soy de Artemisa y esa calle 1, antes se llamaba la calle de la Obra Pía ¨donde las monjitas buscaban su dote¨. claro que es una metáfora.
    Pero en artemisa hay otro personaje digno de admirar, tenemos un superviviente de UMAP, se llama Lino el peluquero, aunque rara vez habla de todo lo que paso en ese lugar, creo que merece ser inmortalizado en la historia.
    Saludos.

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